Nómadas del tiempo

Desde hace algo más de un año, variable amorfa por su incapacidad para no contentar a nadie, el tiempo gira en paralelo a la tierra, es decir, avanza sin frenos. Así y por mucho que frenemos o viajemos del pasado al futuro —aguantar en el presente es una heroicidad— resulta imposible librarse de ese impulso. Resulta más evidente aún con el paso de las estaciones. Primero fue la primavera de interiores del 2020, después un verano desértico por la falta de turistas. Más tarde el invierno llamó a la puerta de casa —vino en Glovo— para, con el nuevo año, dar el relevo a una primavera que, siendo bienvenida de cara a renovar el vestuario, tampoco convence por la mascarilla. Será cálida y brillante, pero nada trompetera.

Si uno se coge la bicicleta y sale del perímetro de la ciudad, recupera algunas sensaciones. Hay conejos y zorros cerca de los arcenes, los almendros pintan de blanco el paisaje y los ríos vienen cargados. Será la pena y el desconsuelo que sólo se ahogan en la calle Ponzano o la taza del váter… El caso es que vida sigue habiendo ahí fuera, al menos la nómada, una manera de pasar manteniendo cierto apego por la nieve acumulada en los caminos y los agostos de soles como las cerezas.

Los que lo quieran comprobar y no tengan el carnet siempre pueden recurrir a “Nomadland“, la última película de Frances McDormand. En ella, una mujer de mirada en otra parte y envuelta en precariedad recorre su país en una furgoneta-casa. Conduce sin rumbo, guiada por una sensación de pérdida que le lleva a conocer a otras personas con las que comparte desconcierto, desarraigos y la sensación ineludible de que los viejos tiempos, descontados en señales de tráfico, fogatas o litros de gasolina, fueron mejores. Sin embargo, no fueron 2 de abril de 2021, el nuestro hasta mañana.

Ilustración: Saul Steinberg

Cosas nazis

Los nazis siempre han estado presentes en mi vida y un poco en la de todos. Los recuerdo en el recreo, entre algunos de mis amigos, también en la calle y en los bajos de Argüelles. Además de los gestos grandilocuentes, el paseíto en grupo y una estética proletaria similar a la de sus antagonistas de izquierdas, poca ideología había ahí. De lo que se trataba era de infundir el miedo, pegar palizas a guarros e inmigrantes y llenar las paredes de símbolos ignífugos cargados de odio y mala letra. Hitler, Goebbels, Hess y compañía representaban una influencia en sus comportamientos, si no estética al menos vital: los nazis sienten una debilidad especial por repartir hostias, y de alguna manera, todos los violentos son un poco nazis.

Resulta extraño como ciertos medios de comunicación se niegan a utilizar esa palabra para definirlos, como si el hecho de obviar o negar la realidad implicara que ésta pudiera llegar a desaparecer. Sucede también con las palabras vinculadas a los bancos, la fe católica, el rey en todas sus generaciones y los pezones de Instagram. A diferencia de lo que sucede con los nazis, ahí sí que hay consenso y todo el mundo sabe lo que es un ladrón, un mentiroso, un caradura y la cima de una teta.

Por parte de la derecha el sinónimo empleado suele ser radicales, nostálgicos, ultraderechistas, jarabe democrático, chicos fornidos o ultras. En cuanto a los de izquierdas dudan entre nazis o payasos. Lo más triste en lo relativo al control por el discurso, sea del signo que sea, es que la verdad queda fuera del espectro por el poco interés que suscita o simplemente porque el significado de las palabras se ha deformado hasta tal extremo que pocos son capaces de emplearlo convenientemente. Digo pocos, porque algunos seguimos llamando nazis a los que hacen cosas nazis y además lo son.

Ilustración: http://www.wwkimmiki.com

Love of Music, Love of Lesbian

El concierto de Love of Lesbian del pasado sábado, experiencia pop entre mimbres científicos para 5.000 personas sin distancia y con baile, ha servido para muchas cosas: sacudir la nostalgia, plantear alternativas viables y, por encima de cualquier otra cosa, polarizar aún más el debate. Como siempre la música —intercambiable con el cine por su dependencia de la variable tiempo y el esfuerzo en grupo— recibe las embestidas desde todos los frentes. Unas veces por la falta de transparencia en sus acciones, otras por su consideración de ocio frente al arte “serio” y, en este caso en particular, por contar con un enemigo irreductible entre sus filas: el propio colectivo.

Poco importa que sea el único sector que ha demostrado una firme voluntad por adaptarse. Incluso ha renunciado a su razón de ser, la congregación de masas, para que la música siga sonando, aunque sea bajito y falta de sal. Será que la apatía ha ganado la partida y la corrección política propone paciencia hasta que desaparezca el último contagio. Por desgracia para los más críticos y a lo largo de los siglos, la música ha pretendido imitar el pasado como parte de su evolución. Ahora que que realiza una propuesta de presente y futuro, vuelve a ser demonizada. Nada nuevo; mundo viejo.

Por lo demás, queda por resolver una cuestión que parece quedarse fuera de la bronca en torno a un grupo tan popular como Love of Lesbian. ¿Qué va a suceder con la clase media, media baja y las bandas noveles? La respuesta es tan desgarradora como evidente: lo tendrán aún más difícil, más que nada porque la música también es lo que sucede en los locales de ensayo, en las salas vacías y los clubes. Y sí, hay una diferencia evidente entre un tren o un bar abarrotado y un estadio con aspecto de hospital en sus accesos: el propósito. Otra cosa es el silencio.

Ilustración: http://www.thomashedger.co.uk

Ayuso no somos todos

Un cartel con la cara de la Presidenta de la Comunidad de Madrid y la leyenda «Ayuso somos todos. ¡Gracias por cuidarnos!» ha aparecido en la puerta de mi bar habitual. Así, de repente. Y hay más. Hasta seis conté junto al pulpo a la plancha a 18 euros y a lo largo del kilómetro torcido a la derecha de Ponzano. Porque este es un territorio levantado en torno a la Ayusomanía y la caña como epicentro de la cultura, que quede muy claro. Todos aquellos que lo cuestionen tienen dos opciones: irse a beber a casa o directamente callarse. He ahí la libertad a la madrileña.

La cosa es que llamar al boicot parece poco razonable, más si tenemos en cuenta que los dueños de estos establecimientos no pretenden hacer daño a nadie, mas bien mantener un modo de vida en clara confrontación con la vida misma. Sin embargo, esta vez decido no entrar. Y es cierto que el ambiente, el murmullo de gente que grita y mea fuera de la taza, todo sigue igual y, sin embargo, algo ha cambiado. Serán los ánimos y una razón que se le escapa a la mayoría: los lugares de reunión son ahora los lugares que nos separan… excepto las lápidas.

Así llegamos a un punto en el que es imposible separar el ocio de las papeletas, los brindis de la conciencia de clase, la sed del hambre que pasan los más afectados por la crisis. Desterrada la razón de la política, se adopta la pasión de la barra del bar y así una calle, la mía, deja de ser transitable, al menos el tiempo que conviva la cara de un político con el lujo de beber sin discutir. Ayuso, por desgracia para algunos, no somos todos, y la ciudad está en peligro no porque ella sea mala, sino por ignorar el mal ocasionado al grito de ¡salud!

Ilustración: http://www.biancabagnarelli.com

Primavera

También los cisnes mueren en primavera. O eso decían los versos de Bukowski. Nunca vi morir a ninguno. Tampoco nacer. De hecho, desconozco las razones que llevan a un ave de tanta plasticidad —podría decirse que están llenos de helio— a vivir en las aguas del Manzanares con la de ríos entre los que elegir. Pero ahí flotan. Lo mismo le sucede al cambio de estación. Ha vuelto, muchos la esperaban y, sin embargo, se camufla bajo el mercurio, las campañas electorales y esa sensación de que el tiempo solamente pasa para hacernos más viejos y, por qué no decirlo, también más tristes. ¿Os acordáis de cuándo la primavera sabía a primavera? Espera que lo miro en el prospecto.

Es cierto que los almendros han decido estallar y a veces, al abrir la ventana del baño, se intuye la piel bajo las faldas, el ruido de los amantes, la mirada de los que llevan tanto tiempo solos que el dorso de una mano extraña es la excusa perfecta para caer en la tentación, la de Leda y Jesús, la de beber en la calle sin un calentador a mano, la de levitar, alejarse, quizás rasparse las rodillas sabiendo que a las once en casa.

Resulta que por cada paso dado un pájaro levanta el vuelo, y así vivimos en Madrid y por ende en el mundo, mirando hacia arriba con la esperanza de recuperar el cielo, tan cercano que parece tierra húmeda. Es el problema de la luz cuando se para, de las plumas que clavan en la carne, del eco y su vacío. Por eso me gusta la primavera, la única con la capacidad de anular las fórmulas de la ciencia y los cuchillos de la política. De repente, una lágrima es una flor. Y así el asombro vuelve a nuestros ojos cada año.

Ilustración: http://www.nzprintmakers.com

¡Vete al médico!

«¡Vete al médico!» Con esta gracieta de desubicado, nuestro estado anímico roza el estatus de política. De repente, ir a terapia no es ni estigma ni vergüenza. Bueno, al menos en la camiseta de Errejón, pero parece más cercano el día en que desterremos de una vez la vieja creencia —alimentada por los gurús de la autoayuda— de que “en nosotros y sólo en nosotros reside el poder de ser aquello que deseamos”. Resulta que, ahora y más que nunca, es mentira y por esta razón la tristeza, la depresión y el miedo a la muerte ganan terreno en la espiral de pensamientos. Un dato: en España se suicidan 10 personas cada 24 horas y, en el primer semestre de 2020, las enfermedades mentales fueron la sexta causa de fallecimiento.

Más allá de la cuestión de clase que nos impone desde niños la necesidad de ser útiles, generando grados de inferioridad en función de nuestra aportación a la sociedad y al PIB, cada vez es más común sentir esa apatía entre los amigos, las pocas ganas de salir a la calle, o incluso levantarse. Los libros permanecen cerrados o cuestan y la música vuela bajo porque, ¿quién quiere viajar con la mente cuando perder a algún familiar cercano se convierte en hábito?

Bueno para nada, otra mudanza y ya van tres este año; desconectado de mi círculo de íntimos; en los márgenes del mercado laboral y sin derecho a una identidad propia; hola, desesperación, adiós a la independencia económica; inestabilidad y la promesa de otro verano sin festivales… Cada uno se castiga a su manera, de ahí que la depresión y la apatía formen parte de nuestro paisaje diario, en casa y el hemiciclo. Hablar de nuestros miedos sin ansiedad, con un terapeuta o alguien que nos acaricie el dorso de la mano es un gran paso. Resulta que podemos ser felices, incluso cuando no vemos salida.

Ilustración: Matt Blease

Solertad o libercismo

No se sabe muy bien qué sucede en España, nuestro mundo. Resulta que además de traiciones e infartos de miocardio, cada mañana asistimos a un fenómeno extraño: el significado de las palabras está cambiando, se difumina hasta alcanzar niveles dignos de una ficción de Pajares y Esteso. El ejemplo más claro es el eslogan de esa mujer de mirada e intenciones espurias: socialismo o libertad. Nótese el empleo, para nada casual, de la conjunción o que expresa diferencia, separación o alternativa entre dos o más personas, cosas o ideas. O eres de uno, susto y muerte de izquierdas, o eres de otra, la pizza con piña y de derechas. Elige. Y es ese punto cuando surge la necesidad de pensar por qué.

Así nos encontramos con que el socialismo del año 2021 es sinónimo de expropiación, quema de iglesias, supresión de privilegios, revolución bolivariana y castración de la iniciativa individual. Su significado, aunque resulte impensable, es otro bien distinto y aparece recogido en la RAE. En cuanto a la libertad, y sobre todo en un país llamado Madrid, su empleo está asociado a tomarte unas cañas y una de bravas cuando te salga de los cojones, olvidando que la propia existencia es el mayor acto de rebelión conocido. Lo sé, es complejo, pero se entiende mejor en el último párrafo. Y con una escena de la película “Easy Rider“.

Billy (Denis Hopper) le cuenta a George (Jack Nicholson) que el mundo se volvió cobarde, tiene miedo de alguien que vive encima de una Harley Davidson. George le explica que no tienen miedo de él, sino de lo que representa. ¿Miedo de un tío que necesita un corte de pelo?, replica Billy. No, tú representas la libertad, contesta George. De eso se trata, ¿no?, de ser libres, insiste Billy. Hablar de libertad y ser libre son cosas distintas, continúa George. Es complicado ser libre cuando te compran y te venden en el mercado, pero nada de recordarles que ellos no son libres porque entonces se cabrearán y estarán dispuestos a matar para demostrarte lo contrario. Se vuelven peligrosos. Pues eso.

Ilustración: http://www.tristaneaton.com

Putos Grammy; bendita música

Resulta que esta madrugada se entregaron los Grammy a los mejores discos de un año aciago. Así es, a pesar de lo que sucede en los hospitales, la música continúa respirando. Y con ella una industria que, más que nunca, tiene a bien premiar a las mujeres, Harry Styles incluido, que acapararon la mayoría de premios en casi todas las categorías. De hecho, si uno presta atención a algunos de sus trabajos no puede más que rendirse a la evidencia de que saben lo que hacen y además lo hacen muy bien. Pero más allá de lo inútil que resulta equiparar la música (desde 1959) con un concurso de belleza, lo más importante es que todavía es importante para muchos, y eso sí que hay que premiarlo.

Con importante me refiero a que ocupa el aire de las mañanas, las tardes y las (antiguas) noches, el mecanismo de coches y ascensores, la piel del que vive en un bajo sin luz natural y se muda un rato a otro lugar más tibio y menos raro, lejos de lo que se desangra. Nada como escuchar o tocar música para diferenciar a los que oyen de los que escuchan, nada comparable con sentir que con los oídos abiertos se construyen ciudades, países, sistemas solares. Conviene evitar el uso de la palabra magia en estos casos porque ésta pretende; la música comienza cuando el truco acaba.

Más allá de lo que sienta cada uno hay una certeza inapelable: todos aquellos que la consideran una prioridad o una pasión han mantenido algo de cordura entre tanto sinsentido, se les nota tristes pero todavía vibran o sonríen cuando suena el “Concierto para piano n.º 2” de Rachmaninov, “Waiting room” de Fugazzi o “Kyoto” de Phoebe Bridgers. Ninguno de los tres se llevó el galardón en 1901, 1988 y 2021 y, sin embargo, se han ganado el honor más importante: convertir la soledad de millones de corredores de fondo en una reunión de viejos amigos. Putos Grammy, bendita música.

Ilustración: Job Parilux

Torríjame la vida

Es comprensible que con toda esta movida de socialismo o libertad, el vulgo creyéndose mejor que sus políticos y la realeza dando ejemplo de cómo todas las familias infelices lo son siempre a su manera — aquí y un poco más al norte—, se nos olvida lo más importante: las torrijas. Poco o nada se dice de esa cocina de sobras convertida en pornografía. Será porque la penitencia, tal y como se entiende en esta época de Apocalipsis sin azúcares, tiene la forma de una rebanada-esponja con sabor a rama de canela, leche entera UHT, remojo y el propósito de ponernos a dieta después de chupar cinco de una tacada. Y es que, pese a los esfuerzos por demonizar todo lo frito, la torrija aguanta. Y mucho mejor que los murales feministas o el cóctel de gambas.

Como siempre las hay para todos los gustos: tipo picatoste, una zapatilla Victoria llena de arena, ahogada en una charca de miel, frías, del tiempo o de cuando había mili, desayuno, comida y recena. Eso sí, queda fuera de competición la caramelizada, sobre todo porque aquí hemos venido a disfrutar, nada de innovación o experiencias. Ya si eso me como un helado aparte. Por favor, absteneos de publicar recetas a base de pan de espelta, estivia o veganas. ¡Se trata de llegar al infarto a base de aceite de oliva, lo único virgen cuando hablamos de follar!

Gracias a las madres que dieron a luz en aquellos tiempos en los que el futuro no era aquel lugar en el que queríamos vivir, ahora se pueden comer todo el año. Sin embargo, hay algo especial en hacerlo sabiendo que otros te acompañan en el sentimiento, también en la angustia. Ya se sabe que las cargas, cuando son compartidas, terminan con el colesterol alto. Nos queda el consuelo de saber que a nadie le gusta la torrija con cebolla. Y así la vida se equilibra con el viernes.

Ilustración: Tastuya Tanaka http://www.miniature-calendar.com