La supergonorrea es el nuevo sida

Hace unos meses disfruté de una cena estupenda en casa de unas “amigas”: fetuchini con salmón fresco servidos en una vajilla asimétrica y multimillonaria, vistas a un Madrid convertido en maqueta, y una conversación que saltaba de Nueva York a Codorniz, de la farándula a los caramelos de THC… hasta que nos topamos, ya en el postre, con las enfermedades de transmisión sexual, y en particular con el brote de supergonorrea que amenaza con conquistar el mundo del follisqueo irresponsable.

Resulta que nadie le teme al sida. De hecho, y por extraño que pueda parecer a los hijos de los noventa —década en que las muertes por causa de la epidemia se dispararon exponencialmente—, se trata de esa época arcaica en la que el condón era el rey de los recreos y las charlas sobre sexualidad. Después llegarían los avances científicos, el estado del bienestar despertaría de ese sueño incómodo y la pereza le ganaría al respeto porque total, si ahora es una enfermedad crónica, ¿de qué preocuparse?

La revolución ha llegado con la PrEP, siglas para profilaxis preexposición, y en particular con un medicamento contra el VIH denominado Truvada, el “comprimido” que se consume erróneamente como la pastilla del día después y con el que las personas seronegativas, aunque expuestas al virus, reducen en un 86% las posibilidades de contagio. Resultado: millones de mentecatos que se quitan el condón para follar y mear y como consecuencia de ello la gonorrea —enfermedad mucho más vieja que Carmen Lomana—, irrumpe en el siglo XXI convertida en Conan el Bárbaro cabreado e inmune a los antibióticos.

Por favor, follad mucho, muchísimo, pero nunca intercambiéis salud por imprudencia ni libertad por veinte minutos de gozo sin látex. Vuestros genitales os lo agradecerán, y vuestra vida también.

¿Es James Rhodes un pianista extraordinario?

Después de haber puesto sus discos, disponibles en Spotify, leído con avidez su ya clásico “Instrumental” y escuchado los testimonios relativos a una infancia disuelta entre desgarros anales y los devastadores efectos colaterales en su vida adulta me resulta realmente complicado responder a la pregunta con la que titulo esta mierda de artículo.

Y la razón se encuentra en la turbulenta relación existente entre la capacidad natural del intérprete para enfrentarse a una obra ya creada y sin embargo abierta (en canal) a infinitas lecturas, y la personalidad del que acepta tamaño reto, la misma que, como en el caso que nos ocupa, demuestra su faceta más suicida al pretender estar a la altura de genios como Ashkenazy, Glenn Gould, Lang Lang o Pollini, pianistas extraordinarios dotados de personalidades igualmente extraordinarias con un elemento común: la capacidad de conectar sus fardos emocionales con los de las obras inmortales que se deslizan bajo sus chiclosos dedos.

Las interpretaciones de Rhodes poseen una característica rara —vaya por delante que yo soy un puto guitarrista—, cierta fragilidad salpicada de torpeza, como si la obra fuera demasiado inabarcable para ese niño adoptado por Madrid pasados los cuarenta —Jaime Rodas sería su nombre castizo— y que al mismo tiempo conmueve de una manera tan apabullante que cuando te das cuenta ya es demasiado tarde para controlar las lágrimas. Y como todo aquello que se puede sentir a veces no puede ser convertido en palabras, James se sienta sobre ese mueble pintado y lo vivido se queda atrás —sombra de un recuerdo todavía presente entre esa maraña de pelo revuelto— para regresar convertido en una taquigrafía de la emoción, el único lugar en el que equivocarse es profundamente bello.

Me reafirmo. No sé si James es un pianista extraordinario, pero está claro que guarda un secreto, el del horror convertido en amor incondicional por la vida hecha música clásica, el de la rabia transformada en piano, rey absoluto de un futuro que ya pasó, del ahora convertido en el humo de un cigarro.

El día que David Gilmour subastó todas sus guitarras

Algunos no sabrán quien es David Gilmour y, sin embargo, todo el mundo ha escuchado alguna de las canciones de su grupo, uno de esos monumentos sonoros que transformaron para siempre el mundo, convirtiéndolo en un lugar mejor. ‘The Wall’, ‘Wish you were here’, ‘Comfortably Numb’… la lista es larga e incluye momentos definitorios en la vida de muchos guitarristas que aprendieron a mover los dedos y los ventrículos del corazón al ritmo lento marcado por el chico del pelo largo y los ojos azules tirando a mar.

El caso es que ahora el chico en cuestión, un señor calvo y viejo, se ha desecho de todas sus guitarras en una subasta, obteniendo la friolera de 21 millones de dólares que ha destinado a la lucha contra el cambio climático.

Este acto —para Marc Gasol sería el equivalente a la amputación de los dos brazos— debería ponernos, por lo menos, en alerta. Y no por la cuantía recaudada —pagar cuatro millones por una guitarra es un síntoma grave de pérdida de perspectiva—, sino por la importancia que los instrumentos tienen para la mayoría de sus propietarios, tatuajes de madera pintada asociados a instantes muy particulares que terminan en manos de coleccionistas fanáticos, paletos con gorras de los Nets y hombres de negocios enfundados en trajes a medida que colocarán la Stratocaster negra o la Martin D-35 en una urna climatizada, convirtiendo a un ser vivo repleto de melodías en un objeto mudo, en las cenizas de una santa que una vez fue música… y además inmortal.

Quizás despidiéndose de sí mismo y quedándose un poco más solo en su mansión el señor Gilmour quiera recordarnos que sin un planeta tierra en el que vivir ni siquiera habrá lugar para las canciones, los únicos pobladores que no ocupan espacio y habitan, al mismo tiempo, en todos nosotros. Gracias por el recordatorio, David; ahora me siento confortablemente entumecido ante un futuro incierto.

Madonna, la desesperación de ser joven a cualquier precio

La reina indiscutible del pop para masas y maniquíes, de las cruces ardiendo y los salmos envueltos en papel de consolador ha vuelto. Y lo ha hecho de la peor manera posible. Porque Madame X, su decimocuarto disco, es una colección de canciones tan vacuas como una ventosidad en el autobús, un trabajo tan inabarcable y meditado —es evidente que existe un verdadero intento por concentrar toda la problemática del mundo actual en 55 minutos— que queda reducido al peor enemigo de Atreyu, ese vacío entre la nada y lo insignificante.

Y es que escuchar las 15 canciones de la versión deluxe ha sido una experiencia parecida a comer tierra en la que los platos en el menú encajan de manera perfecta y maquinal, con un poquito de Maluma por aquí —para llegar a las generaciones que no saben lo que es el sida—, con el toque justo de portugués, español e inglés de Brooklyn por allá, esclavos, trap, odas a la libertad y la existencia divisada desde un palco V.I.P., como si de repente, la mujer que redefinió las reglas del juego de la música de franquicias hubiera decidido volverse trascendente para conseguir exactamente lo contrario.

Mirando la portada, con su cara-máscara y una epidermis a prueba del paso del tiempo y el 5G lo entiendes todo: llega un momento en la vida en el que lo mejor que puede hacer un artista es callarse, pero claro, ella es Madonna, la mujer que representa como ninguna otra que crecer no significa encontrarse a uno mismo, sino más bien crearse, lejos de una reinvención que solo nos otorgará la llegada de la muerte.

La pregunta es la siguiente: ¿se ha convertido Madonna a los sesenta en un objeto exclusivamente venerado por el público gay? Quizás ese sea el precio a pagar por mantenerse eternamente joven.

No habrá más que gilipollas

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que la sociedad está cambiando, y además a toda hostia, no se sabe muy bien si debido a un acto reflejo de los dedos de los adolescentes sobre pantallas de ITO y vidrio o a que simplemente el tiempo se comprime cada vez que cumplimos un día más de vida en la tierra, y por lo tanto, uno menos.

Lo ves en un metro repleto de zombies en sandalias que hablan por Whatsapp antes de compartir su centímetro cuadrado en el vagón, en el puritanismo extremo que se instala en la mente de todos nosotros —censores involuntarios de actos y palabras supuestamente molestas—, en la humanización de los animales ahora convertidos en substitutos totémicos del hombre, un ser repugnante que renuncia a comérselos, pero los carga en una mochila sobre el pecho, al lado del corazón, imitando a una madre que camina con su hijo recién nacido dormido entre sus lácteos senos.

¿Y qué decir de esos millennials orgullosos que reivindican un mundo para ellos al margen del resto, viejos decrépitos a los cuarenta incapaces de entender cómo coño unas mallas de ciclista pueden ponerse de moda y afearse sea sinónimo de estar en la puta movida?

Es cierto que aspiramos a una sociedad más humana y civilizada, a un trozo de tierra donde la naturaleza deje de estar al servicio de los intereses empresariales, a una ciudad sin humo en la que las corridas de toros sean un pasatiempo de nuestros abuelos, seres primitivos en trajes de domingo, sin embargo, en el proceso perdemos la esencia de lo que somos en realidad, un trozo de carne a mitad de camino entre la uniformidad y esa chispa que nos permite ver que no todo es tan bonito. Y de pronto, como si se tratara de una profecía, recuerdo las palabras de Renton: «El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, hasta los tíos y tías están cambiando. Dentro de unos años no habrá ni tíos ni tías, solo gilipollas».

Candela Peña

Parece que Candela Peña (Gavá, 1973) siempre estuvo allí, y sin embargo, como sucede con los actores únicos, se enciende y se apaga en función de las oportunidades laborales proporcionadas por un mundo, el de la interpretación, que representa mejor que los demás la oscuridad de unos hombres y mujeres que son ellos mismos y muchos otros al mismo tiempo.

Y es que “jugar” un papel, en el cine, el teatro o en la soledad de una calle concurrida, implica esperar a que suene el teléfono, a que el asistente de producción te diga que te toca o simplemente aceptar amargamente esa (terrorífica) palabra que es el NO después de la enésima audición.

Candela se ríe, rasca sus cuerdas vocales con cada palabra y reclama más trabajo. Porque ella es clara, por eso brilla, y no tiene reparos en decir en “La Resistencia” que deberían pagarle mejor por la segunda temporada de “Hierro” y que, a pesar de las alfombras rojas y el ruido de los flashes, no hay nada de glamuroso en el oficio de interpretar, que muchas veces el miedo a que no vuelvan a llamarte mientras escuchas crecer a tu hijo pequeño hace de vivir una peli de terror.

Mi intérprete española favorita no provoca cuando habla, simplemente escupe una verdad escondida en los camerinos del miedo, y que si «los tres Goyas que he ganado no sirven para nada», que le debe 50.000 euros a su madre, que «hay que hacer de todo porque de las malas películas no se acuerda nadie» y que Pablo Motos es… —bobo, eso lo digo yo— , y lo hace mientras sus dos ojos de niña de barrio y cine miran hacia el interior de todos nosotros, espectadores mudos ante una actriz mayúscula.

Los actores son personas a merced de cualquiera, y yo siempre estaré a la de Candela, la única que se despoja de una máscara que es a la vez destello y realidad a prueba de ficción.

La cama y el tiempo suspendido entre dos sueños

Una cama es un universo rectangular alrededor de un sistema perfecto que se deteriora. Y no solo eso. En ocasiones el colchón duro o amarillento —nos vale también con una vieja manta llena de pelos de gato— actúa como un barrera de coral al margen del día a día, de la noche que antecede al amanecer y por lo tanto a la vida que regresa. Y en ese punto, lugar de encuentro y conflicto entre dos cuerpos desnudos y sudorosos, se produce el milagro.

Resulta que las palabras pronunciadas dentro de los límites de una balsa de aceite y látex nunca se pronunciarían en la calle o en el trabajo. Los amantes se miran a los ojos y reconocen que sus respectivos matrimonios no funcionan, que por eso huyen en compañía de alguien más extraño, que en horizontal y en una habitación extraña parecen reencontrarse con lo que realmente son, un poco más acá, menos allá, más ellos mismos… y las conversaciones fluyen de tal manera que se acaba diciendo más de lo debido porque en realidad ¿hay algo más parecido al viento que una cama? Después recuperan el ritmo cotidiano, se visten con cierta pesadumbre y vuelven retomar exactamente donde lo dejaron, al principio de algo que se parece poco a lo que realmente quieren.

Las parejas estables, en cambio, dejan de hablar antes de cerrar los ojos porque saben que a la mañana siguiente las palabras empleadas en el cuadrilátero multiflex regresarán a ellos como un sueño recurrente, y claro, nadie quiere volver a recordar lo que nunca se llegó a decir por culpa de la convivencia convertida en un acto repetitivo; pero hijo, ¿por qué quieres dormir siempre con nosotros? ¿De qué tienes miedo?

Son las 7:27. Estoy solo. Miro el techo manteniendo mis huesos hundidos entre las plumas de un colchón carísimo y lo compruebo: el tiempo se detiene y el mundo ahí fuera no me agarra por el cuello. Después de todo, ser bueno en la cama no es más que dormir del tirón y mantener la boca cerrada…