Nuestros muertos

«Ojalá tu padre pudiera escuchar el disco» dijo madre por teléfono. Y es que los muertos no ven, mamá, pero nos oyen. Sobre todo en las mañanas de tajo y carboncillo. Tampoco vuelven, porque nadie regresa si nunca se ausenta. Simplemente colocan la oreja en el tabique de esos vivos que creen en el tránsito, el suyo propio, el único. El muerto, en cambio, se levanta, prepara café, rebana el pan, da cierta continuidad al afán de los días. En definitiva, hace memoria de nosotros en su ausencia. Es el silencio el gran problema, un jirón de vida que abraza a los que laten. Si uno lo piensa, la muerte embruja a los que colocan coronas de gladiolos y claveles, encienden velas, escuchan réquiems con la esperanza de librarse del olvido. Insisto, el muerto oye, por eso nunca muere.

También resuena. En las cuerdas de una guitarra, en las hojas de parra mecidas por la luna, en los abrazos del tiempo dislocado. Alguno incluso sueña con vivos que les sueñan, hijos, esposas y amigos que cierran los ojos para despejar las dudas sobre la dimensión del amor supremo, recuerdo conservado en ámbar, apego que es todo por ser siempre. ¿Cómo negar la evidencia de lo que nadie ve y sin embargo siente? Cada muerto avala esta esta teoría; nos va la vida en ellos.

Llegará un momento en que, de tanto mencionar a padre, acabe convirtiéndose en historia, y por lo tanto ficción. Yo sigo rellenando páginas de música (¿o son pentagramas de palabras?) con la certeza de que aún las oye. Y es que fueron escritas por una parte del yo que fui estando él cerca, también con restos de ese yo lejano que se resiste a no seguir haciendo ruido. Aquel tiempo se deshilachó con nosotros, de la misma forma que los muertos nos suturan con la aurora. Démosles la oportunidad de oír nuestra mejor versión, la de la biografía vivida a expensas de una muerte que sólo existe en los confines de la vida.

Ilustración: James Turrell

Sólo vivimos 26.000 días

Cinco guarismos. Nuestra existencia y sus raíces sometidas a la aritmética. De media tardamos 26.000 días en salir, subestimar al mono y apagarnos. Al aplicar el día como medida de pasatiempo conseguimos reducir el intermedio a un puñado de satélites y sorbos, de ganas y deseos. No sucede lo mismo con los años, quizás por abarcar más en nuestro intento de alargarlos. En cuanto a las semanas, bien, gracias. Pocos cuentan en ellas; tampoco en estaciones. Quizás la gente de campo, esos de país y biografía. Si recuperamos la medida de los días, variable del afán y sus desgracias, somos conscientes de lo poco que vivimos, de lo mucho a lo que aspiramos de lunes a domingo. Más el viernes en un baile. Estuvimos en ellos; y ellos siempre en nosotros siendo otros.

No quiero descontarme ni añadir si el resultado da una vida. Una vez vi deshacerse el mundo o hacerse en contra. En un espejo y un plato sopero. Lo más extraño resulta comprobar que empleamos menos de 26.000 días en llegar a 26.000. Nos basta con unas horas. Sin embargo, queremos extenderlas, díashorassemanasaños, volver a ser habiendo sido en un tiempo de arrastre. Extraña forma de avanzar restando. Porque el que arde deja una estela de carne, y del calendario se alimentan los gusanos.

25.521, 25.522… Todos podemos hacerlo aún siendo de letras. Porque en ellas encontramos un abrazo largo. Cierto que la calculadora nunca miente y uno destaca por su inexactitud, pero el cuchillo en toda cifra revela lo peor de todo ser humano y toda máquina. Daría igual empezar por el final, veintiséis mil, ir bajando en unidades hasta alcanzar la sombra del cero. Resulta que el antes de la vida nada tiene que ver con la muerte. Equivocarme, a eso aspiro; por el amor a las palabras y el lenguaje, por el desprecio de limitar lo vivido a una cuenta que además no sale. Nunca.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Somos expertos en crearnos problemas

Su efecto duró varios meses. Cuatro o cinco. Los números importan poco o no cuentan. Con la muerte de padre se derribaba esa muralla levantada durante mi vida, obra de contención ante el dolor. El seísmo de la pérdida fue tan grande que vi caer grandes pedazos de miedo, sillares de incertidumbre del cielo a mis zapatos. Y un nuevo paisaje apareció. Pero uno de planicie y sol oblicuo, sin interrupciones, envuelto en la certidumbre de que, a pesar de los intentos, los días son mucho más sencillos de lo que nos proponemos al despertarlos. Y es que somos arquitectos de problemas, siempre empeñados en construir y diseñar un nuevo recelo, un poco más de cobardía, quizás esa enfermedad inexistente en un ahora que simplemente pasa al pensarlo. Luego nada.

Aquellos meses —bien pudieron llegar al año—, la ausencia de padre y su guitarra servían para reforzar una certidumbre sólida, líquida y de colores. Caminaba como vuela un colibrí —menos cromático—, sin la responsabilidad del que conserva y apuntala su muralla convertida en hortensia. Y el temor a ser como los demás se disipaba porque el hombre que teme al temor sólo necesita agua, alimento y lecho compartido. El cobijo lo ponen los amigos, el amor, el mar. En cuanto a los problemas… van menguando porque dependen de nuestra mirada. ¿Y si oteas el horizonte limpio? Ya no están.

Como siempre, el efecto dura menos de lo deseable. Más por culpa nuestra que de él. Así somos. Superado el trance —algo tiene el duelo de magia blanca–, comienzas a juntar guijarros, arena de playa, piedras, planes. Poco a poco el terreno baldío da paso a la huerta, después la zanja, luego las paredes, hay hueco para una piscina. Al tratarse de una propiedad mental se expande más allá de la razón. La voluntad mengua a medida que el tabique coge vuelo. Y así vivimos, atrapados fuera del mundo.

Ilustración: Guy Billout

Quedarse calvo no es perder pelo

Perder pelo poco o nada tiene que ver con quedarse calvo. La pérdida implica una acción imperceptible pero en curso, y formar parte de ese 42,6% de hombres con aire en la cabeza o alopecia androgenética, difusa, areata o cicatricial supone ingresar (a la fuerza) en un colectivo incomprendido. Y no por lo que piensen los demás, ¡ah, gente hirsuta!, sino por lo que callan los propios calvos sobre tamaña injusticia. Es más, despedirse de un miembro de la familia, que te diagnostiquen una enfermedad y se te vea el cartón son las mayores tragedias del hombre moderno. El resto —erección mediante— pura minucia. Porque todo es pelo, en la almohada y en caída libre, metáfora de la vida sin pelucas. Y los sueños pelo son.

Se alcanza la categoría de terror cuando el más joven del grupo, ese de la cabellera en un túnel de viento, luce coronilla con forma de mortadela. En lonchas, claro. Se trata de un fenómeno intrascendente en términos absolutos, ridículo para mujeres y esa minoría adaptada al paso del tiempo… y el fin de una era. Vale, existe el recurso del secador y los peinados imposibles, aunque no es lo mismo. Además Dios siempre sale muy Pantene en nuestras oraciones, los referentes calvos son más calvos que referentes y si pudiéramos elegir nadie optaría por la solución fresquita. El que diga lo contrario miente o tiene pelazo.

Cada mañana y al lado de mi casa hay cola frente al Carrefour. Todo tíos, inseguros, cachas, conscientes todos ellos de que sin pelo la vida adquiere una tonalidad gris y de descenso. Prefieren mata a comprarse una casa o asumir la visión matutina de un peine enredado en carne de su vello. Ocho mil euros después todo mejora, la confianza recorre los folículos y aguantan las fotografías desde cualquier ángulo. ¡Nada de pelillos a la mar!, ¿a qué se refieren con lo de que a la ocasión la pintan calva? Al final nos salvamos por los pelos porque la sombra del cabello es alargada. Y termina ahorcando.

Ilustración: Yang-Tsun

La repetición

Son días de los de antes, de mañana al carboncillo, con su intermedio para el hambre y el regreso a casa. Hay algo en la repetición que reconforta. También fatiga por defecto. Será porque insistir deja espacio para lo vivido, permite dar aliento al aire del presente. No lo sé. Sí sé, en cambio, que entre lo reconocible cuesta intuir, intuirse, mirar de cerca lo que tantas veces vimos, palpar la carne de los pómulos y esa certidumbre de la piel nueva siendo arruga. Por eso andamos, para no dejarnos atrás. Los que corren desplazan esqueletos hasta un hueco bajo la hierba púrpura. Interesa, el verbo no es casual, el dios de las pequeñas cosas, con minúscula, de paso lento y silencio de azucena y halógeno.

Son meses de los de antes, con el ruido visible del avión y un chorro de luz sobre la frente. Los mismos de siempre, pero otros, distinta fecha que también emplea dígitos. La aritmética, ese invento de los árboles, trae el recuerdo de la muerte de padre y resta días al embarazo de Macarena. Hacen mella y, sin embargo, al suceder volvemos al tiovivo de las estaciones. Otoño, otoño, otoño y otoño. En ellas y dentro de ellas, lo nuevo está por nacer y deshacerse, lo usado se resiste a la basura.

No es un año de los de antes porque de serlo habría venido de cabeza. Llegó eterno y se irá brisa, pasando por encima de muchos, nosotros, esos cada vez más nada a medida que crecemos y nos crecen. Así pasa, luego pasan, los años, ellos, alejándonos del mundo, fabricando una galaxia que lo abarca todo porque el olvido viaja en la memoria. Fuimos los días en los meses y los años. La repetición corrobora lo contrario.

Ilustración: Guy Bilout

La vida es buena

Desde hace dos años muchos hablan de pesadilla interminable, una forma de convertir la vigilia en deshecho, restos de tiempo quemado. Y como siempre, los malos sueños duran más de lo necesario, precisamente porque la felicidad se descuenta por instantes en los que uno quiere lo que hace, ama lo que ve e incluso lo moldea. Los minutos, y por lo tanto las horas, corresponden a días cualquiera que discurren sin que suceda algo relevante, una sucesión de momentos que, con suerte, conforman una historia escondida, la nuestra. Así arrastramos los pies, pendientes de lo que ya vino y el pronóstico del tiempo, porque de alguna forma el aquí y ahora sólo queda al alcance del puto budismo zen.

Es cierto. A veces, respirar duele. Percibimos el pinchazo, la banalidad del mal en portadas y audios, también en los bordillos, en una isla perdida en el Atlántico y las almohadas. Sin embargo, todavía podemos disfrutar del dios de las pequeñas cosas, de sus mariposas nocturnas y la brisa del mar enredándose en el cuello de los adolescentes. Quizás cueste, pero la vida continúa imaginando, incluso al señalar con su garra suave a los que amamos sin esfuerzo. Perdemos, sí; también podemos contar que lo perdimos.

Mejor dejarse de juicios, asumir las consecuencias de nuestros actos y los del mundo que los desgasta. Más que nada porque encontrarle sentido a todo esto se considera el primer estadio hacia la locura. Ocupamos una plaza por defecto y resulta gratificante saber que el presente alcanzará el futuro sabiendo que hicimos todo lo necesario para convivir con lo inaceptable. Ahí reside la belleza de las cosas. Desde el borde de tus ojos puedes mirarte correr bajo las estrellas. No lo soñé; la vida es buena.

Ilustración: Caitlyn Murphy

La dignidad de perder

En el fútbol, como en el resto de religiones, sólo cuenta ganar. A los que pierden se les olvida pronto; a los que empatan se les considera enemigos del progreso y esos que ganan no necesitan santiguarse antes de salir al campo. Más allá de lo que cada uno crea, al final de los partidos de esta Eurocopa se juega otro partido entre hinchas, en este caso uno rehogado con las rencillas históricas entre países. Así, tras el España-Italia, la Plaza Mayor se llenó de figlos di puttana en bocas locales y varios grupos de jóvenes vestidos de azul corrían para evitar una lluvia de vasos y cerveza. Será porque algunos lo viven como si se tratara del último, y ganar lo primero.

La cuestión de fondo, más allá del fanatismo y la adrenalina, nos lleva directamente a la necesidad de perder y aprender perdiendo. En muchas ocasiones el segundo y el tercero dan lustre al campeón y ver el mundo desde los puestos de descenso permite valorar la dignidad de la derrota, la importancia de celebrar sin gritos, incluso el título. Total, habrá bebida para todos cuando el árbitro pite el final, un final que en ocasiones es el principio de algo, puede que malo, puede que el término de lo peor.

Es curioso cómo se nos olvida que todos perdemos algo cada día, incluso aquellos que repueblan las estanterías con trofeos, pelo o millones de likes. Un error de golpeo en el balón le sirve al juez de línea para pisparse de qué va esto: de darle la mano al italiano y al francés y dejar muy claro que, si las victorias son efímeras y las derrotas provisionales, entonces el juego se trata de saber y perder. El único que siempre gana es Jordi Hurtado… y ahora un poco Italia.

Ilustración: Guido Scarabottolo

Si mi avión se estrella

Si mi avión se estrella, acuérdate de mis canciones

Cuida de mi planta, no quiero invitaciones

Del funeral para los amigos

que vengan a llorar al cementerio

Si mi avión se estrella, me quedaré a medias

se acabó la playa, hundir los pies en la arena

Adiós a Carver y González

¡Cenizas al azul del cielo!

Si mi avión se estrella, todo será un drama

Le conocí, comentarán los jóvenes del barrio

Tú pondrás una foto mía en la mesilla, me irás olvidando poco a poco

y el calor que sentimos se hará enero

Si mi avión se estrella, pídele cuentas al seguro

Con el dinero riega un árbol que no se convierta en silla

que encoja los hombros cuando llueva y salude al sol por las mañanas

Si mi avión se estrella, olvídate de mí

Recuerda: hice todo lo posible para ser feliz

Ilustración: Ryo Takemasa

Eso que tú nos diste, Pau

Algo extraño sucede al hablar de la muerte. La mandíbula se tensa, la mirada se encoge. Lo siguiente, cambiar de tema. Poco importa que impregne el bol del desayuno o aceche cada respiración mal dada. Luego está lo del Pau. Decide pasar el inevitable tránsito con la familia, Fideos y ante las cámaras. Mira a Évole y de entre los surcos de un jirón de piel se destapan los ojos de un niño, los mismos que acompañan una conversación sobre cosas normales, corrientes. Algo más extraño sucede porque ante lo inevitable —ojalá pudiera vivir quince o veinte años más, dice— reivindica la vida bien usada, soporta el pensamiento de quedarse atrás, aunque no quiera. Y llora, y ríe y adrede despoja de drama los últimos momentos. Doce días después era un recuerdo.

Todos conocemos la antesala de la muerte. Algunos porque se lo contaron; otros porque les tocó. Normalmente lo que se hace es acompañar al paciente —la palabra enfermo es inexacta — y entender que muchas veces se hace mucho no haciendo nada, sólo estando. El tiempo deja de contarse con relojes y la vida queda en ese suspenso en el que dar un paseo por la montaña, pelar una naranja o atardecer adquieren su verdadero significado, el que tienen aquí y ahora.

Pau tiene frío y se coloca la gorra hacia atrás, igual que un adolescente de cincuenta y tres años. Da igual, llega a decir. Y en se momento uno entiende que algunos mueren muchas veces antes de morirse, y otros lo hacen tal y como vivieron, con la tranquilidad que otorga saber que es síntoma de vida. La entrevista termina y pasan los créditos. Las canciones adquieren aspecto de silencio después de verle susurrar desde el más acá. Ya por eso merece la pena amar, cantar, vivir. Eso nos diste, Pau, y eso es la hostia.

Ilustración: http://www.ellocodelpelorizo.com

Madrid, la terraza de Europa

Resulta que allá por los setenta, miles de españoles se montaban en un Mini y conducían deprisa hasta Perpiñán para ver culos, tetas y a Marlon Brando bailando tango. La cosa duró lo que la censura tarda en quedar en evidencia, y cada país siguió a lo suyo: Francia a defender su cine y España a abrir bares. Décadas después la cosa no sólo no ha cambiado, sino que el trayecto se realiza en dirección contraria vía Air France. Basta darse una vuelta por el centro de Madrid, una ciudad-terraza que ahora acoge a miles de franceses con sed, más que nada porque llevan desde el pasado mes de octubre sin museos, cines y bistrós. Y claro, en momentos así es inevitable pensar en las palabras de Zaratustra: «Nuestro sol es la envidia de los extranjeros», a lo que Max Estrella contesta: «¿Qué sería de este corral nublado?». Pues exactamente lo mismo que ahora.

A veces resulta inexplicable nuestro empeño en fomentar la cultura del bar, ahora de acera, más teniendo en cuenta la penible situación de sus trabajadores: horarios muy jodidos, mal pagados y a deshoras… De hecho, y aquí incluyo a todo el país, fuimos potencia mundial con 277.539 establecimientos que, tras la pandemia, se verán reducidos a la mitad tirando por lo alto. Y a pesar de ello, volveremos a la carga, saturando los barrios y las islas, resistiéndonos a admitir la necesidad de un cambio en el que implicar a más ciudadanos en el desarrollo de las ciudades. Es tan absurda la dirección inherente a este país —y de esta ciudad en particular— que quizás por eso el mundo avanza dando vueltas.

Ahora que la libertad se confunde con la libertad de movimiento resulta más fácil de entender algunas cosas. La Tierra tiene forma de hielo derretido porque así somos incapaces de ver nuestro destino, España acoge a millones de turistas para que se gasten su dinero en cañas y después se piren y los madrileños fuman muchísimo y hablan a voces, sobre todo entre las cinco y las diez de la noche. Al final lo que mejor se nos da es improvisar, muy fría y con poca espuma. Y así nos va… bien.

Ilustración: Ray Morimura