Celebrar que no celebramos

Creíamos haberlo visto todo: fuegos artificiales sobre las cabezas de la Policía, abrazos a modo de símbolo terrenal, lágrimas de un equipo convertido en algo más que la suma de sus partes, la posibilidad de ser una isla blanca reunida en la baldosa de la plaza de Cibeles con su mar de cuerpos a la una. Después llegaba la noche mezclada con el ruido de los cafés sobre la barra… hasta que la posibilidad se impuso con el gesto de la certidumbre enmascarada. Desde entonces, el misterio nos acompaña a todos porque a todos nos ha tocado vivir el tiempo de celebrar que no celebramos.

Y es que ahora la consecución de un título se festeja en casa, con la familia y algún amigo en paro, aunque también con la comunidad ausente y presente, a solas con nuestra consciencia y la certeza de que el orgullo prescinde de grandes manifestaciones y banderas. Simplemente ofrece una nueva oportunidad a la conciencia, algo de cuerda, quizás un brindis. Y las bocinas forman parte del recuerdo, como la chica de ayer y aquel Ramos de nariz aguileña.

Lo mejor de esta nueva estación es que no hace falta que nos guste el fútbol porque de lo que se trata es de sentirse bien por obra de la felicidad ajena, aquella que es importante porque no nos toca y al mismo tiempo es propia. Resulta que a veces el arcoíris es blanco, otras azulgrana y casi nunca rojiblanco, pero todos ellos conducen a una resaca, a un momento compartido, a una derrota prorrogada. Y durante unas horas este Madrid olvida la desgracia del fútbol sin público, de la vida a medio gas.

Ilustración: https://www.felixdiazart.com/

Mascarilla: el nuevo condón

No hace falta ser J.G. Ballard, Philip K. Dick o la pitonisa Lola para pronosticar que la mascarilla será el complemento indispensable de los próximos meses, años, quizás décadas. Y a esa realidad, ya de por sí compleja debido al uso indiscriminado de antifaces y rostros de sombría superioridad, habrá que añadirle los inconvenientes lavables o desechables de filtros de electreto, gomas elásticas, o según 3M —el Nike de la ciencia aplicada a la vida—: «un acolchado extremadamente suave que proporciona ese confort prolongable en el tiempo».

Con estas premisas, las marcas no tardarán en saltar a la cara del consumidor, adaptándose a todo tipo de presupuestos y necesidades. Las de Gucci a 250 euros la pieza; una de recuerdo con el logo de “I love New York” bien visible; las de la pretemporada del Real Madrid o esas con la cara de Sánchez que regalan con el lubricante… todas encontrarán acomodo en 7.500 millones de habitantes que, todavía traumatizados, se resisten ante la idea de convertir los ojos en el único pasaporte de reconocimiento fieramente humano.

Lo curioso de toda esta situación de soledad extrema y anonimato hecho mantra es que muchos ofrecerán resistencia, aduciendo que si ellos no se han puesto un condón en la puta vida, ¿cómo van a ponerse esa mierda? ¡Además, yo soy fumador… y heterosexual! Y así es como debajo de una máscara protectora encontramos una dolorosa verdad expuesta por Séneca en tiempos igual de convulsos: «Nadie puede llevar la máscara durante mucho tiempo».

La indiferencia

De todos los males que acechan nuestra civilización, con sus escenas diarias protagonizadas por la que es —supuestamente— la generación más preparada de la historia, hay una que brilla por encima de todas las demás con una luz trémula propia, grisácea, casi mate, tanto que ni siquiera somos conscientes de que ilumine nuestras propias sombras, precisamente porque no nos importa. Señores y señoras, con todos ustedes: la indiferencia.

Y da igual si los niños de San Pedro del Pinatar dibujan con sus menudos cuerpos un SOS para salvar el Mar Menor, o si con cada segundo de más nos acercamos a un Apocalipsis planetario sin obsolescencia programada aquí, un poco más allá y en la Australia ardiente, o si una inmensa minoría de miembros de la SGAE y las televisiones locales se llenan los bolsillos mientras el resto de músicos apenas saca sesenta euros por concierto —en el mejor de los casos—. Y si ayer murió Jose Luis Cuerda y solo se lamentan los que se cagan en el misterio, ¿quién guardará en la memoria el 24 de Kobe si a nadie parece molestarle que la peña lleve camisetas de grupos que no escucha?

La indiferencia, una forma fieramente humana de crimen psicológico, representa el naufragio invisible, precisamente porque en ese juego de contrarios en el que nos debatimos, con tan ilustres aspirantes como el amor y el odio, la belleza y las uñas de Rosalía, Madrid y Barcelona, la fe y el porno, la vida y la muerte, es la reina indiscutible en contra de toda acción. Bajo su mandato algunos resultarán heridos, otros celebrarán la victoria con champagne, caerán más torres, saldrá el sol y con un poco de suerte el virus será frenado… todo ante nuestra más absoluta indiferencia.

El Real Madrid pierde, las mujeres ganan

Parece ser que la vida, una sucesión de acontecimientos con tendencia a repetirse, siempre ha sido un juego de hombres y mujeres. Y no empleo la preposición contra porque creo que en ese partido —que se libra todos los días en un terreno de juego llamado mundo—, el protagonismo lo comparten los dos… pero tan solo los primeros acaparan la luz de los focos.

A pesar de la evidencia, en el deporte, las letras, cerca de las estrellas y a pie de calle, muchos hombres consideran que todas estas reivindicaciones feministas están fuera de lugar porque, si el sistema funciona, ¿para qué cambiarlo?

Resulta que la otra mitad, exactamente 3712 millones de mujeres, no comparte esa visión. Y no solamente eso, sino que sienten que deben de dar un paso al frente y decir bien alto que no les gusta lo que ven, que ya está bien de ser las guardianas de la clandestinidad, y que a veces, el todopoderoso Real Madrid, Victor y Victoria del deporte rey, tiene que aceptar la derrota y recapitular.

Es un hecho; las mujeres, «esas que se quedaban en casa con los niños», comienzan a ser una “amenaza” porque ya no tejen jerseys blancos para el invierno, sino que tejen cambios, algo que es percibido por el macho competitivo como una amenaza.

¡Hombres!; ignorad la realidad del 8M o si preferís parad un segundo, escuchad sus reinvindicaciones y —si así lo sentís— secundad la huelga. Pero estad tranquilos porque ellas no reclaman vuestras cabezas o dominar el mundo (tienen cosas más importantes que hacer), ni siquiera desean ejercer el poder sobre vosotros… sino sobre ellas mismas.