Anatomia del miedo

Ansiedad, pánico, horror, cerote, espanto, temor… tantas palabras para referirse a la dilatación de una pupila, al sistema endocrino saturándose de hormonas, a la frecuencia cardíaca convertida en un púgil zurdo. Lucha o huye, enfréntate a la bestia, y si aún te queda algo de valor mueve las piernas; ¡izquierda, derecha, izquierda, derecha!, la cadencia imperfecta para alcanzar el árbol más cercano.

Y es que en ese intervalo de tiempo dislocado, fracciones de segundo en las que sentimos miedo de manera consciente —lo que nos diferencia del resto de animales—, nos olvidamos de comer o hacer pis; todo es ruido; la piel adquiere la textura del film alveolar; y el que teme sufrir ya sufre temor.

Al desaparecer la amenaza “terrorista” —presente o futura, siempre al acecho— podemos pensar con claridad, localizar aquello que nos paraliza: ¿volvernos invisibles a los demás, perder la memoria, quizás no ser capaces de aguantar el ritmo impuesto por los más jóvenes, dejar un clavel rojo sobre el ataúd de nuestro pequeño, darle la razón a aquellos que sabían desde el principio que no funcionaría? Un violador anda suelto en nuestra cabeza.

Mientras tanto la fascinación por lo desconocido espera agazapada y algunos, dotados con la capacidad de temblar frente a un mar en calma pero propensos al naufragio, observan la trayectoria del que salta desde el balcón a la piscina, ese buscador de novedades con el poder de inyectar la dosis justa de adrenalina y leyenda en un torrente sanguíneo que también es carretera, superación, reto, serotonina para el alma.

Resulta que el miedo se hereda, precisamente para garantizar la supervivencia del que rompe todos los obstáculos, del que es roto por todos los obstáculos, del sicario y el condenado a muerte, de los que sienten la angustia de Jorge Marazu por vivir bajo las luces de la oscuridad, del miedo en las tripas del miedo.

Los fusilamientos de la Plaza de Colón

Estas dos imágenes están separadas por 131 años. Mismo día nubloso, mismos contrastes monocromáticos con algún elemento de color, mismos semblantes serios, valientes, resignados mirando a la muerte, al futuro, al centro derecha y al fascismo.

Jose María de Torrijos y Uriarte y Pablo Casado, Francisco Perez Golfín y Santiago Abascal, Flores Calderón y Albert Rivera. Hay otros pero podrían tener un nombre cualquiera o simplemente existir en el momento de la instantánea.

Los de abajo, perdedores y condenados a morir abajo las balas; los de arriba, ganadores, del lado del capital y gravitando en torno a esa idea rara que es la bandera, la patria.

Estas dos imágenes, tan alejadas en el tiempo y en el espacio, una en la plaza de Colón en Madrid, la otra en las playas de Málaga, comparten muchas similitudes y un detalle macabro: ambas son escenas de un fusilamiento. Por un lado el de los cuarenta y ocho personas que se rebelaron contra el absolutismo de Fernando VII y por otro el del resto de la población española, testigos involuntarios del momento, que no entiende muy bien qué está ocurriendo, por qué miles de personas se congregan en un punto y pronuncian las palabras ¡traición, democracia, unión, España! de tal manera que suenan a todo lo contrario: a crispación, a ruptura total, a totalitarismo casposo, a falta de entendimiento.

Estas dos imágenes están separadas por 131 años y representan la misma realidad: España parece condenada a no entenderse en la foto, en el cuadro y en la vida.

Carguen, apunten, fuego.