Observo a las parejas que caminan juntas. Sus piernas oscilan como un péndulo. Sus mentes vuelan lejos, están en otra parte, a miles de kilómetros de nuestra calle. La distancia tiene poco que ver con el espacio, a veces insalvable, otras nada. La cama representa un buen ejemplo. Nunca estuve más lejos de alguien que debajo de las sábanas. La otra persona lo sabía, por eso miraba el techo. El techo sentía desde lo alto el frío. La cercanía se demuestra con el roce, el mismo que puede convertirla en un obstáculo. En el amor, cualquier distancia, una pulgada, nos corta la respiración un poco.
Con los amigos sucede lo contrario. Casi siempre andan lejos o en reuniones de trabajo. En cambio, siempre están, acuden a la llamada, atraviesan el mar o la ciudad o el muro. Ni la pereza ni la distancia pueden embrujarlos. Hay algo de silencio en las personas más cercanas. El ruido define a las que les importas una mierda. Quizás sea el miedo a quedarnos solos, quizás los amigos son los únicos capaces de convertir las palabras en actos, los actos en un salvavidas. Incluso en el desierto. Pasaron diez años desde la última vez. Al miraros a los ojos lo supisteis: vuestra amistad se conservaba en ámbar.
Al acercarnos, algo nos detiene. Cuanto más cerca, más frágiles somos. Ahí nace la compasión, y todo es roce y risa, también miedo. Los boxeadores no pelean, solo mantienen la distancia, igual que los pájaros viven pegados al cielo. Entre medias, nosotros, incapaces de entender cómo es posible que todo sea tiempo, ni cercanía ni distancia, tiempo y tiempo. Una vez le pregunté a un anciano si sentía la presencia de la muerte. Me contestó que sentía más cerca a los suyos. Pensé en la vida, en las personas que tocamos con las manos, en caras, en aquellos que nos dejan y nunca nos abandonan. Cercanía, mi tesoro, creo que también el vuestro.

Ilustración: Kokei Kobayashi

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