Y la calle fue Jumanji

Los vecinos se recluyen entre muros de gigabites y, mientras tanto, ahí fuera, en ese sueño húmedo de asfalto y sirenas, las bestias toman las calles. Ciervos en las rotondas de Segovia y Nara, garcillas bueyeras decorando los semáforos en verde del Poblenou, babuinos de botellón en Lophuri, delfines ‘fake’ bajo el Puente de los Suspiros…, ¡incluso es posible escuchar los gemidos del sapo partero en el silencio de la noche estanca!

Se trata de un intercambio (im)probable de papeles. Nosotros enjaulados, nuestros amigos los animales pisando una ciudad que les pertenece por derecho propio —esa palabra inventada por el hombre blanco—, precisamente porque los amigos pródigos siempre regresan a casa. Resulta que muchos de ellos vienen solamente a llenar el buche, atraídos por el recuerdo de una mano y un mendrugo de pan, símbolo de la necesidad convertida en hábito alimenticio. ¡Qué delgadas están las palomas del sexto!

Por desgracia, todo es un dulce espejismo. Cuando termine la cuarentena, la ciudad será otra vez ese nido de víboras, dulce madriguera controlada por y contra el individuo, una oficina que se desparrama por territorios Discovery alejados de sus fronteras. ¿En qué momento nos emancipamos de la naturaleza? En el momento en que nos separamos de nuestra madre. Esperemos que el encierro nos sirva para aceptar los límites de nuestra propia debilidad, del equilibrio convertido en fábula.