El día en Queen fue la banda más popular del mundo… en 2018

Seamos inclusivos: los Queen nunca molaron. Fue un grupo que uno disfrutaba escondido en su cuarto oscuro particular (“Sheer Heart Attack” y “A night at the Opera” son discos fascinantes y sin embargo, ¿cuánta gente los ha escuchado fuera de un estadio de fútbol?), poco rockeros para los más extremos, demasiado opereros para los más cavernícolas, una suerte de híbrido con una cantante fea, más gay que la luz de un amanecer en un mundo de hombres con anteojeras y tan ambiciosos que en su música se mezclaba a Maria Antonieta con los coches y a los bigotes con el amor infectado ( o redentor) con una naturalidad tan asombrosa que el ridículo mutaba en ridialidad, después en geniaculo y finalmente en genialidad, cariño.

Sin embargo las cosas cambian y gracias a “Bohemian Rhapsody”, la película, los Queen se han convertido otra vez en la banda más popular del mundo, apenas 48 años después de su nacimiento, una suerte de revolución en la era de Rosalía que no es más que la simple constatación de que la vida está llena de cosas incomprensibles, mágicas, que van más allá de los primeros treinta segundos de canción (al parecer el tiempo más extendido en la actualidad para escuchar una canción) y de que en la era del chandal, la ignorancia (a veces acompañada de mala fe), la velocidad despojada del tocino y la corrección política con forma de mordaza es maravilloso bajar aún más las persianas de nuestro cuarto oscuro, apretar el play y disfrutar sin cortes de los 06:08 minutos de esa rapsodia bohemia mientras millones de personas ahí fuera, en el mismo instante en que cae un pedazo de estrella en combustión procedente del cosmos, hacen lo mismo.

Galileo (Galileo) Galileo Figaro ¡¡MAGNÍFICO!!

Y mañana dejarán de molar otra vez…f6d0a45ced566e31e5e8a3014074e875.jpg

Versos en los pasos de cebra, perros en las manos de los bancos

En Madrid evitamos ciertos pasos de cebra. No porque nos de miedo enfrentarnos a un tío en patinete adelantando a los coches por la derecha, o algún corredor por el carril bici dejando el rastro de un cometa en mallas, no. En nuestra ciudad los pasos de cebra los carga el diablo porque han sido decorados (me gusta la idea, a pesar de todo) con versos libres, sueltos, recortados de su masa madre, privados de su cordón umbilical para que miremos al suelo en lugar de a los lados y nos paremos a reflexionar (alguno solloza bajo la lluvia) antes de cruzar:

Eres nostalgia por adelantado…, joder.

Te comería a versos…, este duele.

Andar así de pronto, hombre por fin, de sangre y huesos…, madre de Dios.

Tienes algo dentro, yo lo he visto brillar, pero corres y corres…, ¿y el resto?

La cuestión es que, gustos aparte, este es el caso perfecto (y con pintura blanca) para ilustrar por qué los versos fuera de su contexto se quedan en una broma —sobre todo los que son parte indivisible de un poema o una canción—, una simple anécdota que termina siendo utilizada por los detractores de Carmena para meterle el dedo en el ojo y por algunos peatones para cagarse directamente en el arte como forma de expresión absolutamente fútil. Y es justo en ese momento cuando nos sentimos indefensos ante la realidad de las cosas, de las injusticias no escritas en el asfalto, y miramos al otro lado de la carretera para evitar ciertos pensamientos, y vemos la sucursal del banco en el que sacamos dinero convertida en algo que trasciende los límites de la imaginación humana y que se sitúa en otro nivel de conciencia, intocable, creador y destructor al mismo tiempo de un mundo que solo puede observar de lejos como la criatura llora, crece y se hace tan grande que escapa al control del hombre —poder legislativo y judicial mediante —, un monstruo rabioso que nos devora y escupe nuestros huesos sin que opongamos ninguna resistencia, que grava en nuestro collar de carbonato de calcio y brillantes proclamas del estilo:

Vota a la Caixa…

Banks lives matter…

Arrodillao$  ante dio$ , perro$

—Así que nos han vuelto a follar…—piensa uno mientras pasa por encima del si te ceden el paso, cede la sonrisa. Te pones de mala hostia y se te olvida lo de los bancos: y es que empezamos a acostumbrarnos a perder siempre, incluso cuando queremos hacer algo bonito.

 

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Rosalia, su trátrá y de cómo una niña arrasó a todos (músicos incluidos)

Así ha sido. Tras cientos de discos supuestamente comerciales (y vacuos), mainstream o para la masa, editados en nuestro país en los últimos años, llega una niña de veinticinco años con la cara de una gitanilla-paya con compás, el pelo de una noche sin estrellas y las uñas de un grizzly y lo arrasa todo. Porque admitámoslo, si despojas a “El mal querer” de toda su parafernalia repensada a conciencia para el consumo masivo, con sus vídeos repletos de referencias a Goya, los kinkis y los Blahnik, los chándales y los  crucifijos, las voces procesadas y las escopetas de cartuchos, nos queda un disco revolucionario.

Quizás sea demasiado pronto para emitir juicios de valor sobre la trascendencia de un trabajo que es al año 2018 lo que “La leyenda del tiempo” fue al año 1979 (los ecos de los nietos de esos puristas flamencos resuenan de la misma forma cincuenta años después, ¡sus muertos!), pero tras apagar el ruido de ahí fuera y escuchar sus veintiocho minutos y poco y maldecir la belleza de la voz y el desbordante talento de la verdadera reina de España, lo siento Leticia, nos queda una obra compleja, difícil en ocasiones y probablemente no apta para todos los públicos que paradójicamente se consume a la velocidad vertiginosa de nuestra era, como una chupadita de M que no deja resaca y sí la impresión de que a partir de ahora los grupos de música deberían de pensarse dos veces el editar un disco sabiendo que esos artefactos explosivos, los de Rosalía y Camarón, están colgados para siempre en el corazón y las glándulas lacrimales de la red.

En cuanto a la industria discográfica nacional…, ¡pues qué le vamos a hacer chiquilla! pero se la acaban de colar y tendrá que seguir conformándose con canciones producidas con el mismo cariño con el que se hace mortadela a un euro y las aspiraciones de sembrar rápido para recoger un fruto insípido, de esos que saben a tierra y terminan desparramados por el suelo, todos iguales, todos sin hueso… o quizás rectifiquen al comprobar los rendimientos económicos de unas canciones que no son españolas ni americanas sino algo entre medias, escondío entre el origen del universo trátrá y la autora de los ojos por soleá.

“El Mal querer” te atrapa sin que te des cuenta, te das cuenta cuando sales… piensas, ¿cómo he llegado hasta aquí? y Rosalía demuestra que una mujer joven, bella, talentosa, ¿quieres que colaboremos?, puede decidir el cuándo, el cómo y el por qué sin pedir permiso a esos mayores de vuelta de todo a los que les preocupa tanto que no sea capaz de gestionar el éxito masivo… pobres mayores, y ella ríe y brilla y canta por dentro en el luminoso de Times Square, en la chabola y en San Esteban de Sasroviras mientras su ola arrasa el mundo.

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Es un milagro

Es increíble lo que aguanta el cuerpo humano: ayer te bebiste cinco copas, tres Jaggermaisterle diste cuatro chupaditas a la bolsa de M de tu colega Paul, bailaste al lado de una dominicana que no paraba de sudar en la pista del Berlín y regresaste a toda hostia en bici por el carril de más de treinta kilómetros a la hora… y hoy te despertaste. Es un milagro que puedas seguir respirando a pesar del terrible dolor de cabeza que genera en tus globos oculares una onda expansiva similar al tsunami de Fokushima con el agravante de la química, ese gran adversario de la naturaleza desencadenada.

Es un milagro que te hayas podido levantar de la cama entre haces de luz procedentes de la ventana y de algún punto indeterminado del cosmos, y cuya radiación —absolutamente imprescindible para la vida —percibes en el muslo de tu pierna mala  que todavía vibra con los graves de la canción de cierre de anoche, el “Time to pretend” de MGMT… no, tranquilo, no es Parkinson pero quién sabe si en los próximos años tu código genético cumplirá finalmente la amenaza que se cierne sobre ti y de la que eres absolutamente inconsciente en estos momentos. Bebe agua, haz el favor.

Es un milagro de tamaño XXL que te metas en la ducha y no te deshagas como una pastilla de jabón que cae en el interior de una bañera humeante, la misma que anhelas tener desde hace años pero que no te puedes permitir con el salario de mierda que cobras. Y sí, también es un milagro que llegues a fin de mes con menos de mil euros teniendo en cuenta que son casi seis cientos de alquiler.

Es un milagro que regreses a la cama y que no jures por el Cristo del Abismo, San Judas Tadeo, las uñas de Rosalía un viernes por la noche y  las cuerdas vocales de Camarón, que nunca más volverás a emborracharte. Nunca más.

Pero piénsalo bien, es un milagro estar aquí después de casi cuarenta años vivo, que tu cerebro envíe corrientes eléctricas a todo tu cuerpo como el que envía un Whatsapp, que tu sangre se coagule levemente con tus excesos pero que con un par de carreras y un batido de pepino y cúrcuma todo vuelva a su ser, que todavía no se haya declarado una guerra en Cataluña y que nadie haya podido descifrar, a pesar de todos los avances de la humanidad que incluyen naves en Marte y un laboratorio subterráneo de partículas elementales en Suiza, el sentido de la vida, el mismo que te eligió a ti como habitante de ese cuerpo que apesta a alcohol, el mismo que ocupa esa carcasa entre cientos de miles de millones de probabilidades y estrellas en combustión.

Es un milagro convertir una dramática supervivencia en una vida. Es un milagro.

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Me he obligado a que me guste el fútbol

He decidido motu propio y aprovechando que hace un frío del copón y mi corazón se hiela al ritmo con el que el termómetro desciende, que quiero formar parte de esa gran comunidad que cada día de partido detiene el mundo, el suyo que es su realidad, los problemas en el trabajo, la ropa de invierno, la mala salud de unos padres ya mayores, el peso de una existencia que cotiza a la baja pero que podría beneficiarse de una subida del S.M.I., la cotización al alza de sus acciones y la buena marcha de sus restaurantes, cotos de caza, campos de golf y una aerolínea, para sentarse en el palco, en el fondo sur o simplemente frente a la luz fantasmagórica del televisor de casa y emocionarse. Y lo hago no porque me interese el juego de la pelota y los tíos en pantalones cortos (a priori un escenario bastante atractivo y sexualmente estimulante), ni porque a través de un profundo análisis el fútbol sea una representación a pequeña escala (y de pago) de una día a día en el que nunca se sabe que va a ocurrir pero en el que generalmente los pequeños son devorados por los más grandes, sino más bien por la necesidad de entender el mundo como los otros, de encajar en el molde para asimilar la verdad de aquellos que, ¿por qué no iban a entender mejor que yo el devenir de nuestra existencia en el planeta tierra?

En un principio podría parecer un ejercicio absurdo —¿está usted bajo los efectos del cannabis, señor Vidal?—, una simple maniobra con la que llamar la atención de un público lector harto de soportar esta columna semanal, una cuestión de vida o muerte o simplemente el enésimo intento de un hombre a punto de alcanzar los cuarenta y por lo tanto ávido de nuevas experiencias que le proporcionen esas mariposas (ahora muertas) en el estómago, de sentir ese sudor en las manos cuando el 9 sitúa el balón sobre el césped, apoya las manos ligeramente sobre la cintura acompañado de un leve movimiento de cabeza, fija la portería —ese oscuro objeto del deseo— y chuta… o quizás las cinco a las vez o una tomada al azar. Lo dicho, como la vida misma.

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Si en España legalizáramos la marihuana…

La guerra contra las drogas es sin duda uno de los mayores atropellos contra la libertad individual que se recuerden en la historia de la humanidad, sobre todo porque responde a una lógica difícil de comprender: el alcohol y el tabaco son legales y sin embargo están gravados al 40% el primero y al 80% el segundo, un detalle de gran importancia que no parece disuadir su consumo indiscriminado, incluso entre menores que se ponen hasta el culo de ambos    —sin olvidar un gramito de M — dejando la plaza de 2 de mayo igual que el día de los fusilamientos.

Pero, ¿qué ocurriría si en España se legalizara el consumo de marihuana? Para empezar, sería un drama para los camellos de clase baja y los chinos, currelas de lunes a viernes con un suplemento mensual de plantación casera que verían como las grandes superficies de distribución de esta prodigiosa planta, prima hermana del orégano y cuya venta en forma de semillas es legal, se hacen con un negocio valorado en 1500 millones de euros (legales).

En segundo lugar, Pablo Casado sufriría un ataque de ansiedad al imaginar su hispánico país lleno de hippies de palo y youtubers rememorando el verano del 67, y Rivera se frotaría las manos porque por fin podría sujetar sus subidones de temperatura corporal. En cuanto a Iglesias ya dijo que “nos convendría ser los primeros en regularizar su venta”, y así ser los primeros en algo. Sánchez estaría jugando al baloncesto…

En tercer lugar, nos calmaríamos muchísimo. Dejaríamos de perder el tiempo en absurdas polémicas sobre la palabra “mariconez” en la letra de una canción, en la pelea de las banderitas rojas, amarillas, o rojas, amarillas y rojas, nos olvidaríamos de lo políticamente correcto, del dolor y el tamaño de nuestro pene, y asignaríamos el lugar que le corresponde al peso que cargamos a nuestras espaldas, a veces molesto pero que podemos aliviar siendo dueños de una voluntad autónoma y madura, parando, apagando la luz, encendiendo el canuto, aspirando ese humo viscoso y sonriendo:

¿Es la marihuana adictiva? Sí, en el sentido en que la mayoría de las cosas placenteras en esta vida merecen la pena… repetirse.

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Lo único que me gusta de Pablo KKKasado es su mujer

Lo ha conseguido. Pablito Casado —con su primera novia —ha sido capaz en un tiempo récord y con la ayuda interesada de ese pigmalión con el bigote en retroceso, de que algunos echemos de menos a Rajoy.

Semejante elemento, siempre con esa pinta de oficinista recién salido de Mango (incluso cuando ara para la foto), mostrando su geométrica dentadura al tiempo que deja en la atmósfera lindezas relacionadas con la hispanidad (¡¡WTF!!), las bombas en Siria, varios “Viva el rey” repletos de baba monárquica y su participación personal en el derrumbamiento del muro de Berlín (lo de ir a las clases del Master nunca fue su fuerte y, por lo que se ve, la historia tampoco) ha logrado lo imposible: aglutinar en su fibroso torso a la España que calla y convertirse en su vocero.

Sólo alguien, cuyos hijos se llaman Paloma y Pablo en honor a las siglas de su partido, podría lograr remover los cimientos de la derecha, darle un lavado de cara exprés, recuperar los símbolos pata negra enterrados por la velocidad de un mundo digital que vuela y encarnar como nadie la linea que separa al fachilla majete de ese cuñado imbécil que le introduce el miembro (de las Juventudes del PP) a tu hermana.

Y es que miradlos a los dos juntos, nuestros Kennedy patrios:

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Ella vestida con esos tejidos tan vaporosos, tan de la tierra, con la pulserita en la muñeca derecha y la palma de la mano de su hombre sobre esa espalda de nadadora sincronizada (con el poder). Su cara ovalada en simetría siamesa con el collar que roza su esternón y cuyo equilibrio es alterado por una melena muy Maria Teresa Campos en sus mejores tiempos. Todo encaja en ella: nuestros deseos por tener una muerte libre, dulce y despenalizada, por ser gobernados por aquellos que saben mejor que nadie lo que nos conviene, por tener un salario digno, por enterrar a nuestros abuelos en el cementerio del pueblo, por silenciar cientos de escándalos de corrupción mediante discursos bochornosos que calan en el vulgo, por aclamar al mentiroso como héroe, a la nación como el cemento entre los ciudadanos y al sueño de los que tienen la barriga llena como la vigilia de los hambrientos…, querida Isabel, sal de ahí antes de que sea demasiado tarde.