La vuelta a la normalidad olvidada

La fuerza de la costumbre es poderosa, tanto que incluso aquello que molesta, suda o pica se echa en falta cuando llega el momento de la despedida. Así, la mascarilla, ¡oh fiel aliada de los feos!, comienza a perder su influencia en la calle y los garitos. Se quedará entre nosotros un tiempo, lo justo para que se pase el susto que llevamos en el cuerpo, y luego tendrá una presencia testimonial en el carrete. De pronto, entrar en una sala de conciertos a cara de perro —un gesto repetido en el pasado con toda naturalidad y algo pedo— se parece a desnudarse en una piscina pública llena de madres hastiadas, padres fofos y niños a punto de ahogarse. Esta es mi impresión de un sábado noche a pelo en Madrid.

¡No me lo puedo creer! Con esta frase silenciosa van entrando, sin excepción, los asistentes. Hay miradas de extrañeza, alguno se pellizca fuerte, y a juzgar por la cara de felicidad del DJ podría tratarse de una ilusión óptica, un sueño bajo los satélites o directamente la muerte. Pero una agridulce porque resulta inevitable tocarse la barbilla y palparse una comisura, compartir el aliento con desconocidos (¿vacunados?) sin echar de menos algo. En fin, que de tanta precaución y lavado de manos ahora vamos por la noche como un conejo al que le dan las largas.

La sensación vuelve una y otra vez, ¡estoy en bolas! Venga, me pongo la mascarilla para ir al baño a hacer pis solo y me la quito para bailar el limbo rodeado de humanos con cara; tiro de ella para pedir en la barra y después la lanzo al aire porque hoy nos graduamos, superamos una prueba, nos rendimos a la evidencia de que la normalidad tampoco es que sea la repanocha. Eso sí, no huele a encía. A las cuatro, y como siempre, regreso a casa en bici con la mascarilla bien prieta, la lavo con ternura y la dejo secándose en el alféizar de la ventana. El cable está tan enredado que cuesta regresar a lo de antes. Mucho. Un lío.

Ilustración: Hopper con mascarilla

Octubre

Los domingos de octubre se clavan en la carne. Contienen restos de estaciones cálidas y la promesa de ese frío que nació sin ganas. Quizás por eso la nostalgia invade los rincones de mi patio y también la almohada, crece dentro de uno sin pedir permiso. Ahora llueve, por dentro y hacia fuera de este simulacro, el del invierno, como si el tiempo de la luz anticipara las bufandas, los jerséis que pican, los puños deshilachados por la falta de uso. Así pasan las horas, o nosotros en ellas, también los regueros de la sangre con sabor a avellanas, a ciruela pasa. Y el color desaparece, y los colores en él, recuerdos del pulso detenido frente a un mar ocre que moja lo justo. Quizás por eso los huesos se resienten, crujen, aportan poco sabor a la sopa de cocido. Nadie nos preparó para estos días. Ni siquiera las madres conocen la receta. La tristeza fue siempre la gran incomprendida en esta historia, un cuchillo que no corta, una mañana antes del alba. Si algún día me muero elijo octubre. Que quede por escrito. Yo vivo.

Ilustración: David Galletly

Gente que sonríe al mirar el móvil mientras camina

Ahora que la vida comienza a recuperar su bullicio y la mascarilla ya sólo representa el peligro limitado al interior, irrumpen las caras; y con ellas ciertas costumbres de la calle. Hay muchas, una reina: gente que sonríe al mirar el móvil… mientras camina. Pero no se trata de un gesto cualquiera, sino más bien de una mueca perfectamente intercambiable entre viandantes de doce a cuarenta y pico años. Ahí están ellos y ellas —me incluyo los días de paga—, agentes del caos cortocircuitando el flujo natural de las aceras, y todo al tiempo que muestran piñata y acercan la nariz a la pantalla. Pero ¿por qué sonríen si andan perdidos en el Whatsapp?

En principio podría ser que reciben mensajes divertidos, alguna foto-video-GIF de su versión más humana marchando por la calle sin el iPhone, anacronismos que les vuelve tiernos y por lo tanto seres felices. Descartado. Quizás se deba a que la cercanía de la muerte inspira la sonrisa, una manera de asumir el fin por atropello o el impacto contra una farola como la mejor manera de despedirse del mundo virtual —el otro hace tiempo que desapareció—. Tampoco cuadra.

Tras varios días de intenso debate y extrañamiento por la epidemia del rictus (muy agradable por otra parte) se impone la razón. Cuando uno mira el móvil en movimiento reduce la velocidad de paso, anda como un zombie, se rebela contra una sociedad idiotizada por los luminosos y los edificios altos, por fin se conecta con los suyos haciendo desaparecer a la inmensa mayoría nazi. Sucede que todo dura lo que dura el gesto y, al volver a caminar erguido, vuelve el mohín, ese de la realidad fuera de los márgenes del móvil. Ahora se sueña de esta forma, y uno echa de menos hacerlo dormido, quizás durmiendo.

Ilustración: http://www.nhungle.com

“Dune” salvará el cine

Volver a un cine después de casi dos años tiene su épica, como si de pronto una especie en peligro de extinción desplegara su plumaje 4K en una pantalla-luna. Es en ese espacio, un poco sombrío, un poco palomitero —olvídate de la manta, el gato y el portátil— donde tiene lugar la epifanía. Y no porque el argumento te eleve por encima de la arena, ni siquiera porque se trate de una producción milimetrada y por tanto tibia, sino porque la película resuena en la dermis durante dos horas y media, al regresar a casa, intentar conciliar el sueño y caer en la cuenta de que la realidad, eso volcánico de todos los días, contiene gente malvada y calva, su propio planeta seco y cientos de gusanos que lo engullen todo, selvas, vidas propias y seres de lejanías. Si sólo te conformas con eso cuando compras una entrada entonces tienes que verla. Bueno, y porque sale Khal Drogo.

Y es que de alguna forma, necesitábamos comprobar que algunas experiencias viejunas (lo son porque implica hacerlo en grupo y pagar con tarjeta) todavía encuentran acomodo en la fase de la distancia. Érase una vez el cine así, emociones y gestos al ritmo de un compás sobre el pecho del espectador, ahora un sueño dentro de otro sueño hecho imágenes. Creímos que la vida era una película, hasta que nos topamos con una certidumbre: nunca quisimos que lo fuera y ahora que llevamos tanto tiempo alejados de nosotros mismos rendimos cuentas al presente.

Cuesta imaginar un mundo desprovisto de Kinépolis, los Verdi o los Renoir, mucho más que una calle sin quiosqueros o una peluquería sin el ¡Hola! Lo llaman presente o futuro, ¡yo qué sé! y, sin embargo, esta nueva versión del libro de Frank Herbert sirve para recordarnos que el cine es un invento del demonio, cuatrocientas butacas llenas, luz al principio del túnel, la única mentira irrenunciable, una de las pocas maneras de afrontar el miedo a oscuras. No os la perdáis, os cambiará. Palabra de “Dune“.

Ilustración: Wolf and Rocket

A los músicos no les importa la música

Todos los sectores relajan la raja, taxis incluidos. El botellón vuelve al alza y por miles. Cines, teatros, barras en bares… Sin embargo, España continúa a la cabeza de las cuatro restricciones: mascarilla, distancia, aforo y horario en las salas de conciertos. De poco sirve señalar a propietarios, promotores y personal. Su comportamiento ha sido ejemplar a lo largo de un año y medio en el que los sueldos se han reducido a la mitad y el trabajo se ha multiplicado por tres y medio. Esta vez tampoco puede culparse a los políticos. Nos queda la “industria” avara, esa de los contratos 360, los técnicos que se manifiestan y, por último, los músicos dedicados a sus cuentas de Instagram. Si estos últimos regalan las canciones, ¿por qué deberían preocuparse por la supervivencia de las salas?

Sucede que los músicos, en general, ni siquiera piensan en términos musicales cuando se trata de su propia música. Fluctúan entre aspiraciones de fama, seguir la tendencia y mirar hacia fuera cuando el impulso se genera en interiores, el de su contorno humano y la sala en la que desvelarlo. Ese acto, en principio ignorado por la mayoría, es el que define el oficio y también el último recurso al que aferrarse. Quizás por esa razón queda apartado. Mejor alimentar a la bestia que los escupirá tarde o temprano.

Y no se trata de un comportamiento “pandémico”. Siempre fue así. La diferencia estriba en que aquí y ahora el sueldo base sale de tocar, pero no en festivales micológicos, sino en esas salas que dan una identidad a la ciudad y al barrio, último reducto para congregar cualquier combinación de escalas, compases y formas de ver el mundo. Si triste es el destino de los músicos aún más trágico el presente de las salas. Despertemos, nos quitamos la comida de la boca, y además lo publicamos.

Ilustración: Anthony Gerace

Perderlo todo lentamente

Siempre hubo dos Españas: una que sufre y otra que calla mirando el móvil. Con la llegada de la erupción se añade una nueva categoría compuesta por aquellos incapaces de no dejarse subyugar por las coladas de lava, mantos procedentes de la boca de la Cumbre Vieja enfriándose a medida que descienden por la ladera formando paisajes coagulados, viscosos, somníferos. Imposible apartar la vista, salivar, hipnotizarse una vez más con las tripas del planeta en su flujo imparable hacia el océano. Sucede que durante esos instantes (en bucle) muchos lo están perdiendo todo, lentamente, en gerundio, al ritmo impuesto por una destrucción en calma a 1000 grados centígrados.

Estos mantos se desplazan a 300 metros por hora, el equivalente a un viejo que anda por el parque mirando a los gorriones, tiempo detenido y suficiente para que los palmeros puedan ponerse a salvo en una loma y observar entre un murmullo sísmico. Sería preferible que todo sucediera a más velocidad, un tajo seco que separara la cabeza del cuerpo y apagara la luz. El amanecer de hoy en La Palma arde, burbujea, estorba porque convierte el final en fotograma para el recuerdo.

Catástrofes como esta parecen confirmar la simetría de la felicidad. Si vives en el paraíso entonces prepárate para conocer el infierno, si muchos pierden sus casas en las coordenadas 28°40′0″ N, 17°52′0″ W tiene que haber, forzosamente, una caravana de familias que estrenan chalet en Boadilla del Monte. O al menos eso quiero creer porque nada hay más amargo que ser testigos de una desgracia y dejarse llevar por su belleza. De pronto, la distancia se calcula en curvas, siempre p’arriba, siempre p’abajo. Así late al corazón de muchos.

Ilustración: Uchida Masayasu

Somos volcanes

En el principio creó Dios los cielos y el volcán. Fue lo primero, antes que el tiempo de los relojes. De ahí que en La Palma lo llamen Cumbre Vieja. Ahora el magma fluye como una culebra prendida, sepulta los espejos y la civilización a sus espaldas. De pronto, el pasado, uno prehistórico, acapara los tweets y la tecnología sísmica, esa que no se ve y se deja sentir. La consigna es clara: corran, ya comerán después. Y mientras unos pierden lo levantado en años, el pasado fluye entre el presente, lo reduce a un montón de nada. Aquí, en la Península, el espectáculo roza el sadismo y la destrucción alcanza la belleza más pura, convierte la naturaleza en un juego de imitación fieramente humano. Porque si dimos nombre a un volcán, entonces de alguna forma un poco extraña creímos ser sus mecenas. Nadie baila cuando el volcán pinta. Y el corazón es una roca al aire.

Cuesta entender que en esa isla la gente se enamore, pasee los domingos, lea el periódico cuando el viento de la Caldera de Taburiente arrastra rabos de nube hacia Los Llanos. Las de hoy contienen dióxido de azufre, vapor de agua, cloro, desvían los aviones y el rumbo de los pájaros. Poco pueden hacer contra las miradas de los más curiosos. Así, y por unos días, las coordenadas geográficas se alteran para colocar las Canarias en el centro de un mundo dislocado. Hasta que Internet caiga en la cuenta de que en el barrio y cada día la lava salpica cada esquina, cada gesto.

Parece ser que las cenizas de estas erupciones contienen multitud de nutrientes para las plantas, particular manera de compensar el daño. O tal vez fuimos nosotros los que herimos primero, empeñados en descifrar el alma del primer habitante de esa isla, la bonita, verde, negra y también fuego. Da igual. La verdad carece de importancia cuando miles de personas desesperan en el paraíso del desvelo. Siempre seremos un volcán en erupción, siempre. Hoy sólo importa uno y hacia ese punto dirijo el pensamiento, la esperanza y el aliento.

Ilustración: http://www.tomiungerer.com

¿Dabiz Muñoz mejor cocinero del mundo?

Decía Paul Newman en inglés: «Soy una persona competitiva. Siempre lo he sido. Y es duro ser competitivo en algo tan inaprensible como actuar. Pero puedes serlo en una carrera porque las reglas son muy simples y está muy claro quien es el ganador». Desde luego el actor tenía razón y belleza. Nadie niega la posibilidad de cruzar la meta con el resto en el retrovisor, destrozar el cronómetro y manosear el diez de los jueces. La duda reside en si lograrlo te convierte en el mejor. Y es que esta palabra puede ser empleada con vehemencia al referirnos a los amigos, ciertos animales de compañía y multitud de objetos inertes. En cambio, cuando el receptor de la misma es un cocinero a muchos se les tuerce el gesto, como si el sabor del plato cambiara al imponer la objetivad en una elección repleta de parcialidad, ingredientes, tendencias y logros empresariales. Bueno, pues para “The Best Chef Awards“, Dabiz Muñoz es el mejor cocinero del mundo en 2021. Abro hilo de sangre.

Y aquí comienza la pelea. Más allá de que la existencia de estas listas emparenta la cocina con un concurso de belleza, resulta innegable que el madrileño posee una capacidad innata para conectar. Ya sea porque invierte un dineral en peluquería o porque le imprime un componente de pasión infantil al ‘simple’ hecho de cocer unas almejas con coco y café y servir un plato que te hace llorar… si no conoces la receta. Incluso su donut a base de grasa de palma hidrogenada tiene su punto porque acerca la cocina elitista a ese pueblo llano amante de las madalenas. ¿Marketing? Probablemente. ¿Curro? Debe echarle 18 horas al días, el resto corre.

Queda por resolver la cuestión de fondo. Y es que poco importa quién sea el mejor en algo porque, en el hipotético caso de serlo, dura el tiempo que uno traga una tortilla francesa sin queso. Sería maravilloso poder alegrarse de los logros de los demás, un rato, aunque se haga bola, y así ir dejando atrás toda la bilis y la mala hostia que ha caracterizado este año y medio. Comer, beber, reír y follar. Ese es el consejo de este viernes y la diferencia entre la buena y la mala digestión de toda una vida. Enhorabuena, chef.

Ilustración: https://studiopatten.com/

Las eléctricas nos follan… y no hacemos nada

Pues resulta que las eléctricas no sólo nos follan desde haces meses, sino que cuando les imponen medidas para frenar su lucro incesante (358,2 millones de euros netos desde enero) sacan pecho y amenazan con las nucleares. Así bajan los contagios, la factura de la luz bate récords en la historia universal de la ‘inmafia’ y ellas, ¡oh, todopoderosas puertas giratorias!, imponen su ley entre una clase trabajadora ahogada. Por su parte, los pudientes pasan el mal trago tomando el sol y los ricos miran hacia otras latitudes, Suiza o algún paraíso sin calefacción. El caso es que nadie protesta más allá de Twitter, ya ves tú… Y claro, si los españoles somos potencia mundial en manifestaciones (uno de cada cinco salió a la calle este año), ahora cuesta entender este inmovilismo patrio. Aquí la clave antes del frío.

Después de meses de penuria parece que lo que toca ahora es aceptar la realidad lejos de los postulados de la ciencia. Pagamos lo que nos pidan, más sabiendo que una huelga de consumo incrementaría (aún más) el coste debido al sistema de subastas. ¿Poner una lavadora sale por 46 céntimos? Dios, qué paz saber a qué atenerse. ¡Nada de pollo a precio de solomillo, somos consumidores racionales y limpios! Además, da gusto ver el salario mínimo estancado en 950 euros frente al incremento del 195% de la luz. Dónde estarán los negacionistas del precio de la electricidad cuando se les necesita…

Cabe preguntarse por el límite, el de esas empresas dispuestas a maximizar beneficios por encima del bienestar y el de los ciudadanos que callan ante la peor de las injusticias. Porque la democracia, esa palabra con la que muchos se llenan la boca, se demuestra cuando el pueblo decide, y ahora ha decidido aceptar lo inaceptable. Resulta que el enemigo al que nos enfrentamos ni siquiera está en los consejos de administración o el Congreso, somos nosotros en su peor versión, esa del vivir y perder, pagar y callar. ¡Luz cara, más luz cara! Concedido.

Ilustración: The Project Twins

La pregunta que nos deberíamos hacer

Su cuerpo forma parte del subsuelo y los gusanos y, sin embargo, Michael K. Williams sobrevive en la memoria. Porque algunos dejan cicatriz, y son a esos a los que volvemos cuando la duda se hace costra. De alguna manera un poco extraña sabía que escribir sobre su muerte el día del deceso no le hubiera hecho justicia. Eso hubiera supuesto añadir una esquela más en la lista de este mundo-cementerio siempre en búsqueda del titular que intercambia verdad por oportunismo. Hay que dejar a la gente marchar en paz, sin palabras que sólo hacen ruido y entierran el silencio. Precisamente, gracias a ese tiempo prudencial, ahora descubro la pregunta que Michael hacía al inicio de cada temporada de “The Wire”. Así se desvela a la persona cuando el personaje muere.

¿Por qué hacemos esto?, espetó a un perplejo David Simon, responsable de la serie. Podría parecer que simplemente respondía al interés del actor por acaparar líneas para Omar Little, el maleante que robaba a otros maleantes que robaban a personas decentes. «Corre la voz, querida. Omar ha vuelto», decía antes de desaparecer entre las sombras. A medida que el hilo de la conversación se estiraba, Simon se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Williams: pensaba en la historia en su conjunto, en la generosidad como ofrenda que uno se hace a sí mismo olvidándose de uno.

Es curioso que la pregunta que todos deberíamos hacernos (en algún momento) parezca condenada a un olvido consciente. Será porque tendemos a apartar del camino todo eso que cuesta, será porque la vida es «la mierda que ocurre mientras esperamos momentos que nunca llegan». Es verdad, da miedo descubrir que lo que hacemos carece de sentido. Levanto la mirada. Dejo de escribir. Miro dentro de los ojos de Michael. Regreso de las profundidades para apuntalar el último párrafo. Desconozco por qué hago lo que hago, pero ando cerca, lo intuyo. Y sonrío bajo un cielo plomizo que anticipa el fin del verano, el fin del mundo tal y como lo conocimos.

Fotografía: Jesse Dittmar