Un hilo rojo, invisible, nuestro

Para la cultura japonesa, el hilo rojo invisible es un reflejo de la conexión que trasciende la vida, nuestras vidas, traza o inventa una hebra del universo que se niega a ser abandonada, tensa sobre el tiempo y el espacio, sujeta por la voluntad del amor. A veces, siempre, se enreda en nuestro cuello, soga suave, otras apenas flota entre la piel de los dedos y el olvido, y, a pesar de la inmensidad y lo pequeño, encuentra ese lugar común, un cable a casa, una lumbre.

El hilo representa la unión, sinónimo de resistencia. En su aparente fragilidad reside la alquimia contra la distancia de los cuerpos. Se deforma, se oculta entre las sábanas y los usos horarios, late, grita en voz baja. En sus nudos hay ecos de promesas y reencuentros, formas nuevas de combatir la sequía y la tormenta. Es un vínculo humano que trasciende a los humanos, casi cruel en su serenidad, firme en el propósito de recordarnos que, aunque todo lo demás se desmorone, nosotros no nos acabaremos. Tampoco París.

En el silencio que precede y sigue al fin del mundo, el hilo permanece. Adiós, palabras. Su significado está en la persistencia misma, en el acto de evitar romperse. Allí donde los amigos fallan, donde los días se encogen como la piel de una fruta olvidada, el hilo baila tenue, pero eterno. Nos une al otro, a esa parte de nosotros mismos que aún busca, que aún cree. ¿Cómo dos vidas separadas pueden tocarse gracias a algo que nadie puede ver, ni siquiera ellos? Pase lo que pase, en el susurro de la escarcha y los sueldos bajos, encontramos algo que nos eleva a la altura de los niños: la certeza de que, pase lo que pase, nunca estaremos completamente solos.

Ilustración: desconocido

Mi vida con un gato

Un gato no es un perro. Los perros se comportan de manera indigna por un premio. A los gatos les molesta esa cosa de la familia de la que tanto hablan los jefes, y solo serás uno de los suyos si antes les has demostrado respeto en forma de latas, caricias, un trozo de salmón del caro, ganas de estrujarlo, varias limpiezas del arenero y una hora más en la cama o en tu regazo. Entonces puedes llamarle por su segundo nombre. ¿Leo, Simba, Calma, Milo o Zeus? No. ¿Luis, Dior, Ozzy? Tampoco. El segundo nombre de todos los gatos es Gato. El tercero solamente lo conoce el gato, pero nunca lo confiesa. Ahí está el secreto de estos animales que mueven el rabo en todas direcciones. Un poco como el mundo y algunos hombres.

El gato con el que comparto espacio se hace un ovillo cuando sale el sol, hiberna con la luz de los veranos y el invierno. Si le ofreces comida que se salga de su dieta la huele y la rechaza, aunque le guste. Si le acuestas en un cojín mullido regresa a su esquina del sillón. Si le llamas mira hacia el fondo del pasillo y aparece debajo de tu pie al darte la vuelta. Bestia de hábito, ser de lejanías, solamente le gusta lo que encuentra. Y yo le busco. Le gusta andar por una cuerda floja imaginaria, nunca rechaza un juego de manos y, a pesar de la edad, sigue comportándose como un niño. Lo único que tiene de los mayores es un maullido de estadio, de ¡Dios, qué potencia!, de ¡vaya noche de truenos y relámpagos!

Este gato y los gatos tienen más de siete vidas, tantos años como movimientos de cabeza. Si pudieran descender al nivel humano serían buenos jugadores de póker. A veces me da por pensar en cómo serían sus vidas en la sabana o en una calle de Madrid o puede que pasar todo su tiempo y espacio encerrados no sea nada más que el sueño de muchos de nosotros. Yo creo que los gatos solo aspiran a ser y comportarse como gatos, y a mi me fascinan las casas por dentro, sus muebles, sus plantas, sus estanterías de libros y recetas y los equipos de música en el salón, el color de las paredes y su alma. Que es la de los gatos.

Ilustración: Lauren Blessinger

No todo es una mierda

La depresión aislada en niveles altos y la incompetencia han arrasado Valencia. Trump gana gracias a los votos de latinos, mujeres y no universitarios. Si quieres comprarte una casa lo mejor es soñarla. Los adversarios se han convertido en tiro al blanco. Los músicos que te cambiaron la vida están muertos. El estado del malestar. Intercambio de likes por víveres. Una botella de aceita de oliva cuesta 12 euros. La diferencia entre el cerdo y el acosador… Tiktokers e influencers: expertos en la materia, cualquiera. Rabia y miedo contra tiempo y razón. ¿Qué es la verdad si cada uno tiene la suya? Todo se hace sobre la marcha; pocos saben improvisar. Al mundo le falla la junta de la trócola. Recordatorio: no todo es una mierda.

Negación, ira, negociación, tristeza, aceptación, restablecimiento y volver a empezar con la inflación por las nubes (negras). Cada año se extinguen entre 18.000 y 55.000 especies de animales mientras los seres humanos proliferan, consumen, hacen cola, toman la primera línea de playa y la Gran Vía. Radiohead en el congelador y Taylor Swift aportando al PIB. La sociedad del desencanto. Los bancos nunca pierden; pierden los vecinos de Aldaia, Picanya, Catarroja, Massanassa, Alfafar, Paiporta y Albal. Siempre ante la enésima crisis de la civilización. ¿Qué es el agua?, le pregunta un pez joven a otro pez joven. Una mierda, responde el pez viejo.

Vivimos el peor momento de la historia. Lo hacemos mejor que nuestros abuelos en un planeta que, claramente, fue a peor. Tenemos sexo en todas sus variantes, libros de bolsillo, chocolate y buñuelos, tiempo para la vida y nuestra vida, el mar, la mano izquierda de Miles Davis, a Gillespy, Zappa, Mercury y Camarón, a Robe, el cine de Paul Thomas Anderson, a los amigos que te saben ver, una Milnueve o cinco, cualquier cuadro de Rothko o Frida, a Joan Didion, la sonrisa de Zendaya, un verso de Juarrón, otra esquina, una siesta con María, la voz de madre al otro lado del teléfono, guitarras y un piano, plástico, otro momento perfecto con Pablo, amor, un propósito, las ganas de seguir enumerando la alegría.

Ilustración: David Shrigley

Cuidar como forma de querer

Todos somos personas dependientes. Caemos en la cuenta el día en que alguien se pone malo. Los días dejan de ser una sucesión de entregas, el ruido se diluye, la noche como fosa. Queda un cuerpo boca arriba, quizás en un sillón, unas zapatillas de andar por casa a los pies de la cama. Si no sabemos cuidar de nosotros mismos, ¿cómo cuidar de los demás? Esa fue la pregunta que me hice hace años. La respuesta la tenía madre. Se limitó a estar, un verbo inabarcable junto a padre. Después de un tiempo muerto lleno de vida, madre ha vuelto para entregarse a otra tarea. Amarás a tu padre y a tu madre, sí, pero también a tus hermanas, a tus amigos, a todo aquello que conserve un hálito de vida.

Al cuidar a alguien nos preocupamos de lo que no existe, también del pastillero, del mullido de la almohada, de la temperatura del agua y de mirar por la ventana. Solamente lo pequeño cuenta, los gestos grandilocuentes estorban. Nada es costumbre, precisamente porque todos los días se parecen. Un poste, un poste, un poste, un yogur. Si el paso del tiempo traía un ritmo, ahora el cuidador se adapta al movimiento del enfermo, la cadencia del mundo se mide por las horas de sueño y la necesidad de volver a abrir los ojos y mirarse. Sí, volver a mirarse.

Desde el verano hablo menos con madre. No es un reproche. Ella está donde quiere estar, un lugar al que nadie quiere ir. Su voz suena cansada, un hilo dentro del móvil. Madre tiene dos manos. Una para dar de comer. La otra para ayudar sin pedir nada. Las mías están sobre un teclado. El amor es generosidad. Implica renunciar a lo que nos apetece y abrazar el tiempo y el espacio de otros que nos necesitan. La generosidad implica dar en el momento oportuno. Y el amor tiene que ver con una madre.

Ilustración: Vivian Greven

Ese ex que aparece el día de tu cumpleaños

Se trata de una figura recurrente en todas las pantallas. Mezcla de animal al acecho y marcha atrás, utiliza el calendario como arma subrepticia para desearle, normalmente a ella, un feliz cumpleaños, y ojalá estés bien, y a ver si nos vemos un día. Ya lo habréis adivinado. Efectivamente, hablamos del ex que reaparece el día en que naciste para recordarte no que le importas mucho, sino que está disponible, algunas veces cachondo, probablemente nostálgico. La cosa cambia dependiendo de si la cosa terminó regular, muy mal o como el culo. Si fue la C, entonces la única razón de su presencia es que al cumplir un año más estás más cerca de tu muerte. O de la vida sin él.

Existen múltiples teorías respecto a este comportamiento tan fieramente masculino. Cito de menos a más plausibles. Cuestión de respeto o cortesía hacía ti, tú, persona por la que siente un cariño impermeable al paso de los años y las décadas (improbable, aunque, ¿por qué no?). Ese mensaje representa un intento de reconstruir una mierda seca, quizás intentar esa forma de amistad tan especial que algunas parejas experimentan cuando cada miembro ha rehecho su vida con otro (probable, aunque raro). Autorreflexión. Quiere cerrar heridas que chorrean cuando se toma cinco copas (muy probable, habitual).

La cuestión de fondo la plantea Laura: «Si el tío ha sido majo hablaremos el 12 de marzo, el 15 de julio y el 1 de enero. Si llevo sin contestarle a los mensajes desde que lo dejamos, ¿por qué habría de hacerlo el día de mi cumpleaños?». Una lógica aplastante que muchos deciden ignorar e insistir, e insistir, para nada. Así se pasa el tiempo, entre el narcisismo y una memoria emocional muy cabrona, ese olvido que seremos, las posibilidades nunca consumadas, una novia sin memoria y un novio psicópata. Por favor, nunca confundirlo con el amor. Feliz jueves.

Ilustración: Rob Browning

Belleza y monstruos

Muere Alain Dellon, viejo misógino y fascista. La mancha se extendió por las redes y su cara hasta desvelar a un monstruo de facciones perfectas y moral reprobable. Alain, ese oscuro objeto artístico y natural. Para algunos, la perfección junto a Paul Newman, un goce estético que perdurará en las humedades de millones de personas. Para otros, está bien que esté muerto porque, de esta forma, las ganas de vomitar (generadas por una emoción) se diluirán como lágrimas en la lluvia. En cualquier caso, la mancha sobre el personaje nos hace cuestionarnos si, a partir de ahora, podremos disfrutar de sus películas.

La belleza causa un placer difícil de explicar. Se encuentra en Night Ride Home de Joni Mitchel (que abandonó a su primera hija) o en cada solo de Miles Davis (maltratador confeso). Hay belleza en los fotogramas de Roman Polanski (presunto violador) y en la Jane de Joan Crawford (abusadora infantil). Lo bello nos hace pensar en algo bueno, verdadero y simétrico. En definitiva, combina los pensamientos, los sentidos y los símbolos y supera el día a día, es decir, nos conecta con nuestra intimidad. Sin belleza no podríamos sentirnos bien. Todo sería indiferencia, el antónimo de la cara de Alain Dellon.

Entonces, el día de su muerte nace el monstruo. Y ahí, en esa capilla ardiente, renovamos los votos por el arte y la belleza. Se trata de una experiencia única, intransferible a pesar de los intentos de la industria por congregar a las masas. O sientes que Alain Dellon era una criatura irrepetible o escupes sobre su cadáver tibio. Me cabrea que Alain fuera un indeseable, pero también que mucha gente no vea lo que yo vi en su cara aquella tarde. Estaba solo y triste en una habitación iluminada por la pantalla de un portátil. El actor interpretaba a Jef Costello. Sentí amor hacia un hombre. Entonces, no era un monstruo. Hoy, de manera consciente, decido guardar ese recuerdo. Que nada lo empañe. Ni siquiera la mancha. Los demás pueden hacer lo que les apetezca.

Ilustración: Ibrahim Rayintakath

Yo te quiero por los dos

La gente habla y las personas se dicen cosas. Entonces, ahí, en ese cortocircuito de la pareja en ciernes, a uno le surgen las dudas. «No me importa. Yo te quiero por los dos». El receptor se bloquea. ¡Joder!, ¿cómo salgo de aquí? ¿Corro sin moverme del sitio? El emisor lo tiene claro. Le basta con sentir lo que siente por los dos. El otro, en cambio, preso entre las garras de una mantis amorosa, espera el siguiente movimiento. Seguirán viéndose. Y nadie le come la cabeza.

El amor no correspondido vale mucho. De alguna forma, compensa los días que uno se detesta, que son muchos. Se trata de una posesión donde el objeto de la posesión es libre. Lo tiene claro, no siente lo mismo o no siente nada y, a pesar de todo, los días pasan y siguen follando cada vez mejor. El sexo como construcción de la pérdida, pura asimetría. Uno lo vive como un romance infinito. El de al lado con incredulidad. «Quizás me quiere tanto al invitarme a saltar y no saltar», dice, «al saber que nunca seré suyo», piensa. Todos somos unos guarros. «Yo te quiero por los dos». Pues arreglado.

Esa es una respuesta recurrente. «¿En serio que te ha dicho eso?», pregunto. Varias personas en varios países lo afirmaron y pidieron otro vino para explicarme un fenómeno idéntico con distintos protagonistas. Ahí siguen, tienen una relación con alguien al que no quieren, pero como ese alguien quiere todo lo que no recibe… En el fondo, verbalizarlo ayuda. A veces, el centro del amor coincide con la palabra no. Cortamos el hilo para empezar de nuevo. Cuando te das cuenta, el hilo te ha enredado. Sucede también con la luz de la mesilla. Al apagarla, nos deslumbra más que al encenderla.

Ilustración: Manchen Lo

Nadie me mira como ella

Nunca me habían mirado de esa forma. Puedo verlo en el pecho de otros que me miran, una forma de evitar o huir, como si mirar consistiera en fragmentar la luz. Ella, en cambio, me mira entero, sin interrupciones, convierte el iris y la pupila en un silencio para dos palabras. Entonces, le devuelvo la mirada tímida, consciente de estar desnudo ante sus ojos verdes. La miro para que nunca me vea desaparecer, para hacerle ver que somos una mirada, solo una, en el tiempo y hacia el espacio, la única forma de verse sin dejarse atrás. Nadie me mira como ella. Ella me mira como a mi me gustaría verme.

La primera vez que la vi no pude verla. Yo andaba hojeándome por dentro, mirando a todos lados y a ninguna parte. Había más gente aquel día. Ella me miraba sin saber que yo buscaba cuerpos, cabezas con dos ojos, dos ojos con los párpados cerrados. Ser invisible para uno mismo empuja a los demás a querer verte, a tocarte con la mirada del deseo. Ella no había visto nada más triste en su vida. Mi rostro no era mi rostro, sino el lugar predilecto de mis manos. Ella me miró sin límite. Lo sigue haciendo.

Su mirada ocupa un hueco dentro de mis ojos, sirve para entender la importancia de mirarse cada día. Algunas personas se miran como si no fueran a volver a verse y, al verse debajo de casa, renuevan los votos de la vida. Hay un legado en la mirada, una forma de entender que todo lo que existe existe al ser visible. Si es invisible y todavía puede verse, entonces es amor. Ella me mira, yo la miro desde abajo. Ella me ve, yo la veo sabiendo que otros miran. Y nadie me mira como ella.

Ilustración: elisabethmcbrien.com

Viajar con alguien

Estar en otra parte, conocer países y volver sin ganas. Nos pasa a viajeros y turistas, también a los que ya no están para dormir en una hamaca. Hay algo en poder decir «yo estuve allí» que engancha, como si el Google Maps fuera, de pronto, una herramienta para los paletos. Al intercambiar lugares de trabajo por recreos tenemos la sensación de que todo se hace por última vez, que hoy será distinto que mañana. Así nos maravillamos ante una calle fea y sucia, o el chándal de un adolescente con cara de salir del after. Está bien hacerlo solo. Es mucho mejor acompañado.

Ahora el mundo ha encogido, todo está en Booking. Sin embargo, la gente en las ciudades guarda la distancia de seguridad, va a sus cosas, mira el móvil al cruzar la calle. Cuando viajas, las cosas se miran desde la infancia, se les da forma con los párpados y una pupila cada vez más grande. También ves a tu pareja de viaje de otra forma, como si con cada fotografía fuera desnudándose muy poco a poco. La compañía en un país extranjero se parece mucho a los bastones de los viejos, tira de las piernas cuando el tren se para, hace del viaje un paseo hacia cualquier parte (siempre buena). La velocidad que importa se traduce en pasos, pasos compartidos, pasos hacia atrás y hacia delante.

¿Cuándo nos convertimos en consumidores de vacaciones? Con la llegada del avión y el éxtasis. Para compensarlo intentamos viajar de forma responsable, manchar poco y rellenar los huecos de una historia con tantas lecturas como destinos. Me quedo con la de dos blancos en el país del té con menta, de dos españoles, el cielo y un escarabajo del desierto, de dos turistas que regresan a casa sabiendo que, a veces, en el momento más inesperado, aparece alguien para mostrarnos el mundo de otra forma, redonda y plana, tierna y cruel al mismo tiempo.

Ilustración: Holly Stapleton

Escuchar follar a los vecinos

A partir de cierta edad, en la vida, estar en casa proporciona un placer inigualable. Algunos le dan sentido al mundo con la aspiradora. Otros prefieren tumbarse y mirar su reflejo en la pantalla. Todos, a pesar de nuestras diferencias, queremos dominar ese lugar que nos da forma, a pesar del hormigón y del ladrillo. Entre esas actividades tan caseras como la tarta de la abuela hay una que nos convierte sin querer en testigos involuntarios y degenerados. Sucede de vez en cuando, o muy tarde o a la hora del yogur: escuchar follar a los vecinos. Y digo bien escuchar (prestar atención a lo que se oye con la mano ocupada) frente a oír (percibir sonidos con el oído bueno).

La cosa arranca con un do mayor de fondo, en el piso de abajo o al otro lado del tabique. Corrimiento de objetos. Una mesilla del Ikea. Los muelles de una cama. Comienza el desfile. Queda claro que no es un bebé con hambre. Entonces dejamos lo que estamos haciendo. «Calla», te dices. «Coge el móvil, que lo vamos a grabar», responde el gato. A ellas las escuchamos en estéreo, dan vidilla. Ellos nos recuerdan a un becerro que aspira hacia dentro. «Joder, la vecina está follando». Y todo se detiene porque la vecina, esa que no para de hablar entre semana, grita y retuerce los pies de placer. O eso deseamos. Nuestra paja depende de ello.

A mí siempre me ha gustado este espejismo del sexo al otro lado. Me saca del Pornhub y la historias a las que recurro desde hace años. Cuando los vecinos follan —o parece que follen— me los imagino con mejor piel, poco abrigados, más felices, más guarros. Además tienen flexibilidad, arriesgan, se rozan como a mí me gusta, manchando sus sábanas, pero dejando las mías impolutas. Es una pena que la cosa dure poco. De media… diez minutos. Luego hay un silencio en todo el inmueble que tampoco se corresponde con las horas, como si todos los vecinos fueran conscientes de que aquí folla todo el mundo menos ellos. El problema es que es verdad. Debería ser obligatorio escuchar follar a los vecinos. Debería serlo.

Ilustración: Lena Fradier