Cuidaos

Parecía el año de la reconciliación. Nos habíamos propuesto inspirar el perfume de Bustamante sin arcada, retener las ganas de hacer pis bajo una bandera de bombillas, sonreír y ser felices en comidas, reuniones de amigos calvos y cenas. Incluso la tregua con los jerséis de renos y el villancico de la Carey era una posibilidad. ¡Por fin asumiríamos el mantra del capitalismo navideño!: amar, incluso a los niños. Pero no. Pablo Motos lo dijo claramente: ha suspendido su viaje a París y habrá una plaga de contagios más rápida que la del sarampión. Vamos, que tras el espejismo de la sala El Sol sin mascarilla surge el fantasma de las Navidades pasadas y antepasadas. Dos años que cunden como décadas.

Ante la falta de información y el desgaste nos queda el consuelo de las pruebas. Por fin ponemos cara al contagiado. Incluso Nadal y el rey comparten virus. A nivel de calle, invitar a los escépticos —aún quedan— a gestionar la baja con su centro de salud (colapso), que socialicen en la cola de cualquier farmacia (hora y media) y que se diagnostiquen una urgencia para comprobar hasta que punto está sucediendo o sucede. La verdad no está ahí fuera, sino en los hospitales y la mirada del personal asistencial y sanitario. Y duele por dentro de la ojera.

Se calcula que para el 30 de diciembre alcanzaremos el pico, así, para empezar bien el 2022. Entonces llega esa horrible referencia marina para los que somos de secano: «La misma tormenta, pero no el mismo barco», y parece que uno se relaja un poco, más por el hartazgo que por el desmantelamiento de una sanidad pública que es la única que rema en un barquito al que le despojan del velamen año tras año. Aún les queda rumbo, algo de viento y timón y por ellos deberíamos ser responsables, aunque sea para no volver a darle la razón a Pablo Motos. Cuidaos por dentro ahí fuera.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Love of Music, Love of Lesbian

El concierto de Love of Lesbian del pasado sábado, experiencia pop entre mimbres científicos para 5.000 personas sin distancia y con baile, ha servido para muchas cosas: sacudir la nostalgia, plantear alternativas viables y, por encima de cualquier otra cosa, polarizar aún más el debate. Como siempre la música —intercambiable con el cine por su dependencia de la variable tiempo y el esfuerzo en grupo— recibe las embestidas desde todos los frentes. Unas veces por la falta de transparencia en sus acciones, otras por su consideración de ocio frente al arte «serio» y, en este caso en particular, por contar con un enemigo irreductible entre sus filas: el propio colectivo.

Poco importa que sea el único sector que ha demostrado una firme voluntad por adaptarse. Incluso ha renunciado a su razón de ser, la congregación de masas, para que la música siga sonando, aunque sea bajito y falto de sal. Será que la apatía ha ganado la partida y la corrección política propone paciencia hasta que desaparezca el último contagio. Por desgracia para los más críticos y a lo largo de los siglos, la música ha pretendido imitar el pasado como parte de su evolución. Ahora que que realiza una propuesta de presente y futuro, vuelve a ser demonizada. Nada nuevo; mundo viejo.

Por lo demás, queda por resolver una cuestión que parece quedarse fuera de la bronca en torno a un grupo tan popular como Love of Lesbian. ¿Qué va a suceder con la clase media, media baja y las bandas noveles? La respuesta es tan desgarradora como evidente: lo tendrán aún más difícil, más que nada porque la música también es lo que sucede en los locales de ensayo, en las salas vacías y los clubes. Y sí, hay una diferencia evidente entre un tren o un bar abarrotado y un estadio con aspecto de hospital en sus accesos: el propósito. Otra cosa es el silencio.

Ilustración: http://www.thomashedger.co.uk