Mafalda se queda muda

La viñeta, adherida a la nevera con la ayuda de un imán, fue testigo de excepción de un crecimiento que, aunque más escaso de lo deseable, establecía centímetro a centímetro mi paso, y el de mis hermanas, de querubines blondos a adolescentes con acné. Años después, el color del papel terminaría adquiriendo tonalidades amarillentas, más propias de una edad adulta que no convence a nadie, hasta desaparecer entre restos de basura orgánica. En ella, Mafalda, esa cría con preocupaciones de mayores y cuerpo de maceta, consolaba a su hermano pequeño, abroncado por su madre tras disfrazarse de fantasma con una sábana recién lavada. «Los fantasmas, no se sabe, pero las madres existen… ¡existen, Guille, existen!» le decía con ese tono entre condescendiente y lastimoso.

Y es que de alguna manera, Mafalda somos todos, porque a todos nos gustan los Beatles, los crepes dulces o salados y nos cuesta cada día más trabajo comprender a la humanidad. Si no es así, por lo menos tendremos algún amigo que se llama Manolo, soñamos en invierno con Brigitte Bardot en la playa y nos preguntamos por cómo hará el tiempo para doblar las esquinas en los relojes cuadrados. Lo que está más claro que el agua es que Quino solo hubo uno, y además hizo tanto por nosotros que al morirse los bocadillos de sus viñetas cobran una nueva vida.

Es muy probable que en el futuro no se prohíba la sopa, ni que llegue la bondad a la política. Tampoco mandarán los jóvenes a pesar de superar en número a los viejos. Sin embargo, podremos decir que el 30 de septiembre de ese 2020 cabrón descubrimos cuál era el verdadero apellido de un dibujo animado convertido en mito. Sólo hace falta mirar nuestro carné de identidad. Gracias, maestro. Por todo.

Ilustración: Quino

Un millón de muertes

1.000.000. Así se anuncia, sobreimpresionado y a todo color en las pantallas de los telediarios. Podría confundirse con el primer premio de la lotería de Navidad o el bote de Pasapalabra. Pero no. Esta sucesión de un lánguido uno y seis ceros, equivalente a la población de ciudades tan dispares como Valparaiso, Ámsterdam o la suma de todos los vecinos de Puente de Vallecas, Chamberí, Tetuán, Fuencarral-El Pardo y Moratalaz, corresponde al número de muertes por coronavirus. En el mundo, claro. Porque si Europa es ahora un país en ruinas y América un sueño dislocado con Asia en medio, la salud y la enfermedad se han encargado de conectarlos. Y de la peor manera.

Resulta terrorífico comprobar que este mar de cuerpos se contabiliza desde finales del 2019. Y acabamos de despedir este veran20. Así, se supera por un amplio margen los 650.000 fallecidos anuales por gripe, sida o suicidio, y entramos en liza con la tuberculosis, los accidentes de tráfico y la diabetes. Resulta que sí, que es real y está sucediendo, a pesar de los esfuerzos de algunos por negar la evidencia. En Auschwitz se enfriaron un millón de cuerpos. Y la historia se congela 60 años después.

La ley de los grandes números nos cuenta que si repetimos muchas veces un experimento —un millón de veces se acerca sigilosamente a un infinito—, la frecuencia de que suceda un determinado evento tiende a una constante. De momento, no hemos sido capaces de interpretar correctamente esta pandemia ni cuando era un fuerte resfriado. Sin embargo, la ola de vida continúa su curso, impasible, fieramente humana, frágil pero no vencida.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com/

El jardín de los banderines

3.500 millones de años de vida en la tierra no han sido suficientes para dejarnos claro que hay ciertos símbolos patrios que, lejos de llamar a la concordia y el entendimiento, sólo sirven para afianzar nuestras diferencias más obscenas. Así y para muchos, un gesto en memoria de los fallecidos por el virus se convierte en grima por culpa y gracia de dos colores, y para otros es motivo de orgullo el comprobar como un jardín también puede sembrarse de 50.000 banderines, de unidad y de patria. Lo más curioso es que este homenaje, en principio destinado a los muertos, pone otra vez de manifiesto las frágiles costuras de los vivos.

¿Por qué en algún momento de nuestra evolución como especie decidimos encomendarnos a los símbolos en lugar de confiar a ciegas en la fuerza de las palabras y los actos? Parece más razonable destinar más recursos a la Sanidad Pública, contratar médicos y rastreadores, aumentar el flujo de trenes y autobuses urbanos, acordarle más importancia al trabajo y menos a la inversión y, una vez que se gane el pulso a la enfermedad, dedicarle un sonoro homenaje a los caídos, quizás un rugido que reverbere más allá de monumentos y nebulosas.

A pesar de todo, seguimos empeñados en vivir al calor de colores e ideas. El negro de “Black Lives Matter“, “Hacemos Eventos” y su rojo, el blanco de las sábanas recién lavadas y la orquídea… Da igual, cada uno los suyos y, sin embargo, conviene recordar de vez en cuando que «los dioses no tuvieron más sustancia que la que tenemos nosotros. Tenemos, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir». Mejor hacerlo rodeados de jardines con flores y acuerdos, banderas de carne y sangre, esperanza.

Ilustración: https://tatsurokiuchi.com/

Una segunda ola de bajón

El final de septiembre siempre se nos hizo bola. Las primeras lluvias marcan el cambio de estación y las pieles, poco a poco, recuperan ese color típico de las paredes recién encaladas. Además, a casi todos nos toca regresar al trabajo —si es que alguno está empleado a estas alturas—, y los primeros grises que anticipan el invierno comienzan a formar parte de la decoración del día a día. Para rematar el cuadro, a todo lo anterior hay que añadirle una segunda ola de contagios ya prevista, aunque expulsada del subconsciente colectivo por una simple cuestión de cordura. Bueno, pues es oficial. Y además se multa en las zonas confinadas.

Lo más curioso, sin contar la previsibilidad del fracaso entre ciencia y resultados a corto plazo, resulta comprobar —o puede que sólo sea una impresión de la ignorancia— que nada ha cambiado desde marzo. Nada excepto que ahora no hay quejas por el precios de las mascarillas y que éstas se han convertido en un complemento imprescindible junto a los condones y los pañuelos pa´ las lágrimas. Así, el «todo fluye, todo está en movimiento y nada dura eternamente» suena a la parrafada de turno de un borracho bautizado Heráclito. Será por culpa de Ayuso, o de Sánchez, o de Ayuso, o yo qué sé.

Hace meses que resulta complicadísimo vivir en el presente, que el pasado es el único búnker fiable. En cuanto al futuro, se trata de una variable petrificada en algún punto entre el verano-verano de 2021 y el otoño de esta civilización moderna. Cuando llegue, si es que lo vemos, nos dejará la extraña sensación de que llegó demasiado rápido.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Ser virus o vacuna, o directamente ser

Mucho se está hablando estos días de Madrid, ciudad de pueblos, vacía por el centro, desbordada a las afueras y en el despacho de la Presidenta, un punto de choque en el que el 20% de sus habitantes posee el 50% de las rentas, ya sea en forma de mansiones con cámaras, yates bribones o una abstracción de cifras en la cuenta de la familia March. La desigualdad es la reina y, como en cualquier otra urbe, el estigma de clase y procedencia se convierte en moneda de cambio del juego político. Porque ya se sabe que ahogar a la mujer de la limpieza sale mucho más barato que subirle los impuestos al ejecutivo con los zapatos sobre la mesa.

Así, empeñados en quemar puentes y apuntalar hemisferios, continuamos fomentando la segregación urbana y humana, imponiendo el maniqueísmo de ser virus o vacuna, negando el hecho de que el pobre deja el sur atrás, trabaja en casa norteña y despide a los dueños con la mano floja. Y no sólo sucede en los extremos. También la zona media vive de esa intersección, con la enfermera abandonando la seguridad del hogar para adentrarse en un campo minado que, casualidades de la vida, no distingue entre clases, credos o conspiraciones.

El problema es, además de que la enfermedad ignora los intentos por frenarla sin dejar de alimentar la máquina, que la toma de decisiones con el objetivo de proteger la maltrecha salud de los ciudadanos se erige en el camino más corto para poner de manifiesto la diferencia, precisamente la única variable ajena a la vida y la muerte. Ante la pregunta de si eres virus o vacuna, la respuesta debería ser «eso, eso». Todo lo demás es un remedio peor que esta enfermedad de latitudes crónicas.

Ilustración: Peter Davies

Alerta roja, presente negro

Este es el momento. Después de pasar demasiado tiempo segregada, desgajada en organizaciones inmersas en guerras intestinas y comunicantes y vilipendiada por su capacidad para establecer algo de coherencia entre el instinto y su realidad inefable, la cultura sale no ya a manifestarse, sino a movilizar a un sector que, semana a semana, mes a mes, se funde a negro. De ahí que se declare una alerta roja a escala nacional, el color desde el que mejor se adaptan a la oscuridad nuestros ojos. También el primero en ser dominado y reproducido en diferentes tonalidades. Ayer en la cueva, hoy en la calle.

Porque aquí estamos hablando de vidas, pequeñas, casi invisibles, pero firmes en su convicción de ganarse el sueldo con lo que siempre fue una necesidad vital, incluso para el ministro Rodríguez Uribes —intercambiable con Wert o Méndez de Vigo—, que se ha limitado a parafrasear a Welles y su «primero va la vida y luego el cine, aunque la vida sin el cine y la cultura tiene poco sentido» para después enarbolar un pim, pam, fuego apuntando a la cabeza de mensajeros, técnicos de luces, ingenieros de sonido, el pianista, el runner y los del “merchan”. Porque aquí la mierda nos salpica a todos, aunque se echen de menos caras conocidas.

Y no se trata de negar las contradicciones de un gremio habituado a vivir a menos uno y sin contrato, ni tampoco de ocultar una situación precaria que echa el cierre cuando el mundo gira a la velocidad impuesta por la muerte. No. Ha quedado demostrado con creces que es posible organizar conciertos, obras de teatro, proyectar películas, vender libros y recitar poesía sin rimar ni un sóla vez la palabra brote. Será porque la cultura es la única capaz de salvar a un pueblo, imponer el rojo sobre el horizonte negro, alzar la voz cuando el silencio duele. Mejor unidos.

Ilustración: Pantone®

De tetas, museos y censura

Así es como, en pleno 2020 “que se pase pronto, por favor”, un escote o unos pezones siguen causando revuelo en cualquier parte del mundo. Incluso en el Museo de Orsay, meca de la alta cultura y que incluye en sus paredes, entre otros, “El origen del mundo” de Courbet, “Almuerzo sobre la hierba” de Manet, o “Torso, efecto de sol” de Renoir. Para todos aquellos con memoria visual y mala para los nombres, recordarles que se trata de cuadros de coños, pezones, luz y algo parecido a la vida en su versión al óleo. Eso sí, a una muchacha con un vestido díscolo que dejaba al descubierto un brochazo entre dos senos cubiertos se le deniega la entrada. Y vuelta a empezar con la misma mierda de siempre.

Y es que resulta que, cuando creemos tener superado el tema de marras, un agente de reservas nos vuelve a sorprender. Será porque simplemente estaba cumpliendo órdenes relativas al código de vestimenta —nada de tejidos sintéticos entre tanto pastel, cochina—, porque sigue escudriñando el canalillo cuando debe asegurarse de que el visitante ha comprado una entrada olvidándose de los ojos, o simplemente porque los idiotas cachas se pavonean cada día sin camiseta cerca de mi casa y a las mujeres se les exige desnudarse exclusivamente en una habitación estanca y a oscuras, por si hay niños cerca. Hombres, vamos.

Normal que el colectivo Femen convierta el cuerpo de sus guerreras en eslogan y se encabrone una vez más, escupiendo el mantra machirulo titulado la obscenidad está en vuestros ojos. Pues resulta que sí, y que la inmoralidad está en la muerte y poco más, aunque siempre es más sencillo echarle la culpa a la piel y la naturaleza de la carne entendida como existencia. Resulta que lo peor de nosotros nunca se encuentra a plena vista, pero no nos entra en la cabeza.

Ilustración: Gustave Courbet

Adiós a Jota Mayúscula

Hoy, 11 de septiembre de una mañana menos, Jota Mayúscula no pincha más; y sin él las rimas se han quedado mustias, desprovistas del ritmo necesario para convertirse en puños. Lo sé. ¿A quién le importa la música de las palabras o directamente la música? ¿Quién se acordará mañana de un referente del rap recitado en español? Pues resulta que mucha peña. Porque él —y esto no es un privilegio otorgado por la muerte— fue uno de esos adelantados a su tiempo y espacio que decide arrancar la cultura del hip-hop de los muros y barrios periféricos, darle el vuelo necesario para atraer a las ondas de radio a fanáticos de la guitarra eléctrica, dotar a lo que no se ve de la reverberación de un vinilo que gira, y gira, y gira.

Así, cada domingo, entre legañas y resacas, los chavales escuchábamos sus camas para Frank T, otra letra mayúscula del abecedario, y desenmarañábamos juntos un paisaje ajeno en nuestra propia lengua, entendíamos que, con paciencia y voluntad, el mundo se construye, se transforma y vuelve a destruirse. Como una frase, como un beat, como el miembro de un miembro del club de los poetas violentos.

Jesús Bibang González se ha parado y la nostalgia invade este viernes con aspecto de zona bruta. Creo que ya no volveré a escuchar la radio de la misma forma. Tampoco la música se encuentra ahí dentro ahora. Sin embargo, hoy se me antoja necesario recuperar sus bases, su flow incontenible, esa garganta gritando aquello de «el espectáculo más grande del mundooooooooooooooo». Nos quedamos sin uno de los mayúsculos. Los mediocres resisten. D.E.P.J.M.

Ilustración: LUDWIG HIRSCHFELD-MACK (1893-1965)

¿Cómo termina lo que no empieza?

Este año —por llamarlo de alguna manera— todos nos hemos enfrentado al problema del tiempo y su paso. De pronto, una dimensión borrosa parecida al viento no se conforma con hacer desfilar grupos de días grises encajados en sus consiguientes estaciones, sino que, al intentar forzar su flujo —siempre alentados por el advenimiento de una vacuna que tampoco parece que vaya a solucionar nuestro futuro a corto plazo— termina achatada por los polos. Vamos, un desastre. De ahí que pensar en 2019 implique adentrarse en la prehistoria, e ir más allá de las Navidades de 2020 adquiere tintes de triple mortal de necesidad. Y menos mal que este año lo íbamos a petar…

Los mayores de treinta habrán comenzado a percatarse de que, desde hace relativamente poco, las horas cunden menos. Unos porque están desbordados por el estrés y las deudas, otros porque la exploración del mundo les lleva a querer abarcar otras galaxias, tal vez dejar un legado antes de palmarla. Y así el metabolismo se ajusta a una frecuencia cardíaca más baja, a la caída del pelo de la coronilla y a una capacidad pulmonar muy lejos de la gaita de Carlos Núñez. De los menores de veinte no hablo porque tienen la culpa de todo lo malo.

El problema, y también la excepción, radica en que, habitualmente y por culpa de la segregación de tsunamis de dopamina, las circunstancias inusuales y traumáticas que nos rodean a cada segundo han dejado de “fabricar” ese famoso efecto de cámara lenta. Al contrario. De esta forma, la escala logarítmica asociada al discurrir de nuestra vida se ha ido al traste, y todos —con esto me refiero a 7.000 millones de personas— hemos acabado dándonos cuenta de que se está terminando lo que nunca llegó a empezar. Rarísimo.

Ilustración: Prince Hat, aka Patrik Svensson

Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price