Confiar implica asumir riesgos. Siempre. Confiar en tu pareja, garantizar la buena vida de un hijo o una planta, encomendarse al Domo de Hierro. Nada de eso existiría sin la presencia de amenazas, a veces externas, a veces procedentes del centro de uno mismo. Confiamos en un presente que no es nada más tarde, que será migas sobre la mesa y un poco brisa. ¿Cómo protegerse otorgándole un poder al otro? A confiar se aprende confiando, asumiendo una deuda que nunca debe de ser saldada. De lo contrario, la confianza se confunde con el interés. Nada que ver con interesarse por la persona a la que nos confiamos.
Padre y madre fueron los primeros que confiaron en nosotros. Así crecimos, creyendo en su amor sin límites y la posibilidad de hacerlos sonreír volviendo a casa. Padre y madre, cuando mueren, son los primeros en traicionarnos de verdad. El resto de traiciones pueden doler igual al principio, pero no resisten el paso del tiempo. Fue tal la confianza depositada en ellos que perderlos implica dejar de confiar en uno mismo, caer, equivocarse en el buen sentido de la palabra.
Algunos confiamos en la gente como confiamos en algunas canciones. Se trata de crear un espacio sólido y al mismo tiempo frágil e invisible, un espacio en el que todo cabe, la muerte o la pérdida, también las flores y dormir a su espalda. Con los ojos cerrados también pueden hacernos daño, sin embargo, decidimos abrirlos para honrar el riesgo de vivir como una vez imaginamos. Confiar en alguien desnudo que nos ofrece una camisa… Solo podremos hacerlo conscientes de que, en cualquier momento, el frío llega. Y confiamos sabiendo que, hoy, ahora, nos quieren.

Ilustración: https://www.viviangreven.de/