Motomami, madre mía la Rosalía

Lo admito. Yo era uno de tantos que deseaba con toa el alma que no le gustara el nuevo disco de la Rosalía. Mucho choni, poca enjundia, mucha gata en Kawasaki pa’ los vídeos y dos singles de despiste y sin contexto. Pues bien, aunque a nadie le importe mi opinión y tras dos escuchas sentado, en movimiento y sobrio como un barco de vela, debo plegarme a la evidencia: una chica de 28 años vuelve a dar la nota y el clavel, impone el ritmo y secuestra en un estudio de grabación lo que músicos y no músicos padecemos en la calle, la casa y los bancos de las ciudades. Así es, ‘Motomami‘ representa el hipervínculo hecho canción corta, la esquizofrenia del mundo actual en 42 minutos de subidón y bajón, es decir, la vida.

Que sí, que hay de todo, como de todo hay en los discos. Baladones llenos de belleza y ojos cielo marino, uñas de perezoso y frases de quinto de primaria, jeringuillas entre pases de modelos y un poso de tristeza por culpa de la puta de la fama. Pero claro, si ahora se escucha peor que nunca y mal por la prisa, ¿cómo apreciar que un disco no importa por lo que uno encuentra en él, sino por lo que buscaremos en la música a partir de ahora? Lo llaman genio y nunca viene exento de bilis y mala hostia.

Aviso a los listillos. Llega un punto en el que opinar de la actualidad es sólo una manera de aliviarse, y más si por edad y aspiraciones entendemos poco o nada de lo que sucede. Y es que nadie se hace sabio por vivir más, más bien por reconocer nuestra incapacidad de asimilar lo nuevo en chándal, la llama. Por esa razón conviene darle una oportunidad a la Rosalía, incluso dos, porque, en realidad, es ella la que nos la da a nosotros. Vaya motomami buena, mamita. A sus pies y con mis palmas.

Karl Lagerfeld, una vida dedicada a acabar con el chándal

Y sucedió lo peor. Justo ahora que se extiende como la gangrena entre los jóvenes y los no tan jóvenes, pasando del patio del talego a los gimnasios y de ahí a la sala de reuniones de las empresas del IBEX-35, se muere Karl Lagerfeld, el exgordo que odiaba a las gordas, el único capaz de mojar un macaron en té sin quitarse los guantes, la quintaesencia de la persona hiperactiva que nadie, ni siquiera él mismo, sabía a qué se dedicaba, mitad provocateur, mitad topo con puños de camisa dignos de Isabel I y con la rara capacidad de pudrirse manteniendo el aspecto de un chulazo del Holiday Gym.

Y es que esa prenda, el chándal, independientemente de su comodidad, es uno de los signos que mejor expresa la decadencia del ser humano y esta sociedad de la (des)información. Da igual que uno la sienta libre a la ¡izquierda-derecha-izquierda-derecha-izquierda!, que cuando camines te abanique por detrás, que al estirarte sientas todo tu potencial rodeado de un tejido Made in China que sirve de chaleco anti-balas a dealers de pastis y crack. ¡No me jodas, que tienes cuarenta años y no estás para esas mierdas…, y además con gorra!

A los menores de veinticinco años les pido que visualicen este momento: «Atravesáis la ciudad en moto eléctrica, un patinete o con un móvil entre vuestra oreja y la acera y, de pronto, salido de ninguna parte, pero tan real como que la moda no es arte, un coche os arrolla, dejándoos tendidos en el suelo, vivos pero gravemente heridos. ¿Acaso es esa la imagen que queréis que tengan de vosotros los del SAMUR? ¿La de un mocoso sanguinolento y vestido con un chándal-peto de Puma o el último modelito de Rosalía, monstruosidades fabricadas con el mismo material que mi traje de submarinismo? Karl, dijiste muchas estupideces, —en eso nos parecemos mucho—, sin embargo y para mi epitafio me adueño de tus palabras:

«El chándal es la prenda que una persona usa cuando pierde el control sobre su propia vida».