Hay gente buena en los colegios mayores. Mucha. Yo la conocí. También traté de lejos a los que humillaban por habitaciones, chicos listos, pijos con tendencia a confundir machismo y tradición, que lo pasaban bien hiciéndoselo pasar peor a los del primer año. A estos últimos les vi de noche y desnudos por el parque del Oeste, embadurnados en harina, con la cara pintada de pollas y proclamas, prueba a superar si querían integrarse. Mi amigo Diego se negó. Era y sigue siendo fuerte, alto, rotundo. Poco duró su resistencia, unas pocas semanas de estar muy solo. Tras la humillación, acabó entablando amistades, un poco como en el amor y los secuestros. Mi amigo Diego es buena gente.
Lo sucedido en el Elías Ahuja debería de servir para ver a los jóvenes en su dimensión real, todo menos un ejemplo, ni siquiera de juventud. Asomados a esas ventanas había instigadores y futuros ministros. Mientras, una gran mayoría gritaba «¡putas!» por miedo a las consecuencias de no hacerlo. Desobeceder tiene premio y una contrapartida duradera. Sí, serás fiel a ti mismo si te callas, en cambio tu realidad podrá resquebrajarse. Porque de joven el mundo puede reducirse a los muros de un colegio mayor.
Da miedo escuchar proclamas que hacen gracia a muchos. «Son jóvenes, no hacen daño a nadie», comentan algunas estudiantes que viven en el colegio de enfrente. Han normalizado tanto esta violencia que pasa por una travesura, incluso entre mujeres. Sucede siempre: «el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona… y normalmente se calla». Hace tiempo que los viejos vienen confundiendo tradiciones con guías de comportamiento. La juventud lo corrobora. Es triste.


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