Mi mundo que no es mi realidad

Poco a poco, la realidad, nuestra realidad, esa existencia verdadera de alguien, la tuya, la mía, la de Angelina Jolie, da igual de quien hablemos, va siendo limitada por los márgenes de la “otra” realidad, esa que se desarrolla entre servidores, cables de fibra y dispositivos múltiples que permiten realizar cualquier acción en cualquier momento. Lo que en principio parecía una convivencia triangular entre dos mundos, basada en la utilidad y el intercambio de servicios, acaba convirtiéndose en una transición radical hacia algo que vibra, que late, que es igual de real pero que es percibido de manera virtual: tienes un orgasmo y borras la conversación del teléfono, inviertes en Bolsa y lo haces comprando criptomoneda tan volátil que ni siquiera tiene una expresión física (véase una piscina de dinero) en la que regodearse. ¿Quieres estar en la onda y enterarte de lo que sucede?, tienes que estar en Instagram, comentar en él, vivir en su interior.

El futuro ya no es una pantalla de alta resolución con fondo de ventana abierta frente a un acantilado bañado por el océano azul océano. No. Eso es el presente, tu mundo, mi realidad, la tuya, la misma que gana terreno a las cuestiones del barro, de los fluidos, de los billetes de 50 con forma de turulo, del espejo que devuelve una imagen sin edulcorar, sin caras retocadas, de cuerpos flácidos y necesitados de alguien que respire muy cerca, de sentir el calor de un aliento que, a una velocidad proporcional a la corriente eléctrica, la sección del cable y la densidad del mar de electrones, traduce las palabras en logaritmos, los deseos en un correo no deseado, y nuestros corazones en islas con desfibriladores incorporados.

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Los últimos 100

Me llamo Gustavo y miro por la ventana de mi casa de tres habitaciones en la que vivo con mis tres hijos, Kevin de cinco años, Christopher de tres y medio y Romina, de solo uno y unos meses. Llueve y las gotas rebotan sobre la superficie del cristal. Mi mujer, Mónica, acaba de pedir el divorcio. No he sabido reaccionar y he escrito una carta en la que le cuento todo lo que siento por ella. Me costó comenzar…para una mujer bonita, decía. Después bajé a la calle y compré dos rosas. ¿Qué puedo hacer para contener esta rabia que me consume, que me abrasa, que provoca que no sienta la cara y que la sangre se desplace como ríos de lava desde el corazón hasta las yemas de mis dedos? Piensa, Gustavo, piensa…los niños. Eso es. La respuesta crece detrás de mí, en el sillón de cuero tan horrible que Mónica insistió en comprar. Me doy la vuelta y los miro. Kevin dibuja un sol que se esconde detrás de la montaña y sonríe, Christopher le pasa los rotuladores verdes, rojos, amarillos..y Romina mira a su padre como si quisiera que la cojan en brazos para poder ver el mundo de los que son más altos. Mis hijos: ellos son la respuesta. Abro otra caguama y la bebo de un trago. Llevo tres. Me dan el valor que necesito. Me acerco al mayor y coloco las manos alrededor de su cuello. Aprieto hasta que deja de respirar. Los huesos crujen. Sus hermanos creen que es un juego. Le recuesto en el suelo y continúo con Christopher, después Romina que ni siquiera grita. Una lágrima cae por su mejilla. Ya está. Abro la última caguama y me levanto a mirar por la ventana. Llueve y las gotas rebotan sobre la superficie del cristal.

Ayer la organización Save the Children presentó la campaña “Los últimos cien”, un grito colectivo que pone sobre la mesa algo que parece inconcebible pero que es tan real como la historia de Gustavo: 100 niños han muerto a manos de sus padres en los últimos 7 años. Esta venganza duele demasiado y por eso es necesaria una ley que ampare a los que dibujan soles con caras que ríen. Cuanto antes.

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¿Quieres comer en un tres estrellas Michelín por 20 euros por barba?

El sol cae sobre la bahía del Puerto de Santa María mientras una fina bruma marina se cuela dentro de nuestras camisas compradas en el Primark para la ocasión y repasamos (con saliva) nuestros peinados delante del espejo de la entrada principal de  “Aponiente”, restaurante con tres estrellas Michelín y un templo para todos aquellos que quieren comer cosas inexplicables a 195 euros el cubierto. Ahí estamos los de siempre, los amigos de toda la vida: Juan, Borja, Carlos, Luis, Diego, Chema, Marco, Miguel, Javier y Fernando, el número exacto para una experiencia que perdurará en nuestro subconsciente  hasta el día de nuestra muerte. Juntos.

La señorita de la entrada verifica que, efectivamente, hay una reserva a nombre de Javier Vidal, y entro en el comedor como Hitler en París: soy un elegido. Y es que el menú de este año es sencillamente maravilloso. Pido una Coca Cola (light, por supuesto), respiro profundamente y afilo las papilas gustativas…y llega el primer plato de un largo menú degustación: kototxas en salsa verde. Acojonantes. Eso sí, más bien escasas. Las ingiero de un mordisco y me levanto de la mesa en dirección a la entrada. Ahí espera Juan (el orden fue echado a suertes previamente) que se dirige a la mesa reconocible de un solo vistazo porque es la única portadora de una botella de Coca Cola light semi vacía frente al plato. Se sienta y espera que llegue el segundo plato del día: ostiones. Excelentes. Los traga, se levanta y se dirige a la salida ante la mirada de todos los comensales. Ahí le espera Carlos, que repetirá la operación y llorará con unas salicornias a la crema de otro planeta…

Pasamos todos, uno a uno, sin incidencias y alternando anguila a la grenoblesa con quisquilla ibérica, steak tartar de calamar con erizo royal…!Por solo 20 euros por cabeza! Delicioso. Manolo vivió el único punto negativo del día: debido al orden (fue el último), a él le tocaron los petit fours de postre. No los probó porque está a régimen así que pidió un tupper para llevar. Los segovianos somos así, gente práctica y hedonista que sabe disfrutar de los placeres de la vida con la mejor calidad-precio…pero sobre todo de precio.

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Petit Fours

 

Pitti Oumo: la feria de moda para los pavos reales

2018.Pitti Oumo, feria de moda masculina.Florencia, Italia.

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En estos días post navideños en los que todavía, seguramente, se escucha el aullido de algún lobo en alguna montaña del país transalpino, ¡qué mejor protagonista para una aventura 100% Cashemire, que ese animal casi mítico, divino, que se asoma a los periódicos y redes sociales luciendo combinaciones de cuatro o cinco capas en los más diversos materiales y acabados, con sombrero de torero y guante de cuero en la solapa del abrigo color ocre, y que tiene, como siempre en estos casos, a sus favoritos y sus detractores!…No amigos, no podría ser de otra manera y por supuesto que me refiero al pavo real, un animal fascinante que en esta nueva aventura de “El hombre y la tierra”, representa fiel y objetivamente al género masculino, ave galliforme de la familia de las Phasianidae, territorial y polígamo y que en esta época del año toma las calles de la regia Florencia, cuna del arte y la testosterona con olor a Amber Absolute, mostrando sus mejores galas, deplazándose en grupos de a cuatro, con carcasas de osos para sus móviles, calcetines de cuadros “escodedores”, alternando negro sobre blanco, rojo falu sobre amarillo, sinoper sobre lapislázuli, porque la monocromía se desaconseja en el diseño de ropa a no ser que te apellides Armani, mostrando al mundo que este sector de la economía crece y lo hace de manera pasmosa al mismo tiempo que las ganaderías trashumantes, ovejas merinas acompañadas de sus pastores y mastines, abandonan el cobijo del roquedo y el monte virgen y se internan en la civilización, recordándonos que el mundo de la moda no es tan frívolo como parece pero para ser tomado en serio debe mostrarse al mundo así: con humor, con forma de cola en tonos verdes y azules, de animales muy solos en el fondo, de cuellos vueltos que vuelven este año, de pantalones largos que son demasiado cortos, y de una insoportable ambición por perdurar siendo absolutamente intrascendentes.

Felix Rodriguez de la Fuente hubiera disfrutado muchísimo entre estas fascinantes criaturas.

 

 

¿Quién no ama a la niña de Stranger Things?

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Tiene 13 años, el aspecto de un ratón debidamente vestido de Luis Vuitton, los ojos de los que han visto demasiado demasiado pronto y esa rara expresión entre una mujer con derecho a pedir una cerveza en los bares y Julia, la hija recién nacida de mi amigo Pablo.  Y es extraño porque cada cierto tiempo (las cifras oscilan entre el lustro y la década), aparecen estas personas que generan en uno un sentimiento raro, quizás más extraño todavía: esa mezcla de ternura, de querer andar un día soleado de invierno por los jardines del Retiro mientras ella patina y de vez en cuando te mira buscando tu aprobación y uno pues nada, devuelve la mirada y sonríe de vuelta pero con ganas de llorar al ser tan afortunado por tenerla cerca.

Es ver su cabeza rapada, luego esos rizos imperfectamente perfectos, luego ese pelo de punk ochentero de la MTV (la vida pasa a la velocidad con las que vemos las series de Netflix)  que se te olvidan que vienen los Demogordon, los gritos del niño gordo(N) sin piños y más majo que las pesetas e incluso la inexistencia de Hawkins, ese pueblo de ficción, porque yo estoy construyendo otra casa donde esconder a Millie Bobby Brown (¿cómo es posible que alguien pueda tener un nombre tan acojonante?) de los malos, los mismos que le ofrecen 30000 dólares por aparición en “Stranger Things” y una casa en Atlanta, otra en Los Angeles, portadas, contratos, películas, Emmys, sagas, rímel en lugar de bicicletas y tacones para esas piernecitas de pollo por desarrollar en lugar de patines…

No sé, el mundo es raro para mí y Millie parece tenerlo todo bajo control (quizás) sin saber que aunque uno lo intente, no puede mover camiones con la ayuda de la mente y que cuando sangra por la nariz, duele.

Te quiero Millie, pero te quiero bien. Espero que los otros también lo hagan.

 

Vivir sin memoria: el extraño caso de Clive Wearing

No hay que imaginárselo. Clive Wearing existe, sigue respirando, es un hombre profundamente inteligente y cultivado que mantiene sus facultades mentales intactas  a pesar de ser el único caso en el mundo diagnosticado con amnesia retrógrada y anterógrada a los 47 años.

Ahora sí: haz el esfuerzo e imagínate que tu mundo es un momento sin pasado, sin ningún bagaje vital y sin futuro al que mirar. Eres capaz de reconocer lo que se encuentra delante de ti (Deborah, tu mujer desde hace décadas y a la que amas por encima de todo) pero tan pronto como su imagen es codificada por tu cerebro -sus ojos azules, su pelo rizado, su sonrisa- ésta se desvanece sin dejar rastro. Nada deja un impresión en ti porque nada se registra en tu cabeza. Tu mundo es el mismo que el de todos los demás (seres humanos con mayor o menor capacidad de conciencia) con sus perros, sus casas pintadas con gotelé, sus jardines públicos repletos de tulipanes amarillos… pero tan pronto como lo percibes y pestañeas, desaparece. Y no sueñas, ni piensas ni eres consciente de que sueñas o piensas.

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Si no has conseguido imaginártelo (es doloroso), es la misma sensación que tienes cuando te despiertas pero repetida de manera constante en tu cabeza cada dos o tres segundos a lo largo del día, de cada noche. Estás fresco, activo, descansado, es un momento maravilloso para ti porque formas parte de algo, tu vida se entrelaza con las de los demás y giras tu cabeza y estás fresco, activo, descansado, es un momento maravilloso para ti porque formas parte de algo, tu vida se incluye en la de los demás y giras tu cabeza y

Y ese es Clive pero, ¿quién eres tú? Y si constantemente te fuerzas a vivir el presente porque eso es lo que dicen las pintadas de las paredes de tu gimnasio y tu profesora de Yoga y de lunes a domingo eres capaz de montar en bicicleta o de escribir tu nombre en letra cursiva sobre el cheque, intenta no olvidar que no eres más que la intersección perfecta entre las lineas de lo que fuiste y lo que serás: un milagro, una consecuencia, una persona normal.

 

 

Nieve bendita

No hay nadie a quien no le guste la nieve. Es un hecho. Niños con gorros de lana, esquimales, osos pardos a punto de dormirse, palmeras, Pablo Escobar y Maradona…Todos se quedan detrás de la ventana con los ojos abiertos de par en par y siguen la trayectoria de los copos que se deslizan en trineo sobre corrientes de aire. En silencio. Porque si hay algo que acompaña al paisaje que se va cubriendo de blanco, al coche rojo transformándose en iglú, al río con aspecto de culebra helada y que cruje ligeramente bajo la cuchilla de unos viejos patines, es que el ruido se detiene, el ritmo de la vida desciende al tiempo que el mundo gira en un silencio etéreo, esperado, inmaculado, logrando que los golpes duelan menos, que eso que se ve ahí fuera sea más comprensible, menos raro.

Papá, ¿qué es la nieve?

Y el padre no sabe qué contestar y señala hacia el cielo porque de ahí tiene que venir y hasta aquí abajo llega por culpa de la fuerza de gravedad, posándose en su lugar exacto, en una boca abierta, en una palma extendida, en tu nariz, en el pelo de Teresa, en el tejado de la casa de campo.

Nieve, luna, flores, estrellas de hielo.

Y alguien aprieta el gatillo pero el disparo no se oye. Y mientras tanto la nieve cae sobre la nieve, la sal sobre el camino y la herida. Y estamos en paz a no ser que lleves atrapado 15 horas en la carretera de la Coruña.

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Para mi madre.