El año fresco

Parece que lo hemos conseguido. A pesar de todos los esfuerzos por dividir el espacio común a cada golpe de viento, por esquilmar el oxígeno restante, los diamantes y el marfil, parece que llegamos a la culminación del año —mal que nos pese— con la sensación de que mañana, aunque parezca mentira, puede ser mejor. Y no se sabe muy bien si responde a un truco de la imaginación o que dentro de nosotros, ¡oh, estúpidos humanos!, una llama, pequeñita pero firme, se niega a apagarse del todo a sabiendas de que un año fresco implica decir adiós a las armas, morirse muchas veces mucho.

Así es como en noches como esta nos da por hacer brindis de espaldas al sol, prometer, tal vez publicar balances que no le importan a nadie más que a algún seguidor triste, contar pelos en el lavabo o, como en mi caso, intentar recuperar el tiempo desperdiciado haciendo lo que mejor sé hacer: beber. Aquí que cada uno piense en la ebriedad de la manera más conveniente. Más música, menos balas, más cerveza, menos cuento, más poesía, menos ruido, más virtud y menos farsas, más morreos, menos humos, más entradas y salidas, un poco más tú, un poco más por ellos. Porque más es siempre más… y con música es al cubo.

Porque el 2020 merece romper la racha de victorias, celebrar las derrotas entusiastas de un instante suspendido con la imagen de algunas de las personas a las que acompañé y que son, al fin y al cabo, las que me acompañaron. De esta forma y, siguiendo los sabios consejos de un tal Cortázar, tendré su foto, no para acordarme de ellos cuando la mire, sino para mirarla cuando me acuerde de ellos. Tenedle fe al 2020… allá donde os pille estando ebrios.

Sin villancicos no hay Navidad

En diciembre las navidades llegan a lomos de El Gordo, mucho estrés, cenas familiares con tendencia al infinito (+ 1) y ese famoso espíritu ‘anti-grinch’ que impulsa al paisano a desear la felicidad de aquellos a los que no soporta el resto del año. Sin embargo, ¿qué sería de los belenes, las luces y las burbujas sin la banda sonora que los acompaña? Porque si el verano no se entiende sin Georgie Dann, la primavera abre las flores y el otoño es la estación en la que la gravedad es norma, entonces los villancicos son culpables de convertir el invierno en melodía, a veces tortura, campana sobre campana y sobre campana… ya se sabe.

El villancico surge como la canción de la villa, registro costumbrista de esos lugares en los que la vida pasa y a los que se da forma allá por el siglo XIII, convirtiéndose en verdaderos éxitos durante el reinado de Isabel la Católica. Y es que hace siglos nadie escuchaba el “All I want for Christmas is you” —la canción le ha “regalado” a Mariah Carey más de 60 millones de dólares desde 1994—, sino que los más pequeños esperaban la Navidad para cantar las aventuras y desventuras de otra María, su burra, un marido con manos hábiles, su hijo sin pecado, estrellas fugaces indocumentadas y reyes cargados de esencias. Pero ¿cuáles son los ‘hits’ más calientes en estos días de ‘trap’ y rosa(lías)?

Pues el “Campana sobre campana” anónimo y, como no podía ser de otra manera, de origen andaluz. Traducido a un centenar de idiomas, nunca falta en Cortilandia. Le sigue “El tamborilero“, parido en Checoslovaquia y hecho himno en la versión inglesa de Katherine Kennicott. Destaca la revisión LGTBI de Raphael —muy ‘porropoponpon’—, la de Bowie a medias con Crosby y, por supuesto, la de Bad Religion sin Kenny G. “Noche de paz“, “Blanca Navidad“, “La Marimorena“… todos ellos nos tocan con su halo entre grimoso y pacífico, melodías con la capacidad de condensar en el presente un pasado con mimbres de repetición futura. Y ya es Navidad por aquí.

¿Será el 2020 el año de la cuarta ola feminista?

El combate se repite a diario en el chat de los colegas. Más allá de definiciones relativas al feminismo —hablamos de un cambio de paradigma en la sociedad, no de un debate retórico— a casi nadie se le escapa que, salvando las evidentes diferencias biológicas, hombres y mujeres son muy similares. A pesar de la obviedad, cada vez que una mujer se declara feminista, la reacción entre ciertas facciones de ambos sexos es, a grandes rasgos, que es profundamente infeliz, odia a los hombres y nunca se pone sujetador. En cambio, cada vez que un hombre empuña la palabra de la discordia, enseguida es percibido como un provocador, un oportunista más sacando réditos del feminismo corporativista y su adhesión a lo políticamente correcto, Star Wars: El ascenso de Skywalker incluida.

Ahora bien. Si escarbamos en la piel del ser humano —con ello no quiero minimizar la importancia de la lucha por la igualdad de género—, nos daremos cuenta de que los hombres son programados desde niños para no tenerle miedo al miedo, encabezar revoluciones, tal vez destruir imperios, proveer las necesidades del hogar dejándose por el camino un ego frágil, pariente de la osteogénesis imperfecta, y por lo tanto, resistente al cambio de tendencias efímeras. ¿Camiseta “The future is female” (17,00 € en Amazon) o “El violador eres tú Remix”? Por otro lado, las mujeres arrastran una carga demasiado pesada desde hace demasiado tiempo: deben quitarse de en medio, desalojar volumen para hacerle hueco a la inseguridad masculina, demostrar cada día su valor específico.

Quizás — lejos queda la primera ola feminista nacida en 1848— el año próximo, numero igualitario, paritario y de la mayoría de edad en Japón, será el comienzo de la cuarta ola, la refutación del movimiento feminista no ya como una moda, sino como la solución al odio y el rencor de la especie, disparo de fogueo para ser quienes somos realmente… y no lo que se supone que debemos ser. Hay trabajo por delante. De todos.

«El futuro no es ya lo que solía ser» Arthur C. Clarke

¿Por qué la gente odia la Navidad?

No se sabe muy bien por qué, pero cada año las Navidades se adelantan un poco más. Los viejos dicen que es cuestión de prevenir, y así nos encontramos —a mediados de diciembre— enviando mensajes de felicitación semanas antes del supuesto nacimiento de un dios concebido en el interior de una virgen; padre, hijo y espíritu con el alma de un niño crucificado treinta y seis años después. Ante este panorama es normal que, poco a poco, el número de detractores navideños vaya aumentando a la misma velocidad con la que los veganos pululan alrededor de la sempiterna bandeja de jamón ibérico.

Al parecer, el 38% de los ciudadanos del mundo siente como su nivel de estrés aumenta considerablemente entre diciembre y enero. Primero porque es inevitable acordarse de los ausentes, como si los Reyes Magos no se hubieran olvidado de comerse las mandarinas y encontraran alrededor del árbol a una familia descabezada que, a pesar de las leyes de la física, se resiste a desaparecer. ¿Y qué decir de los ocho peldaños del yoga? Es llegar a casa de tu cuñado y toparte con la escalera cubierta de niños pequeños (ajenos) persiguiendo a perros (adoptados), ladridos y conversaciones sobre Vox, el no vestido de la Pedroche, ¡el milagro del agua transmutada en Moët!, Raphael y su novio el “Tamborilero” y toneladas de comida a la contra de meses y meses de duro gimnasio.

Por supuesto, mención aparte merecen los dependientes de las tiendas, testigos de excepción de un país que pierde los nervios ante la enorme responsabilidad de dar con el regalo perfecto, ese que nunca encontramos porque es un intercambio invisible de oxígeno y dióxido de carbono. Abrígate, hoy hace frío, el 25 es Navidad, precisamente el único momento del año donde el dinero se acaba mucho antes que los amigos.

No se le roba a un músico

En el mundo del arte todos somos libres de robar (y no copiar). Es más, sin esas supuestas libertades, ‘préstamos’ y licencias que músicos y compositores se toman no sería posible sorprender a oyentes y ‘haters’ por la misma razón que decorar el mundo no se concibe sin una mirada previa al pasado, en su forma más acuosa y aventurera. Sin embargo, acostumbrados a tanto foco y gloria efímera, y ahora que las Navidades nos desvalijan un año más con sus estrellas fugaces, peones disfrazados de reyes y algún regalo con olor a mandarina, es el momento de dejar bien clara una cosa: no se le roba a un músico. Repito; no se le roba a un músico.

Y con esto hago referencia a los desfalcos que cada dos por tres sufren las bandas cuando cargan o descargan durante el concierto de marras. Ahí, en esa intersección entre la calle y la rampa —de acceso al local de ensayo o la inmortalidad—, este colectivo dislocado representa el ideal democrático al que la audiencia aspira. Y da igual si ésta la conforman papá y mamá o agotan las entradas en el Wizink porque todos ellos — Taburete incluidos— han invertido ahorros, tiempo y esperanzas en un equipo que, de pronto, se desvanece para desplegarse a los pocos meses en el escaparate del Cash Converters, justo al lado de la leyenda «¿Eres ganador o perdedor?».

Es gracioso porque los músicos siempre pierden, incluso cuando el paso del tiempo les homenajea. Infancias solitarias, incomprensión familiar por dedicarle más horas de lo recomendado a la “dichosa guitarrita”, buitres con traje de representantes, descargas ilegales, promotores aprovechándose del entusiasmo a coste cero, liquidaciones de las ‘multis’ de un dígito y medio y mucha diversión… así es su vida. Por favor, ladrones de instrumentos, ténganlo en cuenta antes de adueñarse de lo ajeno y salgan del país lo antes posible. Jorge Ilegales les busca, les encontrará, les triturará y les incluirá en su colección de casetes piratas.

Culo

Culo, culo, culo y culo. Jamás cuatro letras escritas cuatro veces habían tenido un significado tan mortalmente sabroso para tantos. ¡Mangos frescos! Porque no se sabe de donde procede esa fascinación por un área que no sirve realmente para nada más que recuperar el aliento tras una sesión de bici estática y conferir forma y vida a un par de mallas tristes. Su poder es inagotable, tanto que muchos pierden la noción del tiempo y el espacio, regresando a los orígenes más primitivos del mono culo, aquellos en los que se montaba a la presa por detrás, a tra(i)cción, antes del Face Time y el “sexting” erudito.

Y es que hiptonizar es hacer ‘twerking’, adelgazar moviendo nalga, ‘perrear’, ser testigos de la música hecha pandero y con ella todo lo demás es polvo, aire, quizás sueño. Más que nada porque la galaxia entera desaparece ante la visión de un planeta redondo y rotundo, a veces pequeño y compacto, plano o desbordante, piedra o toneladas de chicle masticado; ¡qué más da si ahí se concentran los esfuerzos de miles de mujeres en el gimnasio! De hecho, a un ejército de idiotas nos sobran la cara y los pechos, las piernas e incluso las cervezas si podemos hacer lo que mejor se nos da: admirarlo de cerca, meter las narices dentro de su órbita.

Es cierto que muchos lo hacen con el orto —¿acaso los hombres pueden llegar a pensar una vez a lo largo de una vida entera?— y sin embargo, si alguna certidumbre esconde el pompis es que «el futuro no será de izquierdas ni de derechas, sino que irá de culo». Y sabiéndolo mi boca se hace agua al cantar con alegría aquello de que «al compás del marro, quiero repetirle al mundo entero: yo, yo soy culero».

Sobre el secreto de la felicidad

Resulta que, a veces, las intuiciones más primarias, aquellas que forman parte indivisible de nuestra existencia, deben de ser clasificadas científicamente para ser tenidas en cuenta, si no por la mayoría, al menos por el grueso de los vivos. Y a eso se han dedicado unos “hippies” en la Universidad de Harvard durante los últimos setenta y cinco años. El experimento en cuestión, denominado “Estudio sobre el desarrollo adulto” y financiado mediante recursos privados, pretende determinar qué es lo que nos mantiene en forma y contentos a lo largo de toda una vida… y resulta que, ¡sorpresa!, no es ni el dinero ni la fama.

En 1944 y con este fin se crearon dos grupos —a día de hoy son sus nietos quienes lo perpetúan— que, a la larga, mostraron comportamientos sociales antagónicos. Uno, el más longevo, se caracterizó por mantener estrechos lazos con sus familiares, conservar a los mismos colegas crápulas de siempre y ser capaces de dormir siete horas del tirón, con los beneficios para la salud que implica beber y descansar en paz con uno mismo; el otro, propenso a la soledad y las relaciones abruptas, comenzó a flaquear a los cincuenta, ignorando que la interacción social, el amor y la confianza guardan, en definitiva, el secreto de la felicidad.

¿Por qué en 2019 seguimos empeñados en negar esta evidencia? Pues porque somos mortales y deseamos algo rápido e indoloro, un tiro que sane nuestros males al instante, justo lo contrario de la oferta de las relaciones, sinónimo de picar piedra, idas y movidas, abono y riego… el antiglamour, vamos. Cambiemos focos por paseos bajo la luna, Casios por citas de noche, batidos de comino por cerveza, correos por morreos. No hay tiempo que perder; no lo hay, de verdad que no, y menos para ser famosos o millonarios.