No quise ver a los Black Crowes

No quise ir al concierto de Black Crowes. Rafa me ofreció la entrada. Gracias, pero no. Dio igual. Pasé por delante del recinto, vi a hombres que fueron jóvenes el otro día. Camisetas negras, cuervos, canas, menos pelo. Hay noches en las que es mejor darle tregua a la nostalgia, conservar en ámbar aquel cuarto adolescente lleno de canciones y futuro. La memoria tiene truco, magnifica el buen recuerdo, reduce los malos a música de fondo. Es más, a veces falla, de ahí que no haya gafas para cuando está cansada. Mejor seguir andando sin mirar atrás, mejor seguir pensando que fue un sueño. Todo esto me dije. Seguí andando.

Creo que me arrepiento. Un concierto siempre es un concierto. Además, si siguen en esto será por el dinero y la ciática. Chris y Rich también fueron hermanos míos, gente pálida de blues y Otis Redding, libros de instrucciones en caso de extravío. Eran perfectos, flacos, les gustaban las guitarras y a veces, en las fotos, parecían chicas. Ahora tienen la edad de sus padres ya de viejos. Tienen suerte.

Por esa razón he evitado sus vídeos del concierto. Los quiero vivos, aunque uno viva hasta el último acorde de la única canción. Quizás por eso decimos que «el que sufre tiene memoria» y la música, en cambio, pasa por encima de estas cosas de los humanos siendo tan humana, captura para siempre lo que se pierde al respirar. Echo de menos algo que nunca sucedió. Por eso suena fuerte «Hard to handle» en el patio de vecinos.

Ilustración: Guy Billout

Cuando ser amigos significa FIN

Con un amigo se comparte intimidad, secretos a salvo de uno mismo. Con tu compañero repartes trozos de vida íntimamente, puede ser también silencio… extraña forma de ser felices en la felicidad ajena. Con un amigo hay un amor incomprensible a veces. Con tu compañero hubo enamoramiento, amor de piso y cooperación en lugar de competencia. Con un amigo vuelas alto, tropiezas en edad y lejanía. Con tu compañero la debilidad es esa forma de quererse entre zonas comunes y espejos a salvo de miradas. ¿Qué sucede cuando el socio quiere ser amigo sin mezcla de erotismo? Que la amistad mata el amor, la pareja mustia, muere. Las plantas seguirán creciendo en la cocina. Ser amigos como forma de final, ¡qué peor tragedia!

En ese instante, todos recibimos el golpe de la misma forma, un ciervo en medio de la carretera, resplandor, impacto. Si tengo amigos, ¿por qué habría de tener uno más que pide serlo? No lo vimos venir, tampoco hubo esas primeras veces en las que descubrir en otros una extensión de lo que somos o queremos ser, margen de mejora. Simplemente llega su cuchillo. En cambio, la persona que lo clava respira aliviada. La herida en el que deja de querer: carga en vida. Resulta que la carga eras tú, amigo.

Entonces llega el momento de la duda por haber perdido el tiempo mucho tiempo. A veces años, décadas con niños corriendo por la casa y la promesa de compartir fosa. Cierto, la amistad abunda menos que el amor, una palabra malgastada por las circunstancias y la prisa, sístole, diástole, sin embargo, poco consuela intercambiar noches diarias por mensajes de texto o una felicitación en fin de año. Esa es la amistad que se propone de momento, otro final. Menos significa nada o un recuerdo. Ser amigos, abrazo tibio del amor entre exparejas, verano como preludio del invierno.

Ilustración: Guy Billout

Ante la adversidad

Hay una lección grabada en cada adversidad, como si el mundo a la contra fuera el único momento de vida en carne viva, peldaño, montaña. Tiene que ver con la percepción del tiempo, puro presente continuo, la única forma de estar en nosotros porque otros lugares ya no existen. Entonces uno actúa como cree que debe o cree poder, levanta la cabeza, renuncia a su corona bajo la mirada de íntimos y familia. Porque no nos engañemos, nunca estamos solos, y menos dentro de la tragedia. La televisión encendida, ese «¿cómo estás, querido?» de Elena, pequeños gestos que acompañan a un dolor saludable porque implica ir dejando atrás lo que pasará tarde o temprano. De ahí eso de saber sufrir.

Durante el incendio, toda felicidad parece decorado. Y es que de desconsuelo están hechos los huesos, también de calcio y fósforo, fémures que pueden soldarse imitando la cocción de la sopa de cocido, a fuego lento, un poco menos hoy, irá mejor mañana, creo. A veces, aquellos que parecían caminar con armaduras se deshacen ante el peso de la desgracia, y otros, frágiles y delgados, aceptan la promesa del duelo sin levantar la voz, cocinan, levan velas. Y la montaña va perdiendo altura en el ascenso.

Solamente podemos apreciar la flor del gozo si alguna vez fuimos engendrados por la muerte y la ausencia, única prueba de estar verdaderamente vivos o despiertos. Aquí nadie sueña, nadie. Se trata de encontrar las fuerzas en alguna parte, un poco de médula escondida al otro lado. Ante todo olvidar la vergüenza de las lágrimas, añadir carne al esqueleto de lo frágil y observar la vida en el planeta Tierra. Nada de espejismos; la montaña era lo que era, eso, un peldaño.

Ilustración: Guy Billout

Qué esperamos de los demás

Ocurre con cada accidente, con cada paso en falso y su correspondiente cable a tierra. Cuando todo va bien, pues eso, va. Cuando empieza lo malo… A un lado, el que necesita ayuda, la pida o se ayude mirándose hacia dentro. Alrededor o cerca, familia, animales de pelo duro y amigos, cada uno con su afán, embargados por esa sensación de que ir creciendo implica amor de lejanías o en los huecos. ¿Qué esperamos de los demás? Resulta que, si actúan tal y como esperamos, procuran nuestra felicidad (sinónimo de hacer lo que queremos) casi siempre anudada a expectativas imposibles. Si somos expertos en decepcionar y decepcionarnos, ¿cómo lograr lo contrario en el calor de otros?

Entonces llegan los reproches, una forma de vida urbana que conduce a la tristeza. De ahí la importancia del silencio, ir tirando y ya, entender las circunstancias que hacen de cada uno un ser único, raro y con tendencia a confundir deber con tender la mano. Yendo al detalle, nadie hace lo que hacemos o haríamos nosotros por los nuestros, de ahí la herida, de ahí estos humanos tan pequeños en un mundo tan grande.

No esperar nada, o esperar lo inesperado sirve de asidero. Fue algo que entendí mirando hacia otro lado y de espaldas a la práctica. Con la enfermedad de mi padre, quise estar en todo, ayudar estando sin saber muy bien qué hacer. Hasta que una tarde de carboncillo y uvas pasas, entendí que no hacía falta. Los que bien te quieren nunca esperan nada de ti excepto amor, una palabra, un gesto con la mano que nunca es despedida porque alimenta el recuerdo. Y así el sol se convierte en luna años después.

Ilustración: Guy Billout

Pajas entre colegas

¡Extra, extra! ¡Acaban de abrir un club de pajas en Madrid y por grupos, una hermandad fálica, democrática y no discriminatoria! Todos son bienvenidos a cambio de una membresía y respetar el código deontológico: prohibido golpes de calor por debajo de la cintura e introducir. Así es, las pajas son ocio y esparcimiento desde la prehistoria, una forma líquida de conocer gente y crear vínculos que nada tiene que ver con el sexo. Y añado, hay más erótica en el café con leche acompañado de churros que en la calle Sierra de Alto de León, epicentro de un mundo de hombres que copia nuestra infancia, o al menos la de una generación muy pajillera en el buen sentido del orgasmo.

Las buenas costumbres se han perdido y ahora la masturbación es cosa de uno y un móvil, dos como mucho y qué pereza. Sin embargo, hubo un tiempo en el que los amigos hacíamos melés alrededor de un «Private» con las hojas pegadas, la party comenzaba en el salón de Juan con una película porno muy alta y el juego de la galleta sustituía la merienda de los campeones. Es más, si no había plazas —algunas tardes aquello parecía el cine de verano— siempre se recurría al amigo cuentacuentos, el mismo que aprovechaba su talento para gozar y gozarse. Vamos, lo mismo sin cuotas ni cuestionar la orientación de nadie, puro amor y gracias, Pablo.

Así son las cosas del capitalismo y la modernidad, sistemas y ficciones donde un acto diario —a veces caen dos o tres— pretende adquirir cierta trascendencia. El resultado viene envuelto en un charquito de nostalgia y gotas en el calzoncillo, como si lo vivido se tratara de un sueño húmedo y el presente un día a día seco. Por esa razón quiero romper una lanza por las que nos hicimos juntos, la mejor forma de conocernos y quedarnos ciegos, un invento que no podrán arrebatarnos nunca porque congrega en una mano la física de estar vivos, «el sexo con alguien que amas y te ama». ¡Pajas de calidad y gratuitas siempre!

Ilustración: Jean-Michel Tixier

Hoy hace dos años

Hoy hace dos años. Poco más que añadir, o mucho. Desde entonces, las noches cuentan insomnios, las tardes ratos sin desvelo. Porque en la prehistoria, es decir, en 2020, los 14 de marzo servían para celebrar el final del primer quinto del año o Santa Matilda. Aquello quedó desplazado por la realidad en su peor versión, y en ella estamos, reconstruyéndonos. No es poca cosa cuando se enumera por encima: una pandemia mundial, otra guerra civil con atisbos de nuclear y esa sensación de que pase lo que pase nunca se pasará. Los niños, en cambio, siguen atrapando copos de nieve con la boca. Hay esperanza. Y en ella hay vida.

Hoy hace dos años. Repito. En esos tiempos de los de antes las pesadillas aguaban el café de la mañana. Ahora nos ponen de buen humor. Extraña forma de ir tirando. Pero ya se sabe que cualquier subterfugio vale en estos casos. Es más, tanta es la ficción acorralándonos que se venden menos entradas para conciertos, obras y películas. También menos pisos. Razón: portería. Al ir a preguntar me encuentro con una anciana en el vestíbulo. «Buen día, joven». Debo serlo si lo dice sonriendo tras la mascarilla.

Hoy hace dos años que lo invisible nos da un ala. Aspirar a dos implica beber o tocar con los amigos. Si uno lo piensa con resaca, esta mierda ha sacado lo peor de nosotros sin arrancarnos la bondad del todo. Hablar con madre, volver a casa sabiendo que casa es cualquier parte, saber que los aniversarios sirven para perder la noción del tiempo… Ha cundido por defecto. Seguimos subiendo la cuesta para ver el abismo iluminado. No hay otra.

Ilustración: Guy Billout

Cumpleaños

Decía Ángel González que «para cumplir un año hace falta morirse muchas veces mucho». Eso sin duda tiene mérito, sobre todo cuando uno rebasa la edad legal y comienza a preguntarse para qué sirve marear al Sol, más allá de la vida que permite este gesto tan ignorado. Porque el día de tu cumpleaños te invaden sentimientos a la contra, todos. Por un lado puedes compartirlo, aunque la opción de rebelarte como una folclórica es tentadora. Queda terminantemente prohibido añorar el pasado, sea el que sea, porque ahí comienzan los problemas, naciste. Mejor levantar la cabeza, dar las gracias y seguir creyendo en lo bueno por encima de la verdad. Entonces los años cuadran.

Cierto. Estos mecanismos pueden ser percibidos como una manera burda de aguantarse en el tiempo. Su paso implica pérdidas de orina y amistades que yacen bajo un montón de tierra húmeda. Un día como este —nada especial porque cada día implica cumplir y deshacerse— sirve para darnos cuenta de que aún conservamos lo una vez amado, lo que amamos y, muy probablemente, seguiremos amando a pesar de que se nos descuente el cuerpo: amigos, familia, algún animal de compañía y el sonido del viento.

Sucede con hacerse mayor, que uno olvida lo malo dentro de los números, su macabra exactitud para explicar el mundo. Sorprende aún más el comprobar que cuanto más viejos menos sabios, como si haber visto cosas que otros no creerían nos reafirmara en nuestro desconocimiento absoluto de lo que somos o vimos en la gran pantalla de los longevos. Fue por casualidad. No hay pastel, ni velas, ni siquiera sorpresa envuelta en papel de regalo. Levantas la cabeza y te das cuenta, una vez al año, de que estás rodeado de otros que te quisieron, y te quieren bien porque estás vivo. Y se te olvida la muerte.

ilustración: http://www.cecile-gariepy.com

Y resistes

Sucede desde antes de que las estrellas tuvieran nombre. Alguien comienza a prosperar, extraño verbo. Parece salir de ese círculo de aristas que forman el trabajo, las aspiraciones y los días al galope. Así el desvelo es transformado en una forma rara de tranquilidad, la que, por ejemplo, otorga una madre que mira a las nubes e inventa historias. ¡Otra vida dentro de esta era posible!, como posible era construir un palacio en la copa de una higuera, el Edén en un balcón, un rincón para el aire y sin embargo nuestro. En definitiva, que a uno le vayan bien las cosas significa darse el lujo de volver al niño que se resiste a morir a fin de mes. Entonces algo derriba al adulto.

Puede ser una inundación, un rayo. También cosas más de andar por casa: una lavadora rota. Cada palo sujeta un velamen a la medida de sus imposibilidades. Y lastran las pérdidas y el ansia por quererlo todo rápido cuando el tiempo pasa lento si pretendemos colmarnos y colmarlo de postales. No se trata de dinero, sino de tener el suficiente para vivir y un poco más. La cuestión es para qué.

Nótese que en ningún momento mencionamos a una persona, sólo cosas y gas. Por tanto, en cada paso alguien nos fue salvando sin querer. Es más, su presencia abarca tanto que nos olvidamos de incluirlos en las meditaciones. Y es que el yo ha hecho mucho daño, a uno mismo y a los que sueñan cerca. Son ellos los que nos velan sin esperar nada a cambio, como si fuéramos esa nube que siempre regresa con una historia. Y resistimos al poder contarla.

Ilustración: Darek Grabus 

Esa amistad

Sin amigos uno discurriría sin latido. Y es que, de alguna forma, son los que nos palpitan en el espacio-tiempo. A veces por todo lo alto celebrando, otras sin que nada suceda sucediendo todo. ¿De qué hablamos cuando nos repetimos? Entonces se produce el milagro de los panes y las risas. Porque el que tiene un amigo no tiene un tesoro, sino que se tiene a sí mismo en todas sus versiones, la oculta y la cumbre. De ahí el verbo perdonar, envejecer juntos, única ley no escrita de esas cosas que hacen los humanos que se quieren en la diferencia.

Y las angustias se dividen, un poco menos las cuentas. Será porque la amistad es rara, se valora poco y renace en los pétalos de las clavelinas, flor perdida en los veranos de enero. Tiene que ver con que los amigos sonríen si te va mejor, con el empleo de silencios cuando el ruido emborrona los plazos y la vista. Ahí estamos, somos, y por eso seguimos tejiéndonos en el fragor de los abrazos. Curan, demuestran lo invisible, dan y dan.

Siempre terminamos recurriendo a su certeza. A veces por estar lejos y en la misma ciudad, otras cuando abren su hombro sin querer nada más que querernos. Bueno, uno siempre es nada, menos si faltan. Con ellos las plantas del salón están a buen recaudo; siempre, como siempre están. Al final sale mejor tener amigos que irse de viaje y hacer fotos. En su piel nos vamos descubriendo, en sus ojos vemos el reflejo de una vida juntos. Son patria.

Ilustración: https://adrianjohnsonstudio.com/