La importancia de lo inútil

El cine, las canciones, el arte… cosas inútiles. Al menos si los comparamos con la labor de un dentista o un barrendero. Por esa razón reivindico la inutilidad frente al beneficio, la cama y el colchón frente al madrugador que cambia las sábanas del mundo, los pececitos de oro frente a los socorristas. Que algo no sirva para nada implica una forma de belleza inalcanzable para todo lo supuestamente útil. En una época en la que los clientes superan en número a los ciudadanos reivindicar lo inútil parece un acto subversivo. Recordatorio: ser un inútil es un cumplido pues implica libertad de pensamiento, libertad para vivir sin aspirar a algo.

Toda mi adolescencia fue inútil. Mi guitarra y mis dedos en una habitación. Fuera sucedían cosas importantes, la montaña al fondo, la modernidad y el campo cambiando de amarillo a verde. Dentro había escalas, repeticiones, una melodía para otra canción triste, puro hedonismo científico que, años después, ha servido para que mi mundo no sea necesariamente mejor, pero sí me pertenezca. La inutilidad consiste en reemplazar lo que más quieres por aquello que se supone deberías querer más. Entonces gana el mercado, la lógica empresarial. Y el asco.

Crear sin un fin concreto, ni siquiera un final alternativo, llenar el tiempo con flores y gestos que nadie pueda ver. Así, de inutilidad en inutilidad, podemos escribir una biografía de lo que importa. Hay algo terrible en desechar aquello que funciona inesperadamente, como si el efecto se impusiera al hecho de soñar y enterrar la causa. Me gustan los mapas que representan fronteras lejos de la realidad, las canciones en el disco duro. Qué esenciales las cosas que no sirven para nada. Adiós al cálculo, bienvenido siempre lo incuantificable. Porque nadie es más rico que el que va al cine, que el que escucha música, que el que considera arte un rayo de sol dentro de casa.

Ilustración: Oyow

El hijo muerto

Solo se puede conocer el dolor cuando se pierde a un hijo. Lo demás son aproximaciones. Fue un accidente, se le paró el corazón mientras dormía, no pudo salir de aquella discoteca en llamas. Dentro de la sinrazón existe la posibilidad, pequeña como la uña de un bebé, de que el hijo muera por culpa de un golpe de metralla, de una bala dirigida al corazón de las tinieblas. El niño de la imagen no duerme, el padre se mancha con la muerte de su hijo. Entre medias hay noticias que importan más. El mundo debería pararse cuando suceden cosas como esta. Pero no lo hace.

Ante la pérdida de un hijo, el sufrimiento deja de ser una opción. El padre, el de la imagen, soñará con su hijo soplando las velas de una tarta, recordará aquella mañana que le vio salir de entre las piernas de la madre. Los tres lloraban. Ahora el padre llora hacia dentro, como lloran las bestias que han perdido el ritmo de las estaciones. Nosotros, europeos, tan lejos, somos testigos de un padre frente a su tumba, también la de su hijo, carne dolorida, carne muerta. Entonces el padre, cubriéndose la cara con la mano, entiende todo, también que la gente mire hacia otro lado. Porque todo lo pierde el que pierde un hijo, aunque los hijos creamos que perder a un padre pueda doler siempre. Lo que promete el dolor siempre se cumple. Dije siempre.

El padre sigue respirando cuando todo en la fotografía es muerte. Luz blanca sobre tela blanca, luz de un corazón que deja de latir. El milagro de la fotografía radica en la posibilidad de que el padre se levante, entierre al niño con sus propias manos y se aleje caminando solo. La muerte huele a injusticia, a flores secas y a conchas hechas añicos. Lo único que debiéramos temer es la muerte de la infancia. Lo que el niño necesita ahora es un baño caliente, que le limpien la sangre y que lo olviden. Quizás lo que los demás necesitamos sean un par de zapatos nuevos, vivir en paz sabiendo que la guerra enseña aquello que nunca necesitamos saber. Da miedo tanto dolor, da pena ver a un niño envuelto en un sudario de pura indiferencia.

Ilustración: Mohammed Saber

Llegar a los cien años

Ayer conocí a un señor de 100 años. Había tres globos dorados en el salón, un uno y dos ceros de helio entre el techo y la alfombra de una vetusta casa. Todo en él, su mirada y su pijama, el aire alrededor de su nariz, los cuadros y los libros, todo tenía el aspecto de lo que dura demasiado. Este señor ocupaba un sillón sin saber muy bien cómo había llegado vivo a 2024… Así que me dio miedo preguntarle por sus ganas de vivir, si no se le hizo muy largo pasar de siglo en siglo mientras todo desaparecía. Me dio miedo hacerlo porque me sentí tan joven como los que dicen «bro», un recién nacido frente a un bosque de sequoias. La edad es un tema de la mente sobre la materia, sí, pero cien años conllevan una soledad intolerable.

Al mirarle a los ojos reconocí al que encuentra en el olvido un atajo para seguir tirando. Había viajado por el mundo, había visto cosas que nadie creería, había vivido más que nadie en el barrio. No pude más que compadecerme de él y de las 20.000 personas en España que alcanzaron su edad, sin olvidar a los vampiros de los after y a esos viejos que quieren morirse a los ochenta porque se quedaron viudos. Vivir cien años es un error, igual que morirse a los dieciséis o ponerse bótox cuando todavía no sabes la cara que tienes.

Recuerdo escuchar a mi padre decir que él prefería morir joven. Mejor eso que sufrir el deterioro del cuerpo, de la mente y de la moda. Se murió con 62 años dejándonos la sensación de haberse muerto mucho antes de lo debido. Quizás este señor de 100 años también se murió hace décadas, sin embargo sigue respirando por curiosidad, porque nunca se sabe qué se inventará la ciencia cuando seamos viejos. Queda claro que el secreto de la longevidad es la paciencia, queda aún más claro que el secreto de la juventud reside en creer saberlo todo.

Ilustración: David Shrigley

Las herencias

La tía murió y sus sobrinos la despedimos sin saber qué hubiese pensado al vernos frente a su ataúd. Cuando estaba viva, la visitamos menos de lo que se merecía. Ella, en cambio, estuvo siempre al otro lado, nos contagió su amor por el cine y la necesidad de leer para ser personas dignas. Dejó unos cientos de euros y muchos libros que valen menos que su recuerdo lleno de sonrisas y cigarrillos mentolados. Yo me encargué de repartir el dinero a partes iguales. Pensé en quedármelo y malgastarlo en un fin de semana. Fue un pensamiento que desapareció tan pronto como vino. En ese momento, delante del ordenador, me di cuenta de que las herencias, cualquier herencia, son un regalo envenenado.

Y no me refiero solamente a una casa a dividir entre hermanos, a coches nuevos o viejas motos, a cuentas corrientes y manuscritos sin publicar. Hay herencias peores: la alopecia, una nariz que crece y crece, el cáncer que se transmite de generación en generación o ciertas facciones de la cara. En cambio, el talento no parece hereditario, tampoco la bondad o las ganas de vivir sabiendo que, tarde o temprano, esto se acaba. Heredamos lo que deseamos, también lo innecesario. De alguna manera, mi tía habita en mí. Puedo sentirlo al verla en las fotografías. Los ojos nunca mienten. Quizás sí lo haga el corazón.

Me pregunto qué tipo de herencia dejaré delante (es evidente que detrás no dejo nada). Me gustaría que la gente al recordarme (un instante) pensara en canciones o en palabras, en una lista de metáforas absurdas y mi empeño por portarme bien con los demás sin conseguirlo del todo. No puedo legar mi cuerpo a la ciencia porque es demasiado pequeño, quizás por mi mano izquierda me darían algo. Lo mejor de mí fue lo mejor de la tía, todo alas, ni una sola raíz. Ninguno de los dos fuimos ejemplo de nada para nadie. Dejamos la ternura en vuestras manos, toda la esperanza en un mundo flotante.

Ilustración: Hasui Kawase

De la música

Ayer toqué con Mister Marshall en la sala El Sol. Fue un miércoles a la hora de la cena, uno de esos días en los que hay tantos saraos que Madrid parece una cola en cualquier parte. Tocamos, sin bises, rodeados de amigos y algún extraño que miraba al escenario entre asombrado y aburrido. Quizás las dos. Un concierto corto con un mes de promoción y malas decisiones, semanas molestando por mensaje,¡venid!, ensayos en un local caro, cargas y descargas, agujetas, cables, amistad, malos olores y cero beneficio económico. Pues bien, tocar música es, salvo raras excepciones, una continua pérdida y, probablemente, el acto compartido más bonito del mundo.

Y es que casi todo lo que importa en un concierto no se ve. Los técnicos; las horas con el instrumento; la frustración por aspirar a más cuando, en realidad, tocar con gente a la que quieres es sinónimo de éxito. La industria pone en valor al público (que paga), sin embargo, la música es una experiencia que va de dentro a fuera, nunca al revés, que está por encima de las redes y el ruido, que solo debe de tener en cuenta al que quiere descubrirla por sí solo. Resulta imposible imaginarse a nuestros ancestros sin cantar en torno a un fuego, sin convertir la pena en una fiesta o un baile. Luego, el silencio. Y ahí empiezan las canciones.

Recuerdo ser un niño con guitarra, nunca un niño solo. A partir de los doce años fue lo único que hice. Tocar para mí y para padre, tocar para la gente que venía a vernos en Segovia, luego Londres, después la rue de Maraîchers, Tokio en un piano. Nada cambíó. Poco público, muchas canciones, más años. Tenía que ser así. Porque la música da mucho más de lo que le puedes ofrecer, nunca defrauda, trata bien a los sordos y no penaliza la falta de talento. Por eso sigo tocando música con mi grupo y dando conciertos, para descubrir un mundo cada vez más lejano y recordarme que estará ahí, que pase lo que pase, la música estará siempre.

Ilustración: Guy Billout

Cuando alguien te gusta

Cuando alguien te gusta suceden cosas. La primera, y quizás la menos importante, es que uno se quiere un poco más. Por fin puedes hablar de todo lo malo que hay en ti, que es mucho y recurrente, del miedo a estar solo y al dolor. También de lo bueno. La otra persona te mira con ternura, «podrías ir a terapia», sugiere. Y te acepta. Lo sé porque una tarde, con la luz oblicua entrando por la ventana de la habitación, ella colocó su mano por dentro de la manga de mi camiseta. Y así, respirando un aire de siesta, los dos, dormimos sin saberlo. Por eso pareció soñado. Al despertar supimos que todo lo que necesitamos era ser solo nosotros, sin prisa, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta la ciudad de siempre parece nueva. Reconoces las calles, sus cristales llenos de luz, la gente sin orden en bicicletas con las ruedas deshinchadas. En cambio, surgen detalles que la hacen irreconocible. Sí, se puede ser extranjero en el barrio que conoces como nadie. Depende de la compañía. Incluso la Puerta del Sol, tan llena de gente, tan falta de personas, recupera su pasado de uvas por el suelo y te recibe, despeja la ruta hacia la siguiente plaza, hacia ninguna otra parte más que hacia nosotros. Ser feliz entre desconocidos que compran de forma compulsiva. Solamente hace falta alguien al lado que lo viva a su manera, sin prisa y sin luces de Navidad, sin deslumbrar siquiera.

Cuando alguien te gusta te asaltan las dudas respecto a cómo sería la vida juntos, peor por separado. Porque sabes que después de un mal día vendrá ella, que podrás mirarla y borrar el ruido de sus ojos, abrir una botella y dejarla casi entera. Todo tan banal, todo extraordinario. El tiempo pasa entre los dos, un edificio al fondo o por detrás de su perfil mediterráneo. Quizás lo más importante de que alguien te guste sea la incapacidad de no poder ver lo que tenemos delante, de inventar un mundo a nuestra medida, en la buena dirección, que se sostenga en la oscuridad del firmamento, sin prisa, sin deslumbrar, sin deslumbrar siquiera.

Ilustración: Guy Billout

La primera vez que tus padres se miraron

Nos empeñamos en conocer a nuestros padres cuando ya están muertos. Antes, el parto, los paseos de la mano, un viaje en coche, las comidas con mantel y migas. Después, la primera vez que les negamos un beso a la puerta de la escuela, el primer «te odio». Durante la infancia conocemos a los padres como padres, figuras que, en el mejor de los casos, están a un golpe de vista, en otro barrio, separados por una ciudad a cientos de kilómetros. Su ausencia permanente implica una herida. Su pérdida implica otra, quizás menos profunda, más limpia. Cuestión de orden y de afectos. Nunca conoceremos del todo a nuestros padres. Muchos de los que los que creen conocerlos bien ignoran la primera vez que padre y madre se miraron.

Los padres que quieren mucho a sus hijos también pensaron en abandonarlos. Fue un pensamiento fugaz, una salida hacia otros mundos. Muchas tardes llegaban a casa buscando paz. En cambio, había ruido, voces de niños por el suelo, juguetes fuera de sus cajas. Hay que ser muy buen padre para conocer a sus hijos y quererlos sabiendo que muchos de ellos serán unos futuros gilipollas. El amor ignora los detalles. Yo siempre miré a los míos sintiéndome querido. Les echo en cara que me dejaran a mi aire. Es la forma en la que los hijos no asumimos responsabilidades. Resulta más fácil señalarlos que considerarnos hijos imperfectos. Recordad esa salida hacia otros mundos…

Como hijos, nunca podremos ver la primera vez que padre y madre se miraron. Madre estaba en una feria. No era madre, tan solo una niña. Padre estaba frente a ella. No era padre, fue un hombre bueno de ojos verdes. Madre mordía una manzana de caramelo. Padre sonreía. La noria daba vueltas a su espalda. El mundo giraba en otra parte. Madre le tendió la manzana a padre. Padre siempre fue más de chocolate. No volvieron a verse hasta años después. Décadas más tarde, yo entendí que vengo de una feria en la que nunca estuve. Eso son padre y madre, una mirada cotidiana que cambió todo para siempre, latido en la distancia, vida a buen recaudo. Preguntadles a los vuestros antes de que sea demasiado tarde.

Ilustración: David Shrigley

Ese niño

Ese niño soy yo. Y ya no existe. La foto evidencia que puedo ser tan viejo como las piedras de la catedral, que aquella fue la era del Simca 100 y el Talbot Horizon. Hoy, en cambio, la densidad capilar se difumina, ojeras, el gusto a la hora de vestirme ha mejorado. Creo. Por su parte, el tiempo se encargó de enterrar muchas de mis aspiraciones: ser médico, alto, vivir en América. Porque crecer se parece poco a hacerse viejo. Quizás no deberíamos crecer; quizás deberíamos aprender a morir antes. En todo caso, la vejez conlleva un dolor que los niños desconocen. De ahí la sonrisa. Lo más extraño es mi deseo de no mirar atrás. Prefiero mantener mis rodillas intactas y hacer ruido al agacharme. Ese niño fui yo. Y todavía existe.

Nunca entendí a los mayores que desean volver a ser niños. ¿Para qué volver a lo que nunca dejamos de ser? Observo a los adultos y solo veo en ellos rasgos de niños que se parecen a sus padres. Le sucede a madre cuando se sienta en la silla del hospital y habla con sus hermanas. Las tres son viejas, las mismas niñas que iban juntas al colegio. Todas son bellas de una manera incomprensible. Vivieron y, a pesar de la soledad y el dolor omnipresente, se levantan de la cama, preparan café y salen a la calle. Las tres sonríen cuando miran a la cámara. El sol calienta sus envejecidos rostros.

Lo más difícil de hacerse mayor consiste en aceptar lo que nos pasa, pero sobre todo lo que nunca llega a suceder. Estar en paz con nuestro mundo —el mundo es otro— cuesta. Y uno insiste en los mismos errores, y el horror parece perseguirnos allá a donde vayamos. Pero uno insiste. Solo aspiro a no convertirme en un viejo cascarrabias, de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esos viejos ni siquiera recuerdan sus manos manchadas por las alas de una mariposa ni el sabor de las moras. Si fuimos niños entonces podremos seguir siéndolo, como ese niño, el mismo que seré dentro de muchos años. «Crecer o no crecer», me digo. Esa es la única pregunta que importa.

Sobre madurar

Madurar, pocharse, seguir viendo pasar paisajes por la ventanilla. Así se hace uno a sí mismo, a base de tiempo bien invertido, fuera lastres. Parece que la única forma de posponer el placer inmediato y construir a largo plazo sería madurando, es decir, por obra del dolor. Toda la vida, toda, sufrimos cambios. A veces, son debidos a la pérdida (los más traumáticos), otras nos permiten ver el margen de la foto. Con lucidez y arrugas resulta fácil reírse de las cosas, también del señor en el espejo, de todo lo que hicimos y también haremos. Madurar implica relajarse, asumir que, siendo jóvenes, fuimos tan gilipollas como los jóvenes que nos adelantan.

Solamente la madurez nos permite enterrar sueños sin llorar. Te dices «no conseguí nada de lo que me propuse… y está bien». Hay algo de acomodaticio en ella, como si en algún momento nuestro cuerpo mandara señales de alarma a nuestra mala memoria. Madurar es protegerse, hacerse un poco invisible, quedar con un amigo y despedirte con ganas de volver a hacerlo. Aburrimiento, sí, pero también tranquilidad como mejor aspiración que la felicidad. De lo contrario sería imposible asumir la putrefacción de la carne. Luego, el olvido. Ah, y despertarse sin alarma. Ahí ya eres alguien maduro de verdad (no necesariamente interesante).

Por favor, no confundir madurez con mayoría de edad. Los hay (sobre todo tíos) que no maduran nunca, que viven en casa de sus padres y se quedan solos cuando los bares cierran.. rodeados de universitarios maduros. Ellas, por lo general, maduran antes de la pubertad. Por esa razón, el mundo entre sus manos se ve como una manzana sin gusano. Estoy de acuerdo con Edison: la madurez puede ser más absurda e injusta que la juventud. Primero porque nadie aspira a ella, aún menos a echarla en falta. Eso somos, barcos de arroz a la deriva buscando una isla en el mar o un charco, una isla mínima, con un par de geranios y una vela ardiendo. A eso nos conduce la experiencia. Y la luz de un sol muy viejo ayuda a ir olvidando sin rencores, más despacio, más solos.

Ilustración: David Shrigley

Las primeras veces

Todos recordamos las primeras veces. Es más, casi todas esas primeras veces conforman el cuerpo de una felicidad encubierta, una casa que el tiempo intenta derribar. La casa, la nuestra, se levanta sin puertas ni ventanas, y nosotros, desde dentro, abrimos huecos por los que se filtra una luz blanca: aquella primera vez en bicicleta, la primera vez que te cortaste el pelo muy corto, la primera vez que escuchaste la canción más bonita del mundo. A esas primeras veces uno llega sin querer, como si ir creciendo consistiera en prepararse para algo que sucede de forma esperada… siempre por primera vez. A esos lugares vuelves estando feliz o muy jodido. Y nunca te cansas, como nunca se pierde el rastro de las primeras veces. Hacerlo implicaría perderse mal y para siempre.

El sexo acapara muchas primeras veces. El primer tacto como motor de la convivencia. El primer olor, misterio materializado en droga. La primera vez de una primera vez hecha de amor no puede compararse con nada, como tampoco podemos comparar con nadie a la persona que nos descubre por primera vez lo conocido. Entonces comer es otra cosa, caminar por el centro de Madrid tiene su encanto. Hasta levantarse un lunes, hacer pis e ir a la ducha deja de ser cotidiano. Sí, hay un milagro en las primeras veces, precisamente porque son cosa de dos. Milagro es aquello que se repite cada día por primera vez.

Los viejos creen que las primeras veces disminuyen con el paso de los años, que faltan sorpresas, que lo vivieron todo. «¿Te acuerdas?». Se equivocan esos viejos. ¿Cómo ver las cosas por primera vez si la vista está cansada? Con ojos nuevos de viejo. Los niños lo hacen desde abajo. Arriba hay humo y cenizas, las vistas son mejores, precisamente porque muestran la crueldad del que pierde la sorpresa. Siempre recordaré la primera vez que vi un muerto. Parecía dormido. Ese primer muerto era mi padre. Gracias a su muerte pude ver a madre por primera vez. La sigo viendo. Cada vez más mayor, cada vez más niña. Ver las cosas por primera vez implica no salir ileso. Su primer grito, mi primer suspiro. Y nuestro amor nunca termina, como la primera vez, como la última.

Ilustración: David Shrigley