El miedo se parece al ruido. Contra el ruido, movimiento. El sistema, la ciudad, las redes, quieren su dosis de flujo diario, de ganas y expectativas, es decir, de lo que creemos que nos pertenece. Cuando todo se va a la mierda nos quedan dos alternativas. Una, recoger los trozos por el suelo y señalar a los otros. Y dos (la más difícil), parar, ese miedo más antiguo que la humedad porque implica ir contra el instinto de supervivencia. Si no te movías, el tigre de los dientes de sable te devoraba. Si no te mueves, la gente se olvida de ti. Es posible el olvido, sí. Más importante es la salud.
Observo a la gente que para. Está agotada de intentarlo. Le resulta muy difícil saber en qué momento dejó de divertirse. Simplemente ocurrió, se dedicó a hacer para estar, a componer para exponerse, a vender para propulsarse hacia un no lugar. Nada peor que conseguir tus sueños. Nada peor que renunciar a ellos. Hay muchas formas de borrarse, pero la mejor es decir: ¡que os follen! Luego sigues, más despacio, por un camino hecho por y para ti. El fuego es movimiento hacia los otros. Parar es movimiento alrededor de uno y la gente que te quiere.
Nunca tuve valor para dejar de tocar música a pesar de haber diseñado un orden lógico nunca consumado: escribir, grabar, salir a dar conciertos y ganar dinero. Bien las tres primeras. Las cosas están vivas si se mueven, le repetía a mi guitarra. El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes, decía el sabio. Los dos teníamos razón y, sin embargo, nos olvidamos de lo importante: estar tranquilos, ver el mar una vez al año, rodearse de gente maja, limpia y elegante a poder ser, cuidar de las plantas, dormir hasta las diez, llamar a madre, ver películas, hacer el amor y compartirlo, trabajar en algo para vivir en todo. El resto es facultativo.

Ilustración: Jeffrey Smart