Esa absurda fidelidad al horror

Las cosas buenas dan sentido al lunes. En cambio, las tragedias definen nuestros plazos, nos obligan a regresar a esa casa que es oscuridad y también nuestra. Todo con la insistencia de un predicador. ¿Qué estamos haciendo? No solamente insistir. También comprobar que algunas heridas no pueden curarse, de ahí que las habitemos, les insuflemos sentido. Sí, son cicatrices. Por eso laten. Esa absurda fidelidad al horror de la que escribía Baricco.

Todas las tragedias ponen a prueba nuestra humildad. Para ser humildes debemos ser pequeños, menos que nosotros mismos. Entonces la tragedia representa esa luz tenue al fondo. Resulta más fácil ir y volver a ella, sacar a la superficie un trozo de infierno suturado a dos personas. Una persona dentro de la pérdida, también dentro de lo que muere en uno; la otra persona nos acompaña en el duelo de seguir estando vivos. Todo irá bien, Javi. El intento de salvación personal implica la salvación del mundo entero.

Nadie puede salvarnos de nosotros. Ni siquiera nosotros. Podemos repetir trayecto con otros paisajes, recordar la playa antes de que anochezca. Es cómico. La misma tragedia protagonizada por gente que habla lenguas muertas, a veces gente muy cercana, familia, pero otros. Consuela comprobar que existe un número limitado de tragedias y que, a partir de una cierta edad, todo es repetición y por lo tanto aprendizaje. Quedémonos con la otra persona que mencionaba en el segundo párrafo, esa que nos acompaña y da sentido al lunes. Esa. Y la fidelidad se desliga del horror.

Ilustración: Zhang Yingnan

Ternura

Es en la ternura que existimos. Dentro de ella es posible ser nosotros, también lo oculto por miedo a que nos hagan daño. Porque la ternura se manifiesta alrededor de alguien que necesita calor para desperezarse. De lo contrario, muere en nuestro cuerpo tibio. Pocos quieren mostrar su flanco de cristal, ser juzgados por frágiles o flores de garza blanca, definición del humano con apegos. Descansa en la ternura, niño. Qué mejor forma de seguir latiendo, de aceptar tu imperfección perfecta.

La ternura es revolucionaria, nunca efímera, se rebela contra la pasión porque carece de segundas intenciones. De ahí que trence lazos deshilachados, invisibles. Sin ternura resulta imposible entregarse a los demás, también a uno. Porque uno es lo que es. También lo que no quiere ser o nunca se atrevió a decir en alto, no por tratarse de algo vergonzante, sino porque admitirlo implica alejarse de los héroes. Y los héroes nunca lloran. Tampoco escuchan.

El corazón tiene cerebro porque tantea lo que es importante para el otro y lo convierte en una mirada, en una mano sobre la frente, puede que en una palabra justa. Cuestión de supervivencia. También de amor, de madres y de gatos recién paridos. Hay que esparcir ternura, dejar su reguero en actos insignificantes que dan sentido a todo lo vivido y lo por vivir. «Ni luna ni siquiera espuma, nos bastan dos o tres segundos de ternura». Nos bastan. Y el tiempo deja de pasar en un abrazo.

Ilustración: Darek Grabus

El peso de los otros

Me pregunto si no cargaremos con el peso de todas las personas que conocimos. Sobre nuestra columna se construyeron sus columnas, vértebras en el paisaje. Así vamos andando, cada vez más despacio, con cuerpos inmóviles sobre nuestros hombros, cuerpos que pesan más estando muertos, como si la vida aportara ligereza, un alto en el camino hecho de mañanas y noche, de dunas y vidrio soplado. Me pregunto si no volveremos atrás por miedo a encontrar otra vez esos cuerpos tan perfectos, vida al fondo. El peso pesa tanto a veces.

Algunas tardes, esos cuerpos nos sirven para descansar los párpados. A veces no nos dejan levantarnos. Tal es el truco de la memoria. Recordar como sinónimo de huida hacia delante. Eso somos, la carga de una carga, puro peso, huellas y más cuerpos. Entonces nuestro cuerpo se duele de otros dolores de antes de haber nacido, dolores que nunca atestiguamos y que, en cambio, viven en nosotros. Tiene que ser un cuerpo equivocado el nuestro.

El peso de padre, el peso de los abuelos. el peso. Todo nos trepa hasta casi ahogarnos. Somos hijos y nietos de esos cuerpos que no reconocemos, que vamos olvidando cada vez un poco. La tragedia es que nunca nos pertenecieron, pueden sostenerse lejos de la gravedad de cuerpos y más pesos que caen. Quizás seamos sus sombras. Los necesitamos. Sin ellos seremos órganos fuera del tórax, sangre separada del ventrículo, vidas sin nombres ni destino. Solamente cuerpos. De las caras… ya nadie se acuerda de las caras.

Ilustración: Darek Grabus

¿Por qué cerramos los ojos al besarnos?

El beso prueba que no hace falta decir nada. Treinta y cuatro músculos faciales para coordinar un acto inventado por los adolescentes. Los viejos lo imitan sin ansia, aire, libertad libre. Sin embargo, ¿por qué cerramos los ojos al besarnos? Dicen que el primer beso se da con la pupila… para después echar las cortinas de los párpados. Algo tendrá que ver la saliva con el tiento. La conciencia del tacto depende del «nivel de carga perceptual en una tarea visual simultánea», es decir, que nadie llega a comprenderlo, ni los que de esto saben mucho. Será mejor mirar de cerca la cosa deseada, conocer el rostro de la rendición. Tiene que serlo.

Somos menos sensibles a rozarnos cuando los ojos se distraen, de ahí el recurso a la ceguera. Al besar resulta muy difícil hacer la lista de la compra. Entre la coordinación, diente contra diente y la intimidad del otro… queda poco hueco, algo de leche. Nada que ver con el sexo. Acostados, muchos recurren a su abuela o a un horno crematorio cerca de Auschwitz, cualquier cosa para retrasar lo inevitable. ¿En qué pensamos cuando damos besos? En seguir haciéndolo muy largo, siempre, siempre a oscuras.

Hace tiempo que decidí besar con los ojos muy abiertos. No quiero perder detalle ni escapar de miradas que señalan. El mundo nace cada día, muy deprisa, más cuando uno está en una boca ajena que es la suya. Besar de par en par y para hacerse ver, besar para crear paisajes sombríos, resplandecientes, besar iris marrones, verdes, azules, todos, también imaginarios. Con los ojos besamos lo que importa y va por dentro. Me niego a prescindir de la vista en ese sueño que es un beso. Me niego, me abro, vivo.

Ilustración: Darek Grabus

¿Os acordáis de la sanidad pública?

Todo cambia, pero la salud sigue definiendo cada minuto de vida. El resto es facultativo. Con esa premisa a algunos se les ocurre hacer negocio, transplantar más fondos hacia lo privado. Y así, con la ciencia acaparando el futuro, las urgencias convierten el presente en colas y a los médicos en enemigos del sistema. Mientras, los pacientes penan porque el turno llega cuando ya están muertos. ¿Os acordáis de la sanidad pública? Fue un sueño; los pediatras fumaban. Sanidad sinónimo de espera, publica en referencia a los débiles, de todos, cada vez menos de nadie.

El progreso era pagar por la asistencia médica, bonita forma de apagar las constantes vitales. Nada que ver con la ideología, más bien con ese derecho humano que garantiza que el dolor se extirpa en una habitación verde, limpia, con vistas a la cura. Al abrir los ojos había flores frescas. La sociedad, en cambio, va desangrándose, insiste en el «sálvase quien pueda permitírselo». Porque el bienestar sólo puede entenderse si abarca a la inmensa mayoría. De lo contrario, el privilegio impera. Yo no quiero vivir en una ciudad de teléfonos y Zoom, sin médicos de carne, ojeras, hueso.

Decía que la salud define cada minuto de vida. Conviene recalcarlo. Al igual que conviene asfixiar el mantra de «la sanidad pública en España es una de las mejores del mundo»… de las farmacéuticas. ¿Qué hay del mundo de los viejos, de los enfermos crónicos, de los recién nacidos, de la sangre y la respiración común, de todos? Sin sanidad pública nos queda una realidad dislocada, huérfana. Quizás sea demasiado tarde, quizás haya una última oportunidad para salvar lo nuestro.

Ilustración: Zhang Yingnan

El postre

A partir de los cuarenta, el mundo se divide entre los que prefieren comer o follar. A mí me gusta más lo otro, de ahí que desconfíe de la experiencia de meterme cosas en la boca. Será inmadurez o que solamente el hambre nos ayuda a vivir más estando hambrientos. La incomprensión da lugar al enigma cuando algunos comensales pasan de ocho platos al café… ignorando el postre. Porque ese último muerdo no puede evitarse, es como el amor, y para él siempre habrá un hueco de helado o crema, fresas, tortitas, nata montada, salivo. El estómago se adhiere al ventrículo cuando lo dulce corona lo salado. Después nada. Si tiene que haber un final que sea un postre.

Los niños lo saben mejor que nadie, aunque algunos sean tan viejos como sus progenitores. Frente a una ensalada de quinoa, unas lentejas con chorizo y un ponche segoviano lo tienen claro. Se llama sentido común y al tragar les pitan los oídos, se emocionan sin saber por qué. Después los padres les reprochan que pasen de mierdas a la moda. Láminas de chocolate frente a la estupidez del mundo, pera escalfada con sorbete frente al tedio, «despacio, hijo, despacio». El postre se come de otra forma y además mancha. Hay que pringarse. Luego explotas o te pinchas insulina en rama.

Jalar tiene algo de liturgia, un sermón que termina por el agujero. Con el postre uno comulga o no comulga y aquellos sin fe pasan de largo. Soy más de salado, ¿qué tontería es esa? Dios es un postre al final de una comida. María Antonieta lo tenía claro: «¡déjalos comer brioche!», gritó. Y es que los días mejoran con el último pedazo de tarta, del plato a las papilas. Quedan las migas, el recuerdo. Hoy la casa huele a pastel imaginario. La vida puede arder en un segundo, de ahí que lo primero que comamos sea el postre. Siempre.

Ilustración: http://www.simon-bailly.com

Un divorcio

La vi alejarse por la Castellana, sola, con su abrigo rojo y ocupando el centro de la acera. Parecía triste, o eso me dije. A veces, la pena es una forma rara de optimismo. Ella entre bocinas (había manifestación), yo con el libro de familia dentro de un sobre. El divorcio estaba hecho, una salida firmada en cada página y bajo una luz de bar de tanatorio. Esta vez no hubo nada que repartir, ni hijos, ni casa, tampoco fotos porque hay pocas y aún decoran las paredes. Siete años y una noche en Tokio. Entre medias, la vida compartida, ya nada.

Todo sucedió muy rápido, también el final. Yo la miraba al otro lado de la mesa del notario, a ella, la misma que se alejaba por la acera al rato. Llegamos juntos en un taxi. Bajamos por la misma puerta en busca del número 171, hablando sin levantar la voz, con casi todo por decir en gestos romos. Si poco o nada se cuenta duele más, porque no existe un lugar hacia el que dirigir la rabia, excepto uno mismo. Quizás fue por eso que nos hicimos daño, por no decirlo y solamente pensarlo. Poco importa.

El libro de familia viene a nombre de los dos, en cursiva y a boli Bic, espejismo. Esos nombres están ahora disueltos, un trámite que, por lo que dicen, permite ser feliz por separado. Lo fuimos muchas veces, nosotros, muchas noches bajo la ventana con vistas a la luna. Queda claro y por escrito que nadie tiene la culpa, ni de la felicidad primero ni de la separación después. Todo eso me vino a la cabeza. Cuando me giré para mirarla una vez más, ella había desaparecido. Entonces supe que ya lo había hecho hace tiempo.

Ilustración: Guy Billout

Rubia

Rubia por tener pelo rubio en la cabeza. Rubia tonta, diana de los flashes. Rubia sin serlo, rubia como los ratones blancos, en una jaula, en la pantalla. Rubia que aspira a ser amada, actriz en serio a pesar de una belleza dolorosa, de todas las eras, Marilyn crucificada. Rubia con demasiado peso dentro de los ojos. De ahí a los labios, luego a un lunar con la forma del mundo que nunca supo verla. Si lo hizo fue en un descuido, diamantes en los charcos. Su recuerdo late en nuestra anatomía, en cada poro de Ana de Armas, en el alma a la que aspira un Hollywood de saldos.

Rubia siempre menos dentro de los sueños. La boca llena de palabras, de esperma, de hombres con olor a óbito y sexo. Rubia en un vestido de crepé levantado por el viento entre las rejillas de la acera. ¿No es delicioso? Lo eras, lo seguirás siendo, tú, rubia, icono de bragas de algodón y voz con mucho aire. Maniquí, lágrimas, sonrisa de Glasgow, siempre sola estando bien acompañada. Y un cometa de sangre impactó en tu vientre. Fantasía de arena, de acero, de objeto a órgano sexual sin despeinarse.

Rubia en vaso corto con botes de barbitúricos sobre la mesilla. Mujer antes que Norma, niña sin padre, revolución y farsa de todo lo que arde. Monroe de familia materna, tres horas de interpretación al día, una de esgrima y milagros a cada segundo. Rubia porque quiso, rubia de ambición extrema, rubia de Netflix y un tiempo en sepia, futuro. Rubia que creó a todas las rubias, rubia que duerme con los pies fuera de la cama. Rubia de Óscar, rubia por los siglos de los siglos, rubia nuestra, rubia cubana, muerta, viva siempre.

Hoy me ha pedido perdón por no quererme

Hoy me ha pedido perdón por no quererme. Lo hizo con un mensaje de texto, en voz baja. A veces, las cosas se escriben para huir, única forma de que existan. De pronto la costumbre da paso al recuerdo, lo vivido adquiere la dimensión del sueño. Sí, fuimos el tiempo en los años y esos años en los que la vida reclamaba un espacio para dos ahora disuelto. ¿Realmente vivimos? He tenido que leerlo varias veces para caer en la cuenta de que ahora, solo y con las manos manchadas de pintura, soy consciente de estar viviendo. Extraña forma de latir, siempre hacia delante, siempre mirando atrás un poco.

Nunca sabremos si es mejor callar, huir, enviar un mail o dar explicaciones. La ruptura convierte cualquier razón en algo superfluo, innecesario por doloroso, un intento de pegar cristales para recomponer reflejos de dos por separado, espejo raro. Estamos, sí, en cada destello, también en ninguna parte. De ahí que nunca haya una manera de hacerlo bien. Quizás civilizadamente, peor.

El amor ya no se sirve. Entonces me levanto de la mesa, doy las gracias y cierro al salir. Ni la ausencia asesina ni el dolor dignifica las desgracias. Queda un consuelo al que aferrarse que depende del tiempo, el mismo que nos deshizo. Hoy me ha pedido perdón por no quererme, repito. Guardaré la frase en la memoria y, dentro de unos meses, puede que en invierno, la leeré en voz alta frente al sol que se desliza por detrás del parque de Islas Filipinas. Sonreía, dirán los corredores que me vean. Y así con todo.

Ilustración: Guy Billout

Querer algo normal

Normal. Que fluye y ocurre espontáneamente y por esta razón es aceptado, lo común, lo que no afecta ni molesta a la propia persona ni a los demás. De tanto ansiar la normalidad hemos vaciado su carcasa. ¿Que qué es lo que quiero? Salud, un piso con luz y plantas que den flores, realizarme en el trabajo y terminar a las seis para hacer compra, ver películas con alguien que me aguante hasta los créditos… Porque, a pequeños rasgos, esta extravagante aspiración de todos denota falta de imaginación. Querer algo normal es imposible, más aire.

Y es que normal procede de las matemáticas y la escuadra de un carpintero, perpendicular, ángulo recto, perfección que mide la belleza. Nada que ver con gente que quiere, no se quiere y abandona, que no sabe y si sabe se aburrirá pronto. Así son las cosas y, siendo normales, las cosas son lo que tienen que ser. Pero, ¿por qué resultan tan inalcanzables? Por el poder concedido a esta palabra que promedia el mundo. La norma, un matrimonio con dos hijos rubios sonríe frente a una casa con jardín muy verde. Flash de foto, una mentira.

Aspiramos a ser normales sabiendo que la normalidad, en el fondo y la forma, es una mierda. En todo caso, querremos que lo próximo sea más de andar por casa, ya que el pasado y el presente parecen hechos a la contra. Quizás por eso nos ponemos una braga limpia cada mañana, colocamos los pies en el asiento para evitar la mirada de otro pasajero, dientes cepillados siempre en vertical. Anochece. Así nos pasamos la vida, huyendo de la costumbre para enfrentarnos al único miedo que da miedo, aquel de ser como los demás. Pues eso, plantas que den flores, lo normal, otro milagro.

Ilustración: Hiroshi Nagai