Las despedidas

Hay algo de muerte en cada despedida. Uno se queda entre las flores, el otro ve cómo se alejan. Entre los dos, el recuerdo, un anhelo de volver a verse. Las palabras sirven de poco, de ahí que las manos imiten a las pajaritas de papel, que digan adiós por cortesía, que los ojos miren una última vez sin ganas. En cuanto al cuerpo, es el que recibe el peor golpe. Porque el cuerpo siente, pero no escucha, echa de menos la piel sobre los huesos, adopta la forma de un calor que fue extraño y ahora es casa. Adiós, palabra corta, palabra tan difícil de decir en alto.

Nadie nos enseña a despedirnos. Será porque ninguna despedida es definitiva mientras haya un poco de horizonte allá a lo lejos. De cerca, la vida va pasando. Puedes verla en la estación de Atocha, en esos aeropuertos tan modernos, bajo el dintel de una puerta que se cierra. Entonces, los amantes sienten el único silencio que da miedo. Shhh, el mundo calla. Luego cada uno sigue con sus cosas. Frente al espejo se derramará una lágrima. Las hojas amortiguan el sonido de los pasos.

Nunca añoramos a otra persona, nos empeñamos en recuperar la ausencia de lo vivido con ella. Es muy extraña la memoria del ventrículo, aún más la de las fotografías que nunca se tomaron, de la pena rellena de agradecimiento. Si hay despedida tuvo que haber amor, puede que algo más grande, que existe porque prescinde de palabras. Algunos salen de nuestra vida y, sin embargo, permanecen, cerca, al otro lado. Solamente así se entiende que nos dejen ir. Solamente.

Ilustración: Guy Billout

En lo inesperado está el regalo

Esta noche, como cada enero, tres hombres se inclinarán ante un recién nacido. Así comienza la infancia, vida idolatrada que huele a mandarinas e insomnio. Esta misma noche, los niños recibirán una muñeca, el libro que no querían, la esperanza de desenvolver regalos. A los mayores les entrarán las prisas. Así pasan los años, nada cambia. Los niños se hacen mayores, dudan entre la falta de ilusiones y el deseo débil, rompen juguetes, intentan repararlos sin saber cómo. Todo es juego, como es juego inventarse que los reyes son los padres. Nada más serio que jugar despierto.

Los mejores regalos son los que no se compran, un dicho de viejo que los adultos olvidan fácilmente. Ahí están ellos, más canosos, con alientos condensados por el frío y manos cargadas de promesas. Se detienen en el escaparate, observan su reflejo y se preguntan qué ha pasado. Desearían ser sus hijos, revivir aquellas noches en las que padre era inmortal, madre tenía algo de Dios y los villancicos no presagiaban una guerra nuclear. Si los niños representan el futuro, ¿por qué ese empeño en mirar atrás, tan lejos? Unos nacen por primera vez; los otros creen en la memoria.

Entonces ocurre. Puede ser el resplandor de las luces disuelto en el invierno; la voz de hermana al otro lado de la puerta; un autobús dirección Sol; lo perdido que aún nos late; el fin del miedo; aquello que esperamos, que nunca sucedió y ahora sucede; pasos perdidos en la nieve; una mancha de vino en el mantel; esa noche que atraviesa el espacio desde el 89 y amanece en enero de 2023; barbillas sonrojadas por dentro del abrigo, un gesto de él en otra cara, de ella entre otras ellas. En lo inesperado está el regalo, siempre. Y también la magia.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Sus ganas ganan

La conocía por sus vídeos. En ellos sonreía sin filtros, bailaba, asistía a un concierto sobre los hombros de alguien. Otras veces no ocultaba su tristeza, una tristeza despojada de rabia o autocompasión, una tristeza renovada con el afán de cada día. Muy delgada, pálida, siempre guapa, incluso postrada en una cama y con una cánula nasal en la mejilla. Parecía estar agradecida por la vida, vivía en el buen sentido de la palabra. Y es que, a veces, las cosas más sencillas son difíciles de entender. Elena Huelva tenía sarcoma de Ewing, un cáncer que se origina en los huesos y el tejido blando. Elena murió ayer. Pero sus ganas ganan.

Es extraño. Todas las enfermedades se padecen, todas excepto el cáncer. El cáncer se combate. Nadie lucha contra una gripe. Ese matiz absurdo es un invento de los hombres. Siempre fue así, desde siempre, incluso siendo niños lejos de la muerte. Las instituciones luchan contra la propagación del sida y la obesidad, los ejércitos pelean, el cáncer mata. Los enfermos de cáncer quieren curarse. Algunos nunca lo logran. Elena no perdió nada, tampoco pretendía ser un ejemplo para la causa. La causa fue la vida. La suya.

Hace falta ser valiente para contarle al mundo que uno está muriéndose. Padre lo hizo en casa, dentro de una oscuridad que se disipó con las luces de aquella ambulancia amarilla. Elena convirtió la visibilidad en algo útil. O eso quiero creer ahora que los que nunca la conocimos la pensamos. De Elena nos iremos olvidando poco a poco, al igual que padre se parece más a un sueño que a un padre. Que el cáncer esté siempre presente para que aumenten los medios en su contra. Entonces la sonrisa de Elena habrá servido para algo. Ya pasó, pequeña, ya pasó. Ahora descansa.

Sin propósitos de lunas

Al año nuevo y al tiempo les pido que nos dejen tranquilos. Que traigan estaciones como las de antes, un haya que no se convierta en silla, algo de olvido para un pasado recurrente. Nada de propósitos. Porque los propósitos son una forma de control de la que el amor escapa, también la salud y la risa. Puede que lo más importante sea crear belleza y bondad, apuntar a una nube desde la ventana y regar las plantas. Si uno espera, si uno se llena de paciencia, verá nacer las flores en abril o mayo. Lo dicho, mejor sin propósitos de lunas.

Los relojes, un avión por encima de nuestras cabezas… todo lo que existe o inventamos parece tener un objetivo, satisface una necesidad. ¿Por qué no ir tanteando? Hasta en la oscuridad se hace el camino, y uno encuentra puertas en ángulos muertos, ventanas en lo alto de los árboles. Caminar esperando nada es una forma de moverse que empuja a ir viviendo que es, a fin de cuentas, nuestra única obligación. Porque no hay nada más falto de propósito que una lista de propósitos escrita en un papel.

Ningún año fue responsable de nuestras desgracias. Fueron los propósitos lo que crearon ilusiones desprovistas de magia, una posibilidad y el arte de conducir bajo la lluvia. Ni las estaciones pueden frenarse, ni el tiempo para, y muy probablemente todo lo que nos suceda en este año estaba escrito en la intersección de la hoja de papel con la mesa de la cocina. Despiertos o en un coche, así pensamos el futuro, que es un poco el de todos. Se trata de algo inalcanzable, desconocido, luna que mengua, luna llena en la que servir la sopa de este 2023.

Para los del año de mierda

Muchos dirán que 2022 fue un año de mierda. A pesar de todo, crecieron en el trabajo, envejecieron con amigos o un gato cerca. Agradecen el apoyo y el cariño recibidos, y así lo manifiestan. ¿2023? Una ocasión para dar y recibir amor, para encarar nuevos retos, ¡para ser felices! Pues bien. Yo escribo para los del año de mierda a secas, personas (nada de gente) que preferirían habérselo saltado porque no hacía falta. Fue esa experiencia innecesaria, una broma entre el bochorno y la pena, el horror. Se sentirán afortunados de haberlo vivido… pero ya cuando se trate de un recuerdo al fondo, quizás en la Nochevieja de 2028.

Porque hay millones que agradecen la oportunidad y al mismo tiempo aborrecen el tiempo que les ha tocado. No hay nada de malo en decir que uno está mal o peor que antes, se trata de un derecho y ni la Navidad podrá arrebatárnoslo. Amigos, hermanos y futbolistas corroboran en la última noche del año que, así en general, atravesamos un intervalo para el olvido a todas luces. Su sombra nos alumbrará más tarde. Esto es una digestión pesada.

Cierto, la gratitud absoluta prescinde de palabras, de ahí que al comentar lo mejor de estos 365 días lo mejor sea callarse. Podemos expresar la gracia de otra forma, haciendo el bien, yéndonos a casa antes, prometiendo al karma que no volveremos a dar por hecho lo que nos vino dado. Mercedes Sosa cantaba «gracias a la vida que me ha dado tanto», y tenía razón. Demos gracias, pero no a este año de mierda. Habrá que encontrar la forma de ir perdonándolo por el daño causado.

Ilustración: Hiroshi Nagai

No le deseo feliz Navidad a nadie

No le deseo feliz Navidad a nadie. De eso ya se encarga el tiempo. Porque es fácil desear con las palabras cuando millones de bocas se repiten. El deseo de carne y hueso —el único que cuenta— «nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir», asume el riesgo de la felicidad ajena. El sol brilla, quizás por eso deseo agitar la tierra, desear sonrisas estando más triste que nunca, desear flores cuando mis plantas enmudecen con el frío, desear que la gente cene angulas mientras hiervo pasta con un poco de brócoli. El deseo es una forma de temor.

Deseo ver a Meryl Streep saliendo de un anticuario con margaritas de Shasta, de rudbeckias y equináceas, de magarzas y gerberas envueltas en un papel a juego con las botas, el abrigo y la luz de fondo. Deseo amor y enamoramiento sin moderación ni cava, regalos necesarios que nunca incluimos en las cestas. También salud de gimnasio, salud mental, salud a secas en un mundo que empuja en dirección contraria. Lo peor del universo está en nosotros.

No quiero olvidarme de desear algo bueno para los que desean cosas materiales sin saber que antes de morir desearán haber vivido de otra forma, con menos. Que quede por escrito, si no no existe. No le deseo a nadie una feliz Navidad, repito. Sí deseo con todas mis fuerzas que mi amigo Luis vaya encontrándose mejor, que Pablo vea en el tiempo y la paciencia un medio para el arte y que Segovia deje de oler a pis ante la amenaza de nieve. Madre, tú vive para siempre. No tengo que pedir deseos si deseo es lo único que tengo.

Las ilusiones

He estado pensando y comiendo jamón. La Navidad nunca defrauda. Algunos la llenan de regalos. Otros, en cambio, sienten el peso de sus horas, el deber y la familia, son incapaces de encontrar aire en este aire frío. Todo debidamente iluminado, todos a la sombra de un pino muerto. Así, los primeros vuelven para estar más cerca, regresan a la casa que los escuchó crecer. Los segundos, tristes y de ninguna parte, también vuelven. Pero lo hacen para darse cuenta de que están parados, de que viven una vida que nunca quisieron para ellos. No es la Navidad. La culpa la tiene la pérdida de ilusiones. Y los villancicos.

Y es que es raro no ilusionarse por un tiempo en el que se come lo que parió el mar y la felicidad pasa de buena estrella a adjetivo ubicuo. Hay belenes con ríos de papel de plata, gente con el iris lleno de destellos, vida en la Tierra, quizás en Marte. También certidumbres hermosas, amor de madre, la promesa del verano… un marco perfecto para desilusionarse. La realidad amortigua el sueño. Quizás por eso no ha nevado.

Sigo comiendo jamón. Observo la cara de un niño en la tele. Está sentado con las piernas cruzadas y una expresión como de copo. Desenvuelve con ansia. Ruido de papel de regalo. Observa el contenido. Silencio. Sonríe con esfuerzo y mira a cámara. Los dos sabemos que no le han traído lo que quería. Un libro, le han regalado un puto libro. Ya lo decía Billy Wilder: «La ilusiones son peligrosas, no tienen defectos». Tiene que haber vida en Marte, tiene que haberla.

Ilustración: Guy Billout

La tristeza de la lotería

La esperanza es un boleto no premiado. Porque hay más probabilidades de que nos alcance el rayo que de tener el 05490 en la cartera. ¿La gente se aferra a los números porque es Navidad o es Navidad porque la gente se aferra a los números? Con esa duda en mente vemos caer las bolas, unas bolas que parecen de madera y se insertan en alambres. Doscientas bolas forman una tabla que recuerda a un pincho moruno de los que no se comen. Ahí está la esperanza de la estadística, atravesada una sola vez entre cien mil. Millones miran.

Hay mucha gente fea que juega a la lotería. Está por todas partes. En la cola de las administraciones, en el centro de Madrid y descorchando botellas de cava. Son parte indispensable del jolgorio que complementa a un sorteo triste por sus tonos. Los niños de San Ildefonso llevan una corbata granate y ropa que les viene grande, pierden fuelle y se equivocan mientras la gente fea gana millones. Frente a ellos, una comitiva de tres sepultureros (podrían ser agentes inmobiliarios) vela las tablas de esta nueva ley, la del dinero caído de un bombo.

La lotería es un juego de aproximaciones y distancias. Por esa razón lo miro desde lejos. Resulta que tras terminar la ceremonia se celebra un epílogo en el que las tablas son expuestas durante siete días. Todo muy de velatorio con el suelo cubierto de botellas y confeti. Es un juego maravillosamente triste este, pero quita el hambre hoy, alimenta la esperanza del próximo año quizás. Lo peor no es la estadística, sino creer que las personas son décimos. Mientras haya vida seguiremos esperando. Y así toca.

Ilustración: Guy Billout

La gente intermitente

Hay nacimientos cada día, luces, una promesa de volver a los salones. No hace falta esperar a la Navidad para encender la magia. Llega diciembre con sus nubes, y la ciudad centellea desde la cintura de los edificios hasta el cielo. A pie de calle hay gente intermitente, ajena a esos milagros que suceden, y que son el sol al otro lado, gestos, un «muchas gracias» bien dicho. Es la gente intermitente la que se apresura a comprar regalos, la que decora un pino muerto con estrellas y guirnaldas, la que corre porque la prisa lleva tiempo. Esa gente demuestra que quiere a los suyos cuando toca. Raro es el amor como regalo.

Todos deslumbramos en algún momento, aunque nadie nos lo recuerde. Luego cae la noche. Imposible brillar, brillar y brillar. Primero por una cuestión de ahorro. Segundo porque para brillar es necesario un apagón previo. Fue así que los animales inventaron el letargo, con el frío y una manta de nieve ahí fuera. El humano, como animal a la contra, decide consumir sus fuerzas cuando las moscas son un recuerdo de los días más largos del año.

A la gente intermitente quiero decirle que no pasa nada, que ser intermitente se hizo norma antes del frío. Las personas encendidas pasan desapercibidas para el mundo, iluminan rostros, ángulos, tal vez llegan a enero o se quedan en la cuesta. Esas personas (no gente) sueñan todo el año, duermen poco, tienden la mano como forma de vida fieramente humana. A esas las quiero más y más cerca, aún sabiendo que después del resplandor vendrá el silencio. Por una Navidad de luces apagadas, de ventrículo encendido.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la victoria

Lo normal es perder, antónimo de renunciar. Es más, el perdedor pierde antes de intentarlo, ¿no es maravilloso? También el ganador pierde a pesar de los triunfos. Puede ser un pedazo de niñez, sentarse en un banco y lanzar migas de pan a las palomas, vivir una vida que no condene la derrota. El fracaso nunca llega en vano si viene acompañado de una voluntad pequeña y firme. Poco importa la recompensa de los que alzan el trofeo, esa mal llamada gloria. El mundo lo celebrará olvidando que ganar implica mantener el entusiasmo ante un premio inalcanzable. Y es que nunca se deja de soñar. De ahí la pérdida.

Tras la victoria llega el ruido. También las lágrimas del derrotado. Dos extremos que se tocan por culpa del fallo. «El plan no está bien elaborado si no contiene uno o varios errores». Entonces, la suerte empuja la pelota. Suerte entendida no como el lugar de impacto entre la preparación y el pie de la oportunidad, sino como algo que se gana. Y la suerte cambia, también el ganador. El perdedor, en cambio, siempre es el mismo. No pasa nada. De perder nunca se muere. El éxito extermina.

Ganar como forma de vida; perder como filosofía. Luego está la ciencia de uno y otro. No hay nada como la senda del perdedor, de ese silencio que da miedo. El perdedor se levanta, coge un taxi y al llegar a casa piensa en la victoria fallida. El ganador, en cambio, cae rendido por culpa de las emociones. Poco importa el resultado. Lo que cuenta aquí es no tener miedo, intentarlo a pesar de que lo que no se puede no se puede y además es imposible. Luego está Messi, el cuervo blanco de esta historia. ¡Cuántos ganadores en el museo de la pérdida, cuántas estrellas!

Ilustración: Jee-ook Choi