Resistir

Resistimos todo este tiempo. Un mantra de oposición escrito en un cielo para niños. Nos limitamos a imitar lo que vivimos en casa. Padre resistía al despertarse muy temprano. Madre resistía en un trabajo fuera y otro entre paredes. A su vez, padre y madre resistían porque sus padres y los padres de sus padres resistieron. Pero ya no. La resistencia ha terminado. Hemos tenido suficiente. Ahora es momento de dejarse ir. Nada que ver con la derrota. Hace falta valor para admitirlo: que resistan los fuertes. Nosotros dejamos de resistir para evitar rompernos. Fuimos débiles, nunca nos rendimos.

El que resiste no gana, solamente resiste. Y sopla un viento que duele y el sol calienta menos que una estufa y el invierno es largo. Los animales lo despiden aletargados bajo un manto de nieve. Resistir, dormir, tal vez soñar. La palabra resistencia trae un aire de guerra entre aquellos que nunca quisieron ser soldados. Hasta los soldados aspiran a vivir en paz y agradecidos. Muchos conocieron el amor, atestiguaron el poder de la música y el tabaco, vieron un atardecer de fuego por detrás del bosque. Se acabó resistir a toda costa. La única resistencia que sirve se erige en contra de la muerte.

Podemos crecer, ampliar horizontes lejanos, aprender y progresar sin tener que resistir dentro de las horas, las estaciones, los años. Hoy se acaba. Hoy hay un compromiso de vida para resistir sin oponer ninguna resistencia. Este compromiso implica aceptar el lugar que ocupamos con la certeza de que la felicidad nunca es una aspiración que va a la contra, que los abrazos poco tienen que ver con los límites del cuerpo. El dolor desaparece cuando deja de encontrar obstáculos, barricadas. Hay calor sin resistencia, hay Sol. Lo juro.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la victoria

Lo normal es perder, antónimo de renunciar. Es más, el perdedor pierde antes de intentarlo, ¿no es maravilloso? También el ganador pierde a pesar de los triunfos. Puede ser un pedazo de niñez, sentarse en un banco y lanzar migas de pan a las palomas, vivir una vida que no condene la derrota. El fracaso nunca llega en vano si viene acompañado de una voluntad pequeña y firme. Poco importa la recompensa de los que alzan el trofeo, esa mal llamada gloria. El mundo lo celebrará olvidando que ganar implica mantener el entusiasmo ante un premio inalcanzable. Y es que nunca se deja de soñar. De ahí la pérdida.

Tras la victoria llega el ruido. También las lágrimas del derrotado. Dos extremos que se tocan por culpa del fallo. «El plan no está bien elaborado si no contiene uno o varios errores». Entonces, la suerte empuja la pelota. Suerte entendida no como el lugar de impacto entre la preparación y el pie de la oportunidad, sino como algo que se gana. Y la suerte cambia, también el ganador. El perdedor, en cambio, siempre es el mismo. No pasa nada. De perder nunca se muere. El éxito extermina.

Ganar como forma de vida; perder como filosofía. Luego está la ciencia de uno y otro. No hay nada como la senda del perdedor, de ese silencio que da miedo. El perdedor se levanta, coge un taxi y al llegar a casa piensa en la victoria fallida. El ganador, en cambio, cae rendido por culpa de las emociones. Poco importa el resultado. Lo que cuenta aquí es no tener miedo, intentarlo a pesar de que lo que no se puede no se puede y además es imposible. Luego está Messi, el cuervo blanco de esta historia. ¡Cuántos ganadores en el museo de la pérdida, cuántas estrellas!

Ilustración: Jee-ook Choi