La sombra del trabajo

Hay algo brutalmente sigiloso en la forma en que el trabajo nos borra. Uno no se da cuenta. Empieza con pequeñas concesiones: comer frente al ordenador, contestar correos un sábado, decir “a ver si nos vemos” como el que dice nunca. Y, de pronto, han pasado meses. Años. Dejamos de llamarnos por teléfono, de celebrar los cumpleaños entre semana, de echar una caña para mirarnos a los ojos. El trabajo se instala como una niebla que empaña los contornos de lo que éramos, de lo que aún queríamos ser. Como diría Deleuze, la rutina ya no es una línea recta sino una línea de sometimiento: vivimos en una jaula sin barrotes visibles, atrapados en lo que él llamaba «sociedades de control”, donde el jefe está en todas partes y eres tú (y no está pagado).

Más que una ocupación, el trabajo se convierte en una forma de ficción que nos contamos para evitar mirar la grieta. “Estoy haciendo esto porque hay que pagar el alquiler”, “ya cambiaré de curro cuando entregue este proyecto”, “es temporal”. Pero ese “no es para siempre” se va pareciendo cada vez más a lo definitivo. Si encima no te gusta lo que haces, si no te realiza ni un poco, todo se transforma en una performance cínica. Una repetición sin fin en la que cada lunes es idéntico al anterior, y cada domingo por la tarde representa una amenaza. El trabajo nunca dignifica; solamente te aleja de quien eres.

La sombra del trabajo se proyecta sobre el cuerpo y las líneas debajo de los ojos, anestesia las costumbres, entumece el deseo. Alimenta, sí, nos ocupa pero apenas nutre, pasa con un tiempo que pasa sin nosotros. Y mientras tanto, ahí afuera, a muy pocos kilómetros, los amigos hacen su vida, los padres envejecen o mueren, los hijos crecen, y uno, encerrado en ese bucle raro, se pregunta —sentado en un banco del parque— si no habrá otra línea posible en el horizonte, una fuga, un devenir, una salida a esta ocupación tan rara, cada vez menos humana.

Ilustración: Giselle Dekel

Cocinar como acto de amor

Sucede en la cocina de una casa, yo observo desde la ventana de la casa de mi novia. La luz amarillenta, una fachada de Madrid en calma, un pedazo de cielo azul en la parte superior de un cuadro de tarde. Lo primero visible son los brazos de él, finos, el jersey remangado hasta los codos. Coloca un pedazo de carne congelada sobre la encimera, abre un vino, enciende el gas y prende el fuego. Sus manos flotan en un juego de ingredientes. La luz cambia y a esas manos se unen otras manos de uñas rojas. El pedazo de carne se reblandece. Cae la noche en todas partes. Alguien enciende una bombilla. Yo observo desde la penumbra. Cocinar como acto de resistencia ante la velocidad del tiempo.

El pedazo de carne desaparece dentro de una olla. Se observan cambios, sutiles pero cambios. La botella más vacía, un vaso de vino medio lleno, la tabla de cortar cubierta de cebolla, puerros, ajo y pimientos, la manos unidas a los brazos, los brazos unidos a dos cuerpos sin prisa. Él añade pimienta con tres giros de muñeca izquierda, ella, concentrada en dar vueltas al guiso, se inclina e inspira el humo procedente de la olla. Dice algo que no oigo, debe de quedarle poco al guiso. Cocinar como forma de conocimiento del que come y ama dando de comer.

Las cuatro manos con sus codos recogen la encimera, un trapo da los últimos retoques. A mí me entra un hambre diferente, ganas de cocinar sabiendo que mi cena será un sándwich. Lo que he visto ha sido un baile de pareja, personas al margen de la ansiedad y en el borde de un plato sopero. Tienen que haber sido felices durante ese rato, así, los dos en una casa llena de olor y de sabores, un martes, compartiendo una historia sin receta, un presente en una casa templada, un pasado en la boca y una bolsa de basura. La cocina está llena de secretos. Y ahora también de mirones con el estómago vacío.

Ilustración: Mira Petrone

Mis refugios

La soledad nos enfrenta a la peor de las realidades: nosotros. Estando solos  ‒sentirse solos es otra cosa‒ nos vemos forzados a escuchar esa voz que los demás apagan, una voz que habla de nuestro deterioro físico y la incapacidad para adaptarnos al cambio, de lo poco que nos gustan las aglomeraciones y lo mal que llevamos el silencio. Sin nadie cerca somos un rastro de la gente a la que queremos, un animal perdido y bien alimentado. Frente al miedo, el nosotros se convierte en un yo, y ahí recurro a la música y los libros de siempre, a un recuerdo de ella. 

La música que escucho ahora es la de mi adolescencia. No porque sea la mejor, tampoco la más interesante, sino porque atraviesa el espacio y abre la puerta de un refugio que, a diferencia de mi cara, permanece intacto, lleno de pósters de guitarristas en las paredes y una ventana al campo. Si fui feliz en algún momento fue en ese cuarto. Y aún puedo. El mismo ritual de los casetes escritos con bolígrafo. Distinto tiempo. Ajusto los iPods y aparecen flores en la lista de mi pecho.  

Sucede lo mismo con los libros. Recurro a Marías en PDF, a párrafos de Nicanor Parra o Joan Didion, al marinero que perdió la gracia del mar, textos que reconozco de otra forma al releerlos, que me recuerdan lo que puedo ser y sentir estando solo, que ignoran la fuerza de la gravedad y la caída. Luz de septiembre del 2024. Una mañana de niebla. En el horizonte había un barco. El sol apareció de pronto, una uva resplandeciente. Desapareció la niebla. Desaparecí yo. Aparecimos nosotros frente al agua, sobre la arena de un verano que vuelve hecho refugio. 

Ilustración: desconocido.

El olor de los amores muertos

Imaginemos que el futuro es para los débiles, que todo el tiempo que tenemos retrocede, un parpadeo de cuadernos de rayas, de fruta podrida y soles como uvas sin hueso. Por una vez olvidemos el ahora, casi fin de año, el aliento de la gente con frío por la calle, los árboles de luces, la gente intermitente. Todo es posible, aunque sea mentira, parecer jóvenes en un horizonte de diamantes y una ciudad con los hombros al aire. Muy cerca, el amor del verano, todas las piscinas del mundo. Bajo el agua, ella o él. De fondo, nuestra nostalgia de siestas y campanas.

Una gota de agua viaja del pelo a la punta de la nariz, universos líquidos, del pecho al bañador y su cintura. En esa intersección palpita el sexo, cosas de jóvenes que se tocan y se hacen daño, que se abrazan como si el mundo fuera arena. Mareas, un viejo bronceado camina por el borde de los mares, otro espejismo, azul Bondi, azur, azul eléctrico, «ponme un poco de crema en la espalda, anda», «demos un paseo en bicicleta hasta el faro». ¿Lo hueles? Es el olor de los amores muertos. Solo la sal puede conservar nuestras caricias.

Fuimos felices en un paraíso de belleza virgen, de arrugas de expresión antes de las arrugas, de piel sin costras, de humedad bajo la luz de agosto, de algas a los pies de los niños, de belleza y más belleza sin daño. Podemos ser felices siendo viejos. Quizás de otra manera, presente, en un futuro que pasará por encima de nuestras cabezas, con el mismo sol y un mar de plástico. Volvemos a los amores muertos para regresar con un trofeo entre las manos, con las sienes blanqueadas y el corazón de las medusas, más solos, un poco más blandos. Vivir, nunca hubo un mejor propósito para este año tan joven.

Deshacer el tiempo

Me gustaría deshacer el tiempo, volver a estos últimos días de toallas tendidas, caminar al borde de la arena, mareas, cangrejos y delfines, dormir en un habitación muy oscura, despertarme junto a ella. ¿Has visto? A través de la ventana se cuela un rayo de luz, un poco de esta aurora nuestra. Si vivimos a la contra, ¿por qué estas ganas de ir hacia detrás? Será porque delante, invisible, todo se deshace sin querer, todo escapa a este deseo de revivir para contarlo, entre mañanas de prisa y tardes frente al sol reflejado en una orilla preludio de la noche. Me gustaría tanto…

Me gustaría deshacer el tiempo para ver a la tía Marta decidir qué colores emplear. Un poco de rojo sobre un lienzo, un trazo de azul y de amarillo, una bailarina, o la montaña enmarcada fuera de sus sueños. Si alguien puede impregnar la nada con su vida, entonces yo podré desandar los pasos, invocar su mano, su mano y un pincel, su mano y sus venas, su mano que era la mano del abuelo, su manos, sus venas y un pincel en un gesto de aire ya pasado. Marta me pintó siendo yo apenas un niño, boca abajo, con las plantas de los pies muy juntas. Sigo siendo el mismo. La vida es otra.

Me gustaría deshacer el tiempo para evitar sentir el privilegio de ver cómo los días arden y se acortan, cómo el pelo se vuelve blanco o cae, cómo los amigos son distancia y las familias se renuevan de una forma tan sencilla y milagrosa. Primero niños, después adultos, luego viejos, después nada y otros niños. Así siempre. En realidad, me gustaría deshacer el tiempo porque cada verano que pasa me arrebata espacio. El tiempo deja de ser tiempo. Tampoco nosotros somos ya nosotros. Lo único que no cambia de nombre es el amor. Y está ahí delante.

Ilustración: Bo Barlett

Aquellos que no ceden ante la amargura

La gente vieja increpa a los repartidores que circulan por la acera, anda a otro ritmo, espera a que el semáforo se ponga en verde. Hay mucha gente joven que podría ser considerada vieja. Esa gente critica a otra gente, vieja o joven, se queja en sus notas de voz, arrastra una mala hostia que no corresponde a su edad. Se supone que la amargura llega cuando el mundo te rompe, cuando la nostalgia compensa la velocidad, como si el paso del tiempo fuera la ceniza de un cigarro que se fuma con muchas ganas hasta convertirse en un gargajo. Me pregunto cómo hacen algunos…

Los viejos han perdido sus cuerpos, también a las palomas que alimentaban con migas en el parque. Pertenecen a un mundo recordado, un fondo de armario. Se levantan de noche y hacen la cama en silencio, riegan las plantas, beben café de ayer. Están parados y lo primero que hacen es mirar el cielo, llueva, nieve o haga sol. A todos les sucedieron cosas terribles y, sin embargo, sonríen cuando les ves subir las escaleras. Algunos viejos también bailan, follan, leen periódicos, novelas, se emocionan con una canción en blanco y negro. Están contentos siendo lo que son, aunque no llegaran a nada de lo planeado. Estos viejos miran las cosas a la cara. Por detrás les llaman viejos. Me pregunto quiénes serán los amargados.

De entre todas las personas del mundo mis preferidas son los viejos que no ceden ante la amargura. Tiene que haber algo de mentira para afrontar con alegría la tarde y la perspectiva de un verano abrasador. Gente joven que morirá de vieja. Mientras llegamos a su edad, observo a un grupo de octogenarias sentadas en un Vip’s. Sus bocas llenas de carillas, su pelo blanco, sus manos pasándose el azucarero. Mi reflejo, detrás ellas en círculo. Todas se levantan de la mesa sabiendo que nadie les espera en casa. Quizás por esa razón sonríen. Hay una recompensa en estar vivas. Ellas lo saben. Y yo debo de estar haciéndome viejo.

Ilustración: David Hockney

El milagro de Jero Romero

Hay canciones que son secretos a voces. Pero a veces, los secretos son menos secretos, se cuelan en el aire y entran en tu casa y en tu vida, te desvelan al verte un poco reflejado en ellos. Sucede con la música de Jero Romero. Primero la escuchas y te paras. Al fin y al cabo esto va de letras, melodías y algo indescriptible. Después sigues andando como los caballos que no saben que han perdido. El secreto queda a salvo lejos de la meta, va contigo a todas partes. Por esa razón hay que escucharle, porque solamente otros pueden hablar de otros y contar cosas de ti haciéndolo mejor de lo que tú lo harías. De ahí la sensación tan rara al escribir sobre canciones. De ahí la importancia de llamarse Jero.

Estás en tu habitación, hace frío. Alguien canta que pasea cerca de la catedral. Entonces, el tiempo y el espacio se confunden, los niños juegan y los viejos miran a otros niños que saludan. Tú estás solo, en otro sitio. También acompañado en la canción. Otro milagro de la física lejos de la física y Toledo. Luego, la voz de Jero, sin melismas ni esas mierdas que estropean todo. Contar es otra forma de cantar. Él, a lo suyo, a sus afinaciones y con ese gesto grave lleno de ternura. Y uno no puede evitar sonreír a pesar del frío. Las canciones, las buenas, sirven para calentarnos. La velocidad trajo el invierno.

¿Por qué escuchar a Jero? ¿Por qué no?, respondo. A veces la inteligencia y la emoción hacen piña. ¿Se puede tener sentido del humor y no ir de gracioso? Se puede. Ayer se averió la furgoneta después de su concierto de Sevilla. El equipo esperó varias horas en la avenida Kansas City y Jero, mientras los músicos comían pastas de almendras, se hizo un vídeo delante de la grúa ya cargada. Resulta que es posible seguir andando a pesar de una brida en el motor, que ir despacio también sirve para combatir el miedo. «Toda pulgada cúbica de espacio es un milagro». Los caballos, el amor, la música de Jero.

Ilustración: María Rodrigo y Susana Blasco

Los amigos que dejaron de serlo

Los amigos de siempre construyeron una casa en el árbol. A ella volvíamos cada tarde, cuando la familia debilitaba nuestras aspiraciones, SOS, cuando la realidad giraba en dirección contraria. A los amigos de siempre se les dice familia, una elegida porque en ella el mundo nos desangra entre las flores. Son los amigos infancia, maquillaje y acné, pelo y posibilidad de crecer estando menos solos, quizás más felices. Imposible saber qué somos en su ausencia, imposible comprender al adulto sin esas fotografías de noches y fogatas. Pero, un día, los amigos de siempre dejan de dar sombra. La casa en el árbol se vacía. Y oscurece.

Los amigos consumieron nuestra juventud y ahora, calvos y con varices, se alejan. O quizás somos nosotros los que corremos hacia el sol del mediodía. Nada queda de aquellos niños jugando a ser mayores, solamente hay trabajo y poco tiempo libre, como si el tiempo no fuera libre y siempre nuestro. Entonces la política se convierte en un obstáculo insalvable, las ganas se reservan para gente que nos ve de otra manera y observa las cosas por una mirilla deformada por el tiempo. Cierto, algunos amigos de siempre lo serán para toda la vida, sin embargo, otros han muerto. Míralos, aún respiran. La casa del árbol se ha quemado.

«No reconozco a mis amigos». Hay tanta extrañeza en esta frase. Y es que, o cambiamos en los años o los años nos cambian sin pedir permiso. Entre medias, dejamos de quedar con los amigos de siempre y hablamos con sus padres. Ellos nos cuentan cómo andan, si sus hijos sonríen a menudo o si, en cambio, llevan mal la obsolescencia. Es raro hacerse amigo de los padres de los amigos de siempre, precisamente ellos que no nos entendían… La casa del árbol es ahora un árbol. El viento mece sus hojas. El sol brilla entre las ramas. No queda más consuelo que seguir viviendo.

Ilustración: David Shrigley

La edad de perder a los padres

Hay una edad en la que los padres mueren. La frase resucita el ciclo en el que los hijos se van quedando solos para ser padres, para ser ellos por fin, para seguir siendo hijos huérfanos. Se supone que los padres nunca dejan solos a sus hijos, pero cuando los hijos alcanzan la edad de sus padres en las fotografías de verano incumplen la promesa. Todo lo que suceda antes va en contra de la vida y su rocío. Algunos hijos nunca conocieron a sus padres, algunos padres fueron muertos en vida para sus hijos. De pronto, descontado el tiempo en unos y otros, la ausencia. Todas duelen de la misma forma. Para la muerte nunca fuimos preparados. Tampoco para la edad en la que los padres mueren.

A veces, pensamos en estas cosas. Se trata de pensamientos fugaces que desparecen para no angustiarnos con la peor versión del futuro. La muerte como complemento de momentos felices, la vida como una sucesión de ataúdes y ataúdes. Entonces los hijos ya crecidos miran a sus padres de mayores y saben que la muerte acecha. Al consumarse, reciben los abrazos de amigos y familia. Sí, tuvieron suerte de pasar la vida juntos, sin embargo se comete una injusticia. Creyeron en la inmortalidad; negaron la pérdida como motor del mundo.

Alcanzar la edad de perder a los padres tiene algo de logro y contradicción. La esperanza nos permite observar el cambio en los padres, la fuga de tamaño y vitalidad, esa forma de sentarse haciendo ruido. La memoria no perdona, los recuerdos invaden las paredes de la casa, y los padres se hacen viejos, tan viejos que un día en el mundo tiene forma de milagro cotidiano. Más tarde o más lejos, los padres se convertirán en flores y fechas, flores que nunca se marchitan, que dejan su olor en las tardes de verano, fechas de tormenta y vino dulce. Padres, no os murais nunca, padres seguiréis vivos cuando vuestros hijos mueran. Ahora se levanta algo de viento, habrá que vivir intensamente.

Ilustración: Uchida Masayasu

Todo el mundo está ocupadísimo

«No me da la vida», el mantra de padres, madres y viejos a la carrera. Los alumnos lo pronuncian entre exámenes y series, entre cebos y medias canciones. Porque, reconozcámoslo, todo el mundo está ocupadísimo. Imposible encontrar una grieta en este sistema tan perfecto, tan fieramente humano. Aquí el tiempo ha dejado de volar para convertirse en un flujo de días, meses y años en el que nadie tiene tiempo para nada. Eso sí, todos comentan por teléfono lo ocupados que están, como si la ocupación extrema fuese una medalla, la demostración pública de que lo han logrado. Pero ¿el qué? Ni puta idea.

No llegamos. Nadie llega porque el desgaste reboza todos los ámbitos de la vida. Sexo rápido y hasta mañana, una ensalada de pie frente al ordenador, otro avión. Se trata de producir con vistas a algo nunca abocetado. Tiene que ser la hostia porque millones han hecho suya esta forma de estar en el mundo, sinónimo de darse prisa. ¿Profundizar? Imposible. ¿Paciencia? ¿Eh? Dadnos estímulos, ¡más luz! Tacha el blanco del calendario, Ramón. Respirar, sinónimo de rellenar el espacio y el tiempo… sin nosotros.

Atrapados fuera del mundo, así pasamos. Todo vale para ocultar nuestras aspiraciones, aquel anhelo de vivir en Anchorage, de ser libres por dentro. Si no somos nuestros, si no recuperamos lo que realmente somos, entonces solo queda la piel pegada a los huesos y un cúmulo de emociones transgénicas. Todavía sentimos, cierto, aunque lo hacemos para consolarnos. «Voy a tope». ¿Hacia dónde? De tanto apelar al sentido común perdimos el sentido propio. A la mierda la gestión del tiempo. Pasad del coaching y el personal trainer. Parad. Abrid los ojos sin haceros daño. El mundo seguirá girando.

Ilustración: Simon Bailly