El villancico más bonito del mundo

Llega la Navidad. Y con ella los villancicos, canciones populares tirando a feas, historias de peces, paz y pesebres al rimo de cajas registradoras. Quizás este año no nieve, pero los villancicos estarán por todas partes, como Mariah Carey o Wham con esos jerseys imposibles, como las resoluciones que se olvidan mucho antes de que llegue el buen tiempo. El invierno sería un lugar más apacible si escucháramos «Fairytale of New York» en los ascensores o la calle. Su autor, Shane MacGowan, murió hace tres semanas, dejó 15.000 euros para la barra libre de su funeral y obró el único milagro que se repite cada año. Porque es posible que una canción sea el villancico más bonito del mundo.

La canción rememora las ensoñaciones de un inmigrante irlandés encerrado en una celda de Nueva York el día de Nochebuena. Está de resaca, le embarga la nostalgia y se acuerda de su chica, otra irlandesa alcohólica con muy mala hostia. Ël era guapo, ella era preciosa y, mientras sonaba una canción de Sinatra, se besaron en una esquina. Después bailaron durante toda la noche. Nunca cumplieron sus sueños, happy Christmas, i love you baby. Él era un cabrón, ella una fulana, él era Shane, ella Kirsty, feliz Navidad lo será para ti. Ojalá sea la última. Todo en la misma canción.

Quizás la Navidad representa un espejismo en el que creer que todo irá bien, la única manera de salvarse durante una noche o el tiempo que tarda la luz en tocar el suelo. Es un momento torpe de buena voluntad, un género en sí mismo. Algunos vuelven a casa, otros dejaron un hueco en la mesa y las canciones nos sirven para quitarle a la pena algo de peso. Por esa razón, el Departamento de Policía de Nueva York canta una vieja canción irlandesa, por esa razón algunos siguen estando tristes. Y, de pronto, la música consigue que todos empecemos nuestra vida en cualquier parte.

Sin villancicos no hay Navidad

En diciembre las navidades llegan a lomos de El Gordo, mucho estrés, cenas familiares con tendencia al infinito (+ 1) y ese famoso espíritu ‘anti-grinch’ que impulsa al paisano a desear la felicidad de aquellos a los que no soporta el resto del año. Sin embargo, ¿qué sería de los belenes, las luces y las burbujas sin la banda sonora que los acompaña? Porque si el verano no se entiende sin Georgie Dann, la primavera abre las flores y el otoño es la estación en la que la gravedad es norma, entonces los villancicos son culpables de convertir el invierno en melodía, a veces tortura, campana sobre campana y sobre campana… ya se sabe.

El villancico surge como la canción de la villa, registro costumbrista de esos lugares en los que la vida pasa y a los que se da forma allá por el siglo XIII, convirtiéndose en verdaderos éxitos durante el reinado de Isabel la Católica. Y es que hace siglos nadie escuchaba el «All I want for Christmas is you» —la canción le ha «regalado» a Mariah Carey más de 60 millones de dólares desde 1994—, sino que los más pequeños esperaban la Navidad para cantar las aventuras y desventuras de otra María, su burra, un marido con manos hábiles, su hijo sin pecado, estrellas fugaces indocumentadas y reyes cargados de esencias. Pero ¿cuáles son los ‘hits’ más calientes en estos días de ‘trap’ y rosa(lías)?

Pues el «Campana sobre campana» anónimo y, como no podía ser de otra manera, de origen andaluz. Traducido a un centenar de idiomas, nunca falta en Cortilandia. Le sigue «El tamborilero«, parido en Checoslovaquia y hecho himno en la versión inglesa de Katherine Kennicott. Destaca la revisión LGTBI de Raphael —muy ‘porropoponpon’—, la de Bowie a medias con Crosby y, por supuesto, la de Bad Religion sin Kenny G. «Noche de paz«, «Blanca Navidad«, «La Marimorena«… todos ellos nos tocan con su halo entre grimoso y pacífico, melodías con la capacidad de condensar en el presente un pasado con mimbres de repetición futura. Y ya es Navidad por aquí.