«Me gustaría que alguien llorara por mí»

«Me gustaría que alguien llorara por mí en un tren». Ella me lo confesó al caer en la cuenta de algo que nunca sucedió. Acababa de ver a una pareja despedirse. El chico subió al vagón envuelto en lágrimas. La chica permaneció de pie frente a la ventanilla. El tren comenzó a mover el silencio. Al decírmelo, pensé en las veces que lloramos para reparar errores, para enterrar a gente viva o fría, que llorar es una forma de querer sin ser correspondidos. Las lágrimas nacen en los aeropuertos y las estaciones; las lagrimas mueren en todas las mejillas y el suelo.

¿Cuántas veces han llorado por nosotros? A padre lo vi llorar con su perra muerta en brazos. Madre tuvo que llorar su pérdida y, sin embargo, nunca lo vi hacerlo. Las hermanas lloran como si lloviera flojo. A mis amigos los vi llorar por alguna novia, probablemente de alegría. Si alguien lloró por mí tuvo que hacerlo dentro de su casa, frente a la pared, envuelto en una sábana tibia y azul. Yo lloré en la Terminal 4, con un mollete entre las manos y una fila de gente arrastrando maletas. Sirvió para pasar la pena, pené para secar el llanto. Ella nunca regresó.

Qué sería de nosotros si no pudiésemos llorar por alguien. El mundo estaría hueco, la gente cargaría con un animal sobre los hombros, un animal que pierde sangre por los párpados. Quizás por esa razón sentimos esa debilidad después de derramarnos. Al llorar, por fin, podemos cortar vínculos, la única forma de reír estando solos. Es extraño. En el fondo, todos lloramos por algo que sigue estando ahí cuando dejamos de llorar. Nos faltan lágrimas, nos sobran los motivos. Pero ya llegó el verano.

Ilustración: Raphaelle Martin

Esa edad en la que solo se habla de salud

Se encuentran por casualidad. Entre las dos suman más de ciento cincuenta años. La señora de la izquierda lleva una chaqueta de punto verde pistacho. La de la derecha acaba de salir de la peluquería. El tren se detiene frente a ellas, el andén como metáfora del tiempo. Hay dos besos. La mayor le acaricia el borde de la chaqueta a la más joven por poco, como diciendo que todo irá bien, que están aquí. De ahí el tacto. Luego hablan. De salud, claro, tema de conversación estrella de los mayores de cuarenta. Hablar es, desde ahora, una forma de cuidado.

Queda claro que la edad viene con cargas que poco tienen que ver con las de la juventud. El grifo cierra mal, los órganos se secan, la vista necesita un telescopio. Cumplir años significa hacer punto con los días, mirar el cielo sin esperar amaneceres grises y convertir el deterioro en la mejor forma de pasar la vida. «Que si la cadera, que si le operarán en breve, que si se ha muerto Paz, la hermana de Gloria». Todo queda reducido a una catástrofe. Pero pueden contarla. Son bellísimas, las dos, tan mayores, tan niñas en el fondo y ese ruido de los años.

Ojalá llegar a eso, ojalá convertir las charlas en una sucesión de achaques y prótesis. Significaría que vivimos. La tragedia tiene poco que ver con la falta de salud y el exceso de nieve sobre los hombros, más bien con el hecho de sentirse joven a pesar de que casi todos tus amigos murieran sepultados. El tren reanuda la marcha con las dos señoras dentro. Cada vez más juntas, cada vez más risueñas gracias a este encuentro, quizás el último. Sí, ellas son casi ceniza y sonríen a pesar del aire acondicionado de este Cercanías. El tren gime, continúa por las vías dejando de sufrir por el pasado, por la salud entre paradas con un solo destino. Y es el nuestro.

Ilustración: Guy Billout