El arbolito

Todo lo crea la mirada. Así, el mundo adopta formas dependiendo del ojo del arquitecto, es decir, todos los que opinan. Después nos asaltan los prejuicios, la experiencia o el roce de haberlo vivido y sufrido muchas veces mucho. La polémica está servida, implacable ella, también ajena a estas cosas de los humanos. La última en Madrid se manifiesta en la Plaza de España, una nueva que recuerda vagamente a la de antes sin la simetría de André Le Nôtre. Mismo sitio, distinto engaño en lo que a la mayoría se refiere. El tiempo hará lo suyo mientras el frío convierte la hierba en pasto para pájaros, los bancos en puñal, los árboles en esqueletos esperando abriles.

Entre todos los 10.000 plantados hay uno subterráneo. En el proyecto lucía imponente. Ramas de brócoli a la lupa, copa en el hueco del hormigón y un trozo de cielo ahora enterrado. De pronto, naturaleza y hombre podían convivir, colaborar, en definitiva, ser amigos. Esa es la teoría. En la práctica hay un arbolito. Todavía mantiene algunas hojas pardas, más bien pocas. A través del hueco se cuela el aire de los días sin Almudena, invierno del invierno.

Pues bien. No hay nada más bonito en la capital. Ese punto concentra la realidad que nos incluye y a la que aspiran los que nada esperan, una sin expectativas ni corazas. Porque lo que nace suele ser pequeño, frágil intemperie desprovista de trampa y corteza. En cambio, seguimos empeñados en dejarnos deslumbrar por el rayo, esa aurora artificiosa que supera la ficción sin hacerle sombra. ¿Acaso hay algo más extraordinario que una semilla que brota y, tras varias estaciones, evita la erosión del mundo? El centro de mi ciudad lo ocupa un órgano que late, y dentro tiene un arbolito. Sí, los tristes son los otros, sin duda.

Ilustración: Ryo Takemasa

El exilio interior de los votantes de Carmena

El exilio interior resume a la perfección lo que vivieron muchos ciudadanos que decidieron permanecer en su país de origen durante la represión que siguió a la victoria de diferentes regímenes totalitarios en toda Europa, y por ende en un mundo conectado por el 4G.

Algunos, no se sabe muy bien si por su escasa vinculación política (crítica) o simplemente porque tenían la hipoteca pagada y a los niños en edad de ir a la universidad, decidieron hacer el camino contrario al de intelectuales hirsutos, mencheviques, Buñuel, antifascistas de palabra y acción, Thomas Mann… sufriendo una enorme exclusión social muy similar a la que vivirían más tarde los «cobardes» que salieron corriendo con toda su vida contenida en una maleta de cuero desgastado.

En ese viaje hacia ninguna parte nos encontramos la mitad de los madrileños, votantes confesos de Carmena que, salvando las distancias, intentamos lidiar con la amarga sensación del que pierde algo ante la mayoría, mitad impotencia mitad rabia, unas irrefrenables ganas de irse a vivir a Alemania o a Malta, o directamente miedo porque el futuro se parece poco a un presente que, sin ser ni mucho menos perfecto, tenía un punto limpio en el corazón de la señora mayor con los ojos de adolescente perpetua.

Es verdad que con el nuevo alcalde Milhouse no habrá brillantes cuchillos bailando en la oscuridad de la noche, ni capuchas alrededor de nuestras cabezas, ni silencio en lugar de música o desaparecidos rebasados por la derecha —al menos en el carril bici—, pero, de pronto, como en un truco de magia desplegado dentro de una urna, esta ciudad se parece más al París del invierno infinito, a una postal sin un beso de despedida, a esa casa convertida en una jaula.

Ahora nos toca ser de ningún lugar y de Madrid al mismo tiempo.

Carmena perdió Madrid porque estábamos de terrazas

Madrid ha sido siempre, desde su nacimiento como puesto de vigilancia construido por el emir cordobés Muhhamad I a orillas del Manzanares a su actual reconversión en metrópolis con maneras de pedanía, una ciudad vibrante, de luz amarillenta y avasalladora, pero principalmente una ciudad de todos.

Mira a tu alrededor y encontrarás piernas y brazos tatuados, universitarios en chandal, hombres maquillados como Ru Paul de resaca, viejos en traje increpando a las bicicletas que no paran en rojo, patinetes rapidísimos, gente ruidosa y con la capacidad de hacerte sentir uno más sin dejar de ser uno menos… en el caso de que decidieras marcharte a Alpedetre y bajar solo durante la semana del Orgullo Gay, bares, mujeres que sonríen sin razón aparente, más bares, bolsas del Primark, más bares con terrazas en lugar de aceras, y una sensación de precariedad encubierta por nubes de risas y dióxido de carbono en los días sin viento.

Bueno, pues sus habitantes, entre los que hay un 4% más de mujeres que de hombres y que sobrepasan los 6 millones y medio con un predominio evidente de edades comprendidas entre 35 y 50 años, han votado mayoritariamente a Carmena que a su vez debe de abandonar la alcaldía porque la derecha unida jamás será vencida. Y este resultado, una carambola más de un invento imperfecto llamado democracia, ha sido alentado por el optimismo que se vivía en la ciudad desde las elecciones generales del 28A. Desde entonces nos hemos venido relajando, saboreando una cerveza con giro a una izquierda fracturada que veía posible impregnar las instituciones públicas con el espíritu de la calle, entre influencer y con boina.

El domingo lo pasamos genial en una terraza de Lavapiés, con los colegas, brindando y de buen rollito, haciéndonos fotos, todo temazos, hablando del Tomavistas y de las ganas que tenemos de que llegue el Mad Cool… y hoy, lunes, Madrid es de derechas, tierra de mercenarios y fascistas, un poco como siempre, pero más triste… ¡Ay, Carmena!

El único consuelo es que a partir de ahora podremos ir con «pistolita» por el centro.