Las personas son lugares

El movimiento se inventó para salir de nuestra cabeza. Abrimos los ojos, preparamos un café o nada y vamos a trabajar deseando estar en otra parte, una playa, huir a un concierto o al día de un mes al otro lado. Somos incapaces de conformarnos con lo que nos toca, por eso recurrimos a espacios que no nos pertenecen, que no nos pertenecerán nunca. Todo es diferente cuando, después de tanto viaje al centro de nosotros, entendemos que las personas a las que queremos y nos quieren son, en realidad, lugares, ciudades llenas de ternura, pueblos con una cama tibia, continentes a los que llamamos casa.

Haced la prueba en un día de mierda. Alguien te cabrea o te provoca. Sientes la ira martilleando tus venas y tus sienes, las patas de una tarántula en la cara. Respiras hondo, como si el aire que entra en los pulmones procediera de una galaxia sobre tu cabeza. Quieres matar entre latido y latido. Las pulsaciones bajan en el momento en el que te refugias en una idea, una idea que es una persona, una persona que es un lugar. La geografía como invento de la gente sola. La cercanía como manifestación más pura del amor. Un pensamiento, un nombre.

Tan hostil ahí fuera, tanta mala hostia por dentro. La gente es fría, los peores matan, los mejores pisan, el planeta arde, las estaciones confunden a los animales y los apicultores, los reyes con sus coronas de espinas, los súbditos con sus sombreros de paja, los inocentes terminan mal, los malvados sonríen frente al televisor, los niños se raspan las rodillas, los adultos lloran a escondidas de los más pequeños, pero siempre podemos recurrir a un momento feliz cerca de el, cerca de ella. Siempre.

Ilustración: Will Barnet

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