La vida es buena

Desde hace dos años muchos hablan de pesadilla interminable, una forma de convertir la vigilia en deshecho, restos de tiempo quemado. Y como siempre, los malos sueños duran más de lo necesario, precisamente porque la felicidad se descuenta por instantes en los que uno quiere lo que hace, ama lo que ve e incluso lo moldea. Los minutos, y por lo tanto las horas, corresponden a días cualquiera que discurren sin que suceda algo relevante, una sucesión de momentos que, con suerte, conforman una historia escondida, la nuestra. Así arrastramos los pies, pendientes de lo que ya vino y el pronóstico del tiempo, porque de alguna forma el aquí y ahora sólo queda al alcance del puto budismo zen.

Es cierto. A veces, respirar duele. Percibimos el pinchazo, la banalidad del mal en portadas y audios, también en los bordillos, en una isla perdida en el Atlántico y las almohadas. Sin embargo, todavía podemos disfrutar del dios de las pequeñas cosas, de sus mariposas nocturnas y la brisa del mar enredándose en el cuello de los adolescentes. Quizás cueste, pero la vida continúa imaginando, incluso al señalar con su garra suave a los que amamos sin esfuerzo. Perdemos, sí; también podemos contar que lo perdimos.

Mejor dejarse de juicios, asumir las consecuencias de nuestros actos y los del mundo que los desgasta. Más que nada porque encontrarle sentido a todo esto se considera el primer estadio hacia la locura. Ocupamos una plaza por defecto y resulta gratificante saber que el presente alcanzará el futuro sabiendo que hicimos todo lo necesario para convivir con lo inaceptable. Ahí reside la belleza de las cosas. Desde el borde de tus ojos puedes mirarte correr bajo las estrellas. No lo soñé; la vida es buena.

Ilustración: Caitlyn Murphy

La dignidad de perder

En el fútbol, como en el resto de religiones, sólo cuenta ganar. A los que pierden se les olvida pronto; a los que empatan se les considera enemigos del progreso y esos que ganan no necesitan santiguarse antes de salir al campo. Más allá de lo que cada uno crea, al final de los partidos de esta Eurocopa se juega otro partido entre hinchas, en este caso uno rehogado con las rencillas históricas entre países. Así, tras el España-Italia, la Plaza Mayor se llenó de figlos di puttana en bocas locales y varios grupos de jóvenes vestidos de azul corrían para evitar una lluvia de vasos y cerveza. Será porque algunos lo viven como si se tratara del último, y ganar lo primero.

La cuestión de fondo, más allá del fanatismo y la adrenalina, nos lleva directamente a la necesidad de perder y aprender perdiendo. En muchas ocasiones el segundo y el tercero dan lustre al campeón y ver el mundo desde los puestos de descenso permite valorar la dignidad de la derrota, la importancia de celebrar sin gritos, incluso el título. Total, habrá bebida para todos cuando el árbitro pite el final, un final que en ocasiones es el principio de algo, puede que malo, puede que el término de lo peor.

Es curioso cómo se nos olvida que todos perdemos algo cada día, incluso aquellos que repueblan las estanterías con trofeos, pelo o millones de likes. Un error de golpeo en el balón le sirve al juez de línea para pisparse de qué va esto: de darle la mano al italiano y al francés y dejar muy claro que, si las victorias son efímeras y las derrotas provisionales, entonces el juego se trata de saber y perder. El único que siempre gana es Jordi Hurtado… y ahora un poco Italia.

Ilustración: Guido Scarabottolo

Si mi avión se estrella

Si mi avión se estrella, acuérdate de mis canciones

Cuida de mi planta, no quiero invitaciones

Del funeral para los amigos

que vengan a llorar al cementerio

Si mi avión se estrella, me quedaré a medias

se acabó la playa, hundir los pies en la arena

Adiós a Carver y González

¡Cenizas al azul del cielo!

Si mi avión se estrella, todo será un drama

Le conocí, comentarán los jóvenes del barrio

Tú pondrás una foto mía en la mesilla, me irás olvidando poco a poco

y el calor que sentimos se hará enero

Si mi avión se estrella, pídele cuentas al seguro

Con el dinero riega un árbol que no se convierta en silla

que encoja los hombros cuando llueva y salude al sol por las mañanas

Si mi avión se estrella, olvídate de mí

Recuerda: hice todo lo posible para ser feliz

Ilustración: Ryo Takemasa

Eso que tú nos diste, Pau

Algo extraño sucede al hablar de la muerte. La mandíbula se tensa, la mirada se encoge. Lo siguiente, cambiar de tema. Poco importa que impregne el bol del desayuno o aceche cada respiración mal dada. Luego está lo del Pau. Decide pasar el inevitable tránsito con la familia, Fideos y ante las cámaras. Mira a Évole y de entre los surcos de un jirón de piel se destapan los ojos de un niño, los mismos que acompañan una conversación sobre cosas normales, corrientes. Algo más extraño sucede porque ante lo inevitable —ojalá pudiera vivir quince o veinte años más, dice— reivindica la vida bien usada, soporta el pensamiento de quedarse atrás, aunque no quiera. Y llora, y ríe y adrede despoja de drama los últimos momentos. Doce días después era un recuerdo.

Todos conocemos la antesala de la muerte. Algunos porque se lo contaron; otros porque les tocó. Normalmente lo que se hace es acompañar al paciente —la palabra enfermo es inexacta — y entender que muchas veces se hace mucho no haciendo nada, sólo estando. El tiempo deja de contarse con relojes y la vida queda en ese suspenso en el que dar un paseo por la montaña, pelar una naranja o atardecer adquieren su verdadero significado, el que tienen aquí y ahora.

Pau tiene frío y se coloca la gorra hacia atrás, igual que un adolescente de cincuenta y tres años. Da igual, llega a decir. Y en se momento uno entiende que algunos mueren muchas veces antes de morirse, y otros lo hacen tal y como vivieron, con la tranquilidad que otorga saber que es síntoma de vida. La entrevista termina y pasan los créditos. Las canciones adquieren aspecto de silencio después de verle susurrar desde el más acá. Ya por eso merece la pena amar, cantar, vivir. Eso nos diste, Pau, y eso es la hostia.

Ilustración: http://www.ellocodelpelorizo.com

Madrid, la terraza de Europa

Resulta que allá por los setenta, miles de españoles se montaban en un Mini y conducían deprisa hasta Perpiñán para ver culos, tetas y a Marlon Brando bailando tango. La cosa duró lo que la censura tarda en quedar en evidencia, y cada país siguió a lo suyo: Francia a defender su cine y España a abrir bares. Décadas después la cosa no sólo no ha cambiado, sino que el trayecto se realiza en dirección contraria vía Air France. Basta darse una vuelta por el centro de Madrid, una ciudad-terraza que ahora acoge a miles de franceses con sed, más que nada porque llevan desde el pasado mes de octubre sin museos, cines y bistrós. Y claro, en momentos así es inevitable pensar en las palabras de Zaratustra: «Nuestro sol es la envidia de los extranjeros», a lo que Max Estrella contesta: «¿Qué sería de este corral nublado?». Pues exactamente lo mismo que ahora.

A veces resulta inexplicable nuestro empeño en fomentar la cultura del bar, ahora de acera, más teniendo en cuenta la penible situación de sus trabajadores: horarios muy jodidos, mal pagados y a deshoras… De hecho, y aquí incluyo a todo el país, fuimos potencia mundial con 277.539 establecimientos que, tras la pandemia, se verán reducidos a la mitad tirando por lo alto. Y a pesar de ello, volveremos a la carga, saturando los barrios y las islas, resistiéndonos a admitir la necesidad de un cambio en el que implicar a más ciudadanos en el desarrollo de las ciudades. Es tan absurda la dirección inherente a este país —y de esta ciudad en particular— que quizás por eso el mundo avanza dando vueltas.

Ahora que la libertad se confunde con la libertad de movimiento resulta más fácil de entender algunas cosas. La Tierra tiene forma de hielo derretido porque así somos incapaces de ver nuestro destino, España acoge a millones de turistas para que se gasten su dinero en cañas y después se piren y los madrileños fuman muchísimo y hablan a voces, sobre todo entre las cinco y las diez de la noche. Al final lo que mejor se nos da es improvisar, muy fría y con poca espuma. Y así nos va… bien.

Ilustración: Ray Morimura

¿Por dónde nos metemos el presente?

Últimamente, y con esa sensación que tenemos todos de haber vuelto a la casilla de salida con el daño hecho bola, se detectan dos tendencias en relación a este tiempo raro. Por un lado aquellos que sueñan con la lluvia después de la ley seca, ojeadores del tiempo perdido con la agenda hasta arriba de conciertos, cenas y brindis, viajes y polvos pendientes. Son partidarios de la vida en su manifestación más primaveral, de retomar exactamente donde lo dejaron aquel 13 de marzo. Frente a ellos y suscritos a Netflix, Filmin, Spotify Premium y HBO, instalados en la comodidad de su casa-oficina-aula donde reciben clases de yoga online —sí, el espíritu también adquiere las formas del 5G—, un ejército de escépticos convencidos de que la arruga es tan profunda que vivimos veinte años en uno, y por lo tanto el día a día ha cambiado para siempre y para dentro. Ya nada será igual, incluso peor.

Entre ambas facciones, agazapado entre la esperanza y el miedo, nuestro presente. ¿El qué? Sí, el presente o ahora, bajón para la mayoría, conjunto de sucesos y acciones que acontecen en un momento cuya reputación ha caído hasta niveles inimaginables. Pues bien, y aunque parezca un cliché de gurú envuelto en aromas de incienso, es nuestra única certeza, sobre todo porque implica posibilidad. Y así, una minoría consigue amarrarlo, olvidarse del peso y la carga de las palabras, aunque sea un rato, y en ese rato no hay deseos, ni noticias, ni expectativas, tan sólo la vida en su manifestación más íntima.

Y sabemos que poco más está en nuestras manos, quizás soltar lastre, abandonar las cábalas y dejar de lanzar al espacio preguntas del tipo ¿dónde estás?, ¿qué día es?, ¿qué será de mí?, porque lo único que conseguimos es convertirlo en ruina, y ya viene arruinado de serie. Lo sé, una cosa es decirlo y otra hacerlo, sin embargo, al recuperar el presente apuntalamos el futuro, y también el pasado. Vivir aquí y ahora nunca fue tan duro, por eso merece la pena fracasar en el intento… y comerse un enorme helado de chocolate.

Ilustración: http://www.jeanjullien.com

El año de la boca des()parecida

A estas alturas todos sabemos que al año en curso le sobraron diez meses. También le han faltado otros diez, un verano y algo que pasó desapercibido, quizás por su tamaño, puede que porque por ahí nacen las mascarillas: la boca. Y es que una cara privada de la cavidad desde la que salivamos, chupamos, escupimos y besamos ha sido la gran no protagonista. De hecho, su desaparición ha arrastrado a la nariz consigo, convirtiendo en los feos en otra cosa y a los guapos en guapos sin nariz ni boca. Entre medias de esos dos antónimos —ethos y pathos andan de revisión en el dentista—, una mayoría de gafas empañadas olvida limpiarse las migas del roscón; total, nadie lo señala.

A pesar de todo somos capaces de reconocernos por la calle y hasta de lejos. Probablemente porque otras partes de nuestra anatomía han asumido las funciones relativas al primer “órgano” del aparato digestivo. Así el que antes hablaba por los codos ahora prefiere ahorrar, porque de lo contrario se ahoga en su propio vaho; el calladito deja de ser escrutado y aplica la lengua de signos hasta en el amor; la chica de los brackets da la cara y, entre tanto, casi nadie mantiene la cabeza sobre los hombros.

En contra de todas las apuestas el misterio escasea aquí y allá, y continuamos diciendo las mismas tonterías o más, como si anheláramos borrar las máscaras a base de morder. La vacuna de la rabia se inventó hace años y sigue sin surtir efecto entre los enmascarados, más centrados en ocultar lo invisible que en mostrar el ángulo muerto de la barbilla. Así somos, carne. huesos y gravedad. Este es mi deseo para el 21: que cuando llegue el momento de quitarse el bozal seamos capaces de convivir de nuevo con nuestra boca, origen de todos los problemas, final de todo lo que nunca fuimos capaces de decir por miedo a sentirnos fieramente humanos.

¿Cuánto falta?

Todos la hemos hecho en algún momento. De niños con mucho pis, en transición a una vida adulta con un deje de nostalgia y ahora, este momento trabado entre el mareo y un destino curvo. Y es que la respuesta al ¿cuánto falta? nunca convenció a los integrantes del coche, y mucho menos a los que la hacían. Tres horas, duérmete, haz el favor, un poco menos que desde la ultima vez que demostraste interés… Da igual porque la pregunta sólo puede responderse encogiendo los hombros o cambiando de tema, ¡mira, un conejo!, más que nada porque genera un tipo de ansiedad muy corrosiva: la de un tiempo que llega… a deshora.

Así hemos ido atravesando el año que condujimos peligrosamente, con tantas ganas de dejarlo atrás que se nos olvida que quizás deberíamos celebrar que no celebrar es también una forma de brindis, sobre todo teniendo en cuenta que nadie se ha muerto por saltarse la Navidad o ir de empalmada a currar. Curiosa paradoja la de empeñarse en volver a casa o reunir a los que se separan después del postre pues implica riesgo de ola, seísmo u homilía funeraria, aderezados con estadísticas de guadaña y estrellas de Oriente en Europa.

Quizás sea una oportunidad prescindir de las reuniones con miembros de la familia que son más bien una imposición, insoportables incluso cuando cae la nieve y el reloj da las doce en el kilómetro cero. No sé, tampoco es cuestión de ser misántropo, pero el amor, cuando es supremo, se manifiesta de la misma forma que la bondad, sin ruido ni grandes alardes. Además, siempre nos queda la satisfacción de haber hecho lo mejor que supimos hacer, sentarse en el asiento de atrás, mirar por la ventanilla y entender que el movimiento merece la pena si implica una acción, un destino, la vida como continuación de la vida.

Ilustración: Mitsuo Katsui

Mascarillas de sangre menstrual

Sí. Has leído bien. Lo repito por si acaso queda algún tipo de duda: mascarillas de sangre menstrual. Así es como se anticipa la tercera ola, esa que ya no será física, sino un compendio de lo callado y lo temido materializándose (a borbotones) en ideas que bordean la guarrería. Desconozco si esta nueva terapia pretende alinearse con el críptico hermetismo erigido en torno a la regla, pero podríamos guardarla en la caja negra en la que se ha convertido este año cero, junto al mono que robó las muestras de pacientes Covid-19, solearse el ano y el nombre del hijo de Elon Musk, X Æ A-12 en honor a los elfos y los aviones rápidos. Y por favor, nada de meteoritos. Ahora empieza lo bueno.

Lo más sorprendente de toda esta zozobra es comprobar que nada nos sorprende y, en caso de hacerlo, dura poco, un párpado nervioso y a por lo siguiente. Será porque la imposibilidad de vivir en este continuo y nostálgico ir y venir hacia delante nos convierte en pedazos de carne extraordinarios con la capacidad de restarle importancia al entorno y sus derivas. Con la excepción del hambre, el amor y el miedo, el resto parece disolverse, desaparecer sin dejar huella. Bueno, y el dolor. Eso también.

De manera previsible, el paso del tiempo seguirá tentándonos con absurdos descubrimientos, sirviéndonos de sudoku hasta arañar una estación más cálida en la que poder celebrar a expensas del olvido. Mientras llega, quizás lo único digno de ser reseñado sea comprender que, en estos casos, la supervivencia es obligatoria, incluso aún más que el aprendizaje. Que cada uno lo haga a su manera, desangrándose hasta que el torniquete comience a hacer efecto.

Ilustración: http://kanghee.kim/

La necesidad de lo inútil

Decía Diego Bardón, torero mágico y maratoniano arrestado por negarse a matar a un novillo, aquello de «me siento feliz porque me considero absolutamente innecesario. Para mí, no he hecho nada relevante. Soy tan innecesario como podría serlo el presidente del Gobierno si no lo fuese: un señor más». Y así también nos sentimos muchos, aunque no son tantos los que se niegan a reconocer el escasísimo valor de editar un disco o un libro, y más en 2020. Soles y lunas trabajando, incluso domingos de guardar, dinero y conservas, algún que otro desvelo y, nada más publicarlo —salvo alguna excepción como la de Rozalén que nos ataca en sueños—, el resultado pasa completamente desapercibido, un producto más en la estantería algorítmica de Spotify o Amazon.

Y es que lo primero de todo, antes de comenzar a moldear, debemos de ser conscientes de la inutilidad del arte más allá de las necesidades inherentes al binomio creación-creador, proceso de pérdida en el que la obra finalizada (o abandonada) poco o nada se parece al boceto. De ahí que resulte sorprendente hablar de éxito, más bien un malentendido consensuado a base de formateo industrial y cientos de cuestiones relativas a la venta de productos perecederos. Y sí, tu nueva canción tiene 50.000 visitas, un millón y un cuarto menos que cualquier vídeo de perros o el Baby Shark Dance. Allá cada uno con sus mierdas.

A pesar de todo, desde aquí reivindico lo inútil y la utilidad de lo innecesario como manera no sólo de respirar, sino como acto de rebeldía en un mundo absorto más que nunca en la “neoindividualidad” rampante que implica salir adelante cada día. Eso sí, renunciar a lo bueno por intentar rozar el lado de la mayoría carece de sentido porque la mayoría está a otras cosas. Además, ¿a quién le importan las historias de éxito si no es a los más inútiles? Pensadlo. De esta forma lo innecesario se convierte en el pan de cada día… hasta que la vida fracase ante la muerte.

Ilustración: Andrea Ucini