Volver a lo de siempre

Viene septiembre con la promesa de los días antiguos, aquello de lo que huimos antes. Por esa razón, algunos comienzan el año en la semana entrante, sin cuenta atrás, de frente, con más gente y menos personas invadiendo la ciudad por sus doce puntos cardinales, reloj de tiempo. Se acabaron las aceras de campos en barbecho, el semáforo para nadie. El aire recuerda a una medusa y el color de piel delata a los que se quedaron. Así es, las horas pasaron, pasan, ¡no pasarán!, las noches fueron siesta. Volver, única forma de seguir viviendo.

Entonces uno se para a pensar en el verano, este: aviones, crema protectora, un libro sobre la arena tibia, flotar sin estar muerto en la corriente. Porque si agosto es una ventanilla sobre el gran azul, la próxima estación anticipa la caída un poco ocre de aspiraciones que van del árbol a cualquier parte, de cualquier parte al invierno. Nada de sueños; las ganas de soñar intactas. Hay una canción en cada ráfaga de viento. Y después la primavera.

Parece que lo próximo consiste en intentarlo. En mi caso tiraré aquello que sirve para poco —casi todo—, pintaré las habitaciones de amarillo, gris y verde jade (metáforas del año entre las uñas) y admitiré públicamente que volver a empezar es, en sí mismo, acabar algo, también deshacer porque en el verbo confluyen todos los finales. Tomé esta decisión tumbado bajo el cielo de la Dehesa de la Villa. Era tarde, había estrellas del tamaño de una uva, un claro en el bosque y un hombre que era yo sin querer serlo. De ahí que vuelva.

Ilustración: Guy Billout

Esos que miran el mar

Esos que miran el mar… tienen que ser amigos míos. Llegan antes, extienden la toalla y se desplazan poco o muy despacio. Delante, un mundo plano, cementerio de mareas vivas y ballenas. Así atraviesan el calor, sentados o con los pies sobre la arena, absortos en ese intercambio típico de los arqueólogos. Yo los miro, así que soy ese que mira a los que sueñan de espaldas al verano, es decir, a los que viven. Tiene algo el océano que iguala, convierte las quemaduras en alimento para barcos. Ellos que miran, que quieren descifrar el tiempo… y el mar a lo suyo.

A veces, los que miran al mar se levantan con desgana. También fuman. Una vez, uno se acercó a la orilla. Apenas movía la cabeza. Brazos pegados al borde de un bañador rojo. Ojos en la diana del horizonte, raya al medio entre el cielo y la cumbre, ola o charca sin orilla al otro lado. Porque en el mar nos cabe todo, incluso lo que no se ve, de ahí que algunos encuentren rumbos en la superficie, conchas, caminos. Si hay algo que represente la juventud perdida es el océano. Por eso insistimos: nunca estamos solos en ese infinito azul.

Los castellanos tememos al mar, de eso no hay duda. Es por culpa del barbecho y los cerdos, de las tardes en las que todo deja de moverse. En cambio, los que miran al mar insisten en el milagro de la multiplicación de los peces y las horas. Ellos en con su afán diario, yo observándolos queriendo ser un poco ellos, al menos de cuello para arriba. Hay un deseo en cada mirada, entre mis ojos húmedos, un anhelo de volver para contarlo. La eternidad era esto, de ahí que ellos insistan cada día.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Crepúsculo, Madrid, verano

He vuelto a Madrid en mitad de agosto. Ahora me encuentro con un no lugar que refuerza la existencia de otro tiempo. Y es que nadie volverá mañana, quizás alguien se pierda de camino, precisamente porque los que están nunca se fueron. Digo están cuando es más bien estamos, pocos, extraviados en el vacío de la calle. Al fondo, el sol difumina el perfil de los tejados, convierte todo en arena levantada. Se trata de un espectáculo de baile en el que oír pasos, pisadas, caminar sin miedo a ser reconocido, recuperar la ciudad que existe en nuestras siestas. Crepúsculo, Madrid, verano. Sin nieve, sin mar en las aceras.

Desde hace años repito el mismo tramo. Asciendo desde Nuevos Ministerios a Islas Filipinas y busco la luz que cae de las ventanas. Los borrachos gritan a los pájaros y en la estatua en memoria de Rizal nadie resiste la memoria del silencio. Es verdad, quedan coches, ciudadanos a la sombra y un perro pasea sin bozal porque no hay voces. Cada día aquí recuerda al inicio de las vacaciones que se acaban. Y cae la noche a plomo. Estamos solos, vivos.

En casa. Suena el aire en un ventilador. Por el patio de vecinos nace una esperanza hueca que es la luna vista desde abajo. Entonces miro lejos y veo el océano, el que yo quiero, también a mis amigos de perfil, a Marco, a Luis, a Pablo y a Elena, estelas sobre el agua con un incendio al fondo, tinajas, mosto. Ellos están fuera, otros atrapados fuera del mundo, de ahí que la ciudad me envuelva. Dicen que el verano viene con su propia música. Creo que Madrid tiene la suya. Y ahora es mía.

Ilustración: Guy Billout

La música y su bálsamo

Si todo va bien, estás sano, ríes, la música es ese ruido que aplana la arena y su luz de otro planeta, fija un instante a una canción y a esa melodía en la memoria. Permite, además, cambiar de tiempo, convertir un páramo en un lugar llamado casa y la luna deja de ser satélite para encarnar a un plato que alimenta las noches, el cielo como fuga. Mejor vestirse y desvestirse con música cerca, ligera, brutal, volver en coche a la rutina, cerrar los ojos con la sensación de que asciendes por encima de los árboles, pero ella seguirá a tu lado. Insisto, si estás bien altera el estado de la piel, las ganas, mantiene el equilibrio que la ciudad niega, te vela. Sin embargo, ¿qué efecto tiene en ti cuando estás roto?

Un bálsamo. De pronto, aparecen propiedades atribuidas a los curanderos. Alguien estuvo tan mal como tú antes que tú, incluso peor, perdió el presente y el futuro imperfecto, todo menos el latido, cantó para contarlo. Entonces comprendes la importancia de la música, la sientes, no solamente recuerdo y lágrima, sino forma de entender el mundo y sus pequeñas cosas, tú y las circunstancias de ese daño. Sí, consuelo, eco de lo invisible en vena.

Sucedió en la guerra. Miles de personas huyeron hacia el norte. Entre ellos, varios músicos prefirieron cargar con guitarras y tambores en lugar de mantas y abrigos. Sabían qué era lo importante, el latido como forma última de vida. Entonces el exilio de las canciones dio paso a la huida hacia dentro, los días pesaban menos y despedirse de la tierra vino con estrofa, estribillo y puente. Nunca le debí nada a la música, pero ella sigue tendiéndome la mano. Hasta que la ausencia de paso al olvido. Ahora suena una canción de paz.

Ilustración: Guy Billout

Una separación

Cuando murió mi padre pude entender el significado de la pérdida, realidad que lo consume todo. Su lado de la cama quedó intacto. Había fotos de él en nuestra casa, también la estela de una guitarra en el sofá y sus ojos verdes amarilleándose bajo el sol. Aquel silencio invadió las noches, las mías, también algunos sueños, fue extendiéndose como el cáncer que acabó con él. Asistí al entierro como los pájaros del tendido eléctrico, fui testigo del calor de los amigos y alguien de la funeraria me preguntó si quería despedirme. Apenas pude mantener la mirada. En el féretro había un rostro frío lleno de todo lo vivido, de todo lo que no pudo vivir. Pensé que no podía haber algo más triste. Estaba equivocado. Con la separación se reproducen los síntomas, misma ausencia. La diferencia se encuentra en el asombro.

Aceptarlo consuela más bien poco. Ella se ha ido, pero sigue respirando en otra parte. Y está bien, precisamente porque ya no está conmigo. Puedo intentar acabar con aquel rastro. Pelo, zapatos debajo de la cama, un trozo de jengibre que guardo en la nevera como si de un relicario se tratara. ¿Qué hay de los lugares que eran nuestros? El restaurante de la plaza del Descubridor Diego de Ordás, la acera de la izquierda, la mirada de sorpresa de los que te preguntan cómo está. «Pues mejor», respondo delante del espejo. Óscar, el peluquero, me está mirando como yo miraba a padre el día de su entierro.

Lo sé, todo lo que necesito es tiempo. De padre me acuerdo cada día y ella volverá como la lluvia. Será fugaz, luego mi mente pasará a otra cosa, aunque nunca deje de asombrarme: mismo dolor con resultados tan distintos… Donde hubo costumbre ahora hay anhelo, donde hubo amor una forma extraña de estar lejos. Mientras tanto, ando despidiéndome de Tokio, de sus calles llenas de gente sola y el gemido de los trenes. Ella se lo llevó todo en una maleta azul. Resulta que yo también estaba dentro.

Ilustración: Guy Billout

El verano de Madrid

Sí, Madrid como género literario, estival, que se quita la ropa en sus aceras sin prisa, bajo un sol de cerilla y rascador. A lo lejos, un último estribillo silencioso. Hace falta valor para quedarse, evitar la vida como tránsito de tierra, mar y aire. También para mirar el cielo, dormir poco frente a la ventana, resistirse a ser como los otros, veraneantes que no viajan cuando quieren, sino cuando les dejan. Porque eso nos enseña la ciudad en la estación del oro: el agujerito dura treinta días. Después se cierra, regresarán los entierros y el maquillaje en el retrovisor del coche, cierta gloria que hoy se parece a un hueso de cereza en la palma de la mano.

Hace pocas horas que Madrid dejó de acoger a todo el mundo. De gran urbe a pueblo a secas, cemento. Ahora el madrileño habla idiomas con lenguas de otra parte, viste con colores caqui y camina por la sombra, todo para ser contado en historias que duran el tiempo que la espuma moja los pies de un bañista al otro lado. La gravedad pesa lo justo, el equilibrio se transforma ante la ausencia de pasos y el murmullo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Madrid en el verano? De la nada, pero es nuestra.

No me queda claro eso de ser por fin nosotros en una ciudad que imita a los desiertos. Ni rastro del chotis, los claveles ni esos cristales llenos de luz como pintada. Mi portero riega la finca unos metros más abajo. Entonces pego la cabeza a las vías de tren que atraviesan mi jardín imaginario, percibo el latido de una criatura en su barbecho. Dentro de poco volverán las ganas. Madrid de rompeolas, Madrid sin fugitivos, Madrid de huesos nadando en la piscina. El resto… no pasaría nada si no vuelven. Pero siempre encuentran el camino a casa, siempre.

Ilustración: Guy Billout

No leas más noticias

Prendemos. La palabra vergüenza acapara lo desalojado y un sol de mechero arde por arriba. La quemadura se produce al querer informarse, leer un titular en caracteres o tinta, al buscar otro contacto de la piel y lo que sucede cerca, quizás ese otro lado que no es piel. Todo cenizas, desesperanza, pescadores disparando a la punta de un iceberg. El agua de los cascotes polares a precio de champagne. Galicia lleva un mes sin charcos. ¿Dónde están las noticias para humanos? Resulta que ni los periodistas quieren ya leerlas. A nadie le hablan porque, de hacerlo, hundirían al mundo en su propia bilis. Y ya estamos hundidos. De ahí las maniobras de escapismo, el verano.

Evitamos la repetición diaria, aunque los días se sucedan. Vivir como forma más perfecta de desaliento. Lo confirman las encuestas: a mayor drama, mayor sufrimiento para el lector, vidente. Informar no puede ser solamente eso. Cierto, el mundo es digital, pero vinimos a él de entre las piernas de una mujer. Algunos quieren comprender, por qué, ordenar el movimiento de rotación previo a la calma. Diagnóstico: estrés postraumático. Mejor mirar hacia dentro. En eso consiste la noticia, en cerrar los ojos.

Este verano comienza bajo de esperanza porque sabemos que terminará peor. Cierto, en algún momento, antes, pudimos variar su curso. Ahora también, pero tanta rabia acumulada entierra la curva, produce monstruos en la carretera. Detrás de esa duna estaba el mar, estoy seguro. La noticia como mercado, la noticia como servicio. Mientras, el tiempo a lo suyo, la información y su mella, el conocimiento quedándose sin aire. Nuestras opiniones se encargarán de contaminar los últimos parajes vírgenes. Es el naufragio, y a pesar de todo, seguimos agitando los brazos ante la vida.

Ilustración: Guy Billout

Sobre la bondad

Menos verdad, ser buena gente, que la bondad sea lo único que queramos imitar. Lema a tatuarse en tinta mágica. Porque conducir un Tesla, el cubo de basura para bricks, comprar justo… demostraciones que apuntalan la reputación, algo vistoso. La bondad, en cambio, va del tórax al cerebro, florece a oscuras como forma de inteligencia poco reivindicada, humilde. Se siente, es algo sin llegar a concretar el qué. Mano, ¿la sombra que da agua a los perros?, palabras sinónimo de abrazos. En ese punto de encuentro, la razón se sorprende de lo que es capaz de hacer por sí misma. Hacer el bien, ¡qué mejor forma de deshacerse estando vivos!

Bondad para que la felicidad comparezca en esas personas de las que la gente habla. Todo altruismo pues se prescinde del interés propio para ampliar la satisfacción de una hermana, de un pez, también de un enemigo. Bondad envuelta en la gratitud que crece mal en las alturas y vive apegada al barrio como extensión de este mundo de muchos. Bondad frente a barbarie, bondad contra likes, bondad en el espejo cada día. Bondad, qué bonito nombre tienes.

Siendo bueno la aspiración de ser mejor se acerca. Salir ahí fuera, luz, más luz, observar lo que no nos gusta, que es mucho, moldearlo para convertir la estupidez en un intento de remedio. Es posible racionalizar el sentimiento, creo, con paciencia, paciencia bis y hábito. ¿De qué hablamos cuando hablamos de bondad? De amor en acción, de virtud, de empatía en las costuras. También del único trabajo al que merece la pena consagrar la siesta. Superioridad bien entendida. Ser bueno en el buen sentido se parece poco a hacer el bien. Qué mal endémico tan grande no intentarlo.

Ilustración: Guy Billout

Quiero verte

Hay en esas dos palabras un ardor irremediable. Por un lado, querer, del latín «quaerere», suplicar, pedir. Detrás un verte que implica hacerlo muy de cerca, a poder ser pupila con pupila y poco aire entre medias. Ambos verbos concentran las ganas de un idioma que aspira a todo sin tener en cuenta las barreras del espacio-tiempo. En cambio, entiende de repetición. Pruébalo. Pronuncia o escribe «quiero verte» varias veces. ¿Ves? Pierde impulso, algo se queda trabado entre el ansia y la posibilidad, la de una isla, la del suelo de la cocina. ¿Quiero? Quieres, por esa razón pensarlo comparte la sintaxis del latido, espuma de los días frente al fuego.

Primero hay que darle forma a la postura, rajar la boca con los labios semiabiertos. Entonces se proyecta en la mitad del otro, imaginada o carne viva… con palabras que a veces llegan demasiado tarde. Primero derramarlas. Luego recibirlas. Y alguien finge porque lo que más desea es aquello que respira a oscuras, tal vez en algún ángulo muerto. Agotar el deseo, el único objetivo fallido de esta vida.

Superado el baile de máscaras todo lo que queda es abrir la puerta al otro lado. El sexo encontró sus subterfugios para pasar desapercibido en cada frase, en cada intento. Solamente hace falta una razón, también algún lugar en el que poner en práctica la cosa volitiva. Al terminar, todo es silencio, cuesta recuperar el sentido y el camino a casa. El «quiero verte» muta. Tiempo, nubes. A pesar de haberte visto volvería a hacerlo. A veces, el lenguaje corrompe el pensamiento. Pero sólo a veces.

Ilustración: Guy Billout

Ya no sé quién eres

Sucedió de repente, tras años de tardes y mañanas con sus madrugadas al borde del colchón. Creímos intuirnos, saber lo que pensaba el otro en otra lengua. En algún momento prescindimos de sujeto y predicado, incluso de los actos que los acompañan, tal es la manera de latir de cada uno, muy juntos, cuerpos flacos en espacios separados por tabiques: yo tras las ventana con vistas a un muro de cal, ella en la habitación de la escalera, un invento que sirve para colocar la ropa. A veces, comíamos pronto, poco, tomábamos el sol por puntos cardinales, el este y el oeste en una casa del centro de Madrid. Con la noche, ella abría una botella. A mí me gustaba ver cómo es posible vaciarla sin ayuda. La felicidad es eso que no sabes que pasa.

El tiempo sutura a los números pares, aunque viene mal para la piel, es cierto. Entonces todo tiene una razón que se comparte. Un viaje a Suecia, dar vueltas alrededor de la manzana, regresar pronto y reconocer su olor en los cajones, el desorden nuestro. Como siempre, todo cambia cuando lo damos por sentado. Si el amor tiene algo de accidente, la ruptura es el lugar por donde sangras. Y la distancia ahoga lo que va hacia dentro, disuelve vínculos inoxidables.

Ahora ya no sé quién es, o eso me digo. Los silencios tienen otro volumen, implican decir en alto lo que preferíamos guardar al otro lado. Eso fue antes. De nosotros queda lo vivido, más tarde un recuerdo de dos que apoyaban los codos en la mesa y veían al mundo despertarse. Sé que volveré a reconocerla, en el movimiento de las estaciones, en el rumor de esos años que me enseñaron a agradecer sin pedirles nada a cambio. Tampoco importa. Tuve la suerte de romperme frente a ella, de espaldas a un verano en el que todo arde.

Ilustración: Guy Billout