Jon Kortajarena y la tortilla

Mientras miles de personas pierden la vida, sus trabajos y gran parte de las esperanzas acumuladas desde 2008, en las redes sociales se producen situaciones dignas de estudio. Lejía inyectable, conspiraciones, odio en su forma precelular, lorzas, bloqueos y aburrimiento a la undécima potencia son el pan de cada día, con el caso de la tortilla de patata y Jon Kortajarena convertido en ejemplo culinario de la lucha de clases.

El mejor pelo del planeta, de pecho pluscuamperfecto y melanina color café tirando a Julio Iglesias, ha conmocionado a millones de internautas al hacer público su incidente con Glovo —empresa de reparto a domicilio—. En una serie de mensajes, Jon muestra su disconformidad con las dos horas de retraso en su pedido y así lo hace saber, intercambiando mensajes —suponemos que con un trabajador mal pagado— salpicados de humor y flashazos de vedette caprichosa. Termina añadiendo que se lo cancelen y despidiéndose con un «manda huevos, nunca mejor dicho».

El españolito medio, endemoniado porque hoy es sábado con aspecto de lunes de hace cincuenta años, no ha tardado en lanzarse a su cuello de cisne griego, exponiendo de nuevo las vergüenzas de un mundo dislocado. Por un lado el hombre busto que paga una tortilla y la quiere ya, y por otro una población que ve sus aspiraciones reducidas a chalaza, el hilito blanco de la yema del huevo. De pronto, un modelo famélico no es más que carne cruda colgando en un congelador virtual. Con la comida no se juega, querido.

Aquellos que prefieren la tortilla cruda por dentro y dicen «me putoencanta»

Desde hace varios meses, el mundo, esa esfera dentro de la sartén del universo, templada en la superficie y ardiente en su núcleo, da muestras de agotamiento. Y lo hace por la sencilla razón de que las personas que lo ocupan —deberían cobrarnos a todos una cuota equivalente al volumen que desalojamos— adquieren comportamientos raros, gustos extravagantes, se expresan de maneras distintas, quizás arrastradas por el aburrimiento, quizás por intereses espurios.

Me estoy refiriendo a aquellos a los que les encanta la tortilla de patatas cruda, una balsa viscosa a base de albúmina en la que flotan rodajas de tubérculo y que se esparce por el plato como una sopa sin barquitos de pan. Horroroso. El problema no está en este plato de origen diabólico, sino en su combinación con la expresión «me putoencanta».

Este menú de barra, achatado por los polos con cerveza, me produce una indigestión difícil de explicar. Porque la tortilla… vale; cada uno con lo suyo, pero el prefijo intensificador “puto” pegado a un verbo para referirse a la expresión más depurada de nuestra gastronomía… ¡eso no!

Resulta que la RAE lo acepta de buena gana y yo, un madurito con aspecto de universitario perpetuo me niego a utilizar esa antífrasis que me suena a reciclaje anglosajón, obligándome a establecer una línea anaranjada — semejante a la del líquido procedente del interior (acuoso) derramado sobre mis vaqueros— entre los que prefieren decir «esto está de puta madre» y esos jovencitos con los brazos llenos de tinta y el pelo como una bandera LGBT.

Así es, la diferencia entre ser joven o viejo se reduce al empleo de una sola palabra. ¡Qué puto asco de tortilla, Dios santo! ¡Qué mundo tan putoatortillado!