Inmigrantes

En la frontera la valla es fosa. No sólo en esa franja, límite de ficción entre países enemigos, también en un mundo cárcel por latitudes. Mientras, una masa informe de vida y futuros imposibles salta. Otros, de verde y bajo órdenes, se saltan la única ley que importa porque acoge, estableciendo la línea divisoria entre extranjero e invitado. Resulta que la medida de los hombres se ahoga en un mar que hace tiempo que dejó de pertenecer al cazón y la corvina para convertirse en isla al otro lado, matadero, nicho bajo el mercurio. Se trata de una transición extraña de pez a diana, de negro a blanco. Y además borra los nombres.

Balas para recibir al inmigrante. ¡Bienvenidos a España y a Marruecos! Da igual, ¡bienvenidos todos! Pasad que dura poco. Como eterna parece la indiferencia de la mal llamada civilización. ¿Occidente era eso? Un sueño diluido, una mentira. También para los que nacieron dentro de esa idea asfixiada a cada intento. Hacía ella se dirigen jóvenes que abandonan su casa, caricatura de los que se quedan, espejo de los que observan desde lejos.

Me pregunto por qué lo siguen intentando, qué dejan atrás si en nosotros encuentran muerte y sólo muerte, playas de alambradas, animales sin latido, cristal en las alfombras, filo. La esperanza inventa el mundo cada día, quizás un piso y un trabajo, vamos, lo que viene a ser la vida y sus afanes. Bajo esa premisa yace la respuesta: el inmigrante no emigra, huye. Tenemos una deuda con ellos. Hoy parece imposible de saldar. Y saltan.

Ilustración: Andrey Kasay

He limpiado debajo de la cama

Si hay otros mundos ahí fuera están debajo de la cama. Nada que ver con monstruos o ventanas de tobillo para abajo. Porque entre la niebla, como si de un puente lejos del sueño se tratara, aparece el desperdicio, ese que va por dentro y no hace ruido, el importante. Bolígrafos de punta fina, monedas fosilizadas, parte de la tarima que sobró, piel, pendientes, pilas. Y sobre todo polvo, uno sin estrellas cerca, jerséis tejidos con ruecas sin memoria. Y ventilas. El portero saca la basura, pero el polvo se queda a vivir dentro del polvo, resiste las corrientes y el empeño de los hombres por dejar correr el tiempo. De la montaña a la casa, de la casa a un lugar de noche siempre.

Nadie vino del polvo acorralado, animal granítico. Las heridas son primas hermanas. Distinto tuétano, misma resistencia el paso de los días y el plumero. En polvo escribes, a sus dominios vuelves porque todo era y será polvo, incluso lo que ya dejó de ser, más polvo. Al sacudirlo, ¡dale, dale!, vuelve a la vida, se dispersa bajo la luz de canto donde la magia opera. Extraña trayectoria, arriba, a un lado, más abajo. Luego recupera su rincón como los gatos. Nada se puede hacer para evitarlo. Bueno, observar su trayectoria de copo de nieve sin épica, un truco.

Así he pasado toda la mañana, peleándolo. En unos días volveré a mirar debajo del colchón, comprobaré que el polvo avanza como el fuego, rueda a mis espaldas. Él se resiste, me escribe cartas desde un pasado de pelo y manchas de vino. Cada día nos parecemos más, de ahí mi empeño en hacerle frente con jabón y dolor en los riñones. Olvidaos de Marte y la conquista del espacio. Limpiad debajo de la cama, la mejor manera de admitir una derrota. Gana siempre. Y con su vida extraterrestre me ilumino el rostro.

Ilustración: Guy Billout

Y tú, estrella, ¿qué más quieres?

Tu materia, esa que cargas y titila, está hecha de estrellas. Dos, tres, mezcla de cientos que brillan en ojos y auroras, sueño al otro lado estando vivos. Con eso debería de bastarte. Tú, ingrediente forjado en el corazón de millones de años luz, oscuridad y vientres. El azar, la ciencia de los hombres con sus combinaciones de química y átomos, una explosión, todo eso te puso aquí, en lo olvidado y su presente, estructura que siente y se sostiene, explora y mira un Madrid sin bandera por un tiempo. Después desaparece. Fugaz el astro, fugaz tu rastro. Repito. Con eso debería de bastarte.

En cambio, aspiras a otros firmamentos, cable a cielo. Sucede al crecer mirándote los pies, aspiración de crucifijos en el aula, otro anuncio cubriendo una fachada. A veces se nos olvida. Desde una perspectiva cósmica no hay nada más precioso que esta vida, la nuestra, que imita a los diamantes sobre el terciopelo negro (perdón por la metáfora). Locos y nunca únicos, ¡hay demasiadas galaxias! También agradecidos, incluso en la pena y la muerte de un cometa, de los otros.

Sorprende comprobar que, siendo estrellas, cada uno elegirá la suya. Bien por ahí arriba, Betelgeuse, otro problema, más piedras preciosas entre la basura o la última tendencia. Da igual: los brazos no nos alcanzan, de ahí que perseguirlas se convierta en la peor manera de ignorar la noche antes del desayuno. Imitemos a Rimbaud y tendamos guirnaldas y cadenas de oro entre esferas, bailemos con la gravedad que empuja la materia. Y, de pronto, en nosotros nace el firmamento. ¿Qué más quieres, qué más, qué? Todo.

Ilustración: Guy Billout

Ante la adversidad

Hay una lección grabada en cada adversidad, como si el mundo a la contra fuera el único momento de vida en carne viva, peldaño, montaña. Tiene que ver con la percepción del tiempo, puro presente continuo, la única forma de estar en nosotros porque otros lugares ya no existen. Entonces uno actúa como cree que debe o cree poder, levanta la cabeza, renuncia a su corona bajo la mirada de íntimos y familia. Porque no nos engañemos, nunca estamos solos, y menos dentro de la tragedia. La televisión encendida, ese «¿cómo estás, querido?» de Elena, pequeños gestos que acompañan a un dolor saludable porque implica ir dejando atrás lo que pasará tarde o temprano. De ahí eso de saber sufrir.

Durante el incendio, toda felicidad parece decorado. Y es que de desconsuelo están hechos los huesos, también de calcio y fósforo, fémures que pueden soldarse imitando la cocción de la sopa de cocido, a fuego lento, un poco menos hoy, irá mejor mañana, creo. A veces, aquellos que parecían caminar con armaduras se deshacen ante el peso de la desgracia, y otros, frágiles y delgados, aceptan la promesa del duelo sin levantar la voz, cocinan, levan velas. Y la montaña va perdiendo altura en el ascenso.

Solamente podemos apreciar la flor del gozo si alguna vez fuimos engendrados por la muerte y la ausencia, única prueba de estar verdaderamente vivos o despiertos. Aquí nadie sueña, nadie. Se trata de encontrar las fuerzas en alguna parte, un poco de médula escondida al otro lado. Ante todo olvidar la vergüenza de las lágrimas, añadir carne al esqueleto de lo frágil y observar la vida en el planeta Tierra. Nada de espejismos; la montaña era lo que era, eso, un peldaño.

Ilustración: Guy Billout

De la soledad de nosotros

¿Qué parte de la soledad procede de un cambio brusco en las costumbres? Durante años, se compartieron migas y paseos en círculo, también caricias, cama, vida acuática. Hasta que una mañana, podría ser de lunes, en el reflejo sólo hay uno y un solo cepillo de dientes. Los espejos tienen eso, que nunca mienten, de ahí que estar solo se parezca tanto a estar dormido. Nada ha cambiado, ni siquiera el sueño. Mismas paredes, misma luz a borbotones entrando por la ventana y ese aire cargado de siesta. En la intersección, la novedad se hace pura soledad. Y no son ni las diez de la mañana.

El día discurre con la extrañeza del que sabe que le falta algo y anochece. Compañía, otro olor, pelos, la cadena del retrete en marcha ya muy tarde. Nadie controla la basura y la nevera pasó de representar a los supervivientes a convertirse en ataúd para el hielo, con sus zanahorias bio y la mantequilla que acompaña a los platos de pasta. Se tiene menos hambre cuando se come con uno mismo y el recuerdo de una digestión pesada. Ahí vivir en un octavo resulta útil, pues desde lo alto se divisa un mundo feliz, redondo y a lo suyo.

Ya estando juntos estuvimos solos, incluso más tristes. Era el desamparo del que corría sabiendo que su corazón tenía eco en otro pecho, sincronías del ventrículo que falta. Porque todo se para, de ahí que deshacerse implique un proceso similar al de la materia: ni se crea ni se destruye, late de otro modo y nos transforma. Mientras sucede, hice caso a mi amigo Toni y compré otro cepillo de dientes. «Te hará sentir acompañado», dijo. Y es verdad.

Ilustración: Guy Billout

El sacrificio

Toda relación amorosa implica una forma de humillación. Nada de gloria o recompensa, más bien un ir haciéndose que, a veces, da sentido a todo. Otras, las menos, conduce a placentas oscuras, cristales cóncavos, ángulos muertos. Es precisamente ahí cuando surge el sacrificio, pero no el de la atadura de Isaac y los gimnasios, sino una vida que implica la supervivencia de la pareja, también la ruina con vistas a cargar agua entre las manos del otro. El caso es que siempre podemos soportar más y un poco más, incluso ir a favor de la primera ley de la conservación de la materia sin tener carrera: «La masa consumida de los reactivos nunca es igual a la masa de los productos obtenidos». Química humana toda ella.

Entonces llega el miedo a querer, a dejar de ser amado o a una equis de combinaciones por pares, variable de carne y zonas comunes con forma de desgaste. Y llega el deterioro. Sorprende comprobar que surge de repente, ¡entra!, con algún indicio previo entre los más cercanos. Es cierto, saben más ellos de nuestra relación que nosotros mismos, precisamente porque la pareja se percibe desde fuera como un accidente. Dentro todo sucede tan deprisa que ese movimiento se intuye al correr, nunca pasa por delante del escaparate. Ese es el miedo del que hablo, lo llaman soledad y los otros la ponen a la venta.

Sufrir o no sufrir, sacrificarse, ponerse en lo más alto de una cruz tallada por si acaso, que decore solamente. ¿Hasta dónde llegar en el empeño? Solo espinas y una herida en el costado, venga. Y sudas, y como esto no va de éxito tampoco sabes si el límite lo marcas tú o el tiempo. La duda de saber si el otro haría lo mismo acecha en sueños y con el café de la mañana. Resulta que da igual. Insistes por amor, oxígeno que enciende el aire de las noches cálidas, la única razón por la que vivir ardiendo.

Ilustración: Guy Billout

Recuperar la vida

Nos insisten con eso de vivir el y en el presente, plegaria de superación que conocemos de oídas. Bueno, quizás los niños la recitan cuando les sangran las rodillas o asisten al vuelo de un pájaro mudo, ese policía que dirige el tráfico. Sin embargo, descontado el tiempo en los años y el dolor de un cuerpo en continuo movimiento, terminamos olvidándolo. Es así, el presente no le pertenece a nadie. Hay una luz al levantarnos que nos lo emborrona, se hace un caldo de huesos e ilusiones, nos empuja al nicho de las postales y los sueños de futuro para cursis y privilegiados. Maldita y necesaria esperanza. Y uno insiste, aunque sea en otros.

Envejecer es hacer ruido, y es precisamente el ruido el que desvela la memoria del presente, silencio, shhh. Sí, aquí y ahora y como nunca. No lo vi(vi)mos. Estuvimos a otras cosas, las nuestras, mintiendo, siendo otros dentro de uno, durmiendo de lado, escuchando a Phoebe Bridgers y odiándola por genio, pintando la casa de sol. Parece que tuviera que ocurrir una desgracia, una pérdida seguida de otra, más pelos sobre la almohada, para levantar la cabeza. Recordatorio de la nevera: «Todo es presencia». Cierra bien, haz el favor.

En esa ausencia de lo que nos ocurre mientras respiramos, se retoma. El mundo no ha cambiado tanto desde que nos conformamos con pasar de largo. El presente, ¿qué?, tiene que existir a pesar de nuestro desinterés por la realidad y sus cosas. Soy, estoy en el comienzo del verano, miro las noches por detrás de la cortina, templadas, velos desprovistos de palabras, todo enigma, un antes y un después sin brillo, el de mis ojos. Estoy, no he vuelto, vivo.

Ilustración: Guy Billout

Cuando sabes que va a acabar

Hay algo que nos empuja a seguir intentándolo. En ocasiones pasa por locura. Otras, las más, se parece a la costumbre de dos haciéndose un poco más de menos cada noche, es decir, uno y uno en la intersección improbable del colchón. Entonces el día a día no es más que una sucesión de tiempo deshilachándose, de nosotros en él y mangas cortas. Sucede de repente. Porque las cosas van bien hasta que ya no y, como es imposible localizar ese instante que torció el devenir de la pareja, intentamos enderezarlo hacia detrás, regamos una planta con raíces y sin hojas. De tanto indagar en el fondo de la memoria, terminamos sumergidos en la ausencia y la añoranza de nosotros sin nosotros. Bienvenidos al presente.

Recuerdos que valen más que la pareja, preguntas cuya respuesta imita las peores formas de indiferencia, silencios rotos por la posibilidad del llanto. A veces, compartimos un rato delante del televisor. Mirarse a los ojos implicaría volver a la primera vez que nos miramos, un START despojado de dudas y temores. GAME OVER. Sabíamos que podría suceder, que borrarnos era una probabilidad tan firme como las arrugas del iris, el ruido al recoger las migas y el roce con el aire. Había que vivirlo, de ahí el vacío que precede al adiós como principio de algo que se muere.

¿Por qué este empeño en saltar juntos desde lo alto del puente? ¿Cuándo llegará el impacto? Sería mejor cerrar los ojos y aguantar, eso hacían los viejos. Les fue bien. ¿Qué tal un tajo limpio y rojo sangre y a por la otra mano? Si sabemos que todo llega a su fin, ¿de dónde procede esta insistencia de animales acorralados? A fin de cuentas, el amor sigue siendo el único síntoma de vida humana en la Tierra, antónimo de lucha, creador de todo lo visible y lo invisible. Y tú y yo ya no nos vemos.

Ilustración: Guy Billout

La insistencia

Insistir no ya como modo de vida, sino como norma o plegaria sin dioses de por medio. Persistir, mantenerse firme. Instar reiteradamente. Repetir o hacer hincapié. Hacerlo muchas veces mucho con la intuición de que, detrás de la puerta, no habrá nadie, que estás solo y, sin embargo, algo se despierta en ti si la golpeas. Cuidado. Repetir un mismo acto esperando diferentes resultados supone jugar con la locura. Esto es otra cosa y además es muy cansado. Ayuda el prescindir de expectativas, castillos en el aire, sueños a lo ancho de un trayecto en el que te crecen amapolas en los nudillos y la dictadura de lo imprevisible acota y noquea. Es así, nada sucede a nuestra voluntad, más bien todo lo contrario.

Cuesta verlo. Alguna cosa se le concede al que insiste bien y ama mejor, casi nunca al que se la merece. Hay en ese movimiento cíclico y hacia delante un elemento de perseverancia que en ocasiones pasa por obstinación. Se observa en la naturaleza y la falta de talento, única garantía de que continuar con la práctica diaria, escalas, versos, bocetos, brochazos, conduce al fracaso en sus múltiples formas y colores. Seguir, seguir y seguir. Y luego sigues.

Nada puede intimidarnos, quizás ese amigo íntimo que nos mira con pena por continuar en el error. ¿Quién acierta? ¿Cómo saber que los demás lo hacen bien respecto a uno? Hay que compararse con el que fuimos ayer o hace dos días, diez años, un segundo. También con una hormiga. Quisimos incendiar el mundo y, sin embargo, cuesta tanto encender una cerilla… Reitero: de tanto porfiar encontramos la manera. Hacer un poco más, recuperar el trazo y saltar desde el alambre. No se vive, se insiste. Y así.

Ilustración: Guy Billout

Y pensábamos que no podría ir a peor

Pues parece que habitamos una espiral descendente achatada por los polos. Y no lo digo yo, sino el peso de los tweets y las noticias. Algo tendrá que ver la edad, pero así en general, llevamos un rato intentando recobrar el aliento, detener el día en un gesto feliz, observar de lejos un planeta sin enfermedades, ni guerras ni inviernos. Todo resulta en vano porque la vida era esto, trampas que uno no puede ignorar si lo que pretende es, precisamente, caer en ellas, síntoma de pulso. Así vamos dándonos forma más que encontrando, simplificando en lugar de extender las fronteras del huerto que nos ha tocado. En definitiva, para que nos vaya bien hay que mentirse un poco.

Hay algunos que han decidido enamorarse de Zendaya. Otros, en cambio esperan una subida de sueldo, se aferran al sueño de poder comprar. Bien. Sin embargo, la mayoría opta por el oficio. Subir a la montaña —solos o con niños— y esquiar. Entonces comienza a llover y la nieve que cubría la ladera desvela trozos de roca, tierra parduzca y hierbajos. Ante la imposibilidad de lo antes posible, terminan deslizándose pendiente abajo en un trineo de bolsa de basura. Y ese es el gesto feliz que mencionaba.

Mientras tanto, todo seguirá flotando, como siempre sucedió desde que el humano dejó atrás las escamas para convertirse en una máquina del daño. De pronto, los aviones han dejado de sobrevolar el cielo del Este, los occidentales miran hacia dentro y nadie sabe nada porque nadie sabe si verá la paz. Ante tanta incertidumbre, lo mejor es repetirse que «así empieza lo malo cuando lo peor quedo atrás». Y nos mantenemos bajo la luz del Sol.

Ilustración: refinery29.com