Salir de ese lugar oscuro

La oscuridad no se la inventó el invierno. Cae sobre ti, también de día, te deja libre un rato, mientras duermes. Después regresa como la mañana. Esa oscuridad aparece y se disipa en ráfagas. ¿Cuándo? Cuando menos te lo esperas, cuando lo peor quedó atrás y se cierne sobre ti un paisaje verde y ocre. Esa oscuridad fue la misma que te vio nacer, la misma que alumbrarás al dejar de respirar. Sin embargo, solo la sientes con cada bocanada. La oscuridad tiene algo de mentira. Te das cuenta cuando todo lo que miras está impregnado de esperanza, de una felicidad invisible.

La oscuridad nos da forma y color, más que el tiempo entre amigos o la ingesta de cerveza. Somos la forma en la que nos libramos de su culpa, el color con el que pintamos las paredes después de un entierro. Vivir a oscuras no tiene nada que ver con no ver nada. Al contrario. El dolor y la tristeza preceden al olvido, el olvido te permite levantarte de la cama, poner una lavadora y mirarte al espejo. La tranquilidad se alcanza en la calle, sentado en un banco, con la espalda sobre un respaldo frío. Florecieron los almendros. Escribe en el tronco: llegarán las heladas, volverán los días largos.

Un dato: la oscuridad convierte el sol en la primera estrella del alba. La ciencia afirma que la oscuridad no existe, que se trata de la ausencia de luz. ¿Acaso puede medirse o descomponerse en haces? Yo he la he visto y la he sentido. Incluso pude tocarla con mis propias manos al decir adiós a aquellas personas que creí eternas. Qué sabrá Albert Einstein de física… Creo que vivimos apretados los unos a los otros en una oscuridad a la que llamamos de otra forma. Oscuridad rellena de luciérnagas, luz como forma de vida inteligente. Y el amor aparece para derribar todas las sombras.

Ilustración: Jim Holland

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