Los entusiastas

Existe una especie de personas que se caracteriza por la exaltación del ánimo que les cautiva. Todas ellas —las reconocerás al instante por ese brillo característico en los ojos que precede a la palabra sí— son incapaces de no involucrarse en algo que amen, independientemente de las consecuencias sobre su salud o las personas que les rodean, perro, pelo y plantas incluidos.

La cuestión va más allá del trabajo, y también se encargan de pagar las rondas de los amiguetes —que desaparecen a la hora de aflojar— mientras se convencen a sí mismos de sostener la toalla entre los dientes ante la sempiterna frase de un mundo impertinente, ese cabronazo que no para de recordarles aquello de «¿no ves que estás muy mayor para dedicarte al voluntariado?».

Porque los entusiastas nunca tienen dinero y, sin embargo, no paran de sonreír, no pueden permitirse viajar cuando corresponde pero viajan a caballo, en pelotas, propulsados por el impulso de un nuevo proyecto, envejecen sin reparar en el pasado, arrinconan la razón a cambio de una causa perdida y encontrada, perdida y encontrada bis, ¡cantan, bailan, pintan, viven!…

El problema reside en los demás, listillos que los ven venir de lejos, aprovechándose del contagio que los une, transformando al idealista en títere, barco de arroz a la deriva inconsciente de su propia debilidad, quizás su mejor virtud.

Lo más curioso de todo es que ser entusiasta no implica nacer optimista, como si de alguna manera el saber de la existencia del precipicio bajo nuestros pies no fuera motivo suficiente para no dar un paso más, para renunciar a convertirnos en un delfín entre las olas de un mar embravecido.

Y llegó Rufián, el vigía de un barco que se hunde

A medida que el tiempo avanza y la vista flaquea vamos siendo un poco más conscientes de la poca certidumbre de las cosas: julio y agosto ya no representan aquel periodo de vacaciones eternas, sino que éstas se reparten en escapadas o cuando nos lo podemos permitir, las resacas duran más que el fin de semana —puentes incluidos—, todo el mundo se droga y el queso está por las nubes.

Sin embargo, y sobre todo después de las fallidas sesiones de investidura, la verdad se presenta como una aparición mariana —sin Rajoy— envuelta en las palabras de Rufián, vigía con acento catalán y el catalejo apuntando a la isla de las ilusiones perdidas. Y es que la izquierda, sea lo que sea este término con cierta debilidad estatutaria por el bienestar de los más desfavorecidos y la intervención estatal en cuestiones tan básicas como el trabajo, la asistencia sanitaria y la educación siempre pierde, y cuando gana… también.

Lo curioso es que escuchando al chico chuleta, tendente a la incontinencia verbal, la autoparodia y las camisetas con estampados criminales, nos damos cuenta de que la fusión de Unidas Podemos y PSOE no era más que un barco a la deriva, un cuerpo despellejado vivo antes de salir a escena frente al mejor de los públicos, ¡oh tú, derecha hierática y firme!, bloque de hielo patrio que asiste impávido a la hoja de ruta de siempre, aquella en la que los rojos se tiran por la borda entre gritos de responsabilidad, Sánchez, vetos e Iglesias.

Los demás se tapan los ojos, otros lloran y Gabriel nos recuerda sin querer las palabras de Julio, aquellas del «creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte como la mano izquierda enamorada de ese guante que vive en la derecha».

¡Esperanza al agua! —gritó antes de verlos hundirse en el fondo del mar.

La imposibilidad de recordar un nombre

De entre todas nuestras habilidades sociales —con o sin alcohol de por medio y asumiendo los abismos existentes entre especímenes caucásicos, “heterohomosexuales” y de clase media precaria—, la que nos emparenta de manera más evidente es nuestra capacidad para olvidar el nombre de una persona a la que acabamos de conocer.

La escena se repite día y noche sin saber qué demonios sucede en el interior del cerebro, más concretamente en la corteza prefrontal, región que da la orden de bajar el volumen del mundo a nuestro alrededor en el momento justo en que el desconocido pronuncia el nombre en cuestión. Sonreímos, nos damos dos besos un poco ladeados, recuperamos la consciencia, pedimos otro tercio en la barra y cerramos los ojos —es un decir— mientras hacemos un esfuerzo sobrehumano por intentar recordar si ha dicho Carolina, Carmina, Burana, Karina o Caracola, hasta que, finalmente, agotados por el esfuerzo, le damos un codazo al colega de turno, ese que no se entera de nada, pero dotado de una memoria prodigiosa:—Se llama Marina, MA-RI-NA.

Y da igual que te propongas que las cosas van a cambiar a partir de ahora porque la tendencia es imposible de invertir a pesar de las reglas mnemotécnicas recomendadas por la revista Science y que incluyen juegos de asociación, apodos, unión irracional de las primeras letras del apellido de tu actor porno favorito con Salmos 121:7-8, y un sinfín de opciones que nos llevan a concluir que los nombres son lo de menos, a pesar de que abran almacenes, ventanas al interior de los demás y tejados con vistas a otras galaxias.

Por supuesto hay excepciones y si la persona que nos presentan se llama Luz Cuesta Mogollón o Antonio Arrimadas Piernas, la cosa cambia. Y mucho.

Pies

La palabra pies es monosílaba, nunca se acentúa, tiene la particularidad de ser única habiendo tantos pies como seres humanos pueblan la tierra y, en el mejor de los casos, son dos: egipcios, cuadrados, con el digitus secundus pedis más largo que el resto de dedos, curvos como las caderas de Beyoncé, apestosos como una abubilla, alargados, sublimes y con la forma de los labios de Jimena. De hecho, generan tanta pasión como odio entre sus propietarios, generalmente mujeres, que no pueden evitar pensar en pedofilia cuando ellos practican la podofilia, es decir, el “parcialismo” con el que reducimos el cuerpo humano a una sola parte —en este caso tándem—; aunque el izquierdo sabe mejor.

Y es que a los hombres les encanta olerlos, tocarlos al estilo del afilador soplando el chiflo, hacerles cosquillas con una pluma, morderlos, ¡Dios, cómo me gustan!, elevarlos al pódium del culo y las tetas, sagrada Trinidad del sexo cosificado y por pares.

Es raro porque casi siempre están ocultos en el interior de un zapato feo, lo que nos conduce, inexorablemente, a la lucha fratricida entre aquellos que alcanzan el éxtasis al introducírselos en la boca y la cara de grima del receptor que no llega a comprender qué coño hace ese tío con la lengua llena de uñas.

Los pies son el símbolo del alma, o al menos el espacio en el que ésta cae, el ingrediente clave en la repostería —combinan a la perfección con nata, chocolate o miel—, y ni siquiera la hipnosis se plantea como una solución eficiente ante la duda, porque comerte un culo, vale, pero chupar pies es de degenerados.

Al final resulta más fácil reconocer en una boda tu predilección por Vox o José Tomás que cantarle a la novia la canción de Crowed House, aquella que decía lo de «and whenever I fall at your feet». Guarro, asqueroso.

¿Qué discos te llevarías a una isla desierta?

Es curioso que responder a esta pregunta sea una cuestión realmente difícil en estos días, y no precisamente por la escasez de música disponible, sino más bien por la imposibilidad de encontrar una isla desierta en un mundo masificado en pleno julio.

Y es que, tras rebuscar en Internet sobre los motivos que llevaron a Roy Plomley —creador del programa “Desert Island Discs” en la radio pública inglesa allá por 1942— a plantearse semejante disyuntiva en soledad, la mayor parte de los tres mil invitados a la emisión, pertenecientes al mundo de la cultura, la política y la ciencia, eligieron mayoritariamente la Sinfonía No. 9 en Re menor de Beethoven y el concierto No. 2 en Do menor de Rajmáninov. ¿Casualidad o algo previsible?

Lo que no queda claro, a pesar de que la imagen de uno durmiendo la siesta (en pelotas) entre dos cocoteros sea una constante en verano, es por qué habríamos de cargar con una maleta de discos en lugar de llevar un crucifijo, un mechero Bic o un bote de Aftersun tamaño familiar.

La razón quizás tiene que ver con la capacidad de las canciones para amplificar en nosotros la tristeza y el miedo, revivir en la epidermis la emoción de esa primera vez, sensaciones etéreas que se concretan en una vibración cuya frecuencia fundamental es constante y que, de manera similar a las palabras pero desprovistas del componente activo que implica concentrarse en algo, nos elevan por encima del banco de arena náufraga para depositarnos justo al lado de aquellos con los que compartiríamos un baño eterno en aguas turquesas a veintidós grados centígrados.

Porque, quieras o no, escucharKid A de Radiohead en una isla desierta implica arrastrar contigo todo el universo.

El tiempo que le lleva a un perro olvidar a su dueño

Ahora que llega el verano, tiempo de sudores, festivales y algo cercano al sueño de la clase trabajadora, el abandono de perros y gatos se hace más evidente porque claro, durante la estación fría mantienen la casa y el corazón caliente, pero papá, ¿por qué en el resort de Torrevieja las mascotas se quedan fuera del “menú todo incluido”? Silencio y ladridos.

La escena es desgarradora: el perro en la cuneta, solo bajo un sol blanco, muerto de sed, esperando a que su amo regrese a buscarlo, porque seguro que vuelve, ¡guau, guau! Y el coche se aleja hasta perderse de vista sobre el asfalto líquido.

El año pasado esta escena se produjo más de 138.000 veces.

Entonces si el dueño es un desalmado hijo de mil putas con triquinosis, ¿cuánto tarda el animal en olvidarse de él? Resulta que el tiempo necesario para que suceda oscila entre cinco minutos… o cinco años. El motivo se debe a que los perros no recuerdan por la sencilla razón de que no olvidan y que, aquí surge el elemento milagroso, viven en el ahora, una línea continua en la que no piensan o echan de menos a nadie que no esté presente si no hay nada que les recuerde a ellos.

Sorprendentemente, los perros tampoco tienen conciencia del pasado. De esta forma si les dejamos solos a la salida del súper, durante cinco minutos o cinco años, permanecerán impasibles hasta que regresemos o se reproduzca una escena familiar para él, un olor, un lugar, el elemento que desencadene una emoción idéntica e inmune al desgaste del tiempo. De hecho, la reacción ante la vuelta es análoga, sea cual sea el intervalo de la ausencia. Cosas de la vida en manada y el hábito como impulso vital.

Ahora que lo sabes, piensa cinco minutos o cinco años antes de dejarlo en un pinar o un contenedor. Hacerlo implicaría abandonar el mundo, soltar la correa que te hace fieramente humano, desprenderte del poco corazón que ya tenías.

La encrucijada de Peter Pan

Ha sido ahora, después de varios años en el país de “Vuelva Usted Mañana” y a raíz del contagio de la malévola aplicación FaceApp que, ante el paso inexorable de un tiempo menguante, he visto la historia de Peter Pan de otra manera. Sí, el niño volador de ojos brillantes y apellido de fauno aficionado a sobrevolar un paisaje en el que engullir pasteles y helados a voluntad, jugar, tal vez dormir, en definitiva: encapricharse con lo que solo sucede una vez y se almacena en la memoria como un sueño, real y al mismo tiempo hueco.

Porque en efecto, ese mundo, el de Nunca Jamás, tampoco es tan bonito como lo pintan. En él hay un tirano cabrón al que le falta una mano reemplazada con un garfio, un cocodrilo hambriento y obsesionado con un reloj —dentro de sus tripas, por supuesto—, el pirata Smee y su afición por el amor etílico —no desprovisto de deseo por el capitán—, Campanilla, un hada con la cara de Julia Roberts, monísima, pero con la que es imposible copular por razones obvias, una región en la que escasean los víveres gobernada por el rey de los Niños Perdidos… un puto desastre.

La cuestión es que permanecer en la realidad, sea lo que sea lo que entendamos por ese vocablo escurridizo, tampoco resulta fácil. Wendy quiere niños, una casa en Pozuelo con jardín y quizás un labrador, llevar leotardos verdes en verano es imposible, los alquileres en Lavapiés están por las nubes y los humanos se vuelven locos por ver su yo futuro, aún a sabiendas de que se trate de un invento “co(ns)munista”.

Con este panorama no sé cual sería la versión de Peter Pan en el 2019. Tampoco si estaría dispuesto a renunciar a ser adulto por las mismas razones. En todo caso el sacrificio sería el mismo y, una vez asumido que es imposible volver atrás, miraría en el iPhone su rostro envejecido con los ojos de un niño, arrastrado por el ímpetu de la juventud, el único defecto del que nos curamos demasiado pronto.