Parar

El miedo se parece al ruido. Contra el ruido, movimiento. El sistema, la ciudad, las redes, quieren su dosis de flujo diario, de ganas y expectativas, es decir, de lo que creemos que nos pertenece. Cuando todo se va a la mierda nos quedan dos alternativas. Una, recoger los trozos por el suelo y señalar a los otros. Y dos (la más difícil), parar, ese miedo más antiguo que la humedad porque implica ir contra el instinto de supervivencia. Si no te movías, el tigre de los dientes de sable te devoraba. Si no te mueves, la gente se olvida de ti. Es posible el olvido, sí. Más importante es la salud.

Observo a la gente que para. Está agotada de intentarlo. Le resulta muy difícil saber en qué momento dejó de divertirse. Simplemente ocurrió, se dedicó a hacer para estar, a componer para exponerse, a vender para propulsarse hacia un no lugar. Nada peor que conseguir tus sueños. Nada peor que renunciar a ellos. Hay muchas formas de borrarse, pero la mejor es decir: ¡que os follen! Luego sigues, más despacio, por un camino hecho por y para ti. El fuego es movimiento hacia los otros. Parar es movimiento alrededor de uno y la gente que te quiere.

Nunca tuve valor para dejar de tocar música a pesar de haber diseñado un orden lógico nunca consumado: escribir, grabar, salir a dar conciertos y ganar dinero. Bien las tres primeras. Las cosas están vivas si se mueven, le repetía a mi guitarra. El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes, decía el sabio. Los dos teníamos razón y, sin embargo, nos olvidamos de lo importante: estar tranquilos, ver el mar una vez al año, rodearse de gente maja, limpia y elegante a poder ser, cuidar de las plantas, dormir hasta las diez, llamar a madre, ver películas, hacer el amor y compartirlo, trabajar en algo para vivir en todo. El resto es facultativo.

Ilustración: Jeffrey Smart

Díselo antes de morir

Naces con un grito. Creces, buscas una conexión, algo parecido a casa en los ojos de un amigo o una hermana, tal vez en un padre inalcanzable. Se trata de un instante que reverbera siempre y para siempre en ti, en un cielo iluminado por una bombilla, en una habitación a oscuras. No es nada más que el rastro del amor, un amor que anhela salir del cuerpo y darse al otro con un gesto, pequeñas demostraciones tan necesarias como el aire. Nunca te lo guardes, convierte lo invisible en tacto de palabras. Díselo antes de morir, antes de que sea demasiado tarde.

Porque los peores arrepentimientos se originan en lo que no haces, nunca en los errores cometidos. Ten en cuenta que hay personas que no piden nada, que no anhelan vueltas rápidas ni castillos por encima de las nubes, tan solo quieren oírtelo decir, oír que fueron parte de tu orgullo, que te hicieron falta y te hicieron bien de alguna forma, que sonreíste teniéndolos cerca, aunque fueras un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. Al decirlo en alto es posible despedirse sin decir adiós del todo.

Todo lo que no se dice no existe. Todo lo que cuenta es tan pequeño que muchos prefieren esconderlo. La importancia de las cosas poco tiene que ver con el impacto en el planeta, sino con su efecto en los que más te quieren. El resto, ruido en descomposición. Algunos callan porque andan escasos de valor; la mayoría tiene poco que decir y nunca calla. Esos que callan tanto sienten de una manera tan humana que prescinden de palabras. Pues bien, este es un recordatorio para un amigo, una hermana, tal vez un padre inalcanzable. La vida es demasiado corta, pero se acorta aún más si no dices «te quiero» en tiempo.

Ilustración: David Shrigley

Criticar, ese gran placer humano

Cada viernes, desde hace siglos, asistimos a la misma representación en las redes sociales del día a día. El grupo de turno, pongamos los toledanos Veintiuno —perfectamente intercambiables por un escritor multitarea, ese director siempre novel o un ‘actorcamarero’, pero con mejor pelo— se presenta ante su audiencia, indefenso aunque entusiasmado, casi espídico y a la vez temeroso por mostrar el trabajo (no necesariamente artístico) en el que ha invertido una tonelada de horas ¿remuneradas?, ilusión, robos evidentes, picos de felicidad y dudas… su vida, a fin de cuentas.

En ese torbellino, los espumarajos afloran a la misma velocidad que los elogios, y en algunos casos las heridas infligidas son tan hondas que los receptores tardan años en recuperarse del daño. Algunos incluso deciden apartarse de la vida pública —ahora hasta los desayunos lo son—, como si la huída fuera una opción posible para aquellos que componen, no ya como actividad fisiológica por encima de comer verdura y lavarse el pelo, sino más bien vital.

La cuestión es que, a pesar de la mala prensa de la que gozan las críticas y del juicio al que las sometemos camuflándolas bajo el vocablo ‘envidia española’, no todos los discos, ni los libros ni las películas merecen elogios —mucho menos el 90% de los conciertos—. Es más, a veces implican un ejercicio de responsabilidad necesario, tanto para con el creador como para la conciencia del que critica, como si no hubiera peor comentario que omitir lo malo que es el ‘último trabajo de’, precio a pagar del que tiene la suerte de ser percibido. Eso sí, mejor hacerlo con sentido, sensibilidad y un poco de humor, sin olvidarse de que es el público su principal destinatario.