Las herencias

La tía murió y sus sobrinos la despedimos sin saber qué hubiese pensado al vernos frente a su ataúd. Cuando estaba viva, la visitamos menos de lo que se merecía. Ella, en cambio, estuvo siempre al otro lado, nos contagió su amor por el cine y la necesidad de leer para ser personas dignas. Dejó unos cientos de euros y muchos libros que valen menos que su recuerdo lleno de sonrisas y cigarrillos mentolados. Yo me encargué de repartir el dinero a partes iguales. Pensé en quedármelo y malgastarlo en un fin de semana. Fue un pensamiento que desapareció tan pronto como vino. En ese momento, delante del ordenador, me di cuenta de que las herencias, cualquier herencia, son un regalo envenenado.

Y no me refiero solamente a una casa a dividir entre hermanos, a coches nuevos o viejas motos, a cuentas corrientes y manuscritos sin publicar. Hay herencias peores: la alopecia, una nariz que crece y crece, el cáncer que se transmite de generación en generación o ciertas facciones de la cara. En cambio, el talento no parece hereditario, tampoco la bondad o las ganas de vivir sabiendo que, tarde o temprano, esto se acaba. Heredamos lo que deseamos, también lo innecesario. De alguna manera, mi tía habita en mí. Puedo sentirlo al verla en las fotografías. Los ojos nunca mienten. Quizás sí lo haga el corazón.

Me pregunto qué tipo de herencia dejaré delante (es evidente que detrás no dejo nada). Me gustaría que la gente al recordarme (un instante) pensara en canciones o en palabras, en una lista de metáforas absurdas y mi empeño por portarme bien con los demás sin conseguirlo del todo. No puedo legar mi cuerpo a la ciencia porque es demasiado pequeño, quizás por mi mano izquierda me darían algo. Lo mejor de mí fue lo mejor de la tía, todo alas, ni una sola raíz. Ninguno de los dos fuimos ejemplo de nada para nadie. Dejamos la ternura en vuestras manos, toda la esperanza en un mundo flotante.

Ilustración: Hasui Kawase

La casa de mi madre

La casa de mi madre se reconstruye en Navidad. Ahí hubo una familia unida, perros, brindis. Pensamos que algunas cosas podrían durar siempre. Por eso volvemos a ocuparla, un rato, cuando hay nieve en la montaña y la gente camina con buenas intenciones. Quizás por esa razón la abandonamos; una hermana y un hermano que buscaba América. Esa casa es un momento cálido, a pesar de que ahora nada tiene que ver con la que conocimos. En ella conviven los recuerdos con una silla para nadie y la certeza de que, solamente regresando el 24 de diciembre, la Tierra logrará dar una vuelta alrededor del sol.

La casa de mi madre parece una casa nueva. Está llena de luz, algunas fotos, tiene mandalas dibujados en las puertas. La dividieron en dos partes. Arriba, antes, hubo niños que dormían bajo la buhardilla. Este año habrá adultos que parecen niños porque niños somos siempre, aunque se nos olvide. Abajo madre, la más joven que cocina platos y saca vino y recorre el suelo en el que se hizo vieja. En esta casa hoy nadie estará solo. Nos tenemos los unos a los otros. La casa servirá de nido. Mientras, los ventanales se irán empañando muy despacio. Hasta que amanezca. Siempre lo hace.

La casa de mi madre nunca será mía. Puede que lo diga en los papeles, pero en su salón solo hay espacio para una. Puedo verlo en las tardes, en la estúpida costumbre de que el tiempo pase. Quizás madre también piense que la casa es un estuche de felicidad perdida. Todas las casas se quedan huérfanas cuando alguien dentro de ellas muere. El invierno sirve para corroborarlo, para hacernos creer que en una chimenea se concentra todo el calor que necesitan los humanos. El fuego y la casa calientan nuestros sueños, también los pies y el año que vendrá. Al volver a sus muros y sus cimientos de madera, caigo en la cuenta de que estamos hechos de vidrio. Gente frágil, noches cortas, días aún más cortos; la vida dentro de esta Navidad de todos.

Ilustración: Tracy Helgeson