Volver a los tiempos de la serie “Patria”

En momentos de restricciones horarias y gorros de alpaca lo mejor es refugiarse en un párrafo, un polvo largo o en millones de fotogramas. Y es que cualquiera de estas tres opciones se convierten en ungüento susceptible de ser aplicado a nuestra psique, acuciada por la falta de movimiento y una certeza: se acerca el invierno. En ese espacio, el que uno quiera y cuando pueda, es posible disfrutar de la serie “Patria” y ser testigo de los horrores que por aquel entonces desangraban un país en llamas. La herida, todavía sin cicatrizar, no fue solamente infligida por bombas escondidas en maleteros, el sonido de gatillos y nucas o cartas con un bietan jarrai a modo de despedida, sino que el trato entre los vivos levantaba la costra de una violencia aún más cruel, precisamente porque contenía aspiraciones de libertad.

Por supuesto, ser libre, entonces y ahora, lo entiende cada uno a su manera. Los hay que, bajo la lluvia perenne de ese pueblo pena, están dispuestos a retirarle el saludo a los amigos de toda una vida, dejar de pasear juntos en bici, negarles un cuarto de jamón de York, convertir la convivencia en un fruto marchito, pasar el tiempo negando el peor de los temores: a veces, las guerras se libran en casa, al margen de vecinos y balas.

Al igual que los personajes-personas de la novela de Fernando Aramburu, aquellos que la consuman, de una tacada o con moderación, sacarán sus propias conclusiones. Algunos preferirán “Antidisturbios” o directamente el libro, otros se pasarán al magreo lúbrico de “La isla de las tentaciones”, y los menos comenzarán a entender que la única manera de rebelarse contra cualquier forma de violencia, invisible o rotunda como un ¡Gora Eta!, es a través del perdón. Palabra y obra de Bittori y Viscarret.

Ilustración: Félix Viscarret

Unidos por la pérdida

Últimamente resulta imposible esquivar el tema de marras, como si todos los caminos condujeran al virus, y el día a día, con sus consecuencias y a destiempo, orbitara alrededor de una enfermedad que, poco a poco, adopta múltiples formas. Y es que por un lado, proliferan aquellos que expresan su incapacidad para acatar del toque de queda, manifestando que muchos sufrimos un ataque de ceguera, ansiando declarar la insurgencia y salir a quemar la noche en nombre de la libertad individual. En frente y con mascarilla, otros más pacientes o quizás entumecidos por la manera con la que algunos reclaman ese derecho a vivir, un verbo que roza la supervivencia, pero que implica al conjunto de la sociedad. En definitiva; polos opuestos unidos por la pérdida.

Porque mientras nos enzarzamos en discusiones sin final cierran los cines y los bares, la tienda de instrumentos y el único restaurante con menú a precio de ciudad habitable, espacios y tiempos en los que solíamos jugar. Desprenderse de ellos y su recuerdo significaría borrar un pasado que perfila este presente gris, de igual manera que siempre guardamos el número de padres y amigos fallecidos por miedo a no poder llamarlos cuando nos hagan más falta, quizás en un futuro de espuma y playa.

Así estamos, entre el duelo y la memoria, un poco deshilachados, aunque con el dedal y la aguja preparados para tejer puentes y algún que otro acuerdo que nos aproxime un poco, al menos lo suficiente para evitar perderse de vista desde la otra orilla. Es en ese punto geográfico, con el viento despeinándonos y las orejas frías cuando seremos conscientes de que lo que se pierde nunca se va y, si se va, nunca termina de perderse.

Ilustración: https://robbailey.studio/

Por fin el toque de queda nos hace europeos

Ya veníamos calentitos desde marzo y ahora, en vísperas de nuestras primeras Navidades brindando vía Zoom, nos cambian la hora para convertir el día en una extensión de las tinieblas. Para más inri y en línea con todo lo que acontece en este mundo sincronizado (por defecto) y de psiquiátrico, hay indicios claros de una conspiración. Pero no una vinculada a la dominación 5G o al control de unos urbanitas sin planes ni puentes, sino más bien a un intento de obligar a los españoles, esos electrones libres que gritan al hablar, cenan a las once y pasan de hacer cola, a ser europeos de una puta vez. Y es que o se decretaba un toque de queda por las malas o aquí todo dios seguiría comiendo pipas y tirándolas al suelo hasta el advenimiento de la vacuna.

Bien pensado y como experiencia novedosa, adoptar ciertas costumbres muy arraigadas en otros países puede molar. Sobre todo si este cambio temporal en las aperturas y cierres implica también renunciar para siempre a los toros, dejar de mear en las puertas de las casas y seguir utilizando aceite de oliva para enjuagarse los dientes. ¡Cosas más difíciles hemos conseguido como nación! Para empezar ser incapaces de destruirla… a pesar de llevar siglos intentándolo.

Decía Julián Marías que «España es un país formidable, con una historia maravillosa de creación, de innovación, de continuidad de proyecto… Es el país más inteligible de Europa, pero lo que pasa es que la gente se empeña en no entenderlo». La gente se refiere también a sus nativos. Quizás este momento de alarma y oscuridad nos ayude a percatarnos de que, aunque parezca imposible, podremos acostumbrarnos, hasta la primavera, a ser algo más que nosotros mismos. Cuando termine lo celebraremos como españoles y la luna, sea lo que sea que eso signifique.

Ilustración: George Greaves

El milagro de la moción de censura

Llevábamos meses sufriendo la bilis, exabruptos y desvaríos de una clase política convertida en virus. Ahí estaban ellas, Isabel Díaz Ayuso en dirección contraria por la A-6, o Andrea Levy confirmando la teoría del carrito del supermercado —siempre con una rueda a la virulé—. Pero no son las únicas. A la cabeza Ignacio Garriga lanzando piedras contra sus hermanos MENAS, o Jorge Buxadé empeñado en hacer a España grande otra vez… sin pelo. En este Mordor patrio, un lugar en el que no se pone el sol porque directamente no sale, hay días que es tan complicado respirar que los discursos de la moción de censura son percibidos como un rayito de esperanza en la frente con la forma de una esvástica.

De hecho, nuestro Pablo Casado estuvo estelar, moderadamente moderado y haciendo gala de dotes retóricas quizás desplegadas en el aula magna de Harvard, aunque desconocidas hasta la fecha en esta tribuna pública que es la ficción. Porque los milagros existen, pero sólo en el Congreso, y emocionarse con el líder del PP a estas alturas le convierte a uno en un mequetrefe, una persona timorata o en alguien que, por encima de ideologías y anhelos, quiere que las cosas vayan un poco mejor que fatal. Me inclino por la tercera.

De Sánchez e Iglesias mejor no decir nada porque lo tenían bastante fácil dado el grado de una farsa que respondía más al intento de un grupo de nazis por marcarse unos ollies en horario de máxima audiencia que de gobernar un país dislocado. En cuanto a Abascal, pues bueno, el traje le queda como un guante a este niño de teta repleto de costuras. El nivel es muy bajo y, sin embargo, ayer la nieve ardió.

Ilustración: Caza de marcianitos

Cuando te enteras de que tu ex va a tener un hijo

De entre todas las sensaciones que implica el hecho de ser fieramente humanos, y por lo tanto complejos hasta decir basta, hay una que es, sin lugar a dudas, la más difícil de precisar porque en ella se dan cita los pasados vividos, niveles residuales de hormonas con cierto extravío atávico y la incertidumbre de saber qué sería de nosotros si hubiéramos tomado la decisión de aguantar. Por supuesto, cada uno la experimenta a su manera, pero tras encuestar a mi entorno más íntimo — Tinder y Tik Tok— debo reconocer que enterarse de que nuestro o nuestra ex ha tenido (o va a tener) un hijo con una pareja que casi siempre nos recuerda a nosotros es raro, precisamente porque escapa a cualquier definición. Y digo raro… ¡Qué coño, rarísimo!

Para añadir más incógnitas a esta ecuación da igual si hace años que no pensábamos en el ex en cuestión (ni siquiera para tocarnos); si estando juntos lo único que hacía era contarnos sus mierdas, proponer visitas sorpresa al pueblo familiar o empeñarse en exprimir el finde cuando a uno lo que le apetecía era quedarse en casa (que para eso la pagamos)… Da igual, alguna vez le quisimos y es verle con el niño en brazos y sufrir un retortijón de entrañas, sentirnos malas personas porque sí, compartimos su felicidad y, sin embargo, no salimos en la foto: ¡hemos sido expulsados de una vida que aborrecíamos!

Así somos, volátiles, satélites alrededor de una órbita fiel y Lowenstein, presos fuera de un mundo perfecto en su concepción y terriblemente imperfecto en su devenir diario. También es cierto que el trauma dura poco, y aquel residuo umbilical que nos unía termina volatilizándose como una aspirina efervescente, sobre todo al advertir lo que ahorramos en pañales y dolores de cabeza. Ese niño, además de representar una oportunidad extranjera, viene con un adiós desprovisto de amargura. Por mi parte espero que les vaya bien, siempre. A todas.

Ilustración: Flore Gardner

Nunca me gustaron hasta que vi ‘Antidisturbios’

Es muy probable que la mejor serie de la temporada no le haya gustado nada al gremio policial y esa es, precisamente, la razón por la que uno la disfruta tanto. Y es que en las manos de un cineasta cuanto menos audaz, estas bestias de carga ocultas tras protecciones, cascos graduales y botas “Inmortal Warrior” cobran vida, muestran las vergüenzas de un cuerpo amoratado y justo de presupuesto. Son ellos, los que están a pie de bengala y litrona, quienes se encargan de hacer el trabajo sucio mientras los otros, mejor situados en la cadena de mando, mantienen sin mácula sus trajes de Cortefiel. Así se obran los milagros, en el cine y la vida y, en pleno 2020, puedo expresar sin complejos que me caen bien los antidisturbios… al menos los de la ficción.

La culpa la tienen unos intérpretes magistralmente dirigidos que dispersan la mala fama (también) arrastrada por el actor patrio. Así Vicky Luengo (descomunal), Raúl “Bestia” ArévaloRoberto Álamo, Raúl Prieto, Álex “que me pille en el baño” García, Hovik Keuchkerian (pluscuamperfecto) y Patrick Criado son capaces de emanar tanta violencia con una porra en la mano como con una mirada y, sin llegar transmutarse en víctimas, son retratados como lo que parecen: chicos duros con talones de vidrio, personas.

Resulta que en tiempos de penuria todavía es posible hacer buen cine en un país con forma de visera. Sobre todo cuando nos olvidamos del escudo y el humo, miramos hacia dentro y rascamos la piel del toro mecánico. Nos sorprenderá comprobar cómo caminando juntos y en línea podemos avanzar hasta rompernos, pero tampoco importa. Será porque todo va a ir bien mientras el mundo estalla a nuestro alrededor.

Ilustración: Rodrigo Sorogoyen

¿Cuánto pagarías por ser abducido?

Desde el Paleolítico, incluso antes de “La Guerra de los mundos” y Mulder & Scully, los habitantes de este planeta han sentido una curiosidad infinita por el universo y sus misterios. Cada noche, envueltos en mantas de crochet y alrededor de una lumbre, fumaban y admiraban las estrellas con la incertidumbre —nunca consumada— de ser invadidos por alienígenas empadronados más allá de la luz que demostraban tener malvadas intenciones… a juzgar por su falta de interés por conquistar la Tierra. Ahora, tras meses de broncas políticas y apocalípticas en Madrid, Galapagar y Washington D.C., el desmantelamiento del sistema sanitario mundial y otro advenimiento de la temporada de gripe, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar cientos de euros por ser abducidos. Incluso miles.

Por supuesto, no se trataría de una abducción cualquiera. Al más puro estilo Niara Terela Isley, antigua operadora de radares de las Fuerzas Aéreas de EE.UU., el secuestro tendría lugar dentro de casa. Por la fuerza, unos reptilianos con rabo —largo, por supuesto— nos tirarían del pelo, nos empujarían al interior de un desangelado platillo volante y abusarían de nosotros durante diez largos días, domingos incluidos. En los ratos libres, tareas tan inútiles como mover cajas de un sitio a otro y exprimir limones nos serían encomendadas. Así hasta devolvernos sanos y salvos…, y en contra de nuestra voluntad.

El problema de esta fantasía con tintes de ciencia ficción X es que el desenlace acontece en el último lugar en el que muchos de nosotros querríamos estar, una sociedad tocada y casi hundida, repleta de homínidos tristes bajo nubes que amenazan tormenta. Al contrario que en “E.T. El extraterrestre”, y por una vez, nuestro final soñado sería más bien despertarnos en Marte rodeados de millones de seres esponjosos. Y como mucho telefonear a casa.

Ilustración: Meme

Lluvia, arcoíris y frases sin sentido

Proliferan por todas partes. En los perfiles de ciudadanos con tres dedos de frente y algún postgrado; en los “stories” de actores, poetuchos y cantontos; en la fibra y en la carne. Cada día. Desde los cuarteles digitales alimentan al monstruo, quizás por miedo al olvido, quizás porque son incapaces de entender que no se trata de estar, sino de ser y deshilacharse en movimiento. Por eso muchos de ellos recurren al ya tópico «lo que se viene», o al empleo de SIGLAS, al «about last night» o «al termina tú la frase». Pero de todos ellos, como un puto ave fénix que echa lava a borbotones por los esfínteres, hay uno que me supera. Bis. Y ese es el «contadme, os leo». Ahí comienza lo malo cuando lo peor está al caer.

Cada vez que esas tres palabras aparecen en la pantalla me tiembla el meñique y las dudas ametrallan mis sinapsis: ¿realmente leerán lo que les cuentan? Y si es así, ¿tendrán verdadero interés en saber lo que piensa la masa sobre ellos o su trabajo? Y si lo leído es un exabrupto o una petición para que dejen de hacer el tonto, ¿les afectará hasta el punto de precipitar un bloqueo existencial?

Decía Virginia Woolf —que no sólo era muy sabia sino que además escribía mejor— que «los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas». Preguntando tan alegremente al personal existe el riesgo de terminar atrapado entre las aspiraciones, lo que uno piensa realmente de sí mismo y el silencio. Así, y en un mundo menos mustio, me inclino por el «os cuento, me leéis». Porque sin lluvia no hay arcoíris.

Ilustración: Kentaro Harano

La televisión y Madrid nos matan

Sin ánimo de frivolizar convendría ir asumiendo que, además de “La Cosa” —me niego a referirme a la enfermedad por su nombre de pila—, hay dos elementos cotidianos que van desgastando poco a poco, como un martillo en el glande, no sólo nuestra moral, sino también la existencia, entendida como la capacidad de teletransportarnos a nuestro antojo en un tiempo encontrado. La primera es la televisión, convertida desde hace meses en ese baile ideológico y mareante del que no se salva ni “La isla de las tentaciones” —recordemos que follar también es política—. La segunda es Madrid, ciudad deshilachada, huérfana de todo aquello que la caracterizaba, es decir, de la gente, la noche y sus derivas. Si eliminamos a ambas de la ecuación se respira mejor. Un poco.

Porque este crack universal ha hecho de la distancia un pensamiento, incluso una forma de vida, y las noticias, sean del signo que sean, adquieren la forma de un jeroglífico. De ahí que en 2020 resulte más sencillo negar la evidencia científica o gritar ¡Hail, Hitler! a un reportero mal pagado que aceptar la realidad tal y como es. O al menos tal y como parece ser, así, tirando a marrón oscuro.

Sin embargo, y por enésima vez en la historia de la humanidad hay un remedio previo a la vacuna, método infalible para encontrar algo tan necesario como un latido. Además está al alcance de todos, urbanitas y paletos, rojos y grises, aventureros online y oficinistas. Consiste en cerrar las ventanas de casa, apagar la televisión, abrir un libro, pasar sus páginas y hacerse el muerto en la corriente. En ese inocente gesto, ruido de navajas cortando el aire, se encuentra la única verdad aplicable a todos: ficción en este mundo a la deriva.

Ilustración: Franco Fontana.

De moscas, amor y Enrique Ponce

Es noticia en todo el mundo: una mosca se posa en la blanca mata de Mike Pence, figura de cera que cogobierna el país más poderoso del mundo, y consigue captar la atención de millones de internautas y televidentes. Será que todos necesitamos un respiro de la política y la ciencia, darle un buen tiento a la bombona de helio y librarnos un rato, sólo un rato, si tampoco pedimos tanto, de la oscuridad reinante. Porque si este insecto, lo llamaré Avioncito, es la noticia del día, entonces también es más necesario que nunca hablar de lo que le está sucediendo a Enrique Ponce. ¿Amor, el mejor sexo en años, un espejismo? Las tres juntas y un poco por separado.

Desde que conoció a una chavala de 21 años, el diestro ha dejado de ser siniestro —y a su mujer— para convertirse en el mejor imitador de un Michael Jackson pasado de Demerol, puro flow taurino, algo peor de pelo y bien de “Just for Man”, ese jovencito de 48 años capaz de posar con chupa de cuero-cuero y zapatillas con la bandera de España entre dos aguas, irse de botellón con los colegas de su novia y anunciar en las portadas del papel cuché que prepara disco. Si eso no es vivir a porta gayola que suba Van Halen del infierno y se haga un punteo con los tangas abandonados en el albero. ¡Albricias!

Por una vez un matador adquiere dimensiones de personaje necesario. Probablemente para que trabajadores de este calibre no se perpetúen en el espacio y el tiempo, pero también como ejemplo de que lo único que funciona en épocas de pandemia y destrucción es perder el sur, sentir en sien y genital la ingravidez, el seísmo, la dulce ebullición del almíbar bajo unas sábanas con restos de semen. Así, el amor se convierte en la mejor manera de no pensar en la vida. Mañana ya veremos.

Ilustración: Davide Bonazzi