leer es una forma de desaparecer

Pobre torero, pobre toro

Morante. La Maestranza. La imagen se repite y nunca es la misma: el cuerpo suspendido en el aire, el gesto previo al dolor, la respiración cortada antes de los gritos. Y entonces aparece algo incómodo, casi automático: una punzada de revancha. Como si la cornada equilibrara la balanza. Como si, por un instante, la violencia, por fin, fuera en dirección contraria. Dura poco —¿cuánto?—. Lo justo para reconocerla y apartarla.

Después llega otra cosa. Más difícil de contener. Un hombre en el quirófano, con el ano desgarrado. Un oficio que consiste en acercarse demasiado. En mover un capote con elegancia. En jugársela por la gloria —¿qué es la gloria?—. El cuerpo como medida del daño infringido a un animal. El fallo no es una posibilidad remota, es parte del sistema. Y cuando ocurre, todo se vuelve demasiado real: la cogida, la muerte a vista de todos. Se acabó el símbolo. Queda la carne y algo humano que se descompone.

Fuera del ruedo surge la pregunta que se repite y nunca cambia: qué hacemos con esto. Una práctica que apela a la tradición y a la herencia, incluso al arte, y que al mismo tiempo se ampara en una violencia cada vez más difícil de justificar. Entre la huida hacia delante y la defensa identitaria. Entre generaciones que lo rechazan y otras que lo elevan al rango de cultura. Pobre torero de La Puebla. Pobre toro, el cuarto de la tarde. Buscar el equilibrio es imposible cuando el centro de la imagen es el daño. Quizá lo único honesto sea dejar de mirar hacia otro lado, seguir el rastro de la sangre. Por los toreros. Por el toro. Por nuestra culpa.


Comentarios

Una respuesta a «Pobre torero, pobre toro»

  1. «Como si la cornada equilibrara la balanza. Como si, por un instante, la violencia, por fin, fuera en dirección contraria».

    ¿»Por fin»? Ni pobre toro ni pobre torero… más bien, pobre idiota…

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