Morgan: la complicada sencillez de la emoción

No deja de ser una extraordinaria rareza que un grupo como Morgan, con sus canciones construidas sobre las notas blancas del piano, esos estribillos engarzados de igual manera que lo hace una brisa de viento en nuestro escaso pelo y ese grito callado de Nina, una “niña” que por más que busque su casa en las canciones sabe que las posibilidades de encontrarla son una suerte de quimera, se haya convertido un grupo que guste a muchos más que a unos pocos.

Porque justo cuando creíamos que en España solo había sitio para esos que se pierden el respeto a sí mismos a cambio de un presente y un futuro (financiero) estable, aparecen cinco músicos con la única pretensión de hacer música y de pronto, la chispa prende, se extiende por los campos de trigo y tiende una emboscada a la ciudad, tan acostumbrada a las luces de neón, al ruido y a la furia.

Las próxima semana, porque las cosas casi siempre ocurren por sorpresa aunque no queramos darnos cuenta de ello, tocan dos noches en el circo Price, lugar en el que podrás sentarte en uno de esos asientos de tacto aterciopelado, apoyar tus codos en el respaldo del asiento delantero y simplemente dejar que sus canciones te susurren cosas que ya sabías pero que nunca nadie antes te las había contado de esa forma, sencilla que no simple, como el que se recuesta a tu lado sobre la arena de la playa con el sol a media asta, justo antes de que todo se oscurezca, justo antes de que el tiempo te lleve lejos salvándolos a ellos.

Enhorabuena.

Establecemos nuestro derecho a resistir, a apagar el fuego con las manos, a escapar del meme y del hashtag, de la tiranía del espacio virtual y la sociedad de la información.

Queremos romper una lanza por lo imperfecto, lo que sobra, lo olvidado, lo sucio y lo abandonado, por el error, la privacidad, los acentos, la VIDA, contra la dependencia, la obsolescencia programada y las cámaras CCTV.

Porque nosotros (somos pocos pero todavía respiramos) estamos a favor de la inexistencia de márgenes, del futuro sostenible y sin cables, de la palabra escrita, de lo físico sobre lo digital, de la autosuficiencia sobre la eficiencia, de lo que arde sobre aquello que se abandona.

LA REVOLUCIÓN SERÁ MECANOGRAFIADA

LA REVOLUCIÓN SERÁ

LA REVOLUCIÓN

LA REVOLUCIÓN ERES tú.

¿Cuál de los dos te gusta más?

Carta de los reyes magos a los españoles

Queridos españoles:

Este año hemos decidido por unanimidad (hasta en los tríos es aplicable la democracia, o sino que se lo pregunten a don Juan Carlos) que este año solamente habrá regalos para los niños, los únicos que, crean o no en nosotros, han hecho méritos para recibir aquello que les haga más ilusión y que probablemente sea un ksi-merito, las botas (usadas) de Messi o una razón de peso para seguir creyendo que mañana, por muy mal que pinte, todo será un poco mejor.

Y es que los mayores españoles no habéis hecho méritos ni para recibir un poco de carbón, un mísero par de calcetines del Primarck o comeros esas mandarinas insípidas que vuestros hijos dejarán bajo el árbol.

Porque en lo único en lo que habéis destacado ha sido en discutir airadamente sobre todo tipo de cuestiones relativas a la identidad de género, insultaros de manera inclusiva, criticaros de forma exclusiva, faltaros al respeto, conducir borrachos y mirando el móvil, promover políticas en favor de Bezos y Roig, abandonar los cuerpos de mujeres llenas de vida en mitad de un descampado, mantener en activo los CIE, levantar más muros, contaminar los ríos y los mares, humanizar a los perros, hablar del no vestido de la Pedroche, mantener a Bertín Osborne en cabeza de la audiencia televisiva y convertir a VOX en algo más que un diccionario de medio pelo…, ¡y todo eso en tan solo un año!

Y no, no es discriminación —en el remite verán que hay miembros pertenecientes a colectivos minoritarios— simplemente es la constatación por escrito de que los adultos nunca llegarán a ser adultos del todo, ni siquiera cuando lo intenten con todas sus fuerzas.

Atentamente,

Los tres reyes magos, que en realidad son reinas.

¿Será el 2019 el año de la religión vegana?

No lo soñé: la nieve ardía, el metro avanzaba lentamente y un tío sentado a mi lado se indignaba al escuchar a dos palurdos disfrazados con un traje dos tallas más grande discutiendo acaloradamente sobre alguna actitud machista generalmente aceptada del sujeto A para con la novia del sujeto A:

—Tío, eres un cerdo.

—Eso lo serás tú, asqueroso.

Fue pronunciar la palabra cerdo y mi compañero de viaje cerró los puños, chascó el cuello, torció la boca formando un ocho invertido y se dirigió hacia ellos llevado por la cólera del “Dragón Vegano”:

—Por favor, no se os vuelva ocurrir utilizar esa palabra para referiros a un ser humano: los animales están muy por encima de la única especie que supone un verdadero peligro para el planeta…

Se creó un silencio en el vagón de tales dimensiones que se nos bajó el pedo a mí y al maquinista. De hecho, la onda expansiva de estas palabras fue tan enorme que al llegar a casa no pude evitar tirar a la basura la pata de jamón, regalo de la empresa, y llegar a dos conclusiones:

  1. Tenemos que estar preparados para todo: la sociedad evoluciona de tal manera que por mucho que lo intentemos siempre nos quedaremos atrás, sorprendidos por el ritmo de crucero de una mente, la humana, que gira al doble de la velocidad de la luz, es decir: a toda hostia.
  2. Ahora que el movimiento vegano/animalista se ha normalizado hasta el punto de aparecer en las descripciones del perfil de Instragram de cualquiera (junto a ocupación laboral, edad y biografía inventada) y cada vez nos sorprende menos que un hombre pueda matar a otro pero la idea de matar a un animal nos parece absolutamente aberrante, es posible que asistamos al veredicto a favor del caso de Jordi Casamitjana, hombre blanco, heterosexual y de barba pintada con típex, que alegó en los tribunales ser despedido por sus creencias veganas.

Quizás lo que comemos nos defina más que cualquier otra cosa… En todo caso tenemos todo un año para comprobarlo.

El cuento del fin y el comienzo del año

Y sigues ascendiendo, acercándote pesadamente a eso que llevas viendo durante bastante tiempo y que no reconoces, mucho antes incluso de que el sol comenzara a ponerse por detrás de los árboles, convirtiendo sus copas redondas en un bajo relieve de romanesco sobre cielo púrpura, amarillento, crepuscular.

Unos cuantos pasos más —tienes que reconocer que a estas alturas seguir de pie es todo un logro — y podrás distinguirlo claramente, sostenerte en equilibrio inestable sobre tus arañadas piernas y doblar el tronco en dirección al suelo, ahora repleto de matorralles y hierbajos aplastados por el peso de eso que ya no es una posibilidad entre las docenas de posibilidades sino una realidad, concreta, fría, corpórea.

Encogido y agarrando sus rodillas contra el pecho con la fuerza de sus brazos yace un anciano, desnudo, desgastado, inerte. ¿Deberías gritar, correr camino abajo, continuar hacia la cima y desde ahí llamar a los demás, a esos que —igual que tú— se enfrentan a la misma visión?

No serviría de nada.

Se hace de noche, el cielo es una pizarra llena de diamantes y sabes que estás solo, porque solo llegaste hasta aquí y así tendrás que continuar, guiándote por algo parecido al instinto con ese ruido de campanas a lo lejos.

Cierras los ojos. Cuando los abres (discurren unos segundos), apareces en la ladera de la montaña, inaccesible, lejana, inhóspita y, por una extraña razón, sabes que en ese eterno flujo anual volverás al lugar en el que el viejo tumbado en el suelo te estará esperando (¿o serás tú quién lo busque?), el mismo que ahora, bajo la pálida luz de un nuevo día, llora convertido en un recién nacido.

El mundo en el que vivimos

En el planeta tierra, un punto azul pálido entre millones de estrellas y galaxias, hay mares, ríos, elefantes, sequoias milenarias, música, amor, Avtomat Kalashnikovas modelo 1947, paciencia y ruido, y sin embargo, los hombres y las mujeres lo viven y lo mueren de maneras muy distintas.

Algunos de ellos abren los ojos, andan hasta el cuarto de baño, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosos, de espaldas anchas y con pelo sobre los hombros. Cuando quieren algo lo cogen…, «¿para qué?»

Muchas de ellas se levantan cada día, se miran al espejo y en ese momento lo saben: son poderosas y sin embargo tienen que pedir permiso…, «¿por qué?»

Algunos de ellos deciden cómo y cuándo. Son plenamente conscientes de que la fuerza lo es todo y por la fuerza se abrirán todas las puertas. Se visten, besan la cadena que llevan al cuello y salen a la calle: «Hoy hace un día precioso.»

Muchas de ellas dicen que no y sin embargo esa palabra, esas dos simples letras, parecen caer en el olvido, en un vacío públicamente aceptado. Porque muchas están solas y a pesar de ello tienen que seguir abriendo puertas. Se ponen el chandal y salen a correr: «Hoy hace un día precioso.»

Algunos de ellos las ven pasar, las increpan con piropos, las siguen con la mirada y con sus propios pasos hasta que esas manos desprovistas de alma se posan sobre unos hombros que huyen, que laten y que, ya inertes, son enterrados entre el barro y la sangre: «Los quise y me los apropié.»

Muchas de ellas siguen corriendo, mirando a la cara a ese miedo que se convierte en grito, después en dolor y por último en rabia, la de todos.

Este es el mundo en el que nosotros vivimos, en el que ellas mueren: «Hoy es un mundo horrible»

El silencio: ese momento que fuimos postergando

Siempre y por estas fechas, oscuras para unos e iluminadas con trineos tirados por ciervos para otros, nos acordamos de los que ya no están, pensamos en aquellos a los que vemos más bien poco (porque la vida es un poco eso), realizamos promesas que la mayor parte del tiempo no cumplimos pero que de alguna manera nos redimen de esa angustia vital… y así año tras año.

Porque si uno lo piensa fríamente, ¿de verdad nos importa la gente a la que vemos una vez cada lustro o a la que enviamos un mensaje para felicitarles el año?

Las respuestas son múltiples, tantas como las circunstancias que nos rodean, y sin embargo estoy seguro de que todos nosotros albergamos esa duda (¿o es esperanza?), la misma que imposibilita que no veamos con regularidad a nuestros amigos de siempre (cuatro o cinco nada más —siendo esto mucho—), que llamemos a nuestras hermanas o a madre para preguntarles si están bien aunque ya sepamos las respuesta porque el no hacerlo implicaría que la próxima vez podría haber una silla vacía, un cubierto menos, un mensaje no leído, un silencio.

Incluso el tamaño del silencio que rodea a las personas es distinto: unas representan una simple pausa, unas cervezas, un orgasmo, a lo sumo unas vacaciones, otras un punto y aparte, una relación sentimental, un receso, un plan de vida y otras, las menos, conllevan un vacío que da miedo.

Quizás es a eso a lo que tememos, a ese momento que fuimos postergando y que acabó convertido en una mano invisible que tapa nuestras bocas, la afasia de la ausencia, la vida guardada en la memoria de aquellos que más nos quieren, el espíritu de la navidad los 365 días de un año que nunca acaba…