«No me da la vida», el mantra de padres, madres y viejos a la carrera. Los alumnos lo pronuncian entre exámenes y series, entre cebos y medias canciones. Porque, reconozcámoslo, todo el mundo está ocupadísimo. Imposible encontrar una grieta en este sistema tan perfecto, tan fieramente humano. Aquí el tiempo ha dejado de volar para convertirse en un flujo de días, meses y años en el que nadie tiene tiempo para nada. Eso sí, todos comentan por teléfono lo ocupados que están, como si la ocupación extrema fuese una medalla, la demostración pública de que lo han logrado. Pero ¿el qué? Ni puta idea.
No llegamos. Nadie llega porque el desgaste reboza todos los ámbitos de la vida. Sexo rápido y hasta mañana, una ensalada de pie frente al ordenador, otro avión. Se trata de producir con vistas a algo nunca abocetado. Tiene que ser la hostia porque millones han hecho suya esta forma de estar en el mundo, sinónimo de darse prisa. ¿Profundizar? Imposible. ¿Paciencia? ¿Eh? Dadnos estímulos, ¡más luz! Tacha el blanco del calendario, Ramón. Respirar, sinónimo de rellenar el espacio y el tiempo… sin nosotros.
Atrapados fuera del mundo, así pasamos. Todo vale para ocultar nuestras aspiraciones, aquel anhelo de vivir en Anchorage, de ser libres por dentro. Si no somos nuestros, si no recuperamos lo que realmente somos, entonces solo queda la piel pegada a los huesos y un cúmulo de emociones transgénicas. Todavía sentimos, cierto, aunque lo hacemos para consolarnos. «Voy a tope». ¿Hacia dónde? De tanto apelar al sentido común perdimos el sentido propio. A la mierda la gestión del tiempo. Pasad del coaching y el personal trainer. Parad. Abrid los ojos sin haceros daño. El mundo seguirá girando.

Ilustración: Simon Bailly