El cine, las canciones, el arte… cosas inútiles. Al menos si los comparamos con la labor de un dentista o un barrendero. Por esa razón reivindico la inutilidad frente al beneficio, la cama y el colchón frente al madrugador que cambia las sábanas del mundo, los pececitos de oro frente a los socorristas. Que algo no sirva para nada implica una forma de belleza inalcanzable para todo lo supuestamente útil. En una época en la que los clientes superan en número a los ciudadanos reivindicar lo inútil parece un acto subversivo. Recordatorio: ser un inútil es un cumplido pues implica libertad de pensamiento, libertad para vivir sin aspirar a algo.
Toda mi adolescencia fue inútil. Mi guitarra y mis dedos en una habitación. Fuera sucedían cosas importantes, la montaña al fondo, la modernidad y el campo cambiando de amarillo a verde. Dentro había escalas, repeticiones, una melodía para otra canción triste, puro hedonismo científico que, años después, ha servido para que mi mundo no sea necesariamente mejor, pero sí me pertenezca. La inutilidad consiste en reemplazar lo que más quieres por aquello que se supone deberías querer más. Entonces gana el mercado, la lógica empresarial. Y el asco.
Crear sin un fin concreto, ni siquiera un final alternativo, llenar el tiempo con flores y gestos que nadie pueda ver. Así, de inutilidad en inutilidad, podemos escribir una biografía de lo que importa. Hay algo terrible en desechar aquello que funciona inesperadamente, como si el efecto se impusiera al hecho de soñar y enterrar la causa. Me gustan los mapas que representan fronteras lejos de la realidad, las canciones en el disco duro. Qué esenciales las cosas que no sirven para nada. Adiós al cálculo, bienvenido siempre lo incuantificable. Porque nadie es más rico que el que va al cine, que el que escucha música, que el que considera arte un rayo de sol dentro de casa.

Ilustración: Oyow
Nuccio Ordine explica genial en su magnífico libro «LA utilidad de lo inútil». Para recomendar
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Lo leí. Es un maestro.
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Estupenda ilustración.
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