Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

El día que nos empezaron a gustar las señoras

Pasamos gran parte de nuestra vida asistiendo a cambios corporales inexplicables, contradicciones existenciales que nos convierten precisamente en aquello que siempre nos resistimos a ser, copias defectuosas de nuestros padres sin hipotecas, hijos y, por supuesto, mucho menos dinero en el banco.

De entre todos esos golpes bajos con los que castiga el paso del tiempo —dejando a un lado las tragedias personales— destaca la afición por coleccionar gatos, perros o relojes de arena, el intercambio de valores revolucionarios por otros de corte más capitalista, la renuncia a aquellos planes que dibujábamos sobre una hoja en blanco con un lápiz Alpino… y nuestros gustos por un determinado tipo de mujer.

Y es que de pronto, como si un espíritu crepuscular se hubiera colado en el interior de una psique en busca de nuevas emociones, muchas de las mujeres a nuestro alrededor nos resultan demasiado niñas, o directamente son las hijas de aquellos que decidieron renunciar a su existencia a cambio de entregárselas a los cachorros; y en esa encrucijada de uniformes escolares ampliamos el rango de frecuencia hasta llegar a sus madres, o como lo definen las mujeres de cierta edad, comenzamos a sentirnos atraídos por las señoras.

Su belleza nos descompone, abruma y nos plantea preguntas, ¿pero no se suponía que la naturaleza debía arrastrar inexorablemente el instinto hacia tierras fértiles?, desvía nuestra mirada en dirección al tríceps braquial o esos encantadores pliegues en torno a los ojos, los nervios del cuello, su paso firme y a otro compás, el de la certeza de florecer pasados los cuarenta. Resulta que no solo se puede, sino que debemos serle infieles a la vida, recuperar la inocencia del voyeur jubilado, enterrar los estribillos del puto Bertín Osborne y asumir el hecho de que ser adulto no implica ser un niño muerto. ¡Joder, cómo me gustan las señoras!

El día que mueran los Rolling Stones

El día que mueran los Rolling Stones —da igual si son Keith, Mick, Ronnie o Charlie por separado o todos a la vez — sucederá algo impensable. El seísmo emocional será de unas proporciones tan inimaginables que todas las ciudades se quedarán a oscuras durante un día, los océanos perderán su reflejo rojo sangre bajo el crepúsculo y en su lugar, una enorme ola con la forma de los labios del cantante barrerá en silencio la superficie helada de un planeta a la deriva.

Da igual si desde Bridges to Babylon no han vuelto a editar ninguna canción memorable…, después de más de cincuenta años de carrera, ¿qué más se les puede pedir? Porque esos cuatro viejos (solos) representan mejor que nadie ni nada que algunas cosas son para siempre, y que incluso las cosas eternas terminan por desaparecer.

También da igual que lo único que se mantenga con brillo en el cuerpo atrofiado y senil de Keith sean esos dos ojos de niño entre surcos y arrugas, las mismas del que lo ha visto, lo ha probado y hasta duda de todo. Y el corazón de Mick, ¿hasta cuando podrá aguantar latiendo a la velocidad de un adolescente con acné?

El día que mueran los Rolling Stones ya nada será lo mismo y al mismo tiempo todo será igual. Su obra será reeditada y sus rubios descendientes disfrutarán de la fortuna familiar sin darse cuenta de que la vida tiene una manera muy particular de imitar la inmortalidad: será con el estribillo de Dead Flowers convertido ahora en una canción de alegría y redención.

Que su música y su memoria sean la mayor celebración del tiempo que pasa y olvida.