Cuando viajar es desaparecer

Pasamos toda nuestra vida en movimiento, a veces empujados por las prisas, otras intentando bloquear el tiempo en ráfagas, gesto inútil entre dos siestas. Sin embargo, cuando cambiamos de frontera —el turismo de interiores resulta menos letal— se inicia un proceso de demolición, el de un nuevo mundo que se despliega ante nuestra mirada oblicua… y el de nosotros mismos.

Porque resulta que, sin querer, fuera de España repetimos los actos cotidianos cambiándoles la perspectiva. En el proceso tiramos de Google Maps, alzamos la copa que contiene licores florales, recuperamos fuerzas entre el ruido y las luces de neón, damos las gracias en lenguas que se traban, en definitiva: somos menos de un sitio y más de ninguna parte. Y la ingravidez del viaje se transforma en ángulos corporales de 45°, sonrisas en las antípodas del día a día, costumbres prestadas y nada de periódicos. Así es como el nómada toma conciencia de ese todo que une a la especie más dañina del planeta, repleta de supuestos enemigos que ahora nos abren las puertas de sus cocinas, salvajes que nos ayudan a hacer desaparecer la realidad bailando sin lobos. Nuestra propia circunstancia marca el ritmo y, la postal sin sellar, los pasos.

En un momento de ruptura donde la patria ya no es la tierra natal (o adoptiva) a la que un hombre se sentía ligado, el viaje nos da una visión más nítida de un planeta que gira alrededor de 7.000 millones de órbitas. Al mirar con atención aquello que ignoramos por movernos solo en verano, al asistir al milagro de otros ojos —los que nos observan curiosos y con los que presenciamos el milagro de lo que existe por primera vez—, de repente, somos pájaro. Amanece en la Puerta del Sol y en el país del sexo pixelado los fanales brillan con más intensidad que las estrellas. Ya no hace falta volver a casa.

La verdad sobre Japón

Existen cientos de guías de viajes, webs, consejos enlatados sobre qué hacer y ver en Japón. Tokio y Osaka, Okinawa o Tokunoshima, katsudon casero o minicreps de plátano y nata en el metro… Al final, el viaje se hace demasiado corto como para saborear a duras penas la eterna lucha entre la oscuridad más garajera del samurái beodo y el respeto más absoluto por el otro, por lo otro, por lo de más acá. Porque esta es la verdad, no un consejo de bloguera: el país del neón naciente es todo lo que aspiramos a ser y salió mal.

Aquí los turnos de trabajo van desde las 9 a las 25 horas y el currito cumple con su cometido diligentemente, de manera robótica y magnética, como si el hecho de saber que en los baños hay siempre papel y jabón diera cierta tranquilidad al local y al extranjero. Uno cabezón, el otro bailarín con ojos de conejo al que le dan las largas. Y es que el visitante primerizo no sabe que en Japón la vida sucede a pie de calle y, sin embargo, el premio espera en la décima planta. Cuando no toca solamente hay que hacer tiempo hasta las 11, prórroga etílica en la que ellas florecen, gimen como ratoncitos ciegos y ellos hablan tan alto como un siciliano viendo el fútbol. Por cierto, si eres negro o hirsuto te hincharás a follar en las saunas.

No es tan caro —a excepción del tren bala y el champagne de Ginza—; la acera huele a caldo, rosas pisadas con pies del 36 y soledad; mueren por atropello —con el móvil en la mano—; la presión social es tan axfisiante que pixela el alma y los genitales; no saben decir que no y cuando por fin les sale convierten su cabeza en bola de demolición; la comida arde y los gatos son personas; el cielo es de peluquería, el sol un vidrio color manzana Fuji y pisar los charcos en kimono una obra de arte. Ahora bien: ¿por qué los japoneses que se van nunca regresan? A esa verdad debemos aferrarnos, ahí radica el secreto del mundo flotante.

En el momento

Sucedió hace un par de días, como si la diferencia horaria con respecto a España —ocho horas más según un tal Greenwich— hubiera sacudido su varita mágica, anticipando un momento que, siendo futuro respecto a la geografía cotidiana, en realidad es presente, un ahora en su manifestación más temporal de la palabra.

Ahí estaba yo, ocupando mi baldosa en un vagón de tren con olor a tintorería en seco, brillante, dulce y veloz a pesar del flujo sanguíneo: jóvenes volviendo a casa después de una borrachera, ejecutivos, moldes con sus cabezas de tamaño desproporcionado, el pelo azabache como la noche. La mayoría lleva mascarillas de farmacia, otras invisibles, y todos ellos, ladrillos de carne en una pared humana construida con empujones en un espacio mínimo, dejan pasar mi sonrisa marcada en el hombro de una muchacha india con un abrigo de GORE-TEX®.

Es un instante, la mueca discordante al margen de mis órganos vitales, algunos a pleno rendimiento —mi vejiga aumenta con cada parada—, otros defectuosos, la constatación de que a veces, es posible estar en el lugar y el momento adecuado, sentirse en casa a 15.000 kilómetros de nuestro salón, frenar la eternidad, entender que la felicidad es un desliz en hora punta, una cumbre a la que se accede sin querer, precisamente porque solo cuando abandonamos el itinerario previsto es posible olvidarse del dolor. Todo es su sitio, tan lejos de Dios, tan cerca de lo que de verdad importa. Aquí, ahora, nunca mañana. Y el sol entra por la ventanilla.

Prohibir está de moda: ahora los petardos

La única vez que estuve cerca de un petardo fue para asistir a un espectáculo de yemas y uñas volando por los aires. Despejada la humareda, lo único que quedó en aquella plaza de pueblo fueron los gritos del chaval y la certidumbre de que con ciertas cosas no se juega. Y menos con pirotecnia. Ahora llega a España esa tendencia iniciada en China en 2017, quizás porque los perros tienen ansiedad durante las celebraciones, quizás porque la sociedad es más permeable a ciertas historias cánidas que a los caídos en un combate de estruendo y pigmentos contaminantes (sin metralla). En Guangxi son un manjar y así no ladran.

La cuestión de fondo, iluminada por destellos arácnidos es que, poco a poco, sin que nos demos cuenta, entre fiesta y taquicardias, asistimos a una moda de prohibiciones caracterizada por la aleatoriedad. Porque en Tokio se prohibe fumar en la calle, pero no en bares y restaurantes y, mientras tanto, en el mundo está previsto alcanzar los 500 millones de muertes por nicotina para el 2050. En Barcelona los únicos trajes de luces son los del Bagdag y en Madrid cada agosto el albero se tiñe de aorta, el alcohol es droga blanda y Budweiser patrocina la Liga de Fútbol Profesional. Por cierto, la ciudad de Trapani saltó a la fama porque en sus idílicos rincones no se puede comer helado, en Eboli se multan los besos en descapotable y los nazis, allá por los años treinta, prohibieron sentarse en los bancos públicos a los judíos mayores de sesenta y cinco años.

La reacción lógica ante cualquier obstáculo legal contra la libertad individual es rebelarse, por eso las tabacaleras lo promulgan, la Iglesia condena a los gays por guarros, el Estado castiga según la billetera. Es una realidad: prohibir adquiere tintes de broma infinita, si no es difícil entender el clamor popular en torno a la muerte de un perro sensible que precede al accidente silencioso de Joana Sáinz, cantante de la Orquesta Super Hollywood atravesada por un cartucho durante un concierto. Mirad, pero no toquéis, tocad pero no probéis, probad pero escupirlo después. ¿Recordáis la oscuridad invadida por fuegos artificiales de aquellas noches de verano? Despertad. En 2020 solo será un sueño con olor a “progreso”.

El año fresco

Parece que lo hemos conseguido. A pesar de todos los esfuerzos por dividir el espacio común a cada golpe de viento, por esquilmar el oxígeno restante, los diamantes y el marfil, parece que llegamos a la culminación del año —mal que nos pese— con la sensación de que mañana, aunque parezca mentira, puede ser mejor. Y no se sabe muy bien si responde a un truco de la imaginación o que dentro de nosotros, ¡oh, estúpidos humanos!, una llama, pequeñita pero firme, se niega a apagarse del todo a sabiendas de que un año fresco implica decir adiós a las armas, morirse muchas veces mucho.

Así es como en noches como esta nos da por hacer brindis de espaldas al sol, prometer, tal vez publicar balances que no le importan a nadie más que a algún seguidor triste, contar pelos en el lavabo o, como en mi caso, intentar recuperar el tiempo desperdiciado haciendo lo que mejor sé hacer: beber. Aquí que cada uno piense en la ebriedad de la manera más conveniente. Más música, menos balas, más cerveza, menos cuento, más poesía, menos ruido, más virtud y menos farsas, más morreos, menos humos, más entradas y salidas, un poco más tú, un poco más por ellos. Porque más es siempre más… y con música es al cubo.

Porque el 2020 merece romper la racha de victorias, celebrar las derrotas entusiastas de un instante suspendido con la imagen de algunas de las personas a las que acompañé y que son, al fin y al cabo, las que me acompañaron. De esta forma y, siguiendo los sabios consejos de un tal Cortázar, tendré su foto, no para acordarme de ellos cuando la mire, sino para mirarla cuando me acuerde de ellos. Tenedle fe al 2020… allá donde os pille estando ebrios.

Sin villancicos no hay Navidad

En diciembre las navidades llegan a lomos de El Gordo, mucho estrés, cenas familiares con tendencia al infinito (+ 1) y ese famoso espíritu ‘anti-grinch’ que impulsa al paisano a desear la felicidad de aquellos a los que no soporta el resto del año. Sin embargo, ¿qué sería de los belenes, las luces y las burbujas sin la banda sonora que los acompaña? Porque si el verano no se entiende sin Georgie Dann, la primavera abre las flores y el otoño es la estación en la que la gravedad es norma, entonces los villancicos son culpables de convertir el invierno en melodía, a veces tortura, campana sobre campana y sobre campana… ya se sabe.

El villancico surge como la canción de la villa, registro costumbrista de esos lugares en los que la vida pasa y a los que se da forma allá por el siglo XIII, convirtiéndose en verdaderos éxitos durante el reinado de Isabel la Católica. Y es que hace siglos nadie escuchaba el “All I want for Christmas is you” —la canción le ha “regalado” a Mariah Carey más de 60 millones de dólares desde 1994—, sino que los más pequeños esperaban la Navidad para cantar las aventuras y desventuras de otra María, su burra, un marido con manos hábiles, su hijo sin pecado, estrellas fugaces indocumentadas y reyes cargados de esencias. Pero ¿cuáles son los ‘hits’ más calientes en estos días de ‘trap’ y rosa(lías)?

Pues el “Campana sobre campana” anónimo y, como no podía ser de otra manera, de origen andaluz. Traducido a un centenar de idiomas, nunca falta en Cortilandia. Le sigue “El tamborilero“, parido en Checoslovaquia y hecho himno en la versión inglesa de Katherine Kennicott. Destaca la revisión LGTBI de Raphael —muy ‘porropoponpon’—, la de Bowie a medias con Crosby y, por supuesto, la de Bad Religion sin Kenny G. “Noche de paz“, “Blanca Navidad“, “La Marimorena“… todos ellos nos tocan con su halo entre grimoso y pacífico, melodías con la capacidad de condensar en el presente un pasado con mimbres de repetición futura. Y ya es Navidad por aquí.

¿Será el 2020 el año de la cuarta ola feminista?

El combate se repite a diario en el chat de los colegas. Más allá de definiciones relativas al feminismo —hablamos de un cambio de paradigma en la sociedad, no de un debate retórico— a casi nadie se le escapa que, salvando las evidentes diferencias biológicas, hombres y mujeres son muy similares. A pesar de la obviedad, cada vez que una mujer se declara feminista, la reacción entre ciertas facciones de ambos sexos es, a grandes rasgos, que es profundamente infeliz, odia a los hombres y nunca se pone sujetador. En cambio, cada vez que un hombre empuña la palabra de la discordia, enseguida es percibido como un provocador, un oportunista más sacando réditos del feminismo corporativista y su adhesión a lo políticamente correcto, Star Wars: El ascenso de Skywalker incluida.

Ahora bien. Si escarbamos en la piel del ser humano —con ello no quiero minimizar la importancia de la lucha por la igualdad de género—, nos daremos cuenta de que los hombres son programados desde niños para no tenerle miedo al miedo, encabezar revoluciones, tal vez destruir imperios, proveer las necesidades del hogar dejándose por el camino un ego frágil, pariente de la osteogénesis imperfecta, y por lo tanto, resistente al cambio de tendencias efímeras. ¿Camiseta “The future is female” (17,00 € en Amazon) o “El violador eres tú Remix”? Por otro lado, las mujeres arrastran una carga demasiado pesada desde hace demasiado tiempo: deben quitarse de en medio, desalojar volumen para hacerle hueco a la inseguridad masculina, demostrar cada día su valor específico.

Quizás — lejos queda la primera ola feminista nacida en 1848— el año próximo, numero igualitario, paritario y de la mayoría de edad en Japón, será el comienzo de la cuarta ola, la refutación del movimiento feminista no ya como una moda, sino como la solución al odio y el rencor de la especie, disparo de fogueo para ser quienes somos realmente… y no lo que se supone que debemos ser. Hay trabajo por delante. De todos.

«El futuro no es ya lo que solía ser» Arthur C. Clarke