Paralizados por la electricidad

Un genio dijo que «cuando te haces mayor te das cuenta de dos cosas: el queso es muy caro y todo el mundo se droga». En términos de rabiosa actualidad sustituiríamos el queso por las nuevas tarifas eléctricas y la luz se haría. Y es que, de pronto, a la psicosis de puertas para afuera se le añade la ansiedad de los tramos del día en que debemos planchar, ducharnos con agua fría o leer un libro bajo el flexo del Ikea. Éramos reyes, de nuestra casa y nuestro balcón, hasta que tuvimos que abandonar las cenas con los amigos para poner una lavadora. La libertad era eso; pasar de la discriminación horaria.

Más allá del IVA, las tasas y el precio del kilovatio en el país de las terrazas, llama la atención la cronología. Justo ahora que las cosas arrancaban e íbamos de cabeza hacia la transición verde libre de carbón, justo en la hora en que los anuncios de coches eléctricos acaparan los carteles antes destinados a los conciertos, llega un gobierno socialista y genera una ansiedad rara porque no va por dentro, sino por cable de alta tensión.

Sorprende aún más que en el bloque ruso y chino la electricidad casi se regale y aquí, con millones de personas en situación precaria tengamos la tercera tarifa más cara de Europa. Miento, no me sorprende en absoluto. Si la electricidad sirve para cambiar el estado de la materia, dar impulso a la mecánica de las puertas giratorias y los capós, acercarnos a países exóticos, ¿por qué nadie sale a su barrio a bailar y quemar contenedores? Será porque el verano llegó antes.

«Flyin’ like a bird. Like electricity. Yeah, like electricity».

Echaré de menos la PCR

De todas las novedades que ha traído este fenómeno largo y letal hay una que nos iguala. Es más, diría que se trata del único momento en el que el ciudadano se enfrenta a una aventura incómoda con independencia de su origen, ciudad o destino aéreo. Efectivamente, estoy hablando de la PCR, aunque también vale el test de antígenos. Para aquellos que aún no la hayan probado, decirles que sucede así. Siempre. Tardas un rato en encontrar el laboratorio porque o bien no está a pie de calle o carece de cartel anunciante. Discreción, aunque facturen diez veces más que un bar de moda de antaño.

Una vez localizado el acceso, subes la escaleras y llegas a una sala extrañamente parecida a la cola del Mercadona. Te atiende un sudamericano con guantes que está para la seguridad, pero hace de todo. Habla inglés, organiza a las manadas de universitarios arrastrando maletas y se traba con el francés. Porque si hay algo que defina estos espacios es la proliferación de franceses, muchísimos y con el cuello abrasado por el sol. También hay un ficus y marcas en el suelo similares a las de los homicidios.

Tras echar la tarde, llega tu turno. Enfilas un pasillo carcelario y te atiende una enfermera robusta con voz de sirena. Otras veces puede ser un chaval con greñas por detrás y tatuajes que toca en una banda. Los dos llevan doble mascarilla y son conscientes de su labor social… hasta que se acabe esta mierda. Sacan un bantoncillo, lo introducen por nuestra narina y, por culpa de nuestra mente obscena, creemos que nos atacan con una escobilla del váter. Mismo gesto que al comulgar. Sales de allí incómodo, con muchos menos dinero en la cuenta y la sensación de haberte drogado estando no solamente sobrio, sino tenso por la posibilidad de dar positivo. Me gusta hacerme la PCR; la echaré de menos.

Ilustración: The Ashma Center

Himno de España en las escuelas

Desde que a Marta Sánchez se le ocurriera masacrar uno de los tres himnos nacionales que carece de letra —los otros son Bosnia-Herzegovina y San Marino—, la polémica resuena hasta en la aulas. Tanto que ahora en Murcia, empeñados en obtener la unión del país a base de retratos del rey, banderas y por megafonía, será posible alentar a los muchachos desde primera hora con la tonadilla. Resulta paradójico que en una comunidad con el segundo mayor índice de fracaso escolar y en la que los padres protestan porque los niños estudian en barracones y sin ordenador se tome esta medida.

Entendemos que su uso diario tiene como objetivo la motivación del alumnado, tal y como un entrenador hace con el “Viva la vida” de Coldplay en los vestuarios. Entonces las pupilas se dilatan y salen a devorar el mundo a base de conocimiento, transportados por el «Franco, Franco que tiene el culo blanco…» y algo de lo que carece el tan denostado reguetón: no les representa, por mucho que se empeñen los adultos. En el caso de que sí lo hiciera, escucharían otra cosa.

En un momento en el que hasta un abrazo se politiza y el rumbo de la política depende de los jueces muchos encuentran consuelo en las canciones. Puede ser en la quinta de Mahler o el adagio de Barber, quizás Jeff Buckley en el Bataclan, Phoebe Bridgers con cascos, Robe, Glenn Gould, Charly o Nina Simone. Da igual. De pronto, la vida con todos su errores, incluso el miedo a estar solos, todo eso que no encaja, se revela como el decorado de un lugar amplio, acogedor, desprovisto de fronteras y aire intoxicado. Los himnos son una creación del hombre; la música, el eco de su mundo invisible. Eso es lo que debe resonar en cada uno, en cada clase, en cada paso de baile.

Ilustración: http://www.danielstolle.com

Primavera Sound 202X21

El anuncio del Primavera Sound, pospuesto para el próximo año por razones obvias, ha generado reacciones extremas. La primera, ansiedad. Y es que después de años sin poder asistir a un festival a drogarte y escuchar música de fondo te encuentras con que van todos tus grupos favoritos. Todos. Da igual quien seas. Ahí estarán Beck, Nick Cave, Dua Lipa, C-Tangana, Einstürzende Neubauten, ¿Lorde también? También. Y claro, llevamos demasiado tiempo en el dique seco, somos hijos de la castidad y hemos perdido las formas al aire libre, incluso un poco la cabeza. Y surgen las dudas: ¿qué se llevará en el 2022? ¿Qué sentiré al estar rodeado de miles de desconocidos que sudan y son felices? ¿Estamos preparados para acelerar de cero a doscientos en un maratón de diez días a pelo?

Pasado ese momento naranja-pera-naranja, uno lo ve más claro. Otra cosa es pagar la entrada: 425 euros (con número) la más barata. Sucede lo mismo que con el cartel. Parece una broma, un precio asumible por gente de apellido compuesto que gasta el sueldo de medio mes en un bien de consumo gratuito en su versión casera. De nuevo, hiperventilo en una bolsa del Día y llego a la conclusión de que pagar esa cantidad por ver a más de 350 grupos (los conté pero me cansé muchísimo) tampoco es tanto. Sale a 1,2142 euros el grupo.

Queda por despejar la incógnita más importante e ignorada. Si nos faltan tablas, no nos cabe la ropa de este año y el futuro es una ilusión cuando el rock and roll conquistó nuestro bolsillo, ¿habrá previsto el festival más importante de España cintas desplazadoras de un escenario a otro? Resuelto el problema del rayo en primera fila, anticipo dos o tres ataques al corazón. Eso sí, el de la música nunca dejó de latir, ni siquiera cuando el país era un silencio.

Ilustración: http://www.studiomuti.co.za

El cumpleaños de Bob Dylan

Tenía que caer en lunes. Hoy es el cumpleaños de Robert Allen Zimmerman, el otro Bob Dylan. El primero cumple 80 años; el segundo pasa de esas mierdas. Y es que si algo define la vida como concierto infinito es el misterio. Porque el chico de Duluth siempre estuvo en contra del titular y su propia biografía, de lo que sus fieles esperaban del infiel al mundo. Cosas del aspirante a que le dejen en paz. «Nunca vas a ser más increíble que tú mismo», dijo mientras encendía un cigarrillo. Palabra de Bob.

Así ha pasado ocho décadas, siendo consciente de que ser libre implica responsabilidades que ni uno mismo es capaz de entender, pero que se parecen bastante a abrir los ojos con el canto del gallo y acostarse sin sueño. Entre medias fue ídolo de toda una generación con flores en el pelo, después enemigo eléctrico, más tarde cantante de voz de clara de huevo en “Nashville Skyline“, cristiano y vaquero, voz de alquitrán otra vez, hasta terminar vendiendo toda su obra por 300 millones de dólares. Rechazó otra oferta por 400 y casi el Nobel. Todo my Dylan.

Lo mejor de todo es que después de cientos de canciones sigue siendo un gran desconocido, incluso para los que creemos conocerle. Es más, ¿quién se atrevería a decirle qué tal va todo, Bob? Uno se imagina en una barra con Paul McCartney o Paul Simon, compartiendo un vaso de leche y unos altramuces. Frente a Dylan sentiríamos la extrañeza del video “We are the world“. Por una vez la respuesta no se encuentra flotando en el viento. Y está bien así. Felicidades, querido; seas quien seas.

Ilustración: http://www.pivenworld.com

La Luna de la Cruz Roja

La comunidad científica está de acuerdo. Hace 4.500 millones de años, un planeta vagabundo y sin destino chocó contra la Tierra. El impacto propulsó al espacio fragmentos envueltos en vapor. Polvo, rocas ardientes y gas quedaron atrapados en la órbita terrestre. Al enfriar y solidificarse formaron una esfera: la luna. La foto de Luna, la voluntaria de la Cruz Roja consolando a un senegalés sin nombre ni patria, confirma la insistencia de la historia por volver a repetirse. A peor.

Ante la violencia que su abrazo suscita entre las facciones más rabiosas del género humano, ella, de Móstoles en Ceuta, veinteañera, decide desaparecer, igual que el satélite en las noches más oscuras. Porque ya se sabe que las fases lunares afectan la actitud de los terrícolas, sobre todo cuando es llena y con chaleco. Ayer fue el caso.

Así Luna atrajo a las mareas. Una alta y afectuosa; otra baja y plagada de desechos, plásticos y cascos de barco sin tripulación ni ventrículo. Queda demostrado que cada uno ve lo quiere cuando mira al cielo o las fronteras. Resulta que en 2021 el amor bien entendido, sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno, también es política. Y de pronto, el día se convierte en noche cerrada… hasta la próxima Luna, hasta el próximo gesto de garra suave y esperanza.

Ilustración: Alessandro Gottardo

Los invasores

A los invasores siempre me los imaginé fieros, uniformados, sedientos de sangre. Llegaban de noche, empuñando un cuchillo y dejaban un rastro de sangre púrpura. ¡A las casas!, gritábamos por las ventanas. Había que esconderse rápido, de lo contrario la muerte y la desgracia envenenarían la tierra, la nuestra.

El día de la invasión se acercan a nado desde el otro lado de la frontera, una línea dibujada en algún despacho. El mar en calma, la vida en una brazada y al borde de la orilla. Nadie nos dijo que vendrían sedientos, en ocasiones al borde de la muerte. Qué raro, aspiran a una vida normal, no a borrar la historia, y así nos lo agradecen.

El invasor ocupa el país por la fuerza y se desploma. Una traidora de la patria le da de beber, le envuelve con un gesto fieramente humano. Los dueños del agua son la sed del que necesita hidratarse. La invasión era esto; un abrazo, un salvavidas. El enemigo está dentro de nosotros, lo juro.

Arrivederci, Battiato

Franco Battiato ya no late. Y es extraño, tanto como los recovecos de sus canciones, la electrónica de carne y hueso y esa mezcla de funcionario y dandi de “La gran belleza”. Porque sólo un músico enarbola la bandera blanca, define un centro de gravedad permanente y encuentra el alba dentro de las sombras. Pero las cosas son así, la gente viene y va sin acuse de recibo, y en medio de toda esta sinrazón casi todos recurrimos a la música para llorar la pena como los bailarines búlgaros pisan braseros ardientes, como cantaba él.

Siempre me fascinó su facilidad para convertir artefactos complejos en cajas de música para todos los públicos, algo que sucede muy de vez en cuando… y esas camisas. Al final todo se reduce al misterio, arca perdida de un tiempo en el que para trascender es necesario retransmitir la vida en directo, alimentar a la bestia de las plataformas. ¡Pero nada de nostalgia! Franco iba por delante del tiempo y Battiato deja unas pocas canciones —30 discos— y esa necesidad suya de vernos danzar con candelabros en la cabeza. Hoy la vela se ha apagado, pero volverá mañana, un poco cada día. Arrivederci, maestro.

Apoyo a Palestina

La guerra es un enigma. En ella la vida se suspende, importa menos o nada. También lo es para aquellos que observan el conflicto desde la distancia, la trayectoria de los misiles en un cielo oscuro ahora iluminado. La guerra muta, adquiere infinitas formas de hacer daño. Puños, piedras, balas, bombas, palabras escritas o al viento… de eso se nutre, y los espectadores, a salvo en la seguridad de sus casas, intentan desentrañar las causas: Génesis 15:18-21; 1948; el reparto de tierras, la ocupación y los desahucios; las fuerzas armadas de Israel y Estados Unidos contra Hamás y la Yihad Islámica. Los bandos se forman en el epicentro de la lucha, también en países fronterizos y a miles de kilómetros. El poder así lo exige.

Soy incapaz de hablar de la guerra porque es una representación, un párrafo, un rumor de lejanías. Sin embargo, siento el dolor del débil, la pérdida, el empleo (nada casual) del verbo intransitivo morir para unos, “67 palestinos han muerto desde el lunes”, frente al verbo matar de “los misiles de Hamás, la Alianza Islámica y la Yihad han matado al menos a seis (escrito con letra) civiles israelíes, incluyendo a un niño de cinco años y a un soldado”. Cuando el lenguaje actúa con esa parcialidad sólo significa una cosa: el combate se libra entre uno grande y poderoso y uno pequeño y enclenque.

Así sobreviven en la frontera de Gaza, entre escombros y calles mudas, rodeados de extraños que acribillan el presente mientras los mismos sacan provecho de la muerte y sus conocidos. De nuevo la guerra nos sorprende con otra incongruencia. Nadie la gana, nadie se cansa de hacerla. Y por eso miramos hacia otro lado. ¿Sirve de algo demostrar mi apoyo a Palestina? Supongo que no, por eso lo hago público.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com

150, máximo número de amigos

Todo empezó en el laboratorio de un antropólogo en 1993. Tras varias decepciones e impagos de rondas, llegó a la conclusión de que solamente era posible tener, como máximo, 150 relaciones significativas o amigos, esos a los que saludas en la sala de espera de un aeropuerto sin sentir grima o ganas de despegar. Así nacía el número de Dunbar. Ahora, unos científicos de la Universidad de Estocolmo aseguran que es posible derribar esa barrera si uno se lo trabaja, algo que resulta paradójico en la era del hipervínculo y las relaciones de pulgar hacia arriba. Si en la mayoría de casos el número no llega a 10, tirando por lo alto, ¿cómo es posible semejante atrevimiento?

Al nacer y dar los primeros pasos, tienes un amigo o dos. Suele ser el vecino, Luis o la hija de una íntima de tu madre. Eso es universal, excepto para los que nacen en el campo. Ahí la bici o un perro cumplen siempre. Vas estirando —algunos poco— y antes de estudiar en serio cuentas amigos por docenas, acaparan cada segundo de tu vida, son tan necesarios como morrear y el botellón. Al llegar a los 30 la cosa comienza a estabilizarse. Más que amigos tienes contactos, compañeros de trabajo, mucha agenda, pero siempre quedas con la misma pandilla para emborracharte o jugar al pádel. El descenso se acentúa a partir de los 60, momento en que, con suerte, vuelves al punto de partida: tu mujer o solamente tú.

Resulta que en el Neolítico los pueblos contaban con una media de 150 habitantes; en el siglo XI las pedanías daban cobijo a 159 vecinos y un señor feudal con perilla; las unidades del Ejército de Tierra están integradas por 150 miembros embadurnados de barro. Cuesta creer que ahora, con las relaciones más impersonales de la historia y la pereza de retomar la vida donde la dejamos, vaya a aumentar la cifra. Al final, «la única forma de tener un amigo es siendo uno». Y recuerdo en alto: «Siri nos dice qué día es hoy; un amigo nunca consulta el calendario para vernos».

Ilustración: Ryo Takemasa