La pesadilla en la que te queda una asignatura

Regresa cada semestre, como si el subconsciente fuera sensible a los cambios de temperatura. Encienden las farolas, cierras la persiana, conectas la alarma del móvil, te tumbas en el lado bueno de la cama. Te apagas con tres respiraciones fuertes. Y sueñas. Entonces las tareas de memoria y aprendizaje se consolidan, el pasado, el presente y el futuro feroz hacen piña dentro de los párpados, todo sin verle los calcetines al psicólogo. Sueñas con tu yo en aquel pasillo de cemento y luz artificial, con las espaldas y las mochilas de los compañeros, frente el tablón de notas. Da igual si tienes treinta, cuarenta, sesenta años… te queda una asignatura para sacarte la carrera. ¡Mátame, rector!

¿Qué sucede en esta cabecita loca para regresar cada dos por tres al colegio o la universidad? Los dientes se te caen, muy bien, pero ¿qué necesidad de revivir la angustia académica? Maldito cerebro reptiliano. Ni un solo psiquiatra se atreve a establecer una verdad universal respecto a los sueños de cada uno, así que repites pautas y comportamientos que encuentran su contrapartida al cerrar los ojos. El sueño como drama para todos. Repetición, castigo y culpa, o como decía Freud: «los que fracasan cuando triunfan». La desconexión entre la vigilia y el somnífero es total. Al despertar eres consciente del impostor en ti. Eres legión.

Quizás nunca aprobaras el examen del sueño y te dieran el título por pesado. Puede que al profesor de inglés le hiciera gracia tu acento de Paco Martínez Soria al recitar a Shakespeare. Tampoco es que aprendieras nada en la carrera (excepto a jugar al mus y beber cerveza). Tienes pesadillas mucho peores al ver a tu jefe en el curro. Nunca se te olvida que no estás a la altura, por eso te echas una siesta. Las metáforas recurrentes te alivian de los problemas reales y los esguinces, te dan fuerzas para seguir durmiendo, representan ese cerco de orina en el colchón. Y los sueños, pesadillas son.

Ilustración: Quint Buchholz

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