Lo miro por todos los ángulos, principalmente de perfil e inclino ligeramente la cabeza formando uno obtuso y (en este caso en concreto) obsceno, ya que al mismo tiempo mi pilila vibra al observar a una señorita que responde al nombre de Jen Selter encaramada a una pared con un culo galáctico… por lo extraño que resulta de admirar. No. No entiendo qué ocurre dentro de esas mallas fluorescentes y ese bikini y supongo que los 9 millones de seguidores —entre los que también se colará alguna mujer— tampoco tienen ni idea, pero es así: los culos, los coños, las tetas y las pollas, en definitiva el sexo, es lo que más nos gusta.
A ver, ¿qué es lo que realmente hace esta señorita para que despierte ese nivel de atención mundial? Deben de ser sus sesiones de calentamiento (deportivo se entiende) a base %%·push ups##, ##¡¡air squats!!% y ¡¡¡¡kick backs!!!! o sus recomendaciones nutricionales a base de batidos de claras de huevo y huevos sin yema… o quizás, ¿serán esas fotos frente a una puesta de sol, con el mundo «olor a pino» bajo sus pies o estirando en mitad del bosque o en medio de esa gran urbe limpia de partículas nocivas o remojándose los tobillos en la piscina con su mejor amiga Kelly con la que comparte muchos intereses además de unos cuartos traseros potentes que nos sugieren cosas que en realidad no son? Porque esta chica tan sana y musculada está en realidad dando a conocer un modo de vida basado en sudar y no comer helados, y por eso tantos millones le siguen a través de esas fotos iluminadas en plan Soft Core, casi impresionistas, que pasan muy bien, como las uvas deshuesadas.
Me gustan sobre todo los primeros planos frente al mar, retirando su pelo de esos esbeltos hombros, como diciéndote de manera velada que solo fallas cuando dejas de intentarlo, que si sigues sus planes de entrenamiento podrás parecerte a ella, que todo es posible, que si quieres cambiar está en tu mano, que los ganadores nunca se rinden, que respires hondo y sigas… pero claro, ninguno de nosotros tiene sus abdominales y todos ansiamos ese culo, en nuestro trasero o entre nuestras manos, ni tenemos el tiempo y mucho menos la inteligencia para montar un imperio fundado en dos nalgas robustas, recias, extraterrestres y con la forma del Monte Fuji. No, no lo entiendo pero la sigo. Por si acaso me llega, así, sin avisar, la inspiración, esa que pillaba siempre a Pablo con un pincel en la mano, antes de que dejara de respirar, antes de que el mundo se ahogara bajo el peso de su propia estupidez.

Joder, vaya culazo.