Hay una edad en la que los padres mueren. La frase resucita el ciclo en el que los hijos se van quedando solos para ser padres, para ser ellos por fin, para seguir siendo hijos huérfanos. Se supone que los padres nunca dejan solos a sus hijos, pero cuando los hijos alcanzan la edad de sus padres en las fotografías de verano incumplen la promesa. Todo lo que suceda antes va en contra de la vida y su rocío. Algunos hijos nunca conocieron a sus padres, algunos padres fueron muertos en vida para sus hijos. De pronto, descontado el tiempo en unos y otros, la ausencia. Todas duelen de la misma forma. Para la muerte nunca fuimos preparados. Tampoco para la edad en la que los padres mueren.
A veces, pensamos en estas cosas. Se trata de pensamientos fugaces que desparecen para no angustiarnos con la peor versión del futuro. La muerte como complemento de momentos felices, la vida como una sucesión de ataúdes y ataúdes. Entonces los hijos ya crecidos miran a sus padres de mayores y saben que la muerte acecha. Al consumarse, reciben los abrazos de amigos y familia. Sí, tuvieron suerte de pasar la vida juntos, sin embargo se comete una injusticia. Creyeron en la inmortalidad; negaron la pérdida como motor del mundo.
Alcanzar la edad de perder a los padres tiene algo de logro y contradicción. La esperanza nos permite observar el cambio en los padres, la fuga de tamaño y vitalidad, esa forma de sentarse haciendo ruido. La memoria no perdona, los recuerdos invaden las paredes de la casa, y los padres se hacen viejos, tan viejos que un día en el mundo tiene forma de milagro cotidiano. Más tarde o más lejos, los padres se convertirán en flores y fechas, flores que nunca se marchitan, que dejan su olor en las tardes de verano, fechas de tormenta y vino dulce. Padres, no os murais nunca, padres seguiréis vivos cuando vuestros hijos mueran. Ahora se levanta algo de viento, habrá que vivir intensamente.

Ilustración: Uchida Masayasu

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