He vuelto varias veces a casa. La primera fue a la fuerza. Necesitaba dinero. La segunda desde Londres, un acto del que todavía me arrepiento. Hay otras, tantas como puntos cardinales. En cuanto a las razones… dan un poco igual. El caso es mudarse, adoptar un nuevo horario, observar una luz desconocida en el cristal. Creo que siempre me moví sabiendo que podría volver, que habría una calle irreconocible y un portero esperándome, algunos amigos cada vez más locos. Debe de ser horrible regresar a casa y que la casa haya desaparecido.
La libertad consiste en moverse, aunque todos vivamos pegados al cielo o a un recuerdo. La palabra casa, con el paso del tiempo, muta, de ser una habitación a una ventana, de un barrio a una ciudad, de una ciudad a un pueblo en cualquier parte. Luego está el mundo hacia el este, otro más en en el sur, coordenadas que ocultan la realidad del día a día: una casa es un amigo o una canción, aquella tarde en la que todavía respiraba. Debe de ser horrible regresar a casa y que madre haya volado por los aires.
Pienso en los que hoy han vuelto a casa sin caer en la cuenta de que el mundo (en su ausencia) se convirtió en un lugar más tenebroso. Perdieron dos años o más de vida, sus familias tuvieron que enfrentarse a la incertidumbre de las desapariciones, algo peor que la muerte. Están aquí y la alegría se mezcla con la tristeza antigua del que nunca salió del barrio. Debe de ser horrible regresar a casa y que la casa siga intacta, que los amigos lloren de alegría al verte, que madre pueda abrazarte una vez más y que nada vuelva a ser como antes. Tiene que ser horrible.
