El Sonorama invisible

Cuando asistes al festival que crece entre viñedos, baldosas, cúmulos y tierras ocres, aquello que sucede —y que no vemos— antes de que el grupo suba al escenario se convierte en un conjunto vacío en medio de la espera y la catarsis colectiva. Lo que en principio parece una escena habitual, por lo recurrente en las ya veintidós ediciones del Sonorama, es en realidad la consecuencia de un trabajo que no transciende, brisa floja en boca del cantante de turno que menciona (al infinito) el trabajo del equipo técnico, hombres de negro y bota gorda con una peligrosa tendencia a echar horas… no remuneradas.

Y es que aunque no lo sepas, tanto los que figuran en el cartel como los que se funden con las papeleras al fondo del escenario —y que incluyen a universitarios con acné, guardias de seguridad, limpiadoras de mirada triste, aficionados al vino, reponedores, “luceros”, miembros de producción, “runners” y a Dolan— forman un lienzo consistente en una gran mancha oscura que rodea un punto similar a una estrella, pero que alberga en su interior la dosis justa de azar, preparación y algo parecido a la fe oculta bajo capas de coros entusiastas.

En esta edición, con nuevo recinto en forma de triángulo isósceles y varias quejas (muy de señora) relativas al uso indiscriminado de pistolas de agua, no destacaron ni Nacho Cano y su recuperación del Cristo del Corcovado entre sintetizadores pregrabados, ni los Carolina Durante de bombo a negras con puntillo, ni mucho menos el esperpento de Shinova, sino todo lo contrario. El 2019 fue de Alberto Jiménez convertido finalmente en la voz de una generación perdida y reencontrada y la chica sin nombre —la llamaremos Andrómeda— responsable de vigilar la valla del recinto durante doce horas al día. Junto a ellos una constelación de anónimos: Martín, Javi, Almu, Sofía, Marcos, (…), héroes invisibles de la Antártida a orillas del Duero.

¿Ha desaparecido la aventura?

En 1830, George Stephenson diseñó la primera vía ferroviaria entre las ciudades de Liverpool y Manchester. El trayecto, un total de 34 millas, se redujo drásticamente, y de las 11 horas, tiempo transcurrido de una ciudad a otra cimentado en la resistencia de las piernas —y bajo una persistente cortina de lluvia—, se pasó a una hora y media a todo vapor, mejorando progresivamente los promedios hasta los actuales 36 minutos, espacio compartido entre somnolientos trabajadores ávidos de café e Instagramers que filman el campo desde su asiento 34C, ajenos a lo aburridísimo que resulta viajar en un tren silencioso como un pedo blando.

Con tanto desarrollo, el mismo que intercambia tiempo por prisa, tierra por aire, mapas por Google, con sus viajes low-cost y en primera, ¿un poco más de champagne, señor Vidal?, para curritos y CEO’s, repletos de siglas, marcas y acrónimos, AVE’s, TGV’s, Shinkansens, Boeings, avionetas y Airbus, con todo eso y más: ¿dónde está el espacio para la aventura?

Viajar se ha convertido, gracias a la democratización del transporte, en el común denominador del ciudadano, sinónimo de persona con inquietudes —es obligatorio incluirlo en el Top 3 de las aficiones si no quieres pasar por un bicho raro— y resulta prácticamente imposible encontrar lugares a salvo de las garras del destino vacacional de oferta. De hecho, aquellos escondites de difícil acceso, tesoros huérfanos de turistas armados con palos selfie, tuppers de paella y olor a crema, son los más deseados porque, por fin, el mapa del mundo cabe en el bolsillo.

La aventura se ha terminado. Ahora es tiempo de otras cosas. Llámalo magia, un truco con el que la imaginación ya no se ajusta a la realidad de las cosas, sino que la supera… y en ocasiones produce monstruos.

Ardió Guadarrama, lloramos todos

Ver arder la montaña que siempre estuvo allí, en cada estación, año tras año, imponente figura de roca y cielo esculpida a golpe de tiempo sobre La Granja de San Ildefonso es una experiencia extraña, semejante a perder un amigo de la infancia en la carretera, a olvidar, de repente y sin razón, los largos paseos por el Cerro Morete, más lejos de las luces de la ciudad, más cerca de las estrellas y el sol.

Porque de alguna forma cuando tu montaña arde —no todas ellas representan lo mismo a pesar de pertenecernos por igual— se pierden los recuerdos más diáfanos, aquellos inmortalizados en viejas fotos, negativos que ya no se corresponden con la realidad, ahora difusa, envuelta en una frustración cercana al horror.

Y el color verde da paso al negro, aviva las llamas que se elevan a vista de águila formando una nube similar a la de Hiroshima y, a pesar de no haber víctimas mortales, la naturaleza grita con furia, la furia se transforma en odio y, en su previsible desesperación, los humanos, causantes de la mayoría de los males que los aquejan, lloran la pérdida al ser conscientes del poder destructor que atesora esa mezcla implacable de mechero, lata de gasolina, manos cobardes y algo parecido a la venganza. ¡Cobarde!

Me cuentan que miles de personas se prestaron voluntarias para ayudar a los bomberos en las tareas de extinción, padres, madres e hijos sin experiencia en la lucha contra el fuego, incapaces de quedarse de brazos cruzados ante la idea de dejar que una mujer pétrea y herida desapareciera ante sus ojos, los mismos que se humedecen bajo un cielo plomizo.

Somos así, como la montaña que muestra una cara visible y otra oculta, frágiles, suicidas, noche, fuego… Ardió Guadarrama, lloramos todos.

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Helados y gente rara en Internet

Hace unos días una amiga me dijo que había recibido un mensaje un poco raro. Al parecer, un chico con un reloj, probablemente soltero, apasionado del punto de cruz y siguiendo las indicaciones de Facebook le propuso, sin molestar y lascivia de por medio —igual que un padre le tiende un Colajet en la boca a su hija pequeña— ser su asistente, criado o siervo, nada de sado, por favor, sino todo lo contrario: obedecerla y serle útil, plancharle la ropa, rasparle el gotelé… vamos, convertirse en su ilota; porque nunca se sabe lo que podemos necesitar en los tiempos de Amazon Exprés.

A mi amiga el mensaje le pilló desprevenida, sin aire acondicionado y con unas ganas locas de irse de vacaciones. Por supuesto, yo no pude más que insistirle por activa y por pasiva que aceptara el ofrecimiento, que hoy en día tener un esclavo viene fenomenal, y más si no está dado de alta en la Seguridad Social, ¡piensa en el aumento de tu calidad de vida!

—Pero, ¿cómo puedes decir eso? Es un psicópata seguro— replicó—. Además esas cosas me dan miedo. Le voy a bloquear.

La cuestión es que, tras rechazar la invitación de su seguidor/perro, me preguntó si habría algo en su perfil de Facebook que pudiera llevar a reconocer en ella una posible tendencia por las cosas “raras”. Mi respuesta se pareció mucho a la verdad absoluta, y más estando sobrio.

—No. Eres una chica normal, inteligente, guapa, con buen gusto a la hora de vestir, educada, nivel C1 Advanced de inglés (muy importante), en fin; normal.

—Creo que voy a cerrar mi cuenta— contestó de manera implacable.

Finalmente no lo hizo, pero su reacción me llevó a pensar en lo extrañas que pueden llegar a ser las cosas y las personas consideradas “normales”, en lo poco que hace falta para replantearnos lo que somos en un ámbito que solo existe “virtualmente”, pero que se introduce en nuestros recovecos más íntimos, accesos prohibidos a la ADSL, lugares tenebrosos y alejados de las costumbres más arraigadas. Facebook, Instagram, el corazón, el Frigopie, lamértelo…

Los entusiastas

Existe una especie de personas que se caracteriza por la exaltación del ánimo que les cautiva. Todas ellas —las reconocerás al instante por ese brillo característico en los ojos que precede a la palabra sí— son incapaces de no involucrarse en algo que amen, independientemente de las consecuencias sobre su salud o las personas que les rodean, perro, pelo y plantas incluidos.

La cuestión va más allá del trabajo, y también se encargan de pagar las rondas de los amiguetes —que desaparecen a la hora de aflojar— mientras se convencen a sí mismos de sostener la toalla entre los dientes ante la sempiterna frase de un mundo impertinente, ese cabronazo que no para de recordarles aquello de «¿no ves que estás muy mayor para dedicarte al voluntariado?».

Porque los entusiastas nunca tienen dinero y, sin embargo, no paran de sonreír, no pueden permitirse viajar cuando corresponde pero viajan a caballo, en pelotas, propulsados por el impulso de un nuevo proyecto, envejecen sin reparar en el pasado, arrinconan la razón a cambio de una causa perdida y encontrada, perdida y encontrada bis, ¡cantan, bailan, pintan, viven!…

El problema reside en los demás, listillos que los ven venir de lejos, aprovechándose del contagio que los une, transformando al idealista en títere, barco de arroz a la deriva inconsciente de su propia debilidad, quizás su mejor virtud.

Lo más curioso de todo es que ser entusiasta no implica nacer optimista, como si de alguna manera el saber de la existencia del precipicio bajo nuestros pies no fuera motivo suficiente para no dar un paso más, para renunciar a convertirnos en un delfín entre las olas de un mar embravecido.

Y llegó Rufián, el vigía de un barco que se hunde

A medida que el tiempo avanza y la vista flaquea vamos siendo un poco más conscientes de la poca certidumbre de las cosas: julio y agosto ya no representan aquel periodo de vacaciones eternas, sino que éstas se reparten en escapadas o cuando nos lo podemos permitir, las resacas duran más que el fin de semana —puentes incluidos—, todo el mundo se droga y el queso está por las nubes.

Sin embargo, y sobre todo después de las fallidas sesiones de investidura, la verdad se presenta como una aparición mariana —sin Rajoy— envuelta en las palabras de Rufián, vigía con acento catalán y el catalejo apuntando a la isla de las ilusiones perdidas. Y es que la izquierda, sea lo que sea este término con cierta debilidad estatutaria por el bienestar de los más desfavorecidos y la intervención estatal en cuestiones tan básicas como el trabajo, la asistencia sanitaria y la educación siempre pierde, y cuando gana… también.

Lo curioso es que escuchando al chico chuleta, tendente a la incontinencia verbal, la autoparodia y las camisetas con estampados criminales, nos damos cuenta de que la fusión de Unidas Podemos y PSOE no era más que un barco a la deriva, un cuerpo despellejado vivo antes de salir a escena frente al mejor de los públicos, ¡oh tú, derecha hierática y firme!, bloque de hielo patrio que asiste impávido a la hoja de ruta de siempre, aquella en la que los rojos se tiran por la borda entre gritos de responsabilidad, Sánchez, vetos e Iglesias.

Los demás se tapan los ojos, otros lloran y Gabriel nos recuerda sin querer las palabras de Julio, aquellas del «creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte como la mano izquierda enamorada de ese guante que vive en la derecha».

¡Esperanza al agua! —gritó antes de verlos hundirse en el fondo del mar.

La imposibilidad de recordar un nombre

De entre todas nuestras habilidades sociales —con o sin alcohol de por medio y asumiendo los abismos existentes entre especímenes caucásicos, “heterohomosexuales” y de clase media precaria—, la que nos emparenta de manera más evidente es nuestra capacidad para olvidar el nombre de una persona a la que acabamos de conocer.

La escena se repite día y noche sin saber qué demonios sucede en el interior del cerebro, más concretamente en la corteza prefrontal, región que da la orden de bajar el volumen del mundo a nuestro alrededor en el momento justo en que el desconocido pronuncia el nombre en cuestión. Sonreímos, nos damos dos besos un poco ladeados, recuperamos la consciencia, pedimos otro tercio en la barra y cerramos los ojos —es un decir— mientras hacemos un esfuerzo sobrehumano por intentar recordar si ha dicho Carolina, Carmina, Burana, Karina o Caracola, hasta que, finalmente, agotados por el esfuerzo, le damos un codazo al colega de turno, ese que no se entera de nada, pero dotado de una memoria prodigiosa:—Se llama Marina, MA-RI-NA.

Y da igual que te propongas que las cosas van a cambiar a partir de ahora porque la tendencia es imposible de invertir a pesar de las reglas mnemotécnicas recomendadas por la revista Science y que incluyen juegos de asociación, apodos, unión irracional de las primeras letras del apellido de tu actor porno favorito con Salmos 121:7-8, y un sinfín de opciones que nos llevan a concluir que los nombres son lo de menos, a pesar de que abran almacenes, ventanas al interior de los demás y tejados con vistas a otras galaxias.

Por supuesto hay excepciones y si la persona que nos presentan se llama Luz Cuesta Mogollón o Antonio Arrimadas Piernas, la cosa cambia. Y mucho.