La ola de un virus que nos dejó al descubierto

La primera ola arrasó con todo a su paso. Y no solo la costa, también sus interiores, las ciudades más boyantes y pobladas. Ahora, con la marea remitiendo y a pesar de las reticencias de algunos, comenzamos a ser conscientes de su verdadero alcance. Miles de muertos, proyectos cerrados por derribo, millones de empleos en el aire o suspendidos en un tiempo que no es más que el fiel reflejo de una primavera triste. Barro, destrucción en su forma más pacífica… y algunas perlas.

Porque a pesar del uso obligatorio de mascarillas cae la máscara y con ella la verdadera naturaleza de las personas flota. Algunos deciden apelar al odio, sacar rédito de la desgracia y fomentar la polarización de una sociedad aturdida, enferma en los hospitales y las casas. Otros, en cambio, apelan a la colaboración y al barrio, a los bancos de comida y la solidaridad como respuesta. Curiosamente, ambas opciones son fieramente humanas y no se sustentan en la ciencia.

Y es que si este intervalo raro sirvió de algo —ninguna muerte se justifica en el intento— fue para establecer cuál es el lugar en el mundo que pretendemos ocupar, qué palabras y actos queremos legar a los que vienen y a los que no pudieron verlo, si en lugar de quemar puentes preferimos encender fanales, avivar la vida. La primera ola arrasó con todo a su paso, pero nos dio otra oportunidad. Hagamos un uso responsable de ella.

Ilustración: “神奈川沖浪裏” Katsushika Hokusai

Mi vecina de enfrente

La imagen es siempre la misma. Frente a mi habitación, situada en los márgenes de un jardín rebosante de begonias y cerezos, se levanta una pared hueso sin ventanas de la que sobresalen cinco balcones con los bordes redondeados, uno por cada piso. El sol impacta sobre una mole transparente que limita este espacio clandestino, deslumbrando al vecino del segundo, un universitario de pelo fosco siempre parapetado bajo una gorra de béisbol. Juega al móvil, fuma en tandas y estira las piernas sobre la balaustrada color carne. Cada día.

En el tercero y a pleno pulmón de la mañana, una abuela viene y va, convierte su balcón en pista de atletismo para pensionistas, el monte en baldosa. Estira los brazos, espira, inspira otra vez hinchando los carrillos y, en ocasiones, se deja acompañar por un anciano… mucho más lento. Así pasan el rato, entre el guatiné, el Tai Chi de Chamberí y ese anhelo de derribar albarradas, levantar adoquines y encontrar arena de playa. Por supuesto, no sabe que alguien la observa. Y sonríe.

Tanto ha cambiado el planeta que lo de pedir sal a la nueva vecina o el extintor a ese bombero del sexto G se ha convertido en una fábula, recuerdo crónico que acecha próximo y lejano a la vez. Resulta que los jóvenes hacen cosas de viejos y éstos rejuvenecen ante el stop de la vida. Mientras tanto, los de mediana edad, un poco bailarines con prótesis de cadera, nos dedicamos a mirar, desde la ventana y cerveza en mano, estos tiempos revolucionarios. Y cae la noche y otra Voll-Damm. Debe ser primavera.

Tranquilo, por fin es viernes

Es inevitable ser español, español, español y no sentir cada mañana un ladrido entre las tripas, mezcla de desgarro y grito que te obliga a desdoblarte —cuando consigues echar a andar— en direcciones contrarias. Por un lado, vivir más fácilmente con ojos cerrados, entre campos de cerezas y dosis de 80 miligramos de inopia, quizás cerca del mar. Por el otro, hacer caso a tu instinto más primitivo y participar en la pelea.

Entre insultos, provocaciones y un intenso olor a podrido serás consciente de que todo se ha complicado, y el dinero ya no es un pedazo de papel, sino que hay depósitos CIALP y ventas al descubierto, un hombre calvo que ha ahorrado 112.000 millones de dólares y más de 2000 “héroes” apilando billones invisibles en el banco, gráficos Heikin Ashi, algoritmos y petabytes, métricas de vanidad, RSS, conciertos inolvidables en la memoria eufórica de Zahara y Nacho Cano, desfiles, procesiones, protestas pacíficas convertidas en atentados contra la democracia, sueños y pelotas de goma.

Mientras tanto, un general marchito y enterrado sobrevuela el cielo de Madrid al tiempo que Coque Malla canta aquello de «calles que susurran libertad», y te das cuenta que fue una gilipollez hacerte un selfie por el simple hecho de dar de comer a tus seguidores de Instagram, o que Vox desviara las subvenciones municipales que reciben sus grupos a cuentas del partido controladas por Ortega Smith, o la inminente crisis, la misma de siempre pero peor todavía, o la cicatriz de Joaquin Phoenix… Tranquilo; respira. Porque ahora España está en guerra consigo misma y América es el rehén de nuestras frases, y todos contra el mundo y los más listos creen que en Marte está la solución, en Marte… precisamente el dios de la guerra. Tranquilo, nada de eso importa porque por fin es viernes.

Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

El día que nos empezaron a gustar las señoras

Pasamos gran parte de nuestra vida asistiendo a cambios corporales inexplicables, contradicciones existenciales que nos convierten precisamente en aquello que siempre nos resistimos a ser, copias defectuosas de nuestros padres sin hipotecas, hijos y, por supuesto, mucho menos dinero en el banco.

De entre todos esos golpes bajos con los que castiga el paso del tiempo —dejando a un lado las tragedias personales— destaca la afición por coleccionar gatos, perros o relojes de arena, el intercambio de valores revolucionarios por otros de corte más capitalista, la renuncia a aquellos planes que dibujábamos sobre una hoja en blanco con un lápiz Alpino… y nuestros gustos por un determinado tipo de mujer.

Y es que de pronto, como si un espíritu crepuscular se hubiera colado en el interior de una psique en busca de nuevas emociones, muchas de las mujeres a nuestro alrededor nos resultan demasiado niñas, o directamente son las hijas de aquellos que decidieron renunciar a su existencia a cambio de entregárselas a los cachorros; y en esa encrucijada de uniformes escolares ampliamos el rango de frecuencia hasta llegar a sus madres, o como lo definen las mujeres de cierta edad, comenzamos a sentirnos atraídos por las señoras.

Su belleza nos descompone, abruma y nos plantea preguntas, ¿pero no se suponía que la naturaleza debía arrastrar inexorablemente el instinto hacia tierras fértiles?, desvía nuestra mirada en dirección al tríceps braquial o esos encantadores pliegues en torno a los ojos, los nervios del cuello, su paso firme y a otro compás, el de la certeza de florecer pasados los cuarenta. Resulta que no solo se puede, sino que debemos serle infieles a la vida, recuperar la inocencia del voyeur jubilado, enterrar los estribillos del puto Bertín Osborne y asumir el hecho de que ser adulto no implica ser un niño muerto. ¡Joder, cómo me gustan las señoras!

El día que mueran los Rolling Stones

El día que mueran los Rolling Stones —da igual si son Keith, Mick, Ronnie o Charlie por separado o todos a la vez — sucederá algo impensable. El seísmo emocional será de unas proporciones tan inimaginables que todas las ciudades se quedarán a oscuras durante un día, los océanos perderán su reflejo rojo sangre bajo el crepúsculo y en su lugar, una enorme ola con la forma de los labios del cantante barrerá en silencio la superficie helada de un planeta a la deriva.

Da igual si desde Bridges to Babylon no han vuelto a editar ninguna canción memorable…, después de más de cincuenta años de carrera, ¿qué más se les puede pedir? Porque esos cuatro viejos (solos) representan mejor que nadie ni nada que algunas cosas son para siempre, y que incluso las cosas eternas terminan por desaparecer.

También da igual que lo único que se mantenga con brillo en el cuerpo atrofiado y senil de Keith sean esos dos ojos de niño entre surcos y arrugas, las mismas del que lo ha visto, lo ha probado y hasta duda de todo. Y el corazón de Mick, ¿hasta cuando podrá aguantar latiendo a la velocidad de un adolescente con acné?

El día que mueran los Rolling Stones ya nada será lo mismo y al mismo tiempo todo será igual. Su obra será reeditada y sus rubios descendientes disfrutarán de la fortuna familiar sin darse cuenta de que la vida tiene una manera muy particular de imitar la inmortalidad: será con el estribillo de Dead Flowers convertido ahora en una canción de alegría y redención.

Que su música y su memoria sean la mayor celebración del tiempo que pasa y olvida.