Almodovar, el fondo y el rabo

Vaya por delante que no he visto Dolor y gloria, la última película de Almodóvar. Desde Mujeres al borde de un ataque de nervios su cine colorea el paso del tiempo —que al mismo tiempo es el mío—, transformando el gris en rojo corazón, en naranja madura, en azul topacio fresh.

Es verdad que a medida que el blanco cubre su cabellera de armiño manchego, sus personajes se vuelven más y más afectados, como si la movida madrileña de la que procede no fuera más que un mal recuerdo en el que la naturalidad y la provocación dejan paso al sosiego de un paisaje cubierto por molinos.

Y como él, que utiliza la memoria a modo de flotador al que asirse cuando le toca escribir, yo también regreso a mi juventud. En el país vecino nadie duda de su talento, rayando el genio. Incluso la Cinemateca Francesa llegó a dedicarle una exposición, iluminando un París que esa mañana amaneció cubierto.

Algunas cosas nunca cambian. Francia y el mundo se nublan mientras España deslumbra, dividida entre fanáticos y detractores de su cine. La animadversión que desatan cada unos de sus estrenos solo es comparable a la que genera Rosalía, que ahora también tiene que soportar críticas por el dinero que cobra… además de cantar a la orilla del río en Dolor y gloria.

Porque estas dos palabras, complementarias y al mismo tiempo antagónicas, definen a la perfección el cine de Almodovar. En cada azulejo, en cada mirada, en cada palabra del guión se percibe la tristeza de un hombre único, capaz de sufrir con tal de conmover sin olvidarse de la belleza. Cuando todos lo entiendan Pedro tendrá el reconocimiento unánime que se merece. Sus películas tienen buen fondo y buen rabo, y eso… eso enamora.

La cara de las embarazas

Me resulta muy difícil distinguir a una coreana de una japonesa. Tampoco podría adivinar —aunque quisiera— si el chico que acaba de entrar en el metro, con una camisa vaquera abierta y el pelo revuelto sobre las pestañas —ocultas detrás de unas Rayban—, es un músico o un idiota. Y por supuesto: imposible determinar si mi portero (rumano) vota a Vox o justo lo contrario. Sin embargo, puedo garantizar ante cualquier jurado que en un muestrario de cabezas sabría reconocer la de una embarazada entre las demás. Y la razón se encuentra en sus ojos. El color varía pero todos se asemejan a faros que resplandecen, que vibran, que sollozan sin derramar lágrimas, planetas destinados a salirse de sus órbitas, guardias de seguridad sin días libres.

La cuestión que se esconde detrás de esa mirada en la que el tiempo se detiene en seco podría deberse a la preocupación que las embarga. Es un momento de nueves meses único —al fin y al cabo de ellas depende el presente y el futuro de la raza humana— en el que su percepción del mundo se altera, conectándose con la vida en su dimensión milagrosa. Porque ¿acaso hay algo más extremo que estar conectado por un cordón a un ser vivo que siente todo lo que le rodea en el interior de un jacuzzi de líquido amniótico? Solo de pensarlo me mareo.

Y ese cambio afecta a su cuerpo… y a sus pensamientos. Ahora los interrogantes son otros. ¿Seré una buena madre?¿Vendrá bien?¿Vivirá en un entorno estable con el mar lleno de plástico?¿Por qué coño tuve que buscar sietemesinos en Google?¿De dónde nacen estas ganas de llorar?¿Y mi pareja?

Tal vez sea el momento de dejar lo de los nombres del bebé para otro momento y hablar de la importancia de las madres embarazadas. Sin articular palabra. Tan solo hay que mirarlas; lo llevan escrito en los ojos.

¿Son buenos los grupos de música integrados por mujeres?

La respuesta está muy clara. Algunos sí y otros no. De hecho me inclino por decir que —en algunos casos—, los grupos de mujeres arrasan a cualquier bandita compuesta exclusivamente por hombres. No solo lo digo sino que me reafirmo con ejemplos inapelables.

HAIM: lo de estas hermanas es otro nivel. Simplemente lo hacen todo bien y además en familia. Producen, cantan, tocan como diosas y además son simpáticas… de ahí a la dominación mundial solo es una cuestión de dólares en inversión y no de hormonas.

LARKIN POE: otras dos hermanas que tocan blues al nivel de Joe Bonamassa y John Mayer. ¿Se merecen el éxito? Sin duda y no precisamente por el hecho de ser mujeres. Cierra los ojos, abre los oídos y siéntelo: es de verdad.

MOURN: este grupo barcelonés rompe todas las reglas. Primero porque en sus filas milita un chaval, tan joven y talentoso como ellas, y segundo porque entre los cuatro suman la mitad de años que tu hijo pequeño. Un caso de precocidad extrema que jode mucho más que el género: han entendido las claves de la música mirando vídeos en Youtube, pringao.

La otra respuesta es más difusa y concierne a esas bandas femeninas —todos sabemos de quienes se tratan— que poseen una gran exposición mediática y ni siquiera saben sostener un instrumento. Porque ahí está la clave; si no sabes qué hacer con una guitarra al menos sal bien en la foto. Esta cuestión levanta ampollas entre ciertos sectores, generalmente hirsutos y algo resentidos, que consideran injusto que se les “premie” a ellas por el hecho de ser mujeres.

Tengo que reconocer que de primeras pude contemplar esa posibilidad, pero al ampliar la lente del telescopio sobre al actual estado de un mundo que adquiere paulatinamente el rostro más humano de la madre Tierra, fui consciente de estar equivocado. Todos esos grupos de mujeres que supuestamente no saben tocar implican un cambio. Quizás solo sea momentáneo, quizás determine un nuevo rumbo en la música. Quién sabe. En todo caso —y siguiendo las sabias palabras de mi adorada Donita Sparks— la única respuesta posible es la siguiente: «Chavales; aceptarlo o de lo contrario os meterán sus tampones en la boca»

Palabra de RiotGrrrl.

El Real Madrid pierde, las mujeres ganan

Parece ser que la vida, una sucesión de acontecimientos con tendencia a repetirse, siempre ha sido un juego de hombres y mujeres. Y no empleo la preposición contra porque creo que en ese partido —que se libra todos los días en un terreno de juego llamado mundo—, el protagonismo lo comparten los dos… pero tan solo los primeros acaparan la luz de los focos.

A pesar de la evidencia, en el deporte, las letras, cerca de las estrellas y a pie de calle, muchos hombres consideran que todas estas reivindicaciones feministas están fuera de lugar porque, si el sistema funciona, ¿para qué cambiarlo?

Resulta que la otra mitad, exactamente 3712 millones de mujeres, no comparte esa visión. Y no solamente eso, sino que sienten que deben de dar un paso al frente y decir bien alto que no les gusta lo que ven, que ya está bien de ser las guardianas de la clandestinidad, y que a veces, el todopoderoso Real Madrid, Victor y Victoria del deporte rey, tiene que aceptar la derrota y recapitular.

Es un hecho; las mujeres, «esas que se quedaban en casa con los niños», comienzan a ser una “amenaza” porque ya no tejen jerseys blancos para el invierno, sino que tejen cambios, algo que es percibido por el macho competitivo como una amenaza.

¡Hombres!; ignorad la realidad del 8M o si preferís parad un segundo, escuchad sus reinvindicaciones y —si así lo sentís— secundad la huelga. Pero estad tranquilos porque ellas no reclaman vuestras cabezas o dominar el mundo (tienen cosas más importantes que hacer), ni siquiera desean ejercer el poder sobre vosotros… sino sobre ellas mismas.

¿Por qué la muerte de Luke Perry y Keith Flint nos afecta tanto?

Siempre reaccionamos de la misma manera. Independientemente de nuestro origen geográfico, condición social, orientación sexual y creencias, cada vez que se rompe una de las patas sobre las que se sostiene nuestra adolescencia y parte de una juventud menguante —siempre bajo el filo de la guadaña—, sentimos esa sensación de vértigo en el estómago seguido de un sabor a óxido debajo de la lengua. Y da igual que lo intentes racionalizar: ¡si solamente era un actor de segunda de una serie americana hortera…, o si ni siquiera sabía cantar y sus carencias capilares las suplía con altas dosis de maquillaje y esa mirada perdida de jaguar acorralado!

En la mayoría de los casos, todos los que nos abandonan —exceptuando a sus familiares y amigos— eran perfectos desconocidos para nosotros. Sí, extraños a los que abríamos las puertas de nuestras noches más memorables y los rincones más inaccesibles de nuestra intimidad, precisamente el material del que están hechos los (mejores) recuerdos.

¿Y qué ocurriría si nos despojaran de la capacidad de rememorar el pasado? Simplemente veríamos desaparecer (ante una memoria agonizante) nuestra propia vida. Porque Luke Perry y Keith Flint representaban un pequeño trozo de esa parte invulnerable que late en nosotros, la misma que nunca envejece porque está en el ángulo muerto del paso del tiempo, el gran exterminador de estrellas de nuestro particular paseo de la fama, todas ellas fugaces.

Tenemos claro que padre y madre morirán, que los amigos no cumplirán el pacto de sangre y terminarán — en el mejor de los casos— dejándonos solos, pero nunca seremos capaces de asumir la pérdida de un hijo y un recuerdo unido a la juventud. Cuando esto sucede somos expulsados de nuestro paraíso particular.

90210: Smack my bitch up.

Luís Zahera, cuando los secundarios brillan como los diamantes

Luís Zahera. Por fin un secundario en el cine español con la capacidad de ser el protagonista absoluto en cada escena (compartida). Porque da igual si a su vera están José Coronado, Luís Tosar o Antonio de la Torre, —el triunvirato de actores más en forma del panorama patrio—: él arrasa, brilla como un diamante sobre una sábana de terciopelo negro… y lo hace sin levantar la voz, con la gracia de compartir el fotograma en el balcón, el pazo o los pies descalzos a orillas de la Illa de Arousa.

Porque hacer películas, como casi todo a excepción de la escritura y el onanismo, es un juego de equipo en el que solo aquellos dotados con la intuición para entenderlo en toda su extensión son conscientes de que sacrificándose ganan todos, que pasar la pelota es un arte en sí mismo y que, algunas veces —más bien pocas—, el mundo reacciona, nos da un codazo en las costillas y no tiene más remedio que decir que así es, que el mérito es siempre compartido.

Después llegan los premios,¡hostias, los chinos!, los reinos desmantelados por la corruptela patria y los desastres ecológicos, y Luís puede seguir siendo esa cara que todo el mundo reconoce y sin embargo nadie asocia a un nombre porque, en realidad, ese es el verdadero trabajo del actor: desaparecer dentro de los personajes que interpreta y, en el caso de Zahera, ser Ferro, Petróleo, Releches o ese que siempre ha estado ahí.

Ahora haced una cosa e id al cine a ver El reino. Al llegar a la escena que ilustra la foto de este artículo contended la respiración. Parece una comedia, un diálogo improvisado, personajes de ficción embutidos en trajes a medida y sin embargo los ojos, la voz entrecortada, la baba en la comisura de los labios y la hija de la gran puta de Frías nos recuerdan que es real porque es Luís Zahera.

Galiza, terra de loitadores.

¿Cómo escribir la risa correctamente en un mensaje?

Recibo críticas constantemente por esta cuestión. Y todo se debe a mi incapacidad para utilizar un icono que llora para expresar que algo nos produce risa… pero no necesariamente que nos haga llorar de la risa.


Al principio utilizaba la onomatopeya jijijijiji, hasta que, después de varios meses de críticas y acoso por mensajería, decidí que tenía que cambiarlo. Era evidente: no expresaba la idea con claridad. Además era como de tío flojo, ¿no? Porque, ¿quién coño se ríe así además de Jose María Aznar y Stephen Hawking?

Después lo cambié por jejeje, pero no jejejeje, sino jejeje a secas. Tres sílabas. El resultado fue similar. De hecho me dijeron por WhatsApp que parecía alcohólico, o recién salido del dentista, rígido… un bajón de tío.

Probé jajajajaja durante unos meses, no por convencimiento sino más bien por adaptarme al medio, y utilizar la expresión de la risa (escrita) más extendida. Sin embargo tampoco es lo suficientemente gráfica porque cuando nos descojonamos utilizamos un sonido mucho más cercano a la hache, la antigua efe latina con un sonido aspirado, un ha ni mudo ni simple y que nos emparenta directamente con el capitán Haddock tras arponear a Moby Dick o con Maradona después de meterse un rayón .

Y tampoco lo veo claro. Al mismo tiempo las opciones se reducen y no es cuestión de volver al jijijiji, ni al jejeje, ni al jajajaja o al jajajá — por razones obvias—. Así que en otro intento, y ya van cuatro, de conectar con la masa, la misma que pide sugerencias de series de Netflix por el Facebook o espera con avidez que les comenten por Instagram lo bien que salen en las fotos. ¿qué me recomendáis?, además de no volver a molestaros con estas gilipolleces que escribo…

Y para vuestra información: la expresión correcta de la risa escrita es ja,ja,ja, sin tildes y con comas. Buenas noches.