Oliver Laxe rueda por el cine como un monje por un valle, con la seriedad de quien ha visto algo que los demás no, con la calma de quien no tiene prisa en petarlo. Sus películas — O que arde, o la última, Sirat— son parábolas cargadas de una espiritualidad casi precristiana, donde los silencios y las imágenes pesan más que los diálogos y la tierra habla con acento o un niño se muere. No rueda para explicar, sino para invocar a los espíritus y cabrear a la gente de derechas. «Va de místico», dicen los que protestan en Ferraz, y es cierto porque filma con el alma de un modelo en una rave. Y uno lo ve y piensa que si Bresson y Tarkovski hubieran tenido un nieto gallego seguramente se llamaría Oliver.
Su forma de hablar —llena de giros poéticos, arcaísmos y conceptos filosóficos, de aire que saca de una boca grande— no se entiende, molesta, pero se agradece. Tiene esa clase de elocuencia que pasa de comunicar, que descoloca: «lo invisible es más real que lo visible» o «el cine es un gesto de ofrenda», y uno no sabe si reír o callar o meditarlo. En un país donde la palabra trascendencia da urticaria, él la pronuncia como el que pide otra, como si fuera una hoz o un martillo. En sus entrevistas, parece estar siempre a medio camino entre la epifanía y el que se acaba de levantar de la siesta. Todo sin esfuerzo o muy pensado. Y luego está su pelo.
El pelo de Laxe merece un ensayo de Deleuze, melenaza indomable bajo un bombín o ao aire da ria, recién salido de un sueño húmedo de la Nouvelle Vague. Esa belleza asilvestrada, jipi con causa, como si el mismísimo bosque gallego le hubiera parido entre dos helechos verdes y un eucalipto seco. Su fotogenia es incómoda porque no está domesticada, molesta como molesta lo que es demasiado bello o de todas partes. Pedro Almodóvar lo elogia —se lo follaría—, también lo envidia por ser joven, como todos los viejos. En un mundo de rostros afilados por la cirugía y el algoritmo, Oliver Laxe impone con su aura telúrica, su hermosura de dios del noroeste, con esa costumbre de moda de no intentar gustar. Y por eso, a España le jode y va al cine a ver lo que ha parido.
