Gallinas, almas, gallos violadores

Después del ruido (y un montón de nueces) provocados por los vídeos-parodia de las tresalmas de cántaro veganas parece que volvemos a la rutina digestiva con la agridulce sensación del que no ha sacado nada en claro en lo relativo a la dieta; más bien, la grieta que separa a agitadores de conciencias y comedores de cadáveres aumenta cada día… por una simple cuestión de formas.

Para empezar, la imagen de estas tres jovencitas de ojos vidriosos envueltos en la sombra del THC, utilizando sin control un vocabulario ininteligible —no debemos olvidar que el supuesto lenguaje inclusivo dificulta enormemente la comunicación entre géneros y sexos— resulta poco apropiada para los consumidores de cuello blanco, “animales” anclados en la tradición omnívora que no atienden a razones (de peso) para renunciar, de una vez por todas, a ese plato de jamón ibérico, con su grasita, quizás acompañado por un vino sin sulfitos. En segundo lugar, y si uno se para a pensar un instante en las reivindicaciones de este colectivo antiespecista, transfeminista interseccional y libertario —es fascinante el orden tan aleatoriamente teatral que siguen sus performances— no hay nada gracioso en los argumentos esgrimidos, con la excepción del empleo de palabras como violador y persona precedidas de gallo y gallina, y sin embargo, los supuestos campos de concentración aviar despiertan una sonrisa incrédula cercana a la burla.

Y es que el problema, más allá de la efímera popularidad de su propuesta bienintencionada, no es si fue antes el huevo o la gallina, sino el enorme desprestigio que este tipo de acciones supone para colectivos animalistas serios que ven como sus esperanzas de armar un mensaje contundente contra la explotación animal —siempre desprovisto de superioridad moral— terminan como esos óvulos sin fecundar: desparramados por el suelo y entre los picos de personas provistas de plumas. La sensatez, amigos, empieza en la cocina, y las formas son el plato estrella de cualquier menú, a poder ser compuesto de hortalizas y legumbres de temporada. En cuanto a los gallos violadores… ya lo decía Jamie Oliver: «El silencio es el mejor acompañante de una buena comida».

¿Será el 2019 el año de la religión vegana?

No lo soñé: la nieve ardía, el metro avanzaba lentamente y un tío sentado a mi lado se indignaba al escuchar a dos palurdos disfrazados con un traje dos tallas más grande discutiendo acaloradamente sobre alguna actitud machista generalmente aceptada del sujeto A para con la novia del sujeto A:

—Tío, eres un cerdo.

—Eso lo serás tú, asqueroso.

Fue pronunciar la palabra cerdo y mi compañero de viaje cerró los puños, chascó el cuello, torció la boca formando un ocho invertido y se dirigió hacia ellos llevado por la cólera del “Dragón Vegano”:

—Por favor, no se os vuelva ocurrir utilizar esa palabra para referiros a un ser humano: los animales están muy por encima de la única especie que supone un verdadero peligro para el planeta…

Se creó un silencio en el vagón de tales dimensiones que se nos bajó el pedo a mí y al maquinista. De hecho, la onda expansiva de estas palabras fue tan enorme que al llegar a casa no pude evitar tirar a la basura la pata de jamón, regalo de la empresa, y llegar a dos conclusiones:

  1. Tenemos que estar preparados para todo: la sociedad evoluciona de tal manera que por mucho que lo intentemos siempre nos quedaremos atrás, sorprendidos por el ritmo de crucero de una mente, la humana, que gira al doble de la velocidad de la luz, es decir: a toda hostia.
  2. Ahora que el movimiento vegano/animalista se ha normalizado hasta el punto de aparecer en las descripciones del perfil de Instragram de cualquiera (junto a ocupación laboral, edad y biografía inventada) y cada vez nos sorprende menos que un hombre pueda matar a otro pero la idea de matar a un animal nos parece absolutamente aberrante, es posible que asistamos al veredicto a favor del caso de Jordi Casamitjana, hombre blanco, heterosexual y de barba pintada con típex, que alegó en los tribunales ser despedido por sus creencias veganas.

Quizás lo que comemos nos defina más que cualquier otra cosa… En todo caso tenemos todo un año para comprobarlo.