Alejarse

Hay algo terrible en poner una distancia de ocho horas con respecto a un Madrid quieto. Dos mochilas, una bandeja de jamón ibérico entre los calzoncillos, un par de zapatillas y la misma sensación al despedirme de la casa de padre y madre por primera vez. Sentí vértigo y ganas de perder hacia delante. Ahora, años después, lo que me acompaña es algo parecido a la suerte, a pesar de ser más viejo y mucho más idiota.

Aquí amanece antes, la vida se deshace por adelantado. En España todo debe de seguir igual. La voz de madre en el teléfono, las hermanas a sus cosas, padre muerto, Luis con ganas de trabajar menos, Diego y Pablo, Álvaro y Laura, Javi leyendo frente al mar, Jorge sin su bajo, el mundo por pares. De lo único que me arrepiento es de alejarme de María y sus carcajadas con aire, de su pelo rastrillándome la cara. Es la primetra vez que me sucede. «Déjate de decir lo de las primeras veces», diría. Ya está escrito. Tiene que ser porque María es un destino después de tantas paradas. O eso quiero.

Este espacio viene con su propio frío. Lo que antes era invisible ahora se amplia, como si siempre hubiera estado ciego. Ahora veo y no conozco a nadie. Bueno, solamente a una persona en una ciudad de catorce millones. El mismo sol del otro lado, perros en el parque, el sonido de los trenes, tiempo, espacio y más silencio. Me aferro a un momento feliz: un bocadillo de pescado en Lanzarote con ella. Qué raro. Nunca me había sentido tan cerca de alguien. Tan distantemente juntos, tan lejos.

Ilustración: desconocido

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