Pide que el camino sea largo

Precisamente ahora, con la velocidad del afán diario, lejos del ritmo de las plantas, ha llegado el momento de pedir que el camino sea largo. Sea el que sea. Nada de nacer, perder un diente y besar al santo muerto. Más bien todo lo contrario. Acumular paciencia frente a éxito, alumbrar la noche con farolillos de papel, mirar el campo sabiendo que lo previsto casi nunca llega. Entonces el verde de la cebada domina el primer plano, el amarillo da sombra y, al fondo, más allá del horizonte, un cielo del color que quieras. La calma tiene esas cosas, convierte el futuro en muchos nombres.

Por supuesto, nada de lo anterior sería posible sin haberlo comprobado en las arrugas de los amigos, viejos. Error, verano, error de nuevo, cuatro estaciones que son una muy larga. Lo inevitable manda, de ahí que conquistar el mundo se parezca más a tomar la fortaleza de uno mismo… a poder ser sin cocodrilos en el foso. Sí, todos esperamos algo, claro, sin embargo, conseguirlo antes que nadie o a deshoras conlleva ciertas dosis de decepción, algo parecido a entonar el cumpleaños feliz en un entierro.

De ahí la necesidad de ir despacio o muy despacio, incluso frenar cuando el resto aprieta a fondo. En esa intersección es fácil comprobar que el movimiento poco tiene que ver con el progreso, que correr deprisa sirve para cansarse y perder el agua que cargan nuestras manos. Estar en el momento y lugar adecuados imita el ir tirando, ver envejecer el mundo ahí a lo lejos, perseverar en la espera y agradecer sin retroceder ni adelantar. Que sea largo. Así verás flores llover y nunca será tarde. Nunca.

Ilustración: Guy Billout

Un poco tardías estas nieves

Ha nevado al otro lado del túnel, flojo, sin despertar a los lobos de un sueño sin hombres. Porque la nieve trae silencio, ruido blanco, desentierra las palabras que cuajan en un corcho de pisadas, de inviernos de primavera y polen. A estas alturas, 657 sobre el nivel del mar, nadie la esperaba, quizás algún paisano de piel de cauce seco y la fábrica Bezoya, empeñada en convertir manantiales en botellas de plástico, milagro de copos, migajas y algún pez. Ese es el problema del agua en su versión menos líquida, que mientras unos maldicen la falta otros hacen cuentas. El resto añora el retraso del verano. Cae su nieve, nos desharemos todos.

Hace tiempo que dejamos de mirar al cielo. La tierra ocupa los párpados de los viejos y nieva para dentro en cada niño. De ahí que la noche descorra las cortinas desvelando un paisaje que es otro, quizás mejor porque resuena en su blanca perfección. Luego está el frío que nos cose al fuego de las palmas, a la piel del que llena la cama de ausencia. Resulta que la nieve es un incendio bajo el sol a contraluz y por eso arrastra nubes con olor a leña, cálidos roces, un secreto bajo capas de dermis y agua en el estado que se le niega a los humanos.

Nieva al otro lado de la acera, pero el 28 de mi calle se despereza con los ruidos de siempre: el ascensor, una que tose y los regueros de los paraguas rotos. Las hojas dejaron de caer y la mujer del tiempo pregunta si la borrasca vino para taparnos con su colcha y su candelabro al carboncillo o para quedarse. Ya sabemos la respuesta, pero podemos seguir creyendo que el mundo es un globo en el espacio, ahora blanco, frígido, un fantasma. Y además es nuestro.

Ilustración: Guy Billout

Hoy hace dos años

Hoy hace dos años. Poco más que añadir, o mucho. Desde entonces, las noches cuentan insomnios, las tardes ratos sin desvelo. Porque en la prehistoria, es decir, en 2020, los 14 de marzo servían para celebrar el final del primer quinto del año o Santa Matilda. Aquello quedó desplazado por la realidad en su peor versión, y en ella estamos, reconstruyéndonos. No es poca cosa cuando se enumera por encima: una pandemia mundial, otra guerra civil con atisbos de nuclear y esa sensación de que pase lo que pase nunca se pasará. Los niños, en cambio, siguen atrapando copos de nieve con la boca. Hay esperanza. Y en ella hay vida.

Hoy hace dos años. Repito. En esos tiempos de los de antes las pesadillas aguaban el café de la mañana. Ahora nos ponen de buen humor. Extraña forma de ir tirando. Pero ya se sabe que cualquier subterfugio vale en estos casos. Es más, tanta es la ficción acorralándonos que se venden menos entradas para conciertos, obras y películas. También menos pisos. Razón: portería. Al ir a preguntar me encuentro con una anciana en el vestíbulo. «Buen día, joven». Debo serlo si lo dice sonriendo tras la mascarilla.

Hoy hace dos años que lo invisible nos da un ala. Aspirar a dos implica beber o tocar con los amigos. Si uno lo piensa con resaca, esta mierda ha sacado lo peor de nosotros sin arrancarnos la bondad del todo. Hablar con madre, volver a casa sabiendo que casa es cualquier parte, saber que los aniversarios sirven para perder la noción del tiempo… Ha cundido por defecto. Seguimos subiendo la cuesta para ver el abismo iluminado. No hay otra.

Ilustración: Guy Billout

Sólo vivimos 26.000 días

Cinco guarismos. Nuestra existencia y sus raíces sometidas a la aritmética. De media tardamos 26.000 días en salir, subestimar al mono y apagarnos. Al aplicar el día como medida de pasatiempo conseguimos reducir el intermedio a un puñado de satélites y sorbos, de ganas y deseos. No sucede lo mismo con los años, quizás por abarcar más en nuestro intento de alargarlos. En cuanto a las semanas, bien, gracias. Pocos cuentan en ellas; tampoco en estaciones. Quizás la gente de campo, esos de país y biografía. Si recuperamos la medida de los días, variable del afán y sus desgracias, somos conscientes de lo poco que vivimos, de lo mucho a lo que aspiramos de lunes a domingo. Más el viernes en un baile. Estuvimos en ellos; y ellos siempre en nosotros siendo otros.

No quiero descontarme ni añadir si el resultado da una vida. Una vez vi deshacerse el mundo o hacerse en contra. En un espejo y un plato sopero. Lo más extraño resulta comprobar que empleamos menos de 26.000 días en llegar a 26.000. Nos basta con unas horas. Sin embargo, queremos extenderlas, díashorassemanasaños, volver a ser habiendo sido en un tiempo de arrastre. Extraña forma de avanzar restando. Porque el que arde deja una estela de carne, y del calendario se alimentan los gusanos.

25.521, 25.522… Todos podemos hacerlo aún siendo de letras. Porque en ellas encontramos un abrazo largo. Cierto que la calculadora nunca miente y uno destaca por su inexactitud, pero el cuchillo en toda cifra revela lo peor de todo ser humano y toda máquina. Daría igual empezar por el final, veintiséis mil, ir bajando en unidades hasta alcanzar la sombra del cero. Resulta que el antes de la vida nada tiene que ver con la muerte. Equivocarme, a eso aspiro; por el amor a las palabras y el lenguaje, por el desprecio de limitar lo vivido a una cuenta que además no sale. Nunca.

Ilustración: Hiroshi Nagai

La repetición

Son días de los de antes, de mañana al carboncillo, con su intermedio para el hambre y el regreso a casa. Hay algo en la repetición que reconforta. También fatiga por defecto. Será porque insistir deja espacio para lo vivido, permite dar aliento al aire del presente. No lo sé. Sí sé, en cambio, que entre lo reconocible cuesta intuir, intuirse, mirar de cerca lo que tantas veces vimos, palpar la carne de los pómulos y esa certidumbre de la piel nueva siendo arruga. Por eso andamos, para no dejarnos atrás. Los que corren desplazan esqueletos hasta un hueco bajo la hierba púrpura. Interesa, el verbo no es casual, el dios de las pequeñas cosas, con minúscula, de paso lento y silencio de azucena y halógeno.

Son meses de los de antes, con el ruido visible del avión y un chorro de luz sobre la frente. Los mismos de siempre, pero otros, distinta fecha que también emplea dígitos. La aritmética, ese invento de los árboles, trae el recuerdo de la muerte de padre y resta días al embarazo de Macarena. Hacen mella y, sin embargo, al suceder volvemos al tiovivo de las estaciones. Otoño, otoño, otoño y otoño. En ellas y dentro de ellas, lo nuevo está por nacer y deshacerse, lo usado se resiste a la basura.

No es un año de los de antes porque de serlo habría venido de cabeza. Llegó eterno y se irá brisa, pasando por encima de muchos, nosotros, esos cada vez más nada a medida que crecemos y nos crecen. Así pasa, luego pasan, los años, ellos, alejándonos del mundo, fabricando una galaxia que lo abarca todo porque el olvido viaja en la memoria. Fuimos los días en los meses y los años. La repetición corrobora lo contrario.

Ilustración: Guy Bilout

Nómadas del tiempo

Desde hace algo más de un año, variable amorfa por su incapacidad para no contentar a nadie, el tiempo gira en paralelo a la tierra, es decir, avanza sin frenos. Así y por mucho que frenemos o viajemos del pasado al futuro —aguantar en el presente es una heroicidad— resulta imposible librarse de ese impulso. Resulta más evidente aún con el paso de las estaciones. Primero fue la primavera de interiores del 2020, después un verano desértico por la falta de turistas. Más tarde el invierno llamó a la puerta de casa —vino en Glovo— para, con el nuevo año, dar el relevo a una primavera que, siendo bienvenida de cara a renovar el vestuario, tampoco convence por la mascarilla. Será cálida y brillante, pero nada trompetera.

Si uno se coge la bicicleta y sale del perímetro de la ciudad, recupera algunas sensaciones. Hay conejos y zorros cerca de los arcenes, los almendros pintan de blanco el paisaje y los ríos vienen cargados. Será la pena y el desconsuelo que sólo se ahogan en la calle Ponzano o la taza del váter… El caso es que vida sigue habiendo ahí fuera, al menos la nómada, una manera de pasar manteniendo cierto apego por la nieve acumulada en los caminos y los agostos de soles como las cerezas.

Los que lo quieran comprobar y no tengan el carnet siempre pueden recurrir a «Nomadland«, la última película de Frances McDormand. En ella, una mujer de mirada en otra parte y envuelta en precariedad recorre su país en una furgoneta-casa. Conduce sin rumbo, guiada por una sensación de pérdida que le lleva a conocer a otras personas con las que comparte desconcierto, desarraigos y la sensación ineludible de que los viejos tiempos, descontados en señales de tráfico, fogatas o litros de gasolina, fueron mejores. Sin embargo, no fueron 2 de abril de 2021, el nuestro hasta mañana.

Ilustración: Saul Steinberg

¿Cómo termina lo que no empieza?

Este año —por llamarlo de alguna manera— todos nos hemos enfrentado al problema del tiempo y su paso. De pronto, una dimensión borrosa parecida al viento no se conforma con hacer desfilar grupos de días grises encajados en sus consiguientes estaciones, sino que, al intentar forzar su flujo —siempre alentados por el advenimiento de una vacuna que tampoco parece que vaya a solucionar nuestro futuro a corto plazo— termina achatada por los polos. Vamos, un desastre. De ahí que pensar en 2019 implique adentrarse en la prehistoria, e ir más allá de las Navidades de 2020 adquiere tintes de triple mortal de necesidad. Y menos mal que este año lo íbamos a petar…

Los mayores de treinta habrán comenzado a percatarse de que, desde hace relativamente poco, las horas cunden menos. Unos porque están desbordados por el estrés y las deudas, otros porque la exploración del mundo les lleva a querer abarcar otras galaxias, tal vez dejar un legado antes de palmarla. Y así el metabolismo se ajusta a una frecuencia cardíaca más baja, a la caída del pelo de la coronilla y a una capacidad pulmonar muy lejos de la gaita de Carlos Núñez. De los menores de veinte no hablo porque tienen la culpa de todo lo malo.

El problema, y también la excepción, radica en que, habitualmente y por culpa de la segregación de tsunamis de dopamina, las circunstancias inusuales y traumáticas que nos rodean a cada segundo han dejado de «fabricar» ese famoso efecto de cámara lenta. Al contrario. De esta forma, la escala logarítmica asociada al discurrir de nuestra vida se ha ido al traste, y todos —con esto me refiero a 7.000 millones de personas— hemos acabado dándonos cuenta de que se está terminando lo que nunca llegó a empezar. Rarísimo.

Ilustración: Prince Hat, aka Patrik Svensson

¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

El silencio: ese momento que fuimos postergando

Siempre y por estas fechas, oscuras para unos e iluminadas con trineos tirados por ciervos para otros, nos acordamos de los que ya no están, pensamos en aquellos a los que vemos más bien poco (porque la vida es un poco eso), realizamos promesas que la mayor parte del tiempo no cumplimos pero que de alguna manera nos redimen de esa angustia vital… y así año tras año.

Porque si uno lo piensa fríamente, ¿de verdad nos importa la gente a la que vemos una vez cada lustro o a la que enviamos un mensaje para felicitarles el año?

Las respuestas son múltiples, tantas como las circunstancias que nos rodean, y sin embargo estoy seguro de que todos nosotros albergamos esa duda (¿o es esperanza?), la misma que imposibilita que no veamos con regularidad a nuestros amigos de siempre (cuatro o cinco nada más —siendo esto mucho—), que llamemos a nuestras hermanas o a madre para preguntarles si están bien aunque ya sepamos las respuesta porque el no hacerlo implicaría que la próxima vez podría haber una silla vacía, un cubierto menos, un mensaje no leído, un silencio.

Incluso el tamaño del silencio que rodea a las personas es distinto: unas representan una simple pausa, unas cervezas, un orgasmo, a lo sumo unas vacaciones, otras un punto y aparte, una relación sentimental, un receso, un plan de vida y otras, las menos, conllevan un vacío que da miedo.

Quizás es a eso a lo que tememos, a ese momento que fuimos postergando y que acabó convertido en una mano invisible que tapa nuestras bocas, la afasia de la ausencia, la vida guardada en la memoria de aquellos que más nos quieren, el espíritu de la navidad los 365 días de un año que nunca acaba…