El resplandor y la fiebre del sábado noche en casa

Un hotel aislado entre montañas. Tiempo ilimitado para escribir un libro. A mi mujer y a mi hijo les encantará. Primavera-invierno, verano-invierno y vuelta a empezar. ¡Redrum, redrum! El laberinto es tu mente y ahora nieva. Habitación 237. ¡Danny, cállate! Ven a jugar con nosotras. No por mucho madrugar amanece más temprano, Jack. Un hacha atraviesa la puerta. El resplandor y, de pronto, la fiebre de la cabaña —síndrome de la soledad inquieta— da paso a la fiebre del sábado noche en casa.

Y es que si el mundo de interior fue una obra maestra de Kubrick, lo que nos espera ahí fuera tiene que ser, forzosamente, mucho peor, o esa es la conclusión a la que hemos llegado. ¡Vaya paradoja! Miles de personas muriendo solas en residencias y pasillos de hospital y tres meses después una gran mayoría retoma sus quehaceres sintiendo nostalgia de la fase cero, no porque ignoren el drama, sino porque durante el encierro han pasado el mejor momento de sus vidas. Vamos, que se lo han gozado.

Escribía Pablo Neruda que «algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas». Ocurrió así. No era necesario empujar la puerta; bastaba con retroceder unos pasos para ser abierta hacia dentro. En 2020, los fantasmas de las casas son buenos, mucho mejores que los de carne y hueso… Así comienza otra película de terror.

Ilustración: Saul Bass

El mundo no es más raro ahora… ya lo era antes

A las cinco y uno de la tarde. Desde hace dos semanas lo repito cada día, a las cinco y uno en punto. Sucede así. Abro la ventana del cuarto de baño, coloco mi pierna izquierda sobre el váter a modo de bastón, apoyo mi torso pálido en la mocheta y tomo el sol. Es un gesto torpe que me equipara con un árbol o una flor, pero durante diez minutos —exceder esa cifra implica deshacerse como una vela— es posible ser y solamente ser, olvidarme de estar en un mundo que no es más raro ahora que antes. Ya lo era… y mucho.

Cierro los ojos. El calor cae de golpe sobre un párpado y mi mente vuela lejos, se hace nube, más que nada porque todo lo relacionado con la vida en la tierra, con sus sapos bufos, Nacho y el sexo, las hogueras de América, nuestra rabia y sus derivas, el próximo ataque de los alienígenas y un grupo de monos que huyen con muestras de Covid-19 dejará de ser noticia. Ahora la única sorpresa es que el mundo continúa con su movimiento de rotación. Sigue a lo suyo. Y gira, y gira, y gira.

Regreso al estar. El viento me despeina y agita la copa del cerezo en el jardín de enfrente. Madrid late, araña con sus tejados planos y esas antenas que apuntan hacia un futuro 5G. A las cinco y once el leopardo lucha con la paloma y el reloj se resiste a dejar de dar las horas. Cierro la ventana. Mi piel está tibia y recuerdo la ilusión del mañana, el mismo una hora más tarde que ahora vale más que antes porque, a pesar de todo, sigue siendo. Otro milagro invisible se obra en un cuarto de baño.

http://markconlan.com/

Queremos igualdad, equidad y justicia

Hace años que los Estados Unidos marcan el ritmo del consumo como religión, la pauta de un mundo a la caza de mariposas fugaces. El ‘porno asesino’ tristemente protagonizado por George Floyd ha entrado en la conciencia colectiva de los españoles y, mientras el país de la libertad arde ante la mirada de un presidente estrábico, una Biblia y un bidón de gasolina, las redes sociales se funden a negro en un gesto cargado de buenas intenciones, pero que flirtea con la pose si solo pertenece al martes. Y es que queremos igualdad, equidad y justicia… todos los días.

La cuestión es que para obtener estos ‘bienes’ tan escurridizos es necesario organizarse, romper inercias y censurar comportamientos, protestar muy alto evitando convertir las casas en cenizas, precisamente porque son el único refugio en el que resguardarse durante la tormenta. De lo contrario esteremos avivando el fuego del poder en su versión más sucia.

¿Es necesario que suceda algo parecido en España para que reaccionemos de una vez? ¿No es suficiente con el vídeo de la señora rebuscando entre la basura ante el paso de los manifestantes para rebelarnos contra los sicarios de la bilis y las banderas? Resulta que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; resulta que ser moderado a día de hoy es como hacerlo con condón; resulta que esperar un minuto más es sinónimo de parada cardio-respiratoria. Ayer se apagó el mundo de nuevo, hoy tendremos que encenderlo algo mejor.

Ilustración: yamamotomasao.jp

No son fascistas, son neonazis

De niño los veía por la calle con el sol rebotando en sus cabezas, envueltos en parafernalia de cruces, blandiendo un aspecto entre zen y chulesco. Apenas abrían la boca porque la violencia era su lugar en el mundo y cuando andaban cerca —siempre en grupo— uno tenía que controlar sus palabras. Incluso amigos míos se unirían a esos ‘comandos’ de manera esporádica utilizando la ideología como excusa. Se trataba de poder darse de hostias. Cada día. Porque ya se sabe, utilizar los nudillos y la punta de acero siempre fue más divertido que montar en bicicleta por el páramo.

Ahora esos mismos obtienen millones de votos en las urnas. Han intercambiado ‘bombers’ por trajes a medida, cráneos por pelo ralo. Sin embargo, las formas y el vocabulario se mantienen intactos, y racismo, homofobia, nacionalismo y odio en forma de decreto son su norma. Paradójicamente, a los movimientos antifascistas que los combaten se les tilda de fascistas cuando lo único que tienen en común es la debilidad por las democracias iliberales y esa tendencia al boicot callejero.

La llegada del hambre crea el caldo de cultivo idóneo para justificar la opresión contra las minorías, quemar los puentes de la concordia, relegar a las tinieblas lo que pertenece a la luz del día. Enredado entre sus tripas, el drama de George Floyd y muchos otros. Porque la vida es lo único que importa y para mantenerla es necesario localizar el origen de la amenaza, llamar a las cosas por su nombre. Vox y Trump son neonazis. Así no hay posibilidad de equivocarse.

Ilustración: Luc Descheemaeker

Ingreso mínimo vital contra la estupidez

Los pobres siempre se equivocan. No compran condones, beben Don Simón, tiran de congelados, desconocen el poder del ahorro y parecen atrapados en un vórtice que, a ojos del ciudadano medio, ha sido construido en nombre de las malas decisiones. De hecho, fue Margaret Thatcher la que dijo aquello de que «la pobreza es un defecto de la personalidad» antes de aniquilar el poder de negociación de los sindicatos y convertirse en hierro. Resulta que esa percepción del pobre no se corresponde con la realidad.

Si aplicáramos un test de inteligencia a aquellos que lidian con la escasez diaria, ya sea tiempo, expectativas o una barra de pan, obtendrían catorce puntos menos, lo que traducido al lenguaje común rebatiría la definición anterior: la pobreza no es un problema de carácter, sino de efectivo. Y aquí entra en juego el ingreso mínimo vital, la paguita para unos, la caridad cristiana para otros, conceptos que sirven para enmascarar un derecho amparado por la ley.

Ahora que es posible imaginar y solo imaginar un mundo en el que prescindir de lo superfluo —una especie de estado del bienestar 2.0—, la idea de conceder una renta necesaria para pensar con claridad es una gran noticia, precisamente porque la justicia no debe ser considerada nunca un premio. Si lo pensamos detenidamente, «lo único que nos diferencia de los animales son las preocupaciones financieras». Me gusta más una sociedad así, protegida, saciada, lúcida.

Ilustración: https://chadwys.com/

No puedo respirar

George Floyd murió en el asfalto de Minneapolis con la rodilla de un policía en la cabeza. Le detuvieron por ser negro y parecer sospechoso. Después le esposaron, fue reducido y, delante de varios testigos, su corazón se paró. Bueno, más bien lo pararon entre un «no puedo respirar» y varios «por favor, por favor». Ocho minutos, ese es el tiempo necesario para que un gigante se convierta en cuerpo inerte. Ahora la ciudad arde porque la muerte en estos casos no se puede digerir. Aunque tampoco sea digerible en otra circunstancia.

George Floyd ni siquiera levantó la voz. Incluso mantuvo las formas a medida que perdía el conocimiento, como si de alguna manera supiera que no serviría de nada. O incluso algo peor. Si se hubiera resistido habría muerto antes, fruto de un disparo y un número de placa, siempre bajo la sombra de una ley que parece ir en contra de los que menos tienen. This is America.

George Floyd no era Christian Cooper, el hombre al que la policía buscaba por amenazar a Amy Cooper, una mujer blanca con un perro. El video es aterrador y, sin embargo, habitual, profundamente doloroso y al mismo tiempo incluye un gesto dulce, como si despedirse de la vida fuera ese párpado cerrándose para siempre. Ahora sí, ahora no. La muerte roza la perfección cuando no se hace justicia. Descansa en paz, George; vivimos en guerra.

Ilustración: Hippy Potter

No siempre puedes conseguir lo que quieres

De pronto, el mundo se detuvo y con él todas las aspiraciones de sus sorprendidos habitantes. Los niños dejaron de querer ser futbolistas conformándose con salir un rato a la calle; los padres vieron sus opciones esfumarse, el nuevo restaurante, el viaje siempre postergado; y los mayores, como siempre, recibieron el golpe de gracia en el cuarto bien ventilado de la residencia. No lo soñamos. Simplemente la nieve ardió. Tampoco es que cambiara nada. Eso sí, por fin tu vecino es consciente de «que no siempre puedes conseguir lo que quieres».

Cada día se muere un sueño. Unas veces porque el talento no es suficiente para colmar unos objetivos poco realistas. Otras porque, a pesar de seguir a rajatabla los libros de autoayuda y las frases “aspiracionales” del gimnasio, faltó ese punto de cruz entre preparación y oportunidad. Pero existe un grupo encarnado por una señora con cara de cigüeña militante en un partido de derechas que rompe este maniqueísmo.

Ella y otros como ella consideran que el horror es el caldo de cultivo ideal para obtener aquello que tanto ansían mantener. Y es en ese momento cuando llega el final del estribillo, aquel «pero si lo intentas a veces, bueno, puedes conseguir lo que necesitas». Ahí reside el problema de esta gente, en confundir necesidad y privilegios. Por eso apelan al pasado cuando el presente solo es ruina, para mantener su derecho a soñar con los ojos abiertos mientras el resto no logra dormir la puta siesta.

Ilustración: https://tylerspangler.com/

Oda a los mayores

Ocho de cada diez fallecidos por Covid-19 son mayores de setenta años. Repito invirtiendo los elementos de la oración; el 86 % de los fallecidos son ancianos. ¡Y qué poco importan los años si uno se siente joven! Sin embargo, el virus los encuentra y convierte en roca sus pulmones, al contrario de esta sociedad que prefiere arrinconarlos. Porque al menos los muebles terminan en un punto limpio y ellos, en cambio, son una triste placa conmemorativa, un ramo de crisantemos y un recuerdo. Con su muerte perdemos, una vez más, nuestra memoria.

Ahora se hace más patente que nunca que la juventud está sobrevalorada. ¿Qué es lo que han hecho durante la pandemia? Molestar en casa, preguntar «¿cuándo salimos?», hacer canciones ligeras, tirar de la cadena y pasarse el Fornite, abarrotar unas terrazas que no saben igual porque no hubo primavera. Qué cosas. E insisto, no es la edad, es la cabeza.

Yo soy un hombre que siempre se sintió mayor y por eso quiero honrar lo que hicieron porque tocaba, su labor invisible en un mundo-mascarilla, sus historias, esas manos frías y cubiertas de meandros, el jugo y la llama que ahora son espejo del silencio. El resto seguirá a lo suyo, quemando libros, despreciando la experiencia en la pantalla. Es curioso; todos somos más viejos que hace tres meses, precisamente porque en todos pesan más los recuerdos que las ilusiones. Esta es mi oda a los provectos. Empieza y termina con un gracias.

Ilustración: https://www.yamamotomasao.jp/

¿Salimos más fuertes?

Nunca antes la frase «Salimos más fuertes» había sonado tan hueca. Será porque se trata de un eslogan patrocinado, tal vez porque, a falta de fútbol, las terrazas se convierten en el equipo nacional o porque la palidez y la cautela van en contra de las libertades individuales. Porque ¿quienes salen fortalecidos después de esto? ¿Los familiares de los muertos? ¿Los empresarios acuciados por las deudas? ¿El personal sanitario renunciando a la baja? ¿Una sociedad equidistante? Pues alguien habrá si lo escriben con mayúsculas todos los periódicos.

Y es que las palabras se las lleva el virus y también sobran cuando son pronunciadas en una primavera que es recuerdo, en una playa convertida en sueño húmedo, en una calle que intercambia pan por rabia. Será porque sin obras que las acompañen no son más que promesas incumplidas. Y eso duele.

Es cierto que todas las crisis espolean la imaginación de los menos soñadores. Incluso permite definir las bases de una convivencia que es el ejemplo más claro de un milagro, pero como decía Bertolt Brecht, «lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer». De pronto, al leer la palabra fuertes escrita en un papel me sacude la debilidad. Tendré que reírme para alejar los fantasmas del espanto.

Ilustración: https://www.studioghibli.com/

Si solo fuera la bandera…

En este país, la derecha es experta en secuestrar símbolos. Y es que el problema de la bandera rojigualda, cuyo origen se remonta a 1785, es solo la punta del iceberg en un tira y afloja que, de momento, ganan esos patriotas a los que la muerte de Franco no dio sepultura. Lo abarcan todo, incluso las palabras. De este modo, fascista se emplea indiscriminadamente contra el votante de Podemos, la libertad es patrimonio del rico y el ejemplo más claro de dictadura es un gobierno socialista elegido en las urnas.

1906. Aquel año nace “Suspiros de España”, pasodoble convertido en himno por la Piquer. Como siempre, el régimen se apropiaría de un género universal que terminaría engrosando el catálogo de la canción española. Serían Concha Buika y Miguel Poveda los responsables en gran medida de liberarle del yugo y devolver la copla al pueblo. ¿Y qué decir de los toros como fiesta nacional? En todo caso será para la minoría, es decir, los de las manifestaciones en coche, el chaleco de entretiempo y misa de doce.

Pero no solo se conforman con lo tangible, “El ojos verdes” y la estocada, sino que ahora, también se adueñan de la pandemia, reclamando para sí un espacio que no les corresponde, ignorando el trabajo del personal sanitario y ondeando símbolos que son de todos… cuando marca Iniesta. Esa es su estrategia: dividir y vencer. A la izquierda los del pijama en casa; a la derecha los españoles de pro. Cuando se enteren de que los “suspiros” son una confitura de avellanas quizás nos entreguen lo que es nuestro, de lo contrario habrá que arrebatárselo.

Ilustración: Federico García Lorca