Tu salud

Tener salud es la única felicidad que cuenta. Porque el sano no solamente vive mejor, sino que se anticipa a la vejez en buenos términos con la soledad. Casi nadie sabe que la salud es un milagro, una oportunidad entre dos enfermedades —esperemos que curables— y a ella debemos consagrarle nuestro tiempo: dormir porque es gratis, duchas heladas al despertar para que el día tenga margen de mejora y comer quedándose con hambre. Todo sin olvidar la importancia de tener mala memoria y una mente que recurra a ayuda si hace falta. El resto, amor aparte, es facultativo.

Porque la gente que se va a morir quiere vivir más. Por su parte, el que agoniza nunca recuerda bienes acumulados o fungibles. En cambio, anhela esa tarde entre amigos sanos y con buena dentadura. Somos impulso, agua y huesos. Lo de ser polvo de estrellas implica parecerse a los atletas, los menos sanos entre aspiraciones de arder pronto y colgarse una medalla. La salud carece de rangos, velocidad y fronteras, es una y solo una, la misma para el pobre y el rico. La democracia era eso.

Digo todas estas tonterías porque lo vi en casa. Padre nunca pudo jubilarse. Hubiera dado todo lo que no pudo vivir por estar sano. Quizás fueran el tabaco y los disgustos. Tal vez su salud fue un truco de magia. Siendo joven lo ingresaron. A los pocos días fumaba a escondidas en el baño. Eso también era salud. Tuvo que ser mala suerte, mala suerte como antónimo de sano. Padre mantuvo el deseo de curarse durante un tiempo. Luego dejó de tocar la guitarra. La salud es la música que suena en casa. El que tiene salud tiene esperanza. Lo tesoros… para los faraones.

Ilustración: Guy Billout

El peso de los otros

Me pregunto si no cargaremos con el peso de todas las personas que conocimos. Sobre nuestra columna se construyeron sus columnas, vértebras en el paisaje. Así vamos andando, cada vez más despacio, con cuerpos inmóviles sobre nuestros hombros, cuerpos que pesan más estando muertos, como si la vida aportara ligereza, un alto en el camino hecho de mañanas y noche, de dunas y vidrio soplado. Me pregunto si no volveremos atrás por miedo a encontrar otra vez esos cuerpos tan perfectos, vida al fondo. El peso pesa tanto a veces.

Algunas tardes, esos cuerpos nos sirven para descansar los párpados. A veces no nos dejan levantarnos. Tal es el truco de la memoria. Recordar como sinónimo de huida hacia delante. Eso somos, la carga de una carga, puro peso, huellas y más cuerpos. Entonces nuestro cuerpo se duele de otros dolores de antes de haber nacido, dolores que nunca atestiguamos y que, en cambio, viven en nosotros. Tiene que ser un cuerpo equivocado el nuestro.

El peso de padre, el peso de los abuelos. el peso. Todo nos trepa hasta casi ahogarnos. Somos hijos y nietos de esos cuerpos que no reconocemos, que vamos olvidando cada vez un poco. La tragedia es que nunca nos pertenecieron, pueden sostenerse lejos de la gravedad de cuerpos y más pesos que caen. Quizás seamos sus sombras. Los necesitamos. Sin ellos seremos órganos fuera del tórax, sangre separada del ventrículo, vidas sin nombres ni destino. Solamente cuerpos. De las caras… ya nadie se acuerda de las caras.

Ilustración: Darek Grabus

Nuestros muertos

Todos tenemos dos padres (con o sin nombres), cuatro abuelos viejos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos y así, y de manera exponencial, dos mil cuarenta y ocho decabuelos desde 1800. Aquel año, Napoleón atravesaba los Alpes para invadir Italia. Un retroceso de veinte generaciones con sus incestos, primos insoportables, cuñados y parientes elevaría la cifra (empleo dígitos) hasta 268 millones. En el siglo XI, solamente cien millones de personas poblaban la Tierra, lo que implica que todos compartimos amor, sangre y esa célula cancerígena llamada familia.

Hasta aquí leyendas y árboles. La actualidad promueve la reacción de algunos respecto a sus muertos, los de la paz y los de la guerra. En cuanto a los primeros, están a salvo, presentes de una manera extraña. En cuanto a los otros, todo frases huecas: «hay que pensar en los vivos»; «de nada sirve remover el pasado». Entre la tierra y la putrefacción, así transcurren el abuelo de la cuneta y el bisabuelo de la fosa común, callados porque nunca se les concede la palabra, aunque acechen como la lluvia y el hambre. Mejor dejarlos, que es en ninguna parte. Bonita manera de tratar a la familia. Alguien olvida que, en caso de ser algo, seremos memoria, viejas fotografías. Y que le den a la historia.

Quizás crea que es importante encontrar a estos muertos porque mi padre no respira en un cajón. Nadie tuvo valor de vaciar aquella urna. Será que saberle ahí nos da tranquilidad y que, a pesar de su ausencia, perpetúa esta unión hecha de cenizas. Los desaparecidos nunca descansan ni dejan descansar, representan el vacío en las sobremesas y la falta de uno o varios platos soperos. Rebusco en mi pasado genealógico y desentierro las palabras del decabuelo de mi decabuelo, Confucio: «El odio entre parientes es el más profundo». Y sigue vivo.

Ilustración: http://www.klauskremmerz.com

Cuando España ganó a Francia

Un canciller alemán dijo que «nada que venga de Francia puede ser bueno». Los tiempos muertos demuestran lo contrario. Gracias al país al otro lado b(r)ota la esencia de una España negra y pelirroja, de niños altos con cara de oficinistas unidos por las ganas. Venían a ganar perdiendo de antemano, a jugar frente a las torres y la falta de fe de la afición, supuestos aliados. Casi todo en contra, como a la contra se forman las familias que anticipan paraísos. ¿Cuánto duran? Una noche en la memoria, un campeonato, el tiempo que se tarda en recoger el confeti volando por el aire. En el triunfo se conoce a los países. Y este es bueno porque gana a la arrogancia.

El estadio venía con silencio. Un señor decía «a tomar por culo» cada vez que Juancho encestaba un triple. Sucede lo mismo en las familias, fuente de alegrías y perversiones en cuatro cuartos y una vida fuera de la cancha. En ambos casos lo importante es el vínculo lejos de la sangre, una manera de ser y sudar juntos porque de ello depende el crecimiento. No se trata de sacralizar los lazos, sino de promover alianzas como forma de biografía invisible, la única que cuenta. Después se recurre a Rudy como padre.

A veces, la casa resiste sobre cinco columnas: un base que se tira todo, un escolta vasco, un alero lleno de tatuajes, un ala-pivot con rodilleras en el codo y un MVP a hombros de los gigantes. El banquillo aporta granos de arena con forma de canasta y actitudes que deberían ser estudiadas en la escuela. Sucedió, todos lo vieron. Hace años España nació por detrás del marcador. Cuando ganó a Francia nadie salió derrotado. Extraño mundo este, bendito baloncesto de oro patrio.

Ilustración: Guy Billout

Ante la adversidad

Hay una lección grabada en cada adversidad, como si el mundo a la contra fuera el único momento de vida en carne viva, peldaño, montaña. Tiene que ver con la percepción del tiempo, puro presente continuo, la única forma de estar en nosotros porque otros lugares ya no existen. Entonces uno actúa como cree que debe o cree poder, levanta la cabeza, renuncia a su corona bajo la mirada de íntimos y familia. Porque no nos engañemos, nunca estamos solos, y menos dentro de la tragedia. La televisión encendida, ese «¿cómo estás, querido?» de Elena, pequeños gestos que acompañan a un dolor saludable porque implica ir dejando atrás lo que pasará tarde o temprano. De ahí eso de saber sufrir.

Durante el incendio, toda felicidad parece decorado. Y es que de desconsuelo están hechos los huesos, también de calcio y fósforo, fémures que pueden soldarse imitando la cocción de la sopa de cocido, a fuego lento, un poco menos hoy, irá mejor mañana, creo. A veces, aquellos que parecían caminar con armaduras se deshacen ante el peso de la desgracia, y otros, frágiles y delgados, aceptan la promesa del duelo sin levantar la voz, cocinan, levan velas. Y la montaña va perdiendo altura en el ascenso.

Solamente podemos apreciar la flor del gozo si alguna vez fuimos engendrados por la muerte y la ausencia, única prueba de estar verdaderamente vivos o despiertos. Aquí nadie sueña, nadie. Se trata de encontrar las fuerzas en alguna parte, un poco de médula escondida al otro lado. Ante todo olvidar la vergüenza de las lágrimas, añadir carne al esqueleto de lo frágil y observar la vida en el planeta Tierra. Nada de espejismos; la montaña era lo que era, eso, un peldaño.

Ilustración: Guy Billout

Qué esperamos de los demás

Ocurre con cada accidente, con cada paso en falso y su correspondiente cable a tierra. Cuando todo va bien, pues eso, va. Cuando empieza lo malo… A un lado, el que necesita ayuda, la pida o se ayude mirándose hacia dentro. Alrededor o cerca, familia, animales de pelo duro y amigos, cada uno con su afán, embargados por esa sensación de que ir creciendo implica amor de lejanías o en los huecos. ¿Qué esperamos de los demás? Resulta que, si actúan tal y como esperamos, procuran nuestra felicidad (sinónimo de hacer lo que queremos) casi siempre anudada a expectativas imposibles. Si somos expertos en decepcionar y decepcionarnos, ¿cómo lograr lo contrario en el calor de otros?

Entonces llegan los reproches, una forma de vida urbana que conduce a la tristeza. De ahí la importancia del silencio, ir tirando y ya, entender las circunstancias que hacen de cada uno un ser único, raro y con tendencia a confundir deber con tender la mano. Yendo al detalle, nadie hace lo que hacemos o haríamos nosotros por los nuestros, de ahí la herida, de ahí estos humanos tan pequeños en un mundo tan grande.

No esperar nada, o esperar lo inesperado sirve de asidero. Fue algo que entendí mirando hacia otro lado y de espaldas a la práctica. Con la enfermedad de mi padre, quise estar en todo, ayudar estando sin saber muy bien qué hacer. Hasta que una tarde de carboncillo y uvas pasas, entendí que no hacía falta. Los que bien te quieren nunca esperan nada de ti excepto amor, una palabra, un gesto con la mano que nunca es despedida porque alimenta el recuerdo. Y así el sol se convierte en luna años después.

Ilustración: Guy Billout

Esa foto en la que tienes la edad de tus padres ya de viejos

Sucede al acercarte a los cuarenta o rebasarlos. Entonces miras las fotos de tus padres, viejas fotos, padres viejos que, ¡oh, milagro!, tenían tu edad de ahora. Ahí dejas de hacer pie, flipas. Madre, su esposo y al otro lado uno que podría ser de su pandilla y que resulta que eres tú. Joder, ¿soy tan mayor? No se sabe si mucho o poco, pero, llámate loco, has alcanzado la edad de celebrarte. Eso de la crisis asociadas a apagar velas se reduce a una mera anécdota. Prueba superada, ya eres tu propio antepasado. Felicidades, ¿sigues vivo?

Pues la verdad es que sí. La alternativa pasa por una esquela o un concierto póstumo al que asistirían tus hermanas, algún amigo calvo y la taquillera. Y la genética se impone: sacaste las ojeras de padre, la nariz aguileña de mamá, esa mirada que sujeta el apellido, aunque el único honor de la familia reside en el pelo y la piel que te dejaron. Lo bueno se apreciaba en tus recuerdos de primera comunión y orla universitaria, un tiempo en el que seguro seguro eras el hijo que tus progenitores concibieron.

Cierto que la mirada del que cumple décadas y dicenios se amplía, frena, incluso va librándose de fardos y mierdas asociados a la juventud. Observas la fotografía y el mundo con detenimiento, puede que más fofo o con dolor de espalda. Sin embargo, la serenidad a la que apelan los cursis te permite lidiar con esta tragedia tan fieramente humana. Puede que, en realidad, se trate de un motivo para sonreír y darte cuenta de que envejecer sigue siendo la única manera de vivir mucho tiempo y no sentirte viejo. Y eso es arte hecho familia y estaciones.

Ilustración: http://www.stephan-schmitz.ch

Nuestros muertos

«Ojalá tu padre pudiera escuchar el disco» dijo madre por teléfono. Y es que los muertos no ven, mamá, pero nos oyen. Sobre todo en las mañanas de tajo y carboncillo. Tampoco vuelven, porque nadie regresa si nunca se ausenta. Simplemente colocan la oreja en el tabique de esos vivos que creen en el tránsito, el suyo propio, el único. El muerto, en cambio, se levanta, prepara café, rebana el pan, da cierta continuidad al afán de los días. En definitiva, hace memoria de nosotros en su ausencia. Es el silencio el gran problema, un jirón de vida que abraza a los que laten. Si uno lo piensa, la muerte embruja a los que colocan coronas de gladiolos y claveles, encienden velas, escuchan réquiems con la esperanza de librarse del olvido. Insisto, el muerto oye, por eso nunca muere.

También resuena. En las cuerdas de una guitarra, en las hojas de parra mecidas por la luna, en los abrazos del tiempo dislocado. Alguno incluso sueña con vivos que les sueñan, hijos, esposas y amigos que cierran los ojos para despejar las dudas sobre la dimensión del amor supremo, recuerdo conservado en ámbar, apego que es todo por ser siempre. ¿Cómo negar la evidencia de lo que nadie ve y sin embargo siente? Cada muerto avala esta esta teoría; nos va la vida en ellos.

Llegará un momento en que, de tanto mencionar a padre, acabe convirtiéndose en historia, y por lo tanto ficción. Yo sigo rellenando páginas de música (¿o son pentagramas de palabras?) con la certeza de que aún las oye. Y es que fueron escritas por una parte del yo que fui estando él cerca, también con restos de ese yo lejano que se resiste a no seguir haciendo ruido. Aquel tiempo se deshilachó con nosotros, de la misma forma que los muertos nos suturan con la aurora. Démosles la oportunidad de oír nuestra mejor versión, la de la biografía vivida a expensas de una muerte que sólo existe en los confines de la vida.

Ilustración: James Turrell

¿Por qué la gente odia la Navidad?

No se sabe muy bien por qué, pero cada año las Navidades se adelantan un poco más. Los viejos dicen que es cuestión de prevenir, y así nos encontramos —a mediados de diciembre— enviando mensajes de felicitación semanas antes del supuesto nacimiento de un dios concebido en el interior de una virgen; padre, hijo y espíritu con el alma de un niño crucificado treinta y seis años después. Ante este panorama es normal que, poco a poco, el número de detractores navideños vaya aumentando a la misma velocidad con la que los veganos pululan alrededor de la sempiterna bandeja de jamón ibérico.

Al parecer, el 38% de los ciudadanos del mundo siente como su nivel de estrés aumenta considerablemente entre diciembre y enero. Primero porque es inevitable acordarse de los ausentes, como si los Reyes Magos no se hubieran olvidado de comerse las mandarinas y encontraran alrededor del árbol a una familia descabezada que, a pesar de las leyes de la física, se resiste a desaparecer. ¿Y qué decir de los ocho peldaños del yoga? Es llegar a casa de tu cuñado y toparte con la escalera cubierta de niños pequeños (ajenos) persiguiendo a perros (adoptados), ladridos y conversaciones sobre Vox, el no vestido de la Pedroche, ¡el milagro del agua transmutada en Moët!, Raphael y su novio el «Tamborilero» y toneladas de comida a la contra de meses y meses de duro gimnasio.

Por supuesto, mención aparte merecen los dependientes de las tiendas, testigos de excepción de un país que pierde los nervios ante la enorme responsabilidad de dar con el regalo perfecto, ese que nunca encontramos porque es un intercambio invisible de oxígeno y dióxido de carbono. Abrígate, hoy hace frío, el 25 es Navidad, precisamente el único momento del año donde el dinero se acaba mucho antes que los amigos.