¿Por qué conectamos? Es más, ¿qué significa conectar con alguien? La conexión, si prende, fluye hacia los cuerpos, los eleva hasta que el tiempo deja de ser tiempo y el espacio es tiempo suspendido. Algo tendrá que ver la emoción previa al estímulo, que sentir es, a pesar de todo, lo único que nos diferencia de los animales sin palabras. Primero conectar, después darle forma al pensamiento. Entre medias, algo que convierte una casa en un hogar, una cama en chocolate y esa sensación de que solo se vive plenamente cuando conectamos sin intentarlo apenas. Con eso basta, porque es todo.
En la conexión hay un rastro de empatía, los grandes defectos se diluyen en las pequeñas virtudes, en la facilidad para hacer humor de cualquier cosa (hablar como sinónimo de oxigenarse). Se trata de un movimiento de olas entre dos cuerpos que prescinden de los atributos de la civilización. Si conectas entonces querrás la cima y las orillas, el labio inferior, su saliva y la mañana siguiente. La conexión persigue un horizonte, precisamente porque así la sangre se distribuye como el cielo después de la lluvia. Luego el sexo, un sexo antiguo que nace y vuelve a nacer. La conexión es la prueba de que un milagro es la existencia de la cosa, la simple certidumbre de ser estando vivos.
La lejanía solo se entiende cuando podemos conectar con alguien. Cierto que tenemos el cine, también a Bill Evans, comida al otro lado de los ventanales… sin embargo, solo en el otro encontramos un instante que abarca todos los instantes pasados y futuros, un instante que es principio y fin en un mundo de siempre, sucesión de días sin sus noches, sin sus desayunos. Poco tiene que ver la poesía en todo esto. Hablo del latido y su latido en el tiempo, de todo lo que podemos ser cuando alguien nos acepta en nuestra infinita imperfección. Solo a través del contagio emocional podemos ser humanos, aspirar a ser todo menos troncos huecos. Después… da igual después. La puta conexión, la vida.

Ilustración: David Shrigley