leer es una forma de desaparecer

Los amigos de la infancia

He pasado un fin de semana con dos amigos de la infancia. Nos conocimos siendo niños, nos reconocemos de viejos. Más cansados, llenos de manías y rozaduras, arrastrando el desencanto por un mundo que se va alejando de nosotros con nosotros dentro. Me gusta pasar tiempo con ellos, reírnos alto, hacer bromas sobre el deterioro, compartir un viaje en teleférico, observar la montaña cubierta de casas por la tarde, la misma montaña cubierta de luces por la noche. Hay algo bonito en la amistad de tantos años, algo que viene a recordarme que, a diferencia del amor, no necesita frecuencia.

Los he visto crecer, ponerse fuertes, perder a gente que querían, renunciar a algunas cosas, conseguir otras, escucharles hablar de sus viajes, de la belleza de Indonesia, de la ruina de la India, Colorado y Japón en bicicleta, el paraíso sin rastro de manzana, la Escuela del río Hudson, su miedo a la vejez, la insoportable levedad y el peso de haber nacido en Segovia, lo terriblemente aburrida que resulta la NBA en 2026, acuerdos tácitos de soledades. Cuánto hemos cambiado, qué poca distancia hay entre ser adulto y la posibilidad de comenzar de nuevo.

Me pregunto cómo sería mi vida si tuviera otros amigos, si sería alguien peor, distinto. ¿Qué parte de uno es de sus padres y qué parte corresponde a los que te acompañan? A veces —hoy con más razón— pienso que los amigos de la infancia son los únicos que recuerdan con precisión quién fui antes de convertirme en un imbécil y, contra todo pronóstico, han decidido quedarse. Puede que les falle la memoria, que se concentren en las mejores partes de uno, o que la amistad, cuando es vieja, sea la forma más desarrollada de ceguera.

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