La casa de mi madre

La casa de mi madre se reconstruye en Navidad. Ahí hubo una familia unida, perros, brindis. Pensamos que algunas cosas podrían durar siempre. Por eso volvemos a ocuparla, un rato, cuando hay nieve en la montaña y la gente camina con buenas intenciones. Quizás por esa razón la abandonamos; una hermana y un hermano que buscaba América. Esa casa es un momento cálido, a pesar de que ahora nada tiene que ver con la que conocimos. En ella conviven los recuerdos con una silla para nadie y la certeza de que, solamente regresando el 24 de diciembre, la Tierra logrará dar una vuelta alrededor del sol.

La casa de mi madre parece una casa nueva. Está llena de luz, algunas fotos, tiene mandalas dibujados en las puertas. La dividieron en dos partes. Arriba, antes, hubo niños que dormían bajo la buhardilla. Este año habrá adultos que parecen niños porque niños somos siempre, aunque se nos olvide. Abajo madre, la más joven que cocina platos y saca vino y recorre el suelo en el que se hizo vieja. En esta casa hoy nadie estará solo. Nos tenemos los unos a los otros. La casa servirá de nido. Mientras, los ventanales se irán empañando muy despacio. Hasta que amanezca. Siempre lo hace.

La casa de mi madre nunca será mía. Puede que lo diga en los papeles, pero en su salón solo hay espacio para una. Puedo verlo en las tardes, en la estúpida costumbre de que el tiempo pase. Quizás madre también piense que la casa es un estuche de felicidad perdida. Todas las casas se quedan huérfanas cuando alguien dentro de ellas muere. El invierno sirve para corroborarlo, para hacernos creer que en una chimenea se concentra todo el calor que necesitan los humanos. El fuego y la casa calientan nuestros sueños, también los pies y el año que vendrá. Al volver a sus muros y sus cimientos de madera, caigo en la cuenta de que estamos hechos de vidrio. Gente frágil, noches cortas, días aún más cortos; la vida dentro de esta Navidad de todos.

Ilustración: Tracy Helgeson

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