Sobre las hermanas

Los hermanos mayores son criaturas inmortales, ocupan la silla de padre o madre cuando padre y madre ya se han ido… pero sin llegar a padres. De ellos siempre quedan recuerdos, una fotografía en el aparador, su risa fuerte. Los hermanos mayores representan aquello inalcanzable del primero de la casa. Se trata de un truco de la biología, la mejor manera de entender la paciencia para los que se hacen pis frente a la puerta del baño. En cambio, las hermanas, todas ellas, tejen lazos, raíces, protegen la identidad de algo tan frágil como la familia. Lo siento mucho por los hijos únicos. Tuvisteis una habitación para vosotros solos, a padre, madre y la ciudad al fondo, y os negaron la oportunidad de los hermanos.

Durante la infancia no me porté bien con mis hermanas. Representaban una amenaza, la confirmación de que hay gente mejor que uno desde que uno grita por primera vez. Ellas ni siquiera pretendían destacar, cuidaban de su jardín de infancia y el jardín se convertía en el centro de la juerga. Baños con espuma, bailes, ese vínculo entre dos hermanas pequeñas frente a un hermano mayor lleno de miedo. Yo contra ellas. Y ellas, en cambio, nunca en mi contra o contra el mundo; ningún reproche al hermano imbécil, al mayor tan poca cosa. De ellas aprendí que el amor ni se crea, ni se destruye ni se transforma. El amor es una hermana o dos pequeñas.

Ningún hermano viene antes que otro, todos nacemos a la vez y algunos desaparecen demasiado pronto. La relación con los hermanos muta cuando los padres se convierten en recuerdo y ningún hermano sabe bien qué hacer, quizás vivir en la extrañeza. Todos somos hermanos pequeños y mayores, algunos son padres con hijos y los que no quieren serlo se quedarán solos, hermanos solos. Mis hermanas no son amigas mías, son una forma de vida útil y preciosa en la Tierra. Y llueve y escucho su latido allí a lo lejos, allí tan cerca de nosotros. Será porque las quiero.

Ilustración: Tatsuro Kiuchi

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