Las tardes de verano

El verano regresa, como siempre lo hacía siendo niños. Si uno se detiene a pensarlo, no hay nada bueno en la estación más cálida. La gente se viste con chanclas, sus playas de táperes y turistas, el calor del tiempo y los paseos de noche hasta la nevera. Cierto, algunos tienen vacaciones, pero las vacaciones impuestas dejan siempre una sensación amarga, traen el miedo a ser como los otros. De lo contrario, nadie necesitaría un descanso tras las vacaciones. Solamente las tardes de verano cumplen su promesa. Si se esconde el sol, vendrá la lluvia, si llueve habrá aire fresco para todos. Las tardes de verano se repiten, duran poco, como todo lo bonito de la vida lejos del invierno.

Nos enamoramos en las tardes, cuando la arena deja de quemar o quema poco, cuando las cigarras se cansan de querer aparearse. En ese momento, muchos doblan las toallas, las mareas se retiran y, en los pueblos, los niños montan en bicicletas heredadas. El blanco de la ropa brilla, los campos de cebada son las olas de los campesinos, el mundo, sea lo que sea, nos da tregua, nos prepara para dormir envueltos en sudor y sombras. Puede que la vida sea fácil en verano. Sería imposible vivir sin esas tardes.

Fue hace muchos años. Eran las siete de la tarde. La luz chocaba de perfil contra las piedras de un monasterio a las afueras. Ella vestía de blanco. Yo quería quitarle todo lo que llevaba encima. Ella miraba el cielo entre las ramas. Hicimos cosas de adolescentes bajo una higuera, tumbados encima de sus frutos. A eso no se le puede llamar sexo. Besos y descubrir lo que vendrá más tarde. Inocencia. Le conté mi hazaña a los amigos. Nadie me creyó. Así son las tardes de verano, un sueño interrumpido, la única razón para seguir viviendo hacia delante. Disfrutadlas.

.

Ilustración: Claire Gastaud

La piel del verano

El calor viene a confirmarlo: cada uno tiene la piel que se merece. Después de la nieve, las pieles recuerdan a las velas de los barcos en un horizonte de tarde y poca ropa . Ahí están ellas, transformando este paisaje que es el verano, recordándonos que somos todo lo que hacemos con el tiempo. Los efectos de latir dejaron marcas alrededor del sol, pliegues que no pueden lavarse, ni siquiera al ocultar el cuerpo bajo el agua. Me gustan las pieles al aire porque cuentan sin querer la historia en cada uno de nosotros, cuentos de entusiasmo y cuenta hacia delante.

Observo la piel de la familia, tantos años, tanta pérdida, tanta vida. Hay pliegues en el escote, piel blanca por culpa de la crema. A través de las pieles puedo ver el hueso y la biografía, si fueron libres o estuvieron solas, si a veces, cuando nadie las mira, se arrepienten de aquello que nunca sucedió. Después observo la mía, una piel de muerto enrojecida por lugares a los que no acceden los brazos. Imposible ser buen escritor y estar moreno, eso me digo con los empeines abrasados.

Me gusta pensar en las pieles como flores que reciben un polen de luz, que el sol es una abeja en busca de pieles en las que posar su boca, pieles que nacen, se pudren y desaparecen dejando un rastro de almendras. No es casualidad que mudemos de piel después del mar y antes del frío. Así recibimos el castigo de los días cortos. Ahora frotémonos la piel, dejemos escamas en el aire, seamos serpientes al ritmo de un verano que nunca acaba, que late cada día un poco más en nuestro pecho.

Ilustración: Sooah

Calor

Todas las cosas buenas vienen del calor. El frío sirve para vestir bien y no sentir las manos. Al calor hay que recibirlo contra el pecho, con las ganas de matar intactas, con la certeza de que las noches sirven para estar despiertos. Así los humanos imitan a las bestias, permanecen a la sombra la mayor parte del día. Será el miedo frente a lo invisible, ese rayo de sol que sirve para cocinar huevos, salchichas. Nada puede detenerlo. El calor asciende desde el cielo, transforma la ropa en algo redundante. Hay sudor, marcas de agua en esa página que son los cuerpos. Si de algo hay que morir que sea de calor, de fuego y la promesa de un mar que gana espacio a un azul triste sin nubes.

Todo el mundo habla mal del calor, pero todos lo desean en silencio. Las glaciaciones extinguieron a los dinosaurios. El calor acabará con este mundo. Si hay Dios tendrá que ser verano. La nieve también arde un 12 de julio. Lo saben los pocos valientes que caminan por la acera, también los pájaros. El calor enciende nuestros sueños, los hace arder en mil pedazos. El calor es sexo, ganas de no hacer nada excepto hacerlo. Calor, camina conmigo. Calor, quédate a dormir despierto.

Este calor permite pensar mal, hacerlo como si todo dependiera de una ráfaga de aire. Pronto llegarán las tormentas de arena y polvo. Con ellas podremos darle forma a una estación incomprendida. Nada mejor que venerar el verano en la ciudad, lejos de las piscinas y los montes. Apaguemos el ventilador, encendamos una hoguera con los ojos y observemos el mundo arder al fondo. Seamos herejes esta noche, ardamos. Pero ardamos juntos, tan juntos que no quepa nada más que lumbre.

Ilustración: Jones The Painter

Rodillas

La primavera trae rodillas. Están por todas partes. Abultadas, asimétricas, llenas de colgajos alrededor de una órbita de hueso, planas, flores, únicas. Somos lo que somos de rodillas y ellas nos trajeron hasta aquí. Por eso pierden protagonismo frente a la escasez de ropa y las piernas de los otros. Fémur, rótula y tibia irrumpen con fuerza en una sola palabra, como si hubieran vivido en la clandestinidad y necesitaran aire, poco espacio en los vagones del metro o en una calle en la que practicar el movimiento hacia el verano. Si tuviera que elegir una parte del cuerpo seria una rodilla. Nunca mienten. Y eso que son dos.

Las rodillas jóvenes cuentan poco por culpa de la prisa. En ellas hay heridas frescas, un tono más de piscina, la posibilidad de llegar al infinito y más allá. Las viejas, en cambio, vuelven de revival, reclaman espacios que dejaron de pertenecerles, traen recuerdos de la primera vez en bicicleta y un padre orgulloso acompañando el giro. ¿Os acordáis de cuando la rodilla era un territorio virgen? Ellas tampoco. Se dedicaron a avanzar y avanzar, impactaron contra el suelo. Y se levantaron. El pasado… para los cobardes.

Todas las rodillas son bonitas. Solamente hay que darles tiempo, observarlas sin prejuicios ni cánones. A pesar de todo, casi nadie está conforme con las suyas. Será porque los defectos (propios y ajenos) comienzan donde terminan esos horribles pantalones cortos. Mis preferidas recuerdan a las conchas y brillan cuando el sol está más alto. Hay mas rodillas que personas en el mundo, representar el deterioro y la materia, siguen a la mente y a sus pasos. Aquel que inventó la rueda le hizo un flaco favor a las rodillas. Quedan cuarenta y un días para hundirlas en el mar. De ahí esta oda.

Ilustración: Alex Katz

Del calor a la calor

El calor se ha convertido en la calor, femenino, madre y plural de todos los desvelos. Ahí, entre el termómetro y la sobredosis de mercurio, todo el mundo arde a la vez, delante de un ventilador que mueve un lazo rojo y al borde de las piscinas como expositores de carne. Extraña forma de igualdad por lipotimia. Sólo hace falta entrar a la calle para trascender, salir a rascar hielo y darnos cuenta de que la urbe está preparada para la lluvia, el rayo y el granizo, nunca para la temperatura como martirio. Entonces el poro supura, la piel recuerda a la de una iguana y la sobrecarga térmica fomenta las ganas de matar. Nadie puede escapar de su embrujo, de ahí que uno, antes muerto que sencillo, mantenga el pantalón largo y el calcetín bien grueso. El papillot nació en días como hoy, lo sudo.

Ante el silencio de los pájaros, los humanos comentan y relatan la catástrofe personal y transferible, se rebelan sin caer en la cuenta de que favorecen el cambio climático, el de las palabras: estufa, chimenea, brasero. También mantienen frescas las almohadillas de los perros, y algunos intentar huir de sí mismos, los perros, digo. Nadie lo consigue. Sopla lumbre. El infierno era esto, un planeta en julio que impone la desnudez como modo de vida incómoda. Y olvidamos que con ardor fuimos creados.

Así es cómo el tiempo se ha convertido en manta, de repente, ola que tiñe de rojo el mar y de rescoldos el campo. Entonces pienso en el fuego de esas parejas follando en habitaciones poco ventiladas, en la carne enhebrada por el deseo, en el ritmo que impone el afán de los días a la contra del frío y bajo un sol amarillento, luna llena. No parece importarles que puedan disolverse en la saliva del otro y en el otro. Este calor es un vestido en el suelo, unas sábanas mojadas, una vuelta al cuerpo. Todo.

Ilustración: Guy Billout

Calor

El calor devora el hueco entre aspas y campos de girasoles, produce monstruos. En la ciudad, todo es ausencia, conversaciones lentas añadiendo más madera a junio. Un viejo resopla, otro niño bebe a morro y la sombra deja de ser sombra para ser sonido. Así nos convertimos en mosquitos a contracorriente, todos, lejos de la luz pintada, al otro lado de un invierno que aparece en los sueños de fanáticos del frío. Llegará. Mientras, en este microondas de junio, el sudor pinta trajes bajo las axilas y empuja al refugio de la ducha, lluvia que trae recuerdos de un patio de Sevilla. Queda demostrado: el agua es vida, la canícula mata.

Con la caída de la noche creímos estar a salvo, pero se acabó su complicidad de mano amiga. Entonces las horas pasan en los ojos de las luciérnagas, libros en la mesilla abiertos por la misma hoja. Menos mal que ya no hay canciones de verano. En cambio, las peleas fluyen, ascienden por el patio como las burbujas de una olla al fuego. La sangre viene con arena, el ventrículo grita basta, la paciencia mengua hasta el punto de que se cometen más asesinatos. De ahí la tendencia a robar bajo la nieve.

En la termodinámica, el frío se define como la ausencia de calor, en cambio, poco tiene que ver el ardor con el deshielo, más bien pone de manifiesto la falta de glaciares y carácter. Entonces el cuerpo deja de ser nuestro, se dilata, cambia de estado hacia ninguna parte. A nadie se le escapa que la carne se hace gas cuando deseamos flotar en piscinas de mercurio. Calor, ese invento en el que sentirnos solos, principio de días y noches al baño María sin María cerca.

Ilustración: Guy Billout

Ávila no existe, arde

Ávila no existe y por esa razón arde. Incógnita es el misterio de las llamas. La chispa se inicia en el motor de un coche y Navalacruz Cepeda de la Mora brillan en el mapa del humo y la pérdida. «Así se consumen los veranos», dice un tonto; «papá, ¿sabes que han atropellado a un bombero, eh?», afirma el niño invisible mientras el padre graba una muralla púrpura y densa que cerca la ciudad amurallada. En la capital la vida continúa en las bombillas de los coches y las farolas, estrellas frente a un paisaje de perfil inalterable. Cambia el color y la vida de aquellos que hacen del campo su lumbre, su pan, su sueño.

El delegado de la Junta pide comprensión. Los vecinos de Sotalbo, Palacio, Villaviciosa Robledillo —los nombres proliferan a la misma velocidad que el fuego mata— regresan a sus casas a por pan y azadas, organizan la ayuda entre la angustia. Hombres sin hambre; mujeres sin nombre. Y las noticias prefieren mirar hacia otro lado, lejos del ganado convertido en ceniza, a años luz de un bañista que se sumerge en el Mediterráneo. Extraño observar la infancia quemada, imposible describir el daño. «Historia, escoria» escribía Ángel.

En días así, la puesta de sol imita a una bola de fuego y la huella del incendio continua ardiendo después de su extinción. Porque hay un antes y un después de la quema, una toma de conciencia de lo que una vez fue, tuvimos, disfrutamos que ahora es nada. Decir que estamos con Ávila suena raro. Sin embargo, reconforta creerlo. Incluso un lugar que no existe puede convertirse en el centro del mundo, al menos el tiempo necesario para apagar el fuego con agua, tal vez con lágrimas.

Ilustración: «Número 14» Mark Rothko

Es viernes y hace calor

Es viernes y hace calor. De pronto, el quinto día de la semana roza la piel de un sustantivo tórrido. Y entonces las faldas se recortan, abrimos los botones y el cuerpo explota. Es un baile sutil y callejero, incluso para aquellos que sólo mueven la cintura cuando hay música. Después de tanto tiempo —tres estaciones son multitud—por fin podemos dar rienda suelta al deseo, o por lo menos mirar dejando rastro. Ellas parecen más ligeras y accesibles; ellos dan pasitos de gigante. Desde un banco los observo y doy de comer a los hambrientos. Pienso en caracoles, en magnolias que se abren, en viajes a Venus y una nube cargada de mosto. Lo reconozco, sucumbo al efecto de la humedad y las venas, al ardor y los gemidos en tetrabrik. Todo hacia dentro, nada sale fuera.

Hoy no habrá entierros, aunque los haya. Porque hoy es viernes y hace calor, y una ola arrasa la ciudad y sus fantasmas dejándonos la carne y la lengua, material fieramente humano, varios pares de ojos entreabiertos y una herida en la rodilla. El poder del termómetro resulta inexplicable, incluso en aquellos lugares en los que apenas llueve. La luz luce, la saliva sala, el mar manda señales a lo lejos y casi nos atreveríamos a asegurar que la felicidad existe, a retazos, pero algo es algo.

Somos el día en que vivimos, y cuando hace calor —hoy es el caso— desear es un reflejo. A nadie le preocupa que el cohete chino impacte en zonas pobladas de la tierra porque desde esta mañana las miradas arañan órbitas entre mechones de pelo, sobre la nuca, bajo la comisura de la pelvis. Es viernes y hace calor. Y por fin el mundo flota en la corriente, fluye, gime, aúlla.

Ilustración: https://www.lauraberger.com/

La mascarilla y el aliento

Está claro que nadie quiere ponerse una mascarilla. Incluso los menos agraciados preferimos caminar por la calle y sentir el sol impenitente de julio antes que ese torrente de sudor de sauna fabricándose entre el labio superior y la punta de la nariz. ¿Y qué decir de cómo nos huele la boca? Te lavas los dientes a conciencia antes de salir de casa, eres generoso con el LISTERINE®, ajustas ese condón bucal a 0,95 con la esperanza de ser un ciudadano responsable y a los pocos minutos percibes un olor a perro mojado. Y sí, querido, eres tú.

Es en ese momento tan demoledor cuando observas el panorama y recuerdas lo que te decía aquel amigo médico que trabajaba en urgencias: «pues sí, la verdad es que recibimos a muchos motoristas accidentados que llegan con el codo intacto». Y, como siempre, la historia se repite. Ahí están los otros, con el codo inmaculado mientras haces lo imposible por no perder el conocimiento a 38 grados con la parte baja de la cara convertida en el vertedero de Valdemingómez.

En pleno siglo XXI — periodo desprovisto del año 20—, el único privilegio social consiste en prescindir o no de la mascarilla, en hacer como si todo estuviera bien o renunciar a nuestro más íntimo individualismo en favor de los que siempre pierden… o son susceptibles de seguir haciéndolo. Resulta que para la enfermedad se busca cura; para el aliento enmascarado solo hay una opción: RUN.

Ilustración: Gabriele Mast