Valeria Castro o la importancia de aprender a decir no

El caso de Valeria Castro retrata a la perfección cómo la industria y sus rémoras (managers, promotores y cadenas de televisión) confunden talento con rendimiento. En un negocio donde las listas y los números ordenan, nadie parece recordar una obviedad: detrás de una voz hay una herida. La máquina del éxito no entiende de descanso y exprime, chupa, agenda, programa, exige, ¡más luz! Se ha instalado la idea de que parar es un fracaso, de que desconectar es rendirse. Pero el arte necesita de silencio, de tiempos muertos y distancia. Y cuando a alguien tan joven como Valeria se le niega eso la voz de la artista se resiente, también la persona que quiere llegar lejos tan pronto.

El gran error es que el manager moderno ya no acompaña, dirige, no protege, explota. Se ha disuelto la figura del mentor que entendía la complejidad del proceso creativo y en su lugar han aparecido gestores de marca obsesionados con mantener la presencia en los medios, en la red, a toda costa. No ven a Valeria como una compositora que necesita crecer en salas pequeñas, sino como un producto que no puede enfriarse. Sin embargo, las canciones poco se parecen a un producto: se viven primero, se esperan después y terminan en un móvil. Cada vez que se empuja a alguien a seguir sin mirar atrás, aparece el ruido y el ruido de la gente que critica para dotarle a sus vidas de su particular banda sonora.

También la familia tiene su parte de responsabilidad. Nadie mejor que un padre o una madre para recordarle a su hija que la música viaja hacia dentro y en contra de la prisa, está llena de pérdidas y hallazgos improbables. Que los estadios llegan, si llegan, en la madurez, cuando las canciones pesan más que los focos. Que decir “no” —¡a la mierda Operación Triunfo, el estrellato y las escuchas!— no es perder una oportunidad, sino salvar el futuro. Porque en la tele puede haber audiencia, pero no hay poca música o es música fea, y lo que Valeria tiene no es fama, es algo mucho más raro y precioso: verdad, y ésta, managers, padres, si se cuida, nunca caduca, nunca.

Al volver a casa la casa había desaparecido

He vuelto varias veces a casa. La primera fue a la fuerza. Necesitaba dinero. La segunda desde Londres, un acto del que todavía me arrepiento. Hay otras, tantas como puntos cardinales. En cuanto a las razones… dan un poco igual. El caso es mudarse, adoptar un nuevo horario, observar una luz desconocida en el cristal. Creo que siempre me moví sabiendo que podría volver, que habría una calle irreconocible y un portero esperándome, algunos amigos cada vez más locos. Debe de ser horrible regresar a casa y que la casa haya desaparecido.

La libertad consiste en moverse, aunque todos vivamos pegados al cielo o a un recuerdo. La palabra casa, con el paso del tiempo, muta, de ser una habitación a una ventana, de un barrio a una ciudad, de una ciudad a un pueblo en cualquier parte. Luego está el mundo hacia el este, otro más en en el sur, coordenadas que ocultan la realidad del día a día: una casa es un amigo o una canción, aquella tarde en la que todavía respiraba. Debe de ser horrible regresar a casa y que madre haya volado por los aires.

Pienso en los que hoy han vuelto a casa sin caer en la cuenta de que el mundo (en su ausencia) se convirtió en un lugar más tenebroso. Perdieron dos años o más de vida, sus familias tuvieron que enfrentarse a la incertidumbre de las desapariciones, algo peor que la muerte. Están aquí y la alegría se mezcla con la tristeza antigua del que nunca salió del barrio. Debe de ser horrible regresar a casa y que la casa siga intacta, que los amigos lloren de alegría al verte, que madre pueda abrazarte una vez más y que nada vuelva a ser como antes. Tiene que ser horrible.

Octubre, González, 1973

Hay discos que suenan a una conversación con el pasado. Pues bien, «1973» es uno de ellos (con matices). Porque aquí, González, Quique, canta sobre un mundo que se difumina y todavía se intuye en los periódicos de los bares y las imprentas, en el hueco dejado por las cabinas telefónicas y un cielo sin cobertura. ¿Qué fue de la furia en el paisaje, de los coleccionistas, de Kris Kristofferson? Quizás la nostalgia termina por corroerlo todo y, sin embargo, cada vez más viejos, encontramos un hueco para el asombro, como el que vuelve al barrio después de muchos años y escucha la voz de madre gritando su nombre desde el balcón.

En este disco, el tiempo se dobla, existe un rato fuera de las pantallas, con las guitarras un poco de Los Ángeles, un poco de Son Servera de Toni Brunet y la voz de Quique marcando el camino de cristales rotos. Se trata de música a contracorriente, precisamente porque podría considerarse «de esa de toda la vida», un satélite perdido sobre nuestras cabezas, la estrella más brillante al sur del valle.

Luego —o antes que todo—, las letras, con sus tigres de papel, sus camiones avanzando lentamente por la autopista, una brizna de yerba, pérdidas de tiempo y memoria de película velada. Nada de invitaciones a volver atrás, sino más bien a aceptar que lo que fuimos sigue vivo en las canciones. Y una pregunta sencilla: ¿cómo podemos seguir siendo humanos en 2025? Puede que sea demasiado tarde. De serlo, siempre nos quedará Quique González.

El protestar no ocupa lugar

Hay cosas que son difíciles de digerir (la bollería, esos señores que lo explican todo…), pero pocas como ver a gente indignada porque a otra gente le indigne un genocidio. Hay que tener la brújula moral dislocada para cabrearse no con la masacre, sino con el que la señala. Será porque el ruido de la calle reduce el soniquete de las bombas, porque manifestarse abre más heridas que la muerte de miles de civiles. Esta inversión de la empatía dice más de un país que cualquier dato económico. Intercambio de incomodidad por compasión: está ocurriendo.

«Es para tapar la corrupción del PSOE», «nadie corta la Vuelta por el precio de los alquileres», «¿qué pasa con las listas de espera en la Sanidad Pública?»… ¡Qué pesados! ¿Desde cuándo la conciencia tiene que pedir permiso a la agenda política? Como si Gaza fuera incompatible con exigir justicia en casa. Es una versión del dolor por turnos, una cosa primero, después la otra. Dos indignaciones a la vez…

Quizás, el problema viene de confundir la apatía con la lucidez que permite analizar la realidad desde la distancia, ser ecuánimes sin entrar en el derecho fundamental a la vida, más libres lejos de la moda de llevar un palestino alrededor del cuello. Para desgracia de muchos, no hay neutralidad posible ante un crimen de este calibre. Aquí el silencio implica una forma de aceptación, una complicidad insoportable. Y todavía hay gente que prefiere parecer sensato en lugar de humano. Qué holocausto.

Manual de instrucciones para entender a Ayuso

En el Bernabéu, las declaraciones de Díaz Ayuso sonarían a exabrupto, a ida de olla de alguien ido, una ocurrencia lanzada al aire digna del hoolingan que pide otro cubata y agita el hielo de un vaso vacío (símil del cráneo de la Presidenta). Pero sucede en Madrid, en la Asamblea, rodeada de señoros que sonríen y hasta le aplauden. ¿Cómo alguien que parece incapaz de hilar dos ideas sensatas puede convertirse en referente de la política nacional? No se trata de lo que dice, sino de lo que representa. Isabel, la terrorista del cemento emocional.

Ella tira de deje madrileño, aspira la ese, le suena una jota, se le mueve el pelo hacia la derecha y verbaliza una imagen grotesca, de mala persona elegida por una amplia mayoría. Escupo literalmente: «Ya se han dado el baño. A partir de ahora, subvenciones para chiringuitos, para el teatro, para el cine…». Porque según algunos, es la única que se atreve a decir las cosas como son, aunque no lo sean. Tampoco explica nada, los datos para los perdedores y los zurdos. Aquí importa la chispa y el titular incendiario. Ayuso gana siempre porque ¿quién puede frenarla? Quizás la muerte. Y lo dudo.

Frente a su mala hostia, los argumentos hacen lo mismo que la flotilla rumbo a Gaza, le rozan ese cutis terso. La izquierda hiperventila, busca en el chat GPT una respuesta, intenta corregirla con cifras y letras, Rufián está en la peluquería, ¡tiempo!, y ella se refuerza en su condición de outsider con opciones para dominar Madrid (el mundo). Su aparente torpeza en el discurso le hace parecer auténtica. Así, ella sola (también Trump), lidera con esa rebeldía de despacho tan chusca, y en un momento en el que la política se confunde con la guerra, sus mamarrachadas ganan elecciones.

El cáncer

El cáncer ha dejado de ser esa palabra que se pronunciaba en voz baja, como si al nombrarlo lo invocáramos. Está por todas partes: en el pulmón, en el colon de un compañero de trabajo, en el cuerpo incinerado de mi padre. En pocos años pasó de enfermedad rara a asunto cotidiano, parte indispensable del inventario de cualquier familia. Por desgracia, todos estamos a su alcance, entra en casa, en un cuerpo, sin pedir permiso, invitado incómodo, inevitable.

Me sorprende ver la manera que tenemos de dirigirnos a él. Se le teme, «moriré joven, de un cáncer», se le insulta, «puto cáncer», lo disfrazamos de metáforas bélicas y desafortunadas: «lucha», «batalla», «ganarle la partida», formas de exteriorizar algo que nace dentro y se extiende con una naturalidad perversa. ¿Ves la humedad de las paredes? Así mata, así muchos le sobreviven.

A pesar de abonar nuestro árbol genealógico nunca deja de sorprender. Cada diagnóstico cuestiona la importancia de las cosas. Quizás sea esa la mayor crueldad de una célula que se divide destruyendo el tejido a su alrededor, comportamiento humano donde los haya, patología de lo microscópico. Los enfermos se aferran a la vida, reciben el amor de los suyos en su forma más pura, que consiste en cuidar sin esperar nada a cambio, dar un paseo bajo el sol del otoño, prometerle que, pase lo que pase, no están solos. Aunque al final lo estén.

Ilustración: desconocido

Comprarse una casa

En España, el sueño de tener una casa se parece a una broma sin gracia. Los jóvenes (y los no tan jóvenes) se detienen en los escaparates de las inmobiliarias como quien pasea por un museo de lo inalcanzable: pisos mínimos, de mierda, precios máximos, para ricos o herederos de otras casas, alquileres que superan el sueldo de la mayoría y condenan al inquilino a una luz raquítica entre paredes de gotelé. Tener un hogar se ha convertido en una maqueta bajo un cristal: se mira, pero no se toca.

La vivienda ya no es refugio, sino mercancía. Barrios que se llenan de turistas que beben café para llevar; viejos recordando la ferretería de la esquina; pisos que cambian de propietario para ser hoteles, un poco huérfanos, siempre fríos; familias que vuelven a vivir en pisos compartidos, adolescencia interminable; nostalgia de la ciudad para el que la quería. La casa, un lujo; el lujo, una necesidad.

Tal vez dentro de unos años, cuando se hable de casas, se evocara una época ingenua: «¿te acuerdas cuando podías comprarte un piso?». El futuro se levanta como memoria de algo que no volverá, lo mismo que le sucedió al rinoceronte blanco o las páginas amarillas, otro fracaso en la construcción de un sueño que nada tenía que ver con dominar el mundo o salir en la portada de todas las revistas, más bien con acercarnos al suelo, una ventana a alguna parte, una vida que, por desgracia, tiene un precio demasiado alto.

Ilustración: Guy Billout

La importancia de no leer

No leas, dale al reel o al videojuego, como si leer se tratara de una tabla de salvación universal, «los que leen descifrarán el mundo», ¡ja! No leer representa un acto de rebeldía comparable a votar a Vox o hacer pis de pie, un quiebro contra la tiranía de bibliotecas y periódicos que imponen qué y cómo pensar, qué es pensar o sentir, emocionarse, viajar a otros mundos y otros tiempos por dos duros, ser Juana de Arco, Jean-Baptiste Grenouille o Leopold Bloom, salir del cine bajo la brillante luz del día con Paul Newman y volver a casa en la cabeza, ser felices atrapados fuera de este mundo. No leer, el lujo del sabio y el que regresa de revival.

Así prescindes de la prosa de Juan Gómez Jurado, Javier Castillo y Dolores Redondo, de sus lugares comunes, de la falta de esquirlas y magulladuras, te saltas los turrones de Deleuze o Judith Butler, las novelas premiadas por Planeta. Mejor pensar por ti mismo, romperla sin ideas preconcebidas o de otros, el único artista que crea desde cero, ni una sola referencia o pie de página, un pensador por cuenta propia. Sin esa avalancha de frases la mente se oxigena, vuela alto, encuentra audiencias. No leer equivale a dejar el móvil en casa. Al principio da miedo, luego descubres que el silencio propio es más estímulante que el párrafo ajeno resuelto a base de inteligencia, tripas e ingenio. La verdad duele: la mayoría de los libros publicados jamás deberían haber salido de la papelera.

Leer es una cosa muy antigua, puro postureo en una realidad de filtros y exilios voluntarios. ¿Quieres una medalla por haber terminado «La broma infinita»? No leer, alejarse del rebaño, decirle al librero que hoy toca Tik Tok 24/7, la vida lejos de los subtítulos. «Me vas a venir a mí con cultura». El lenguaje se agota en las imprentas y resurge en la voz de los privilegiados y el tedio, en el chalet de El Bosque y las cofias, en el sueño de una sociedad colgada de una aspiración de unos y ceros. Leer nunca fue sexi. En cambio, María Pombo lo es.

La crisis de los cuarenta de Sergio Ramos

Sergio Ramos, exjugador del Real Madrid, gran defensa y coleccionista de títulos y tatoos ha decidido sumarse a la lista de toreros que confunden el césped con el escenario. En plena crisis capilar y con la cuenta repleta de ceros y dorsales, cree que la música es un terreno que se conquista como una Champions, a base de pundonor, hinchas y un poco de hípica (la épica se queda corta). 29 títulos y 39 primaveras después parece haberse olvidado de que la música poco o nada tiene que ver con un palmarés, sino con palmar y volver a casa más viejo y cansado.

Lo curioso es que Ramos representa esa ilusión infantil de los que se acostumbraron a ganar: la de pensar que su magnetismo y su pose de Canelita canalla son potencialmente transferibles a una partitura, como si componer un verso equivaliera a despejar un balón (es más difícil lo segundo). En su canción «Cibeles», de gala me vestí, sangre y sudor te di, te disfruté y te sufrí, se sincera en búsqueda de una nueva e innecesaria identidad. Es un karaoke de ego y laca, un golpe de talonario para mutar de defensa recién salido de un barrio chic a artista emergente. Y no le culpo por creerlo.

Porque la música tiene defensas de cinco y hasta de seis hombres, barreras que tapan las carencias, y un árbitro, el púbico, que en muchas ocasiones pita a favor de la falta de talento. Sin embargo, dentro de una canción y sobre un escenario estás solo. Ramos demuestra que, a veces, el mayor gol en propia puerta lo marca la vanidad y así, cerca de los cuarenta, extraviado como Casillas o Ángel Silvestre y en lugar de echarse a un lado, pasa a la historia al inventarse una vida que no le corresponde. Futbolista, a tus zapatos. Gracias por hacer de este mundo un lugar peor.

El tiempo será lo que queramos que sea

El verano se acaba el 21 de junio, justo en el momento en que es declarado oficialmente. Ese día comienza la cuenta atrás o la huida hacia delante, la irrefrenable necesidad de viajar como los otros, de pagar un amor adolescente, de dormir porque de adultos casi todo es trabajo y hacer ruido. Lunes. 1 de septiembre. Ya comienza a refrescar por las mañanas, la gente ha vuelto a una ciudad que odia y algunos celebran el inicio de un año de cuatro meses. Quizás la verdadera normalidad era esto, empezar y acabar cuando nos de la gana, hacer como que el tiempo solo sirve para ordenar lo que ocurre o nunca llegó a suceder.

Las convenciones han matado el tiempo, reducen el verano a unas fotos con un filtro retro. Porque la vida, eso que arde y duele, prescinde de artificios. Basta una enfermedad o un despiste para que las horas se disuelvan y el verano dure para siempre y un segundo se expanda por el universo. Nuestro nacimiento, la muerte de padre, aquella tarde en la que te dijo que te quería son, en realidad, acontecimientos al margen del tiempo y su mentira. Las marcas del bañador. Las grietas en el techo. Las cuatrocientas estaciones.

Así, de despedida en despedida, vamos discurriendo, con la sensación de haber sido estafados, contentos por tener a los mejores amigos del mundo. Como occidentales, el frío y la falta de luz marcan nuestro calendario. Por esa razón, el verano pasa tan deprisa, también la adolescencia, la vejez y el olvido. Para compensarlo, nos contamos historias, mentimos, miramos hacia atrás para tomar un impulso dislocado, nos inventamos formas de evitar el vértigo. Otoño, agosto, invierno… da igual, estamos vivos.

Ilustración: Gerhard Gluck