El primer pedo, punto de inflexión en la pareja

Hay un hito en la relación de pareja, tormenta envuelta en nubes de algodón fétido que va más allá del intercambio de contraseñas móviles, del miedo y la emoción que preceden a la firma conjunta de una hipoteca, e incluso todavía más lejos de adoptar —tras infinitas charlas bajo la tenue luz de la cocina— ese chucho asqueroso convertido en trending topic porque son una monada, tía.

Y supongo que los más sensibles a los olores lo habrán adivinado y saben —el aroma de la muerte anticipa la presencia humana— que me refiero al primer pedo delante de él o ella. Pero no un cuesco “chiquirrín”, casi un suspiro de nitrógeno que se lleva el viento, sino un puto géiser parido por el trueno con la capacidad de atravesar las sábanas o las costuras de unos Levi’s 501 lavados a la piedra, el ejemplo perfecto de bomba que estalla cuando ni siquiera el granadero lo esperaba… Y además nos acompaña un rato largo, larguísimo.

Porque tras ese lapso llega el silencio, a veces repugnante, otras divertido, y aireamos la habitación sabiendo que a partir de ahora las cosas nunca volverán a ser como antes, lo que no significa que todo vaya a peor. Simplemente las puertas se abren, apuntalamos la confianza, y el pis rápido de él cuando ella se ducha se hace costumbre, y el «cariño, entro a por los pendientes que olvidé sobre el lavabo» cuando él caga es recurrente, y a partir de ahora no hay barreras, lo que ojalá se tradujera en mejor sexo. Así cumplen años las relaciones, sabiendo que en estos casos más vale confiar en el amor y no poner una vela a menos de un palmo. Hasta que el cuesco nos separe…

¿Sirve para algo ir a la universidad?

De todas las injusticias a las que nos somete el paso del tiempo, con sus cambios de talla, injertos y consiguiente pérdida de colágeno, ir a la universidad ocupa un lugar preponderante. Y es que en esta decisión —”impuesta” entre el inoportuno acné y el onanismo descontrolado— confluyen varias razones que la hacen particularmente polémica. Por un lado, la educación entendida como bien de inversión, herencia de un tiempo lejano en el que obtener un título universitario era sinónimo de conocimiento… además de la mejor manera de limpiar la conciencia de nuestros padres, incómodos acompañantes en la foto de graduación. ¿Y qué decir de una estructura académica en la que los mejores estudiantes trabajan —debidamente remunerados— para otros más vagos y en la que los del aprobado justito suelen ser, por lo general, los mayores (em)perdedores? ¿No será mejor invertir ese dinero en viajar y estudiar français à Bordeaux, english in Brighton, 大阪市で日本語を勉強しています.

La cuestión de fondo está íntimamente relacionada con la forma porque, ¿cómo es posible justificar años de estudio cuando es posible obtener la raíz cuadrada de 27.254.214 en el iPhone? Algunos argüirán que colgar un diploma en la pared proporciona esa estructura mental tan necesaria en la vida, disciplina, además de cierta ventaja frente al resto de competidores. Sin embargo, cada vez es más difícil encontrar a parados sin formación universitaria. Basta con echar un vistazo y comprobar que Elon Musk, Ozzy Osbourne, Mark Zuckerberg, Mozart o Paquirrín fueron malos estudiantes… y ahí están, decorando el mundo.

Seamos claros; a casi nadie le gusta madrugar, coger el tren en hora punta e invertir miles de horas sentado en un pupitre para diestros sabiendo que lo mejor del día siempre sucede en la cantina. Quizás la clave del aprendizaje, tanto vital como académico, sea poner en duda las herramientas del pasado como principales garantes de futuro y tener siempre presentes las palabras de Lorimer: «Las universidades no crean tontos, solamente los desarrollan».

Tranquilo, por fin es viernes

Es inevitable ser español, español, español y no sentir cada mañana un ladrido entre las tripas, mezcla de desgarro y grito que te obliga a desdoblarte —cuando consigues echar a andar— en direcciones contrarias. Por un lado, vivir más fácilmente con ojos cerrados, entre campos de cerezas y dosis de 80 miligramos de inopia, quizás cerca del mar. Por el otro, hacer caso a tu instinto más primitivo y participar en la pelea.

Entre insultos, provocaciones y un intenso olor a podrido serás consciente de que todo se ha complicado, y el dinero ya no es un pedazo de papel, sino que hay depósitos CIALP y ventas al descubierto, un hombre calvo que ha ahorrado 112.000 millones de dólares y más de 2000 “héroes” apilando billones invisibles en el banco, gráficos Heikin Ashi, algoritmos y petabytes, métricas de vanidad, RSS, conciertos inolvidables en la memoria eufórica de Zahara y Nacho Cano, desfiles, procesiones, protestas pacíficas convertidas en atentados contra la democracia, sueños y pelotas de goma.

Mientras tanto, un general marchito y enterrado sobrevuela el cielo de Madrid al tiempo que Coque Malla canta aquello de «calles que susurran libertad», y te das cuenta que fue una gilipollez hacerte un selfie por el simple hecho de dar de comer a tus seguidores de Instagram, o que Vox desviara las subvenciones municipales que reciben sus grupos a cuentas del partido controladas por Ortega Smith, o la inminente crisis, la misma de siempre pero peor todavía, o la cicatriz de Joaquin Phoenix… Tranquilo; respira. Porque ahora España está en guerra consigo misma y América es el rehén de nuestras frases, y todos contra el mundo y los más listos creen que en Marte está la solución, en Marte… precisamente el dios de la guerra. Tranquilo, nada de eso importa porque por fin es viernes.

El mejor solo de guitarra de la historia

No hay nada más inútil en el mundo que establecer listas sobre todos esos supuestos logros alcanzados por la humanidad en sus escasos 140.000 años de vida sobre la faz de la tierra: la mejor película X de la historia, el mejor deportista de todos los tiempos, lo mejor del 2069, el premio al mejor pincho y la mejor novela negra en tapa dura, la serie del año, el mejor Joker… y así hasta obtener una relación ordenada y piramidal basada en percepciones individuales erigidas, de pronto, en monumento.

Sin embargo, amigos músicos —es una forma de hablar porque los músicos se abrazan entre el odio y la envidia—, de entre todos los solos de guitarra eléctrica existe uno que arrasa al de Jimmy Page en “Stairway to Heaven“, al de David Gilmour en “Comfortably Numb“, incluso, por seguir con la dichosa lista, al de Eddie Van Halen en “Eruption” o Slash en “Sweet Child o´ Mine“. Porque ese primer puesto le corresponde a un guitarrista con nombre de pizzero que falleció diez días después de su grabación… tras caer por una escalera con un desnivel insignificante. El pobre diablo, oriundo de Jamesville, NY, cobró 21 dólares por 17 segundos en los que se concentran todos los elementos de expresión que definirían el instrumento en el futuro, en este caso una Gibson ES-300 con un parecido prodigioso a la mesilla sobre la que se coloca el Ableton Live.

La canción a la que nos referimos es “Rock Around the Clock” de Bill Haley y el guitarrista en cuestión encabeza la lista de esos grandes olvidados, probablemente la única sucesión de elementos sucesivos que importa de verdad; una canción para nadie; ese silencio.

Andrés Suárez y el “roma”

Hace tiempo, en una galaxia muy cercana, la palabra cantautor se asociaba a grandes nombres de la canción (sin etiquetas): Brassens, Joan Manuel Serrat, Krahe, Townes Van Zandt, Caetano Veloso… La lista es larga, y la memoria tiende a fabricar mitos y puentes para devolvernos a una época que, curiosamente, coincide con esa gran mentira que es el «Indie español», supuesta escena al margen de los 40 Principales compuesta por “grupitos independientes” cuya distribución recae en las mismas multinacionales-monstruo de siempre.

La cuestión es que entre tatuajes, camisas de estampados ASOS y una cierta vacuidad sonora, los cantautores han sido relegados a las trincheras del Libertad 8 y las casas de la cultura, lugares con olor a canela en rama donde es posible disfrutar de un músico presente en cada uno de sus versos, a veces enredado en las cuerdas de una guitarra coja. Y de entre todos ellos, érase un hombre a una cabellera pegada, una pegada superlativa: Andrés Suárez.

Porque lo de este gallego —el neno le delata— es una cosa extraña, “gamela cativa” que llega a puerto al atardecer, un gran guitarrista de pecho caliente amparado tras la cadencia plagal — con la tercera en el bajo— que de pronto, en medio de la canción, se descompone en fragmentos de silencio, casi susurros, en los que dar cobijo a media estrella, quizás a una dama que pinta en el sur, por qué no a lo malo en el aire… sin olvidar el mar, ruido de olas dulces detrás de las montañas. Y cuando quiere vivir canta Moraima, y cuando quiere soñar despierta al palíndromo de Roma, y sus conciertos son el único lugar en el que las parejas comienzan a cantar muy juntos para terminar besándose en la boca. Por fin ser cantautor no es un insulto, por fin ser Andrés es también Suárez.

Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

La calle no es nuestra

La calle es una madre de un tiempo atemporal, a veces enemiga y otras, en cambio, rayo de sol; ese lugar en el que escuchamos crecer a los críos mientras la vida suena, deprisa, a veces trágica, a la misma velocidad con la que una peonza gira sobre la arena del parque, casi siempre en el punto de mira de otros más viejos, un poco más ciegos.

Porque la calle que ahora arde nunca ha sido nuestra, y solo las botellas y el fuego le proporcionan una dimensión comprensible para todos, real, quizás gélida, trinchera en la que hombres enmascarados despliegan su malestar transformando la basura en llamas, el vidrio en charcos, la violencia de carpetas en el último aliento del fracaso.

Solo en estos momentos —retransmitidos pertinentemente por televisión— somos conscientes de que lo importante nunca sucede en los despachos, ni siquiera durante los apretones de manos y las firmas, y que una chispa, pequeña como una estrella extinta, se hace lava hasta invadir las alcantarillas, nuestro dormitorio, los neumáticos de los Uber, la playa, después la posibilidad de una isla, arteria de carne conectada a un continente desprovisto de fronteras… la chispa, el fuego; y todo lo que envuelven.

Ahora no queda más remedio que intentarlo, limpiar las aceras, reponer los contenedores, llamar al cristalero, quizás desempolvar las peonzas y observar el movimiento circular del otoño con la esperanza de volver atrás, antes del rayo, incluso antes de la oscuridad, inventar un universo que es calle sin música sometida al rigor de sordos con miedo a entenderse. Entre el helio y las aceras, por fin la calle será nuestra… y nunca lo llegaremos a ver. Nunca.