Carmena perdió Madrid porque estábamos de terrazas

Madrid ha sido siempre, desde su nacimiento como puesto de vigilancia construido por el emir cordobés Muhhamad I a orillas del Manzanares a su actual reconversión en metrópolis con maneras de pedanía, una ciudad vibrante, de luz amarillenta y avasalladora, pero principalmente una ciudad de todos.

Mira a tu alrededor y encontrarás piernas y brazos tatuados, universitarios en chandal, hombres maquillados como Ru Paul de resaca, viejos en traje increpando a las bicicletas que no paran en rojo, patinetes rapidísimos, gente ruidosa y con la capacidad de hacerte sentir uno más sin dejar de ser uno menos… en el caso de que decidieras marcharte a Alpedetre y bajar solo durante la semana del Orgullo Gay, bares, mujeres que sonríen sin razón aparente, más bares, bolsas del Primark, más bares con terrazas en lugar de aceras, y una sensación de precariedad encubierta por nubes de risas y dióxido de carbono en los días sin viento.

Bueno, pues sus habitantes, entre los que hay un 4% más de mujeres que de hombres y que sobrepasan los 6 millones y medio con un predominio evidente de edades comprendidas entre 35 y 50 años, han votado mayoritariamente a Carmena que a su vez debe de abandonar la alcaldía porque la derecha unida jamás será vencida. Y este resultado, una carambola más de un invento imperfecto llamado democracia, ha sido alentado por el optimismo que se vivía en la ciudad desde las elecciones generales del 28A. Desde entonces nos hemos venido relajando, saboreando una cerveza con giro a una izquierda fracturada que veía posible impregnar las instituciones públicas con el espíritu de la calle, entre influencer y con boina.

El domingo lo pasamos genial en una terraza de Lavapiés, con los colegas, brindando y de buen rollito, haciéndonos fotos, todo temazos, hablando del Tomavistas y de las ganas que tenemos de que llegue el Mad Cool… y hoy, lunes, Madrid es de derechas, tierra de mercenarios y fascistas, un poco como siempre, pero más triste… ¡Ay, Carmena!

El único consuelo es que a partir de ahora podremos ir con “pistolita” por el centro.

De la necesidad de no llegar a la cumbre

Lleva un rato entender esta foto. Incluso durante unos segundos, ese tiempo mágico que se desliza pendiente abajo derritiendo la nieve bajo un sol blanquecino, uno podría llegar a creer que se trata de un montaje más, la postverdad en su vertiente alpina a 8848 metros de altura.

Resulta que los atascos en la cumbre del Everest son algo normal por estas fechas, meses en los que las condiciones se presentan especialmente propicias para hacerte un selfie sobre una montaña que poco a poco deja de ser aquel punto de unión entre la tierra y el cielo para convertirse en un invento humano, el mismo que acoge a parejas, aventureros barbudos envueltos en abrigos de North Face que esperan pacientemente su turno, vivir la gran experiencia de sus vidas y ver amanecer el mundo desde los hombros de Miyolangsangma, la diosa tibetana que habita sus otrora vírgenes cumbres.

Sobre este desfile multicolor un poco torpe, un poco triste incluso, sobrevuela el fantasma de la la decepción, cierta extrañeza al comprobar cómo aquellos retos inalcanzables para tantos en el pasado son moneda de cambio en el presente; porque si ascender la montaña más alta del mundo es un juego de niños con recursos, ¿qué nos queda por hacer al resto?

Quizás lo que de verdad importa no sea cumplir ciertos sueños, dejar ese último desafío huérfano en la lista de cosas por hacer y que nunca haremos, enterrar el único tesoro con capacidad real para mostrarnos lo que realmente somos, alpinistas aficionados que no suben montañas porque, precisamente, están ahí.

¿Por qué nunca nos gustan los finales de las series?

A nadie le gusta que las cosas se acaben, sobre todo si éstas conllevan altas dosis de placer: las vacaciones nudistas en Formentera, el efecto narcótico del alcohol en nuestro torrente sanguíneo transformándose en resaca mortal, ese momento que esperamos durante meses ahora arrinconado, un recuerdo lejano…

Lo que es verdaderamente insoportable es asistir al final de nuestra serie favorita. Y da igual que se trate de Juego de Tronos (2019), Lost (2010), Los Soprano (2007), Expediente X (2002) o Twin Peaks (1991)…, porque en todas esas franjas anuales, con sus coyunturas humanas y sociales, entre la televisión y la fibra óptica, nadie pareció estar contento con el último episodio, con la excepción de aquellos que se negaron a verlo para evitar el mal trago.

En lo relativo al invierno que nunca llega, al tal Jon Snow y sus luchas internas con el enano, la decepción es todavía mayor porque nos pilla en la era de la barra de scroll, herramienta que procura contenidos infinitos con el simple contacto de nuestro dedo sobre la fría pantalla del móvil. Y sobrevuela sobre nuestras cabezas el dragón de la precuela, y la secuela de la secuela, y si no, siempre nos quedará Marvel o Disney, varias alternativas para evitar la versión final y definitiva de esa hora y media semanal de desconexión en el sillón, el metro o la cama, lejos de todo, más cerca de nosotros.

¿No se suponía que los desenlaces, a pesar de llegar siempre en el peor momento, servían para dar sentido a una historia que fue creciendo a medida que nos hacíamos un poco más viejos? Resulta que, en el siglo XXI, los cuentos han dejado de escribirse para apaciguar nuestra confusa cabeza; ahora sirven para informarnos, para advertir sobre ciertas pautas de comportamiento, se han convertido en metadatos que se replican una y otra vez a cualquier hora del día y el espacio.

Así hemos desterrado los finales de nuestras vidas, incluso solicitamos escribirlos nosotros mismos en un intento —un poco absurdo por otra parte— de adaptarlos a nuestra propia conveniencia. El desenlace ya no es conclusión porque no representa más que una nueva oportunidad para seguir hablando de algo que no termina… hasta que encontremos el substituto perfecto, el enésimo fenómeno televisivo en Netflix, HBO o Amazon Prime. Qué pena.

Y si todo principio es inesperado, ¿dónde hay que firmar para que el final también lo sea?

Cayetana Álvarez de Tolerda

Si hay una figura en la marchita política española que me genere un estado de confusión similar al de un perro sobre una tabla de surf esa sería la señora —perdón por el vocablo, pero no la conozco— Cayetana Álvarez de Toledo.

Porque si a nuestros dirigentes, aquellos que hacen malabares con el presente de muchos y el futuro de unos niños sin esperanza, se les presupone una capacidad excepcional para navegar sobre las turbulentas aguas de la realidad, ¿cómo es posible que Caye ocupe la primera línea de un partido político a la deriva?

Será por eso precisamente, o quizás también porque estudió en Northlands School, se licenció en la Universidad de Oxford, habla tres idiomas a la perfección, se casó con un primo suyo que además era conde, ha tenido la suerte de rodearse de intelectuales y asesorar a Acebes, crear contenidos ideológicos para el Think Tank de la derecha progre, en definitiva: equivocarse cada vez que abre la boca.

En un principio pensé que se trataba de una estrategia para ganar visibilidad, generar titulares en el barro con esa voz de arpa desafinada, ¡oh dulce niña criada entre nubes de algodón de azúcar!, pero poco a poco, a medida que fue extendiendo su fétido aliento con cada intervención pública me di cuenta de que no interpretaba a nadie, que ella es así, una versión aristocrática de una mala persona que emplea la palabra senil en lugar de puta vieja, la ficción colectiva para definir la gran obra de un político calvo ya muerto, y un «¿de verdad van diciendo ustedes ‘sí, sí, sí’ hasta el final?» para denigrar a las víctimas de la violencia machista.

Cayetana, tengo un trabajo para ti. Detrás del basurero de Segovia, pasado el restaurante San Pedro Abanto, hay un sembrado que necesita un espantapájaros con urgencia. Entre cuervos y un fuerte olor a detritus encontrarás tu lugar en el mundo.

Dientes

No existe una parte del cuerpo que cuente una historia más precisa sobre todos nosotros que esos pedacitos de marfil, cemento, dentina y pulpa. Semienterrados entre la lengua y los labios surgen de la nada para recordarnos aquella caída en el recreo, el último grito en blanqueamiento bucal o nuestro consumo abusivo de café y rubios americanos.

Porque además los dientes, en su función de maltratadores de verduras, hamburguesas y fruta, deben de ser imperfectos para convencer. Si poseen el color de la nieve recién caída y la simetría de una cadena de montañas del fondo de pantalla de nuestro Mac entonces permanecerán callados, perdidos en una cinematografía que nos hace un poco más americanos, tres cuartas partes de carne y yeso.

Y es que lo primero que hace alguien cuando quiere verse más guapo es arreglarse la boca, primer síntoma de salud y vanidad, elemento indispensable para ser percibido como ciudadano de un primer mundo que ya no es único. En cambio, tus incisivos ligeramente separados o directamente rotos, ese colmillo redondeado frente a otro filoso, tus incisivos inferiores desordenados, esa pieza de oro regalo de un dentista derrochador o los molares desplazados hacia dentro que te muerden el trígono retromolar y que siempre terminan fastidiándote la comida… esas imperfecciones y no otras son las que te hacen especial, defectuoso, irresistible.

Los niños sueñan con que se les caigan, los viejos sueñan con no perderlos y algunos los esconden porque en una superficie tan pequeña se encuentra la raíz de nuestros más profundos secretos.

Cartoon mouths set. Smile

Zahara y la inexplicable pasividad de los que toman el sol

Se acerca el verano y con él decenas de tiras de bacon en bañador alrededor de piscinas azul esmeralda a estrenar. Yo las miro desde el ventanal, encaramado a la bicicleta estática con la cantante Zahara sudando mucho a mi vera… y me dejo llevar. Agarro el manillar como si se tratara de una cabra montesa embistiendo y viajo, un poco más lejos, cerca del mar, y juego a las palas bajo los rayos del objeto oscuro del deseo de la luna, saboreo la parte más amarga de una Estrella helada o paso las páginas de un libro cubierto de aventuras y granos de arena brillantes, casi invisibles.

Los que toman el sol, cuerpos inertes con las piernas ligeramente separadas y la cabeza sobre el césped, se empeñan activamente en permanecer quietos, a merced de alguna racha de viento y el chapoteo de unos niños con manguitos.

Voy a beber agua. Cuando regreso siguen ahí, con la misma expresión moribunda y la melatonina burbujeando bajo una epidermis con el aspecto de un filete muy hecho.

Lo paradójico de todo esto es que no es nada fácil soportar el azote de esa estrella ardiente durante tantas horas. Es más, solo los más fuertes pueden encontrar placer en una actividad semejante a un Iron Man del parasitismo y la inacción, una especie de meditación al desnudo donde sus pensamientos se concentran en pares de párpados cerrados en cuerpos brillantes.

¿Por qué? ¿Qué tipo de satisfacción obtienen más allá de parecerse a la mujer de Jesús Gil en un cuarto oscuro?

Miro a la cantante de nuevo, tan nívea, tan virginal, tan santa y me alegro de que los pálidos estén tan bien representados, no por su color de piel, sino porque ella flota más allá de un sol que no quema, en un mundo al rojo vivo en otro espacio.

La vi en la tierra. Se llamaba Zahara.

Amaia, el azote relámpago de OT

Amaia, la chiquilla del mentón de púgil y ojos al borde del llanto, siempre mantuvo el fuego desterrado de un juego televisivo que ostenta el dudoso mérito de devolver a la música su lugar entre las masas catódicas.

Y el fuego quema, se diferencia de la rueda porque no gira en círculos concéntricos y se extiende de manera sorpresiva, lejos de los despachos que pretenden rentabilizar a supuestos cantantes a base de canciones ramplonas envueltas en lugares comunes, estribillos para niños de baba e imitadores de Sia, Leiva y Dua Lipa.

A veces ocurre, y el relámpago que precede a la tormenta puede ser solamente eso, un momento fugaz que desaparece para siempre entre nubes cargadas de electricidad estática o aterrizar en medio de un campo seco y desprovisto de referentes musicales que, con una chispa invisible, empieza a arder.

“El relámpago” es la nueva canción del que será su primer disco y viene acompañada de un vídeo con un caballo blanco triste, los dedos torpes de Amaia sobre un móvil sin marca y unas flores de plástico en combustión permanente, imágenes con una estética depurada que enmascaran una canción que, sin ser nada del otro mundo, demuestra una clara vocación por enterrar la estela del programa, a su cuadrilla de compañeros aburridísimos y la alargada sombra del aquí, el ahora y «nada de carreras a largo plazo».

Supongo que todos queremos ser aceptados, en casa, en la calle y en el trabajo y sin embargo, muy pocos mantienen sus convicciones a salvo —Amaia es uno de ellos—, eligiendo el camino menos transitado, el que lo cambia todo. El otro te termina convirtiendo en una camiseta…, en el mejor de los casos.