El colapso eléctrico

Somos más frágiles que una bombilla. Cuando cortan la electricidad, la bombilla deja de dar luz. Nosotros, en cambio, nos quedamos a oscuras, «el tema es tenernos acojonados», dice una señora, «justo ahora que hemos rescindido contratos armamentísticos con Israel», añade el otro. El colapso eléctrico nos pilló con nada de efectivo, siendo incapaces de encontrar una oficina de Correos sin Google… porque todo es eléctrico y a todos se nos olvidó bailar.

Hubo un tiempo en que el fuego servía para calentar la comida, ahuyentar a los lobos y mandar mensajes sin palabras. Fue reemplazado por la corriente eléctrica, como ayer los semáforos fueron agentes de movilidad y las radios viejos teléfonos que congregaron la atención del mundo. Los turistas parecían felices lejos de sus casas; los locales querían escuchar la voz de madre. El sol produce electricidad gratuita por encima de nuestras cabezas todo el año.

El colapso no fue televisado porque la televisión no iba, y desde el balcón pude escuchar la última hora de los vecinos y la democracia: Canarias tenía luz y el norte y algunos puntos del sur adelantaron a la capital en la recuperación del suministro. Al igual que la falta de corriente trae un silencio al que cuesta acostumbrarse porque implica mirarse a los ojos, la tecnología sirve para muchas cosas, también para alejarnos. Sirenas y helicópteros, notas manuscritas en los portales y velas. «Estamos bien». Al hacerse la luz volvió la sobriedad a la Gran Vía.

Ilustración: Desconocido

Los prejuicios

Taylor Swift trae su empresa a Madrid y con ella una horda de molestias para los vecinos, propietarios de pisos caros con vistas a un estadio convertido en caja registradora. Los fans bien, gracias, siempre los mismos, ahora y hace sesenta años. Los vecinos con sus permanentes y su polos bien planchados. Los primeros lloran y compran pañales para no ir al baño, los segundos se quejan por culpa de los «ensayos» y la imposibilidad de vivir tranquilos con sirvientes. Taylor is rich, también Florentino. Yo debajo, lleno de prejuicios contra todos por escuchar música de fábrica, contra esos vecinos y sus reclamaciones llenas de razón y privilegio, contra la dueña del mundo siendo de pueblo.

Los prejuicios son malísimos, se construyen solos o con ayuda de lo que nos rodea, bueno o malo. Lo peor es que nos cargan de razón, «música de mierda», «aj, ricos», nos engañan al hacernos creer que pensamos cuando, en realidad, no hacemos más que centrifugar el mismo pensamiento, el mismo pensamiento, el mismo pensamiento. Preguntad a un niño sobre Taylor, sus fans, los vecinos del Bernabéu. Os mirará con restos de chocolate en la barbilla, tareará una de sus canciones, sonreirá al ver botas de cowboy con purpurina en cada paso de cebra, le enternecerá la señora que no puede mover el Mercedes del garaje. La sabiduría se parece a una canción con una estrofa y dos prejuicios.

Leo una lista sobre la manera de luchar contra los prejuicios: evitar conclusiones anticipadas al conocer a alguien por primera vez, empatía, observar las excepciones a la norma, cultivar la mente a través de la cultura… Aunque fuera capaz de aplicármelos todos seguiría pensando que el infierno son los otros, que la gente pierde tiempo y dinero al ser como los demás. Sin embargo, desde mi terreno, uno pequeño, invisible y con música de Coltrane, me doy cuenta de que estoy solo y ellos, vecinos, fans, cantantes y empresarios sin escrúpulos, se sintieron, durante dos días, un poco más acompañados.

Escuchar follar a los vecinos

A partir de cierta edad, en la vida, estar en casa proporciona un placer inigualable. Algunos le dan sentido al mundo con la aspiradora. Otros prefieren tumbarse y mirar su reflejo en la pantalla. Todos, a pesar de nuestras diferencias, queremos dominar ese lugar que nos da forma, a pesar del hormigón y del ladrillo. Entre esas actividades tan caseras como la tarta de la abuela hay una que nos convierte sin querer en testigos involuntarios y degenerados. Sucede de vez en cuando, o muy tarde o a la hora del yogur: escuchar follar a los vecinos. Y digo bien escuchar (prestar atención a lo que se oye con la mano ocupada) frente a oír (percibir sonidos con el oído bueno).

La cosa arranca con un do mayor de fondo, en el piso de abajo o al otro lado del tabique. Corrimiento de objetos. Una mesilla del Ikea. Los muelles de una cama. Comienza el desfile. Queda claro que no es un bebé con hambre. Entonces dejamos lo que estamos haciendo. «Calla», te dices. «Coge el móvil, que lo vamos a grabar», responde el gato. A ellas las escuchamos en estéreo, dan vidilla. Ellos nos recuerdan a un becerro que aspira hacia dentro. «Joder, la vecina está follando». Y todo se detiene porque la vecina, esa que no para de hablar entre semana, grita y retuerce los pies de placer. O eso deseamos. Nuestra paja depende de ello.

A mí siempre me ha gustado este espejismo del sexo al otro lado. Me saca del Pornhub y la historias a las que recurro desde hace años. Cuando los vecinos follan —o parece que follen— me los imagino con mejor piel, poco abrigados, más felices, más guarros. Además tienen flexibilidad, arriesgan, se rozan como a mí me gusta, manchando sus sábanas, pero dejando las mías impolutas. Es una pena que la cosa dure poco. De media… diez minutos. Luego hay un silencio en todo el inmueble que tampoco se corresponde con las horas, como si todos los vecinos fueran conscientes de que aquí folla todo el mundo menos ellos. El problema es que es verdad. Debería ser obligatorio escuchar follar a los vecinos. Debería serlo.

Ilustración: Lena Fradier

Las reuniones de vecinos

En esta era de precariedad y aires acondicionados pocos son los propietarios de una vivienda, de ahí que las reuniones de vecinos, epicentro del mal propulsado por la inactividad y el exceso de tiempo muerto, pasen desapercibidas. En un círculo imperfecto y a modo de logia con cojines tienen lugar los mayores desencuentros entre personas que comparten tabique, ascensor y portero, pero que entienden la vida de manera antagónica, el del bajo que recoge la colillas y el tizón de la terraza del ático. Todos ellos comparten metros cuadrados, cierto, sin embargo representan la prueba inapelable de que los problemas colectivos no son, ni de coña, responsabilidad de todos los inquilinos.

Así uno se encuentra rodeado de señoras que han enterrado a sus maridos, damas aficionadas a Verdi y los idiomas y cuyos nombres nos transportan a épocas en las que la colonia se compraba a granel. Maria Elena, Conchita, la señora Rosa y su peinado de mármol, otra que tiene cuatro pisos y un hermano fisioterapeuta, ah, y en una esquina un hombre delgado y de pelo fino. Entonces el volumen de la gresca alcanza el de un concierto jevi, la administradora lee en alto las cuentas y todos marchan de allí con la tensión disparada porque odiar altera.

En las comunidades todo se paga a plazos, el portero es el centro de todas las bilis —más si es rumano— y de vez en cuando alguien lanza aceite hirviendo sobre los más fiesteros, una manera rudimentaria de pedirles por favor que bajen la música, igual que a los chavales del brote de Mallorca. Si uno sobrevive al suelo vinílico y las altas temperaturas llegará a una doble conclusión: el mantenimiento de los ascensores sale por un huevo y para ser un buen vecino es necesario no ver lo que entra y sí lo que sale.

Ilustración: Mrzyk & Moriceau