De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

Maldito cáncer

Hoy ha muerto Pau Donés. De cáncer. Una vez más. No le conocía. Tampoco me gustaban sus canciones a excepción de aquel verso ahora profético en esa canción única: «Puede que hayas nacido en la cara buena del mundo, yo nací en la cara mala llevo la marca del lado oscuro». Sin embargo, conozco bien los estragos de una enfermedad que reduce la carne y las ganas a un hilo de voz, que termina convirtiendo a los miembros de la familia en otro paciente, en casa, en el hospital, durante las horas de espera en vida. Por eso su muerte me entristece. Mucho.

Hace una semana lanzaba un vídeo en el que se mantenía en pie con la ayuda de un taburete. A pesar de los efectos devastadores del tratamiento parecía empeñado en seguir dando conciertos, mostrar el rostro amable de una prueba contra el tiempo que es inventado, como si seguir dando cuerda a un sistema perfecto y defectuoso fuera razón suficiente para reír y respirar. Y eso es digno de admiración. Máxima.

Recuerdo que todos supimos que padre se moría en el momento que dejó de tocar la guitarra. Hoy se va Pau Donés y lo hace como vivió, quitándole hierro a una vida bien usada porque quien canta sus males espanta. Has sido un buen ejemplo para muchos sin quererlo. Buen viaje, compañero.