Tinder es un escaparate de gente sola. Perdón, de gente solitaria rodeada de más gente o al menos con un fotógrafo a mano. Todo lo demás son copas de vino con dos hielos, el sol entre los índices y los pulgares formando un corazón, campos de lavanda (tiene que ser siempre el mismo), espejos más o menos limpios, tortícolis y un halo de tristeza que se rompe cuando no tenemos wifi. Tiene que haber amor, pero no sale en pantalla. Pero lo más importante, lo que vincula a este lugar con la vida en su manifestación más fieramente humana es la tercera foto. Una, dos y se jodió la magia.
En la primera foto no nos reconocen ni nuestras hermanas; en la segunda dejamos de sentir presión, debemos pensar que si alguien nos va a querer bien se fijará en el interior o en la descripción que acompaña el perfil de cada usuario. Ahí la altura es importante. Todo va como la seda. Esa persona que buscábamos tiene cara, un cuerpo majo, escala y escruta un horizonte con espacio para dos. Deslizamos hacia la derecha, otra vez, y la tercera foto es la cola de un salmón abofeteándonos con rabia. Estuvimos tan cerca…
Sucede lo mismo en una relación de carne y gastos. La pareja se encuentra por primera vez, el ruido se apaga alrededor. Comienza el movimiento, la euforia, todo huele bien. Los enamorados quieren saberlo todo el uno del otro, incluso lo que comen. Después follan encima de la mesa. Pasa el tiempo. Mañanas sin peinar ni maquillarse, la puerta del baño está abierta, los grandes defectos arrinconan las pequeñas virtudes. ¡Zas!, la tercera foto. El amor existe, si es Amor Amor nunca se muere. Las desilusiones, a veces, nos hacen más fuertes, también nos dejan solos. Si quieres amar en Tinder comienza por la tercera foto. El desencanto conduce siempre a la verdad. Y vuelas.

Ilustración: Rutu Modan