La mascarilla y el aliento

Está claro que nadie quiere ponerse una mascarilla. Incluso los menos agraciados preferimos caminar por la calle y sentir el sol impenitente de julio antes que ese torrente de sudor de sauna fabricándose entre el labio superior y la punta de la nariz. ¿Y qué decir de cómo nos huele la boca? Te lavas los dientes a conciencia antes de salir de casa, eres generoso con el LISTERINE®, ajustas ese condón bucal a 0,95 con la esperanza de ser un ciudadano responsable y a los pocos minutos percibes un olor a perro mojado. Y sí, querido, eres tú.

Es en ese momento tan demoledor cuando observas el panorama y recuerdas lo que te decía aquel amigo médico que trabajaba en urgencias: «pues sí, la verdad es que recibimos a muchos motoristas accidentados que llegan con el codo intacto». Y, como siempre, la historia se repite. Ahí están los otros, con el codo inmaculado mientras haces lo imposible por no perder el conocimiento a 38 grados con la parte baja de la cara convertida en el vertedero de Valdemingómez.

En pleno siglo XXI — periodo desprovisto del año 20—, el único privilegio social consiste en prescindir o no de la mascarilla, en hacer como si todo estuviera bien o renunciar a nuestro más íntimo individualismo en favor de los que siempre pierden… o son susceptibles de seguir haciéndolo. Resulta que para la enfermedad se busca cura; para el aliento enmascarado solo hay una opción: RUN.

Ilustración: Gabriele Mast

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