El gimnasio: el lugar más poblado de mi ciudad

Es un hecho: la calle está vacía y sin embargo llegas al gimnasio, lugar de peregrinación  hasta no hace demasiado tiempo de trozos de carne hormonada y solitaria que desayunaban, comían y cenaban pechuga de pollo a la brasa, para convertirse en el epicentro de la vida social de la ciudad, porque ahora la vida, tal y como la conocíamos, no es tal, sino que ha mutado hacia la bida con b de bio. Y siguen entrando hordas y hordas de gente, novios enamorados de la serotonina deportiva y familias al completo que han substituido el fin de semana en el campo y la misa de los domingos por sesiones de zumba para la madre, pesas para el padre y piscina o Go Fit Kids para los más pequeños de la casa (sí, los niños también mutaron y ahora nos referimos a ellos en inglés, que es más universal).

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Es tan brusco el cambio hacía la vida nómada y sana, de eslogan de superación, siempre acompañada del último grito en modelitos del color de las luces de neón y zapatillas que incorporan más tecnología que en un Boeing 787-9, que incluso todas las actividades limitadas al ámbito de nuestra intimidad se desarrollan bajo este techo con total impunidad: lectura de libro y Hola sobre bicicleta estática, reunión de compañeros de kundalini yoga en la barra de la cafetería en torno a un zumo detox recién exprimido de apio, semillas de lino y jengibre, foto frente al espejo que devuelve una imagen distorsionada, gente flácida que espera su turno con el dietista apostado en mitad del hall y desesperado por la cantidad de trabajo…

Pero lo peor no es eso, sino tener que soportar las miradas de de desaprobación de tíos y tías buenísimos que sudan mucho (levantan ruedas de camión y ascienden por cuerdas como el que se cierra la bragueta) al escucharte decir que lo que más te apetece ahora, después de tus veinte minutos de carrera sobre la cinta y delante de la televisión, es un bocadillo de fuet y una cerveza.

Y uno se pregunta, ¿todo esto es necesario para follar más o solo son señales de un nuevo fin del mundo?

 

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El padre y el cosmos

Mi padre, tu padre, nuestro padre…Así comienzan muchas frases empleadas por los amigos para explicar alguna cuestión compleja, los mismos que, a pesar del paso del tiempo, continúan disfrutando de la jubilación de sus progenitores al tiempo que ellos alcanzan un cierto grado de florecimiento profesional y a veces personal. Pero, si no sabemos quienes somos, ¿cómo podemos saber quién es en realidad un padre?

Por supuesto la respuesta dependerá  del receptor pero a diferencia de las madres que son universales, sólidas, inmutables e intercambiables, generadoras de vida, amor y de todas aquellas sensaciones próximas a unos brazos cálidos que te recogen cuando te haces daño en las rodillas, los padres se caracterizan por representar una figura que muta a medida que los hijos crecen.

Y es que con nuestros primeros pasos tendemos a pisar la hierba de la jungla hasta que oímos esa voz grave, de cuerda vocal ancha y larga, autoritaria, casi sexual, exhortándonos que ya es hora de volver a casa. Y después vienen los granos, el pelo largo y los Maiden y ellos son el centro de nuestros dardos envenenados pero esta vez con unas cuantas copas en el cuerpo y recién salidos de la disco-light. Y después vienen nuestros músculos y nuestro futuro y nuestro yo, mi, me, conmigo coincidiendo con su sometimiento a la fuerza de la gravedad, a las canas como ríos de plata, al paso de los años y a la aceptación de que la carne se pudre, momento en que pierden su autoridad paternal para ser más cercanos, en ocasiones más amigos y casi siempre más tiernos, ancianos que rehusan a hablar mucho por teléfono porque mejor nos pasan a mamá.

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En mi caso, mi padre y yo nos comunicamos de otra manera: yo grito y mi voz asciende hasta las copas de los árboles, abandona la atmósfera, atraviesa los agujeros negros, franquea la puerta de Tannhäuser, salta la valla de los confines de un universo en permanente expansión y le pido que venga a vernos, que para encontrarme solo tiene que seguir el latido de los corazones solitarios en el cosmos. Y lo hace.

 

 

El niño muerto

El niño muerto, un niño muerto, tres niños muertos, medio niño muerto…Da igual, no hay manera de encontrarle un sentido a esas dos palabras que juntas, parecen adquirir un significado que va más allá de la comprensión humana. Y le das vueltas y miras debajo de la cama por si tal vez estuviera por ahí escondido, porque muchas noches antes de dormir te pedía que dejaras la luz encendida o que les contaras la historia de la cigarra y la hormiga, de Pulgarcito, de Juan Sinmiedo, historias, todas ellas, escritas por gente alta, seria, flaca, que observa su mundo desde arriba y que los necesita a ellos porque solo ellos, esos pequeños, son en realidad el comienzo de todo, de la vida, de nuestra vida, lo que viene antes de hacerse mayor.

Y sales al bosque y sigues el rastro de las  huellas dejadas por un 32  de pie sobre el camino de baldosas amarillas y asciendes la montaña, rodeada por un río que serpentea por detrás de las casas que no son de chocolate y regaliz sino de hormigón gris, necesitado de una mano de pintura blanca, pero no mamá, blanca no, mejor roja y después levantas la vista y miras fijamente ese río que continúa más allá de la noche hasta desembocar en un mar repleto de peces de colores, como los de sus sábanas preferidas.

Intentando encontrar una razón a todo esto nos hacemos daño; el padre de mirada vacía, la madre coraje, la bruja, los que asisten a este cuento patrio macabro y que creen sentir en ellos cada punzada en la tripa con la forma de unas manos alrededor de la carne que deja de respirar, que huele, que se entierra en un descampado y posteriormente se esconde en un maletero hasta que la recuperan los hombres de verde.

Y no, ninguno somos Gabriel, aunque haya un poco de él en nosotros, ni podamos sentir  realmente lo que es perder a un hijo porque hacerlo significaría renunciar a creer en los demás porque, ¿quién puede matar a un mocoso que sonríe en cada foto?

Haremos como siempre, intentar olvidarlo, sin darnos cuenta de que el verdadero dolor es el que se sufre sin testigos, el que está detrás de cada cosa hermosa.

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Yo fui BuzzLight Year en el 2006

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Este soy yo en el 2006 (véase la fecha en el margen inferior derecho). Sí, sí, el mismo que sonríe mostrando una fila perfecta de dientes, apuntando con el dedo índice de la mano derecha, soportando comentarios del tipo “Hasta el infinito y más allá” durante todo el día e intentando encajar en un fajín parecido al de Madonna en sus mejores tiempos.

Y es que no hay nada cool en el hecho de estar en el interior de un personaje de dibujos animados, que existe en el imaginario colectivo de tanta gente, que ha proporcionado tantos buenos momentos a seres pequeños y grandes, a banqueros y limpiadores de suelos, incluso hasta a mi mismo porque ahí, en esa misma foto, hay un chaval que suda a chorros, que maldice su vida, que se pregunta qué cojones hace detrás de esa máscara si él en realidad estaba destinado a triunfar en la música, a vender cientos de miles de libros, a ser el centro de la diana, el póker de ases, el último gran héroe español…

Pero el caso es que la realidad se impuso y no tuve más remedio que plegarme ante ella y pasar todo el jodido verano de ese año, y el anterior y el posterior, dando vida a un traje que pesaba un 33% de lo que desaloja un varón, blanco, heterosexual (no a partir de las 4 de un viernes noche) y de Segovia, haciéndome fotos con Rafael Nadal que lucía con cara de mallorquín brillantes copas de Roland Garros y desmitificando el mundo de los disfraces de Disney, algo que es, a todas luces imposible, un poco como decir en un bar repleto de españoles que hablas japonés, porque, ¿quién coño puede comprobarlo?

Al final no solo eres un farsante sino que terminas admitiendo, con el paso de los años (y ya van 12), que ese fue el momento cumbre de tu carrera como artista. Hasta el finito y un poco menos…

 

¿Y si el sexismo fuera el peor de todos nuestros males? Florezcamos

Las encuestas (instrumentos simplificadores que han demostrado ser poco fiables) quieren poner de manifiesto que lo que preocupa a los ciudadanos son la situación en Cataluña, la corrupción, los políticos, (dejando deliberadamente fuera el trabajo por razones evidentes) y la falta de acuerdos.

Pero paremos un segundo, respiremos, miremos al cielo que anuncia tormenta, ¿ y si fuéramos más lejos y cuestionáramos todos los comportamientos adquiridos y validados sin filtro en nuestra inmersión social, eso que simplemente, porque lo vimos desde pequeños, fue considerado la norma?

Da igual de donde procedas. Si naciste en una familia modesta probablemente fuiste testigo de cómo tu hermano mayor rivalizaba con las mujeres, las que en ocasiones alternaban diversos trabajos para llegar a fin de mes, con el objetivo de reafirmarse en su función de “tranquilas, yo os protejo porque papá no está”. Si por el contrario creciste en el seno de una familia acomodada, los hermanos no sienten esa necesidad de imponerse porque saben que, muy probablemente, materializarán su visión en la empresa familiar o ejercerán posiciones de responsabilidad y mando.

Da igual si eres mujer u hombre, pero muchas noches vuelves a casa y presencias como jovencitos increpan a jovencitas con el maquillaje corrido que caminan solas porque no encontraron un taxi, o si eres viejo y hombre y seleccionas a tus empleados en función del género porque ya se sabe que hay ciertas predisposiciones naturales arcaicas a ejercer ciertos puestos, y si eres mujer y joven y debes demostrar al mundo que tener hijos no es lo que define necesariamente tu vida y que si eres hombre o varón, o chica o mujer, o te sientes hombre a los 12 y jovenzuela a los 70 y al abrir los ojos compruebas que todo lo que te afecta de manera directa en tu día a día, lo más cercano, lo que cargas en tu interior, lleva implícito una lucha silenciosa determinada por el sexo, el mismo que es pequeño y cerrado en ellas y duro y amenazador en ellos.

¿Y si las mujeres hacen huelga no será porque hay algo en el ambiente que no termina de germinar?

No cuestiones la realidad porque no la veas. Piensa, razona, somete cada una de tus creencias a un profundo escrutinio, entiérralas, florece y cambia las cosas.

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Elige tu propia aventura: el naugragio del Nil en Arou

7 de la tarde. 1927. Arou (Camelle, A Coruña). Niebla gruesa como las barbas de Judas. Las cadenas del timón del barco mercante Nil fallan y toda la tripulación, incluida el capitán, que se niega a abandonar la nave agarrándose con sus dos brazos repletos de tatuajes a la hélice del motor semi hundido, debe tirarse al agua y encontrar refugio en la fría arena de la playa. Y se niega porque:

  1. En las tripas de la embarcación hay 20 coches, maquinaria, telas, botellas de Champagne para dos entierros y cuatro bodas y una carga extraordinaria de leche condensada.
  2. En los camarotes destinados al cargamento de gallinas y cerdos llevan a 250 musculosos afroamericanos listos para ser vendidos en el mercado negro.
  3. Transportan 1500 toneladas de hachís apaleado.

Ahora que el lector ha elegido la opción más verosímil, continuamos con la historia.

Se corre la voz, en gallego, y a las pocas horas, una población de la que el gobierno de Miguel Primo de Rivera no tenía conocimiento, se reúne sobre la arena de la playa, que sigue fría, y decide qué pueden hacer con el contenido, sacando las siguientes conclusiones:

  1. Recuperamos todo menos los coches y lo dejamos ordenadito en tierra para evitar cuantiosas pérdidas a sus propietarios.
  2. Devolvemos las telas, los afroamericanos, el hachís y la leche condensada y nos bebemos el contenido de las botellas, ricas en burbujas y mejor que el albariño local.
  3. Pasamos de todo lo anterior y nos llevamos a casa los barriles con la leche condensada.

En este punto, el lector, que es sabio, sabrá cuál es la opción más plausible y estará ansioso por conocer el desenlace de la historia.

Por supuesto, lo que ocurrió en realidad no tiene nada que ver con lo relatado más arriba y sin embargo, Antxón, su prima Branca y su novio Camilo, que querían estudiar Bellas Artes en Vigo, decidieron pintar las puertas y los marcos de las ventanas de sus casas con el contenido de los barriles de lo que parecía pintura de la mejor calidad. Que non se rían os señoritos coruñeses.

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Para Chus.

 

2 semanas, tres años, innumerables futuros

En principio M. hizo las maletas para dos semanas. Atravesó Europa por los polos en un avión, aterrizó en Madrid, pidió un café cortado con acento italiano en la cafetería del aeropuerto y después pasó esos 14 días como deberíamos hacer siempre todos con el uso y disfrute del tiempo, con el presente: vivió sin esperar nada a cambio.

Porque es así como suceden las cosas que nos definen, las mismas que no tienen forma  porque no existen y al mismo tiempo van, poco a poco, construyendo una realidad que se compone de dos cosas: pérdidas y giros inesperados que al materializarse parecen no significar nada para nadie (ni para nosotros mismos) pero que dejan rastros invisibles y laberínticos.

El caso es que M., que nunca pensó quedarse en Madrid más de 15 días, lo establecido por la fecha de vuelta al origen, decidió hacerlo sin valorar realmente lo que significaba esa decisión. Y es que ya se sabe que mudarse a otro país es una manera de nacer de nuevo, de pasar por una segunda niñez, de aprender a hablar el idioma de otra madre y de intentar entender por qué los españoles tiran las servilletas a los pies de la barra y cantan todos los estribillos con un oeoéoeoé.

Esta noche, sentada en el frío suelo de la cocina, con la lluvia martilleando indefinidamente la ventana y el horno a 235 grados en el que 12 galletas con tropezones de chocolate van inflándose, se ha dado cuenta de que ni siquiera es consciente de que hayan pasado 3 años y es precisamente por eso, porque siempre ocurre aquello para lo que no estábamos preparados y terminamos haciendo justo lo contrario de lo que dicta nuestro propio destino, el único que la VIDA nunca tiene en cuenta porque solo existe en nuestra cabeza.

Lo curioso es que visto desde arriba y de entre todas las infinitas posibilidades de ser, de estar en cualquier sitio, de haber cientos de versiones de nosotros mismos en todas partes a la vez o en ninguna en particular, M. eligió una que se cruzaba en un punto con la mía, creando un presente que se bifurca hacia innumerables futuros, hacia incontables presentes.

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