Primavera

También los cisnes mueren en primavera. O eso decían los versos de Bukowski. Nunca vi morir a ninguno. Tampoco nacer. De hecho, desconozco las razones que llevan a un ave de tanta plasticidad —podría decirse que están llenos de helio— a vivir en las aguas del Manzanares con la de ríos entre los que elegir. Pero ahí flotan. Lo mismo le sucede al cambio de estación. Ha vuelto, muchos la esperaban y, sin embargo, se camufla bajo el mercurio, las campañas electorales y esa sensación de que el tiempo solamente pasa para hacernos más viejos y, por qué no decirlo, también más tristes. ¿Os acordáis de cuándo la primavera sabía a primavera? Espera que lo miro en el prospecto.

Es cierto que los almendros han decido estallar y a veces, al abrir la ventana del baño, se intuye la piel bajo las faldas, el ruido de los amantes, la mirada de los que llevan tanto tiempo solos que el dorso de una mano extraña es la excusa perfecta para caer en la tentación, la de Leda y Jesús, la de beber en la calle sin un calentador a mano, la de levitar, alejarse, quizás rasparse las rodillas sabiendo que a las once en casa.

Resulta que por cada paso dado un pájaro levanta el vuelo, y así vivimos en Madrid y por ende en el mundo, mirando hacia arriba con la esperanza de recuperar el cielo, tan cercano que parece tierra húmeda. Es el problema de la luz cuando se para, de las plumas que clavan en la carne, del eco y su vacío. Por eso me gusta la primavera, la única con la capacidad de anular las fórmulas de la ciencia y los cuchillos de la política. De repente, una lágrima es una flor. Y así el asombro vuelve a nuestros ojos cada año.

Ilustración: http://www.nzprintmakers.com

¡Vete al médico!

«¡Vete al médico!» Con esta gracieta de desubicado, nuestro estado anímico roza el estatus de política. De repente, ir a terapia no es ni estigma ni vergüenza. Bueno, al menos en la camiseta de Errejón, pero parece más cercano el día en que desterremos de una vez la vieja creencia —alimentada por los gurús de la autoayuda— de que “en nosotros y sólo en nosotros reside el poder de ser aquello que deseamos”. Resulta que, ahora y más que nunca, es mentira y por esta razón la tristeza, la depresión y el miedo a la muerte ganan terreno en la espiral de pensamientos. Un dato: en España se suicidan 10 personas cada 24 horas y, en el primer semestre de 2020, las enfermedades mentales fueron la sexta causa de fallecimiento.

Más allá de la cuestión de clase que nos impone desde niños la necesidad de ser útiles, generando grados de inferioridad en función de nuestra aportación a la sociedad y al PIB, cada vez es más común sentir esa apatía entre los amigos, las pocas ganas de salir a la calle, o incluso levantarse. Los libros permanecen cerrados o cuestan y la música vuela bajo porque, ¿quién quiere viajar con la mente cuando perder a algún familiar cercano se convierte en hábito?

Bueno para nada, otra mudanza y ya van tres este año; desconectado de mi círculo de íntimos; en los márgenes del mercado laboral y sin derecho a una identidad propia; hola, desesperación, adiós a la independencia económica; inestabilidad y la promesa de otro verano sin festivales… Cada uno se castiga a su manera, de ahí que la depresión y la apatía formen parte de nuestro paisaje diario, en casa y el hemiciclo. Hablar de nuestros miedos sin ansiedad, con un terapeuta o alguien que nos acaricie el dorso de la mano es un gran paso. Resulta que podemos ser felices, incluso cuando no vemos salida.

Ilustración: Matt Blease

Solertad o libercismo

No se sabe muy bien qué sucede en España, nuestro mundo. Resulta que además de traiciones e infartos de miocardio, cada mañana asistimos a un fenómeno extraño: el significado de las palabras está cambiando, se difumina hasta alcanzar niveles dignos de una ficción de Pajares y Esteso. El ejemplo más claro es el eslogan de esa mujer de mirada e intenciones espurias: socialismo o libertad. Nótese el empleo, para nada casual, de la conjunción o que expresa diferencia, separación o alternativa entre dos o más personas, cosas o ideas. O eres de uno, susto y muerte de izquierdas, o eres de otra, la pizza con piña y de derechas. Elige. Y es ese punto cuando surge la necesidad de pensar por qué.

Así nos encontramos con que el socialismo del año 2021 es sinónimo de expropiación, quema de iglesias, supresión de privilegios, revolución bolivariana y castración de la iniciativa individual. Su significado, aunque resulte impensable, es otro bien distinto y aparece recogido en la RAE. En cuanto a la libertad, y sobre todo en un país llamado Madrid, su empleo está asociado a tomarte unas cañas y una de bravas cuando te salga de los cojones, olvidando que la propia existencia es el mayor acto de rebelión conocido. Lo sé, es complejo, pero se entiende mejor en el último párrafo. Y con una escena de la película “Easy Rider“.

Billy (Denis Hopper) le cuenta a George (Jack Nicholson) que el mundo se volvió cobarde, tiene miedo de alguien que vive encima de una Harley Davidson. George le explica que no tienen miedo de él, sino de lo que representa. ¿Miedo de un tío que necesita un corte de pelo?, replica Billy. No, tú representas la libertad, contesta George. De eso se trata, ¿no?, de ser libres, insiste Billy. Hablar de libertad y ser libre son cosas distintas, continúa George. Es complicado ser libre cuando te compran y te venden en el mercado, pero nada de recordarles que ellos no son libres porque entonces se cabrearán y estarán dispuestos a matar para demostrarte lo contrario. Se vuelven peligrosos. Pues eso.

Ilustración: http://www.tristaneaton.com

Putos Grammy; bendita música

Resulta que esta madrugada se entregaron los Grammy a los mejores discos de un año aciago. Así es, a pesar de lo que sucede en los hospitales, la música continúa respirando. Y con ella una industria que, más que nunca, tiene a bien premiar a las mujeres, Harry Styles incluido, que acapararon la mayoría de premios en casi todas las categorías. De hecho, si uno presta atención a algunos de sus trabajos no puede más que rendirse a la evidencia de que saben lo que hacen y además lo hacen muy bien. Pero más allá de lo inútil que resulta equiparar la música (desde 1959) con un concurso de belleza, lo más importante es que todavía es importante para muchos, y eso sí que hay que premiarlo.

Con importante me refiero a que ocupa el aire de las mañanas, las tardes y las (antiguas) noches, el mecanismo de coches y ascensores, la piel del que vive en un bajo sin luz natural y se muda un rato a otro lugar más tibio y menos raro, lejos de lo que se desangra. Nada como escuchar o tocar música para diferenciar a los que oyen de los que escuchan, nada comparable con sentir que con los oídos abiertos se construyen ciudades, países, sistemas solares. Conviene evitar el uso de la palabra magia en estos casos porque ésta pretende; la música comienza cuando el truco acaba.

Más allá de lo que sienta cada uno hay una certeza inapelable: todos aquellos que la consideran una prioridad o una pasión han mantenido algo de cordura entre tanto sinsentido, se les nota tristes pero todavía vibran o sonríen cuando suena el “Concierto para piano n.º 2” de Rachmaninov, “Waiting room” de Fugazzi o “Kyoto” de Phoebe Bridgers. Ninguno de los tres se llevó el galardón en 1901, 1988 y 2021 y, sin embargo, se han ganado el honor más importante: convertir la soledad de millones de corredores de fondo en una reunión de viejos amigos. Putos Grammy, bendita música.

Ilustración: Job Parilux

Torríjame la vida

Es comprensible que con toda esta movida de socialismo o libertad, el vulgo creyéndose mejor que sus políticos y la realeza dando ejemplo de cómo todas las familias infelices lo son siempre a su manera — aquí y un poco más al norte—, se nos olvida lo más importante: las torrijas. Poco o nada se dice de esa cocina de sobras convertida en pornografía. Será porque la penitencia, tal y como se entiende en esta época de Apocalipsis sin azúcares, tiene la forma de una rebanada-esponja con sabor a rama de canela, leche entera UHT, remojo y el propósito de ponernos a dieta después de chupar cinco de una tacada. Y es que, pese a los esfuerzos por demonizar todo lo frito, la torrija aguanta. Y mucho mejor que los murales feministas o el cóctel de gambas.

Como siempre las hay para todos los gustos: tipo picatoste, una zapatilla Victoria llena de arena, ahogada en una charca de miel, frías, del tiempo o de cuando había mili, desayuno, comida y recena. Eso sí, queda fuera de competición la caramelizada, sobre todo porque aquí hemos venido a disfrutar, nada de innovación o experiencias. Ya si eso me como un helado aparte. Por favor, absteneos de publicar recetas a base de pan de espelta, estivia o veganas. ¡Se trata de llegar al infarto a base de aceite de oliva, lo único virgen cuando hablamos de follar!

Gracias a las madres que dieron a luz en aquellos tiempos en los que el futuro no era aquel lugar en el que queríamos vivir, ahora se pueden comer todo el año. Sin embargo, hay algo especial en hacerlo sabiendo que otros te acompañan en el sentimiento, también en la angustia. Ya se sabe que las cargas, cuando son compartidas, terminan con el colesterol alto. Nos queda el consuelo de saber que a nadie le gusta la torrija con cebolla. Y así la vida se equilibra con el viernes.

Ilustración: Tastuya Tanaka http://www.miniature-calendar.com

Para los que padecen ansiedad

La ansiedad puede llegar a convertirse en el tiburón blanco del dolor. Permanece oculta bajo la superficie, abarca el territorio infinito del cuerpo y la mente y algunos días muerde con saña. A pesar de la metáfora cetácea, ese fascinante animal es mucho menos peligroso que el trastorno en cuestión. Ahora que sólo podemos transitar ciertas aguas por cuestiones de distancia y caudal, vuelve a aparecer en muchos de nosotros. Sin embargo, y a diferencia de otras sensaciones anómalas, muta y se transforma, adquiere síntomas cambiantes: agitación o tensión un día, hormigueos en brazos y piernas otro, temblores, inseguridad, crisis de pánico y hasta pérdidas de memoria. Y claro, en el autodiagnóstico de Google aparecen docenas de enfermedades que incorporar a nuestra sombra, lo que amplifica una angustia que a veces deriva en depresión o, en el peor de los casos, en encefalograma plano.

El problema es que, tal y como están los hospitales, pedir cita con el especialista se complica. Más que nada porque atienden a meses vista —está claro que las prioridades son otras— y si lo hacen antes de verano es muy probable que te despachen en cinco minutos con un buen surtido de pastillas para ser medianamente feliz una parte del día. De la noche nadie dice nada porque se ve menos, pero soñar se hace bola cuando te despiertan las taquicardias y el rumor de una muerte próxima.

Ojalá tuviera la receta universal, al igual que ignoro las razones de mi estado. Cada uno lo gestiona a su manera, lejos de las drogas, cerca del deporte o sobre un diván de Maisons du Monde. Para mí lo ideal es una combinación de las tres y, pese al yoga y los pulmones como nubes, hay días en los que ni con con esas. Al menos si escribo sobre ello invento un clima de normalidad, una ficción clínica, ante un problema más grave que la inminente crisis económica. Aceptar la ansiedad y sus embistes es un gran paso. Y por cierto, aunque parezca imposible se supera. Palabra de ansioso.

Ilustración: http://www.nanlawson.com

¿Todavía no sabes por qué se celebra el 8M?

Todo comenzó con un «y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, el cual comió así como ella». Y a partir de ahí, tres pasos por detrás. Nefertiti trastorna a Akenatón; la reina de Saba pone en duda los dones del rey Salomón y va en busca del oro y sus ovejas; Aspasia de Mileto construye Atenas junto a Pericles pero se olvidan de incluirla en la placa conmemorativa; Cleopatra era la víbora que picó a César y Marco Antonio; Agripina se deshace de su marido para entronizar al pirómano Nerón. Y se señala a Pandora y su afición por las cajas de muerte y destrucción, a las sirenas y las mujeres de los deportistas cuando corren menos, a la Helena de Troya de las guerras en nombre del amor, a Melibea incitando a Calisto a hacer el mal…

¿Quién se acuerda de Emmeline Pankhurst, Ada Lovelace, Rosalind Franklin y Mary Wollstonecraft? La primera se empeñó en votar, Ada programó la máquina calculadora allá por 1842, la tercera fue pionera en el estudio del ADN y Mary se atrevió a dejar por escrito que «las mujeres no son inferiores al hombre por naturaleza sino porque no reciben la misma educación». ¿Y cuántos anónimos son mujeres? Jean Austen firmó “Sentido y sensibilidad” como By a lady, “Cumbres borrascosas” lo escriben Currer, Ellis y Acton Bell en nombre de las hermanas Brontë. Y por supuesto, la culpa de todo la tienen Yoko Ono y Corinna.

En el 2021 están cansadas de volver a casa con miedo, de ser juzgadas por querer una carrera profesional además de tener hijos y otro trabajo en casa, de ser consideradas una amenaza por atreverse a decir “no” y “yo también”, de ser tildadas de violentas al proclamar el feminismo como alternativa al capital, de esos «esa es puta-puta, seguro» en la alfombra roja y las aceras, de ser acuchilladas. Si con todas estas razones sigues sin entender que cada 8 de marzo se celebre el “Día Internacional de la mujer”, entonces eres el ejemplo perfecto del que ostenta un privilegio y aún no lo sabe. En realidad, todos los días lo son.

Ilustración basada en fotografía de Francesca Tilio

¿Quién no ha llorado por la pandemia?

Durante este último año, periodo de tiempo tuerto y vago, muchos de nosotros descubrimos un mundo que, o bien había pasado desapercibido, o directamente desterrábamos; hasta ahora. Así algunos se han dedicado a cocinar pan, otros han participado en webinars —probablemente la palabra más repetida junto a muerte y COVID— y la gran mayoría analizó el gotelé de las paredes para llegar a la conclusión de que la vida de las plantas es un viaje comparada con la de los humanos. Lo único que no hemos podido hacer es bailar bajo lámparas de espejos, bonanza de psicólogos, gimnasios y confesores. Sin embargo, hay algo que nos une a casi todos —quedan excluidos algunos heteros cis—: hemos llorado. Y mucho.

Ojo, que las lágrimas también van por dentro. Aquí de lo que se trata es de lamentar la pérdida a todos los niveles. Abuelos, padres, madres, hermanos, amigos cercanos o de oídas, el invierno, dos primaveras, un verano y el otoño, esos días antes de estos días. Incluso algunos han llorado por los negacionistas, quizás por pudor, quizás porque si las lágrimas brotaran nadie sería capaz de detenerlas. Por eso que ya nadie menta las sequías ni la lluvia, ni siquiera los del pueblo, y el rocío aparece en nuestros párpados.

Seguimos de pie a pesar del llanto, seguimos caminado con la vista húmeda. Porque hacerlo significa respirar con mascarilla y la rabia se confunde con la pena y la esperanza. De pronto, las canciones tristes adquieren un nuevo sentido y las alegres directamente se pasan de tristes. Resulta que todos los dolores son iguales, sin embargo, cada uno los duele a su manera. Decía Lorca aquello de «quiero llorar porque me da la gana». Después de hacerlo empieza una sonrisa.

Ilustración: anónimo

Prohibir la manifestación del 8M es una victoria

Madrid es la Sodoma de Europa. Aquí todos los días puedes brindar sin mascarilla mientras lo hagas en una terraza; coger el metro para sentir ese calor humano casi extinto; ir al gimnasio y confraternizar con el vulgo y de paso hacer culo; escoltar a negacionistas y excomisarios y fomentar la libertad de expresión de los que se escoran hacia la derecha de la derecha… eso sí, cuando ellas deciden salir a la calle para reclamar su derecho a caminar tranquilas de día y de noche se encuentran —¡qué casualidad!— con la prohibición de la Delegación del Gobierno. Y es que el 8M, Día Internacional de la mujer, siempre ha sido percibido como una amenaza para esa facción dueña de un miedo congénito a la fuerza de las mujeres y que se llena la boca con la tan denostada responsabilidad.

Porque las cosas cambian, sí, y además resulta que ahora lo hacen gracias a su empuje, siempre de manera pacífica, contra la distinción de géneros y manteniendo la distancia de seguridad. Es por tanto, que esta medida se percibe como una provocación, pero también como una victoria, precisamente porque implica razón y derecho en la lucha. Ya se sabe que, cuando la ley se sustenta en la parcialidad, algo huele a podrido en la Puerta del Sol y alrededores.

Resulta que las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes menos en la capital. Lo que parecen ignorar las autoridades es que el silencio tampoco lleva a ningún sitio y silenciar sin razones de peso sólo conduce a la ira. El feminismo será capaz de transformarlo, como viene haciendo desde el siglo XVIII, y encontrará la manera de ir más allá de la igualdad. Mientras llega, su eco se deja notar en los pasillos, en los colegios y en la vida al pasar. Este tren no lo para nadie.

Ilustración: http://www.lauraberger.com

El coño, ese gran misterio

Ayer, por esas cosas que tiene la familia, descubrí algo que hasta entonces había permanecido oculto tras un padrenuestro, cientos de tabúes y una maraña de pelo patriarcal. Resulta que un gran porcentaje de mujeres cis, heterosexuales y de cualquier edad nunca han visto otro coño (de cerca) que no sea el suyo. De hecho, mantienen en su imaginario personal e intransferible una idea de vulva asociada al sentido de la vista y el tacto de sus propios genitales y que comprende el monte de Venus, los labios mayores y menores, el clítoris, la uretra, el vestíbulo, la entrada vaginal y el perineo; vamos, todo un universo concentrado en otro universo de pétalos, alma y emoción.

Así nos encontramos con tantas formas y tamaños como mujeres pueblan la Tierra. Algunos desafiantes como alas de mariposa, otros integrados en un surco de piel y flor, de tiralíneas, tímidos, cordillera a vista de pájaro, capotes al viento, gajo de limón, media luna y media entera, pero todos desafían lo que se considera normal y bonito porque todos ellos son perfectos a su manera. ¡Qué menos que observarlos o devorarlos sin pestañear, aplicando la cadencia justa de la palabra unida al sexo!

Es por esa razón que este descubrimiento abre vías de diálogo y pone sobre la mesa una cuestión tan absurda como los cánones de belleza, construcciones desapegadas de la realidad más visceral, la única que puede hacernos sentir bien o profundamente desvalidos. Es el momento de poner la concha en el lugar que se merece, habida cuenta de la inutilidad de su homólogo fálico y la deriva de la humanidad. Simplificado el corazón nos queda el coño. Siempre.

Ilustración: Georgia O’Keefe, “Pink Tulip”.