Nunca me habían mirado de esa forma. Puedo verlo en el pecho de otros que me miran, una forma de evitar o huir, como si mirar consistiera en fragmentar la luz. Ella, en cambio, me mira entero, sin interrupciones, convierte el iris y la pupila en un silencio para dos palabras. Entonces, le devuelvo la mirada tímida, consciente de estar desnudo ante sus ojos verdes. La miro para que nunca me vea desaparecer, para hacerle ver que somos una mirada, solo una, en el tiempo y hacia el espacio, la única forma de verse sin dejarse atrás. Nadie me mira como ella. Ella me mira como a mi me gustaría verme.
La primera vez que la vi no pude verla. Yo andaba hojeándome por dentro, mirando a todos lados y a ninguna parte. Había más gente aquel día. Ella me miraba sin saber que yo buscaba cuerpos, cabezas con dos ojos, dos ojos con los párpados cerrados. Ser invisible para uno mismo empuja a los demás a querer verte, a tocarte con la mirada del deseo. Ella no había visto nada más triste en su vida. Mi rostro no era mi rostro, sino el lugar predilecto de mis manos. Ella me miró sin límite. Lo sigue haciendo.
Su mirada ocupa un hueco dentro de mis ojos, sirve para entender la importancia de mirarse cada día. Algunas personas se miran como si no fueran a volver a verse y, al verse debajo de casa, renuevan los votos de la vida. Hay un legado en la mirada, una forma de entender que todo lo que existe existe al ser visible. Si es invisible y todavía puede verse, entonces es amor. Ella me mira, yo la miro desde abajo. Ella me ve, yo la veo sabiendo que otros miran. Y nadie me mira como ella.

Ilustración: elisabethmcbrien.com