Sergio Ramos, exjugador del Real Madrid, gran defensa y coleccionista de títulos y tatoos ha decidido sumarse a la lista de toreros que confunden el césped con el escenario. En plena crisis capilar y con la cuenta repleta de ceros y dorsales, cree que la música es un terreno que se conquista como una Champions, a base de pundonor, hinchas y un poco de hípica (la épica se queda corta). 29 títulos y 39 primaveras después parece haberse olvidado de que la música poco o nada tiene que ver con un palmarés, sino con palmar y volver a casa más viejo y cansado.
Lo curioso es que Ramos representa esa ilusión infantil de los que se acostumbraron a ganar: la de pensar que su magnetismo y su pose de Canelita canalla son potencialmente transferibles a una partitura, como si componer un verso equivaliera a despejar un balón (es más difícil lo segundo). En su canción «Cibeles», de gala me vestí, sangre y sudor te di, te disfruté y te sufrí, se sincera en búsqueda de una nueva e innecesaria identidad. Es un karaoke de ego y laca, un golpe de talonario para mutar de defensa recién salido de un barrio chic a artista emergente. Y no le culpo por creerlo.
Porque la música tiene defensas de cinco y hasta de seis hombres, barreras que tapan las carencias, y un árbitro, el púbico, que en muchas ocasiones pita a favor de la falta de talento. Sin embargo, dentro de una canción y sobre un escenario estás solo. Ramos demuestra que, a veces, el mayor gol en propia puerta lo marca la vanidad y así, cerca de los cuarenta, extraviado como Casillas o Ángel Silvestre y en lugar de echarse a un lado, pasa a la historia al inventarse una vida que no le corresponde. Futbolista, a tus zapatos. Gracias por hacer de este mundo un lugar peor.
