Si Greta debería estar en el cole, ¿los demás dónde?

Nadie sabrá nunca a ciencia cierta cuándo sucedió. Simplemente ocurrió. De pronto, el medio ambiente dejó de ser preocupación vital, ese problema que afecta a 7.000 millones de personas —con algún miope de VOX quemando rueda— para convertirse en alineación ideológica y, por lo tanto, en política. Por un lado, la izquierda con sus mítines apocalípticos, esgrimiendo humos de superioridad moral. En la otra costa, lejísimos, la derecha y su mensaje de ruido y furia indiscriminada contra aquellos empeñados en dar visibilidad a la emergencia planetaria. En medio, Greta en un barco de papel, ejércitos de adultos con ojos abiertos y sus niños perdidos en un mar de plástico.

Y es que la niña enfadada ha aumentado la temperatura del debate —1,4 grados desde 1880—, y de la contaminación hemos pasado al trueque de palabras. Ahora el cambio climático es crisis, la misma que acecha nuestro bolsillo cada ocho años, quizás debido a que la mera posibilidad de llegar a desaparecer como especie es ahora una certeza (casi) ineludible. Sin embargo, los escépticos y negacionistas, ansiosos por escuchar crecer los márgenes antes que a la humanidad, no tienen ningún reparo en llamar inquisidora, puta loca o subnormal a una adolescente sueca. En ese sentido aquí no hay ni subterfugios ni eufemismos atmosféricos.

Lo mejor sería que todos esos ágrafos medioambientales regresaran a la escuela. Frente a la señorita Thunberg, desprovista de título y menor de edad, aprenderían a juntar las vocales y las consonantes, después las frases exclamativas y las oraciones subordinadas, para terminar escribiendo en la pizarra: «¡Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo!». Nos guste o no.

Ahora Greta Thunberg es el enemigo

Al sector de los poderosos —usuario acérrimo de “Just for men” con tendencia a escorarse hacia la derecha blanca y conservadora— le ha salido un enemigo con tres particularidades especialmente irritantes: es menor de edad, mujer y además tiene el síndrome de Asperger, forma de autismo caracterizado por afectar a la interacción social y la comunicación.

Imbuidos en una espiral de emisiones de CO2 que avanzan al ritmo de un oso polar varado en el mar, este grupo de escépticos —encabezados por Trump y su jauría propagandística en Fox News, The Daily Wire y Breitbart— no solo consideran equivocadas las conclusiones de más del 90% de la comunidad científica en las que se apunta a la actividad humana como uno de los factores del calentamiento climático, sino que ven en esta niña de mirada vidriosa un ejemplo perfecto de manipulación parental, la reencarnación de los niños del maíz en modo Generación Z, el canto del cisne de una izquierda empeñada en dar voz a una “retrasada” —palabras textuales— con pretensiones de mesías en impermeable caro.

Porque Greta Thunberg representa a viejos y nonatos, a políticos y surferos, al presente gris y su futuro negro, y esas críticas hacia la única influencer necesaria ponen de manifiesto que la cuestión ambiental se ha llevado hasta el ámbito de la creencia, ignorando los indicios estadísticos que apuntan hacia un intento del machismo por seguir siendo relevante en un mundo exacerbado por el aliento fétido de sus dueños.

Es curioso, pero si el lugar de la pequeña hubiera estado ocupado por un madurito, afroamericano y sin ningún trastorno neurobiológico, estaríamos hablando de Obama. Por supuesto, las críticas seguirían siendo feroces, y sin embargo, nunca llegarían hasta tal extremo. Quizás lo que les jode no sea la extinción de toda forma de vida en la tierra; más bien que el cambio climático posee la cara de una super guerrera al grito de «aquí y ahora».

El día que David Gilmour subastó todas sus guitarras

Algunos no sabrán quien es David Gilmour y, sin embargo, todo el mundo ha escuchado alguna de las canciones de su grupo, uno de esos monumentos sonoros que transformaron para siempre el mundo, convirtiéndolo en un lugar mejor. ‘The Wall’, ‘Wish you were here’, ‘Comfortably Numb’… la lista es larga e incluye momentos definitorios en la vida de muchos guitarristas que aprendieron a mover los dedos y los ventrículos del corazón al ritmo lento marcado por el chico del pelo largo y los ojos azules tirando a mar.

El caso es que ahora el chico en cuestión, un señor calvo y viejo, se ha desecho de todas sus guitarras en una subasta, obteniendo la friolera de 21 millones de dólares que ha destinado a la lucha contra el cambio climático.

Este acto —para Marc Gasol sería el equivalente a la amputación de los dos brazos— debería ponernos, por lo menos, en alerta. Y no por la cuantía recaudada —pagar cuatro millones por una guitarra es un síntoma grave de pérdida de perspectiva—, sino por la importancia que los instrumentos tienen para la mayoría de sus propietarios, tatuajes de madera pintada asociados a instantes muy particulares que terminan en manos de coleccionistas fanáticos, paletos con gorras de los Nets y hombres de negocios enfundados en trajes a medida que colocarán la Stratocaster negra o la Martin D-35 en una urna climatizada, convirtiendo a un ser vivo repleto de melodías en un objeto mudo, en las cenizas de una santa que una vez fue música… y además inmortal.

Quizás despidiéndose de sí mismo y quedándose un poco más solo en su mansión el señor Gilmour quiera recordarnos que sin un planeta tierra en el que vivir ni siquiera habrá lugar para las canciones, los únicos pobladores que no ocupan espacio y habitan, al mismo tiempo, en todos nosotros. Gracias por el recordatorio, David; ahora me siento confortablemente entumecido ante un futuro incierto.